Lección 5 – Segundo trimestre 2017

1 Pedro 3:8-22; 4:1-11

Pedro continúa, en su carta, no solo hablando de las obras salvadoras de Dios en favor de los creyentes, sino también de la forma en que viven los redimidos, aquí en la Tierra. Y Pedro no parece creer –como hoy se promociona a través de muchas predicaciones– que el creyente debe desentenderse de su conducta y dejar que el Espíritu Santo obre en él sin ninguna participación consciente de su parte, y que entonces su buena conducta será automática, inconsciente, involuntaria. Por el contrario, tanto Pedro como el resto de los apóstoles (incluyendo a Pablo, el campeón de la doctrina de la salvación) saben que el ser humano debe ser instruido en el bien hacer, exhortado a vivir de acuerdo con la voluntad de Dios; que debe cooperar con la gracia. No para ganar méritos delante de Dios y así asegurarse su aceptación y su salvación, sino porque se sabe querido por Dios y redimido, y tiene la seguridad de la salvación. Por eso, en esta sección Pedro sigue animándonos a vivir como cristianos, para gloria de Dios, y para nuestra propia bendición y la de los que nos rodean.

“Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición. Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala” (1 Ped. 3:8-11).

Muchas de estas expresiones son, sin duda, ecos del Sermón del Monte, que Pedro escuchara directamente de los labios de Jesús.

“Sed de un mismo sentir”: Pedro nos anima a buscar la unidad de la iglesia. Esto no significa uniformidad (que todos pensemos igual, veamos de igual manera todas las cosas), pero sí un mismo “sentir”. Está apelando no tanto a algo cognitivo sino afectivo y emocional. Podemos discrepar en opiniones, puntos de vista, perspectivas, pero si todos tenemos el “sentir” de Cristo (Fil. 2:5), habrá un amor, una calidez interior, que nos hará elevarnos por encima de nuestras diferencias, para abrazarnos en el afecto cristiano.

“Compasivos… misericordiosos”: Cuando entendemos que los que nos rodean (de dentro y fuera de la iglesia) son seres humanos que participan de los dolores, las frustraciones, las angustias, propios de vivir en este mundo de pecado, comprendemos cuánto necesitan todos nuestra compasión, nuestra ternura, nuestro apoyo, nuestra tolerancia y paciencia. La compasión y la misericordia son dos características muy similares que identifican el carácter cristiano, en vez de ser seres fríos, indiferentes, o exigentes con el prójimo.

“Amándoos fraternalmente”: Siempre el valor supremo de la vida cristiana es el amor, ese principio que nos lleva a buscar siempre el mayor bien de los que nos rodean, independientemente de su mérito o no. Y se nos insta a tener un amor fraternal; a sentirnos hermanos de nuestro prójimo, hijos de un mismo Padre Dios, especialmente de aquellos que comparten nuestra fe, pero también del resto de la humanidad. Todos somos amados por Dios (creyentes y no creyentes), y todos gozamos del cuidado de Dios y de su deseo de salvarnos. Ese mismo sentir debe imperar en nosotros.

“Amigables”: no siendo exclusivistas y dándole afecto y atención solo a un grupo selecto de personas, sino brindándoles nuestra amistad a todos. Que los demás sientan que pueden encontrar en nosotros a gente de buena voluntad, con la cual puedan abrirse y encontrar afecto y simpatía.

“No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición”: El cristiano está en este mundo solo para ser una bendición para los demás. No estamos para sumarnos al egoísmo y el odio del mundo. No estamos para pagar con la misma moneda de maldad a los que nos maltratan, sino para vivir de acuerdo con los principios de un mundo mejor, el celestial. No hay lugar para la venganza entre nosotros, para desearle mal al prójimo y mucho menos para hacérselo. Estamos solo para hacer el bien a los demás, aun cuando no lo merezcan.

“El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala”: este consejo no solo tiene que ver con la bendición que podemos representar para otros. Hacer el bien, evitar el mal, no hablar cosas malas del prójimo, evitar la crítica y el chisme, buscar la paz en vez de la discordia, hacer permanentemente el bien y solo el bien, trae consigo una bendición inherente. Si queremos “amar la vida”; es decir, la verdadera vida, con sus verdaderos valores, y queremos “ver días buenos”, debemos vivir en el clima del amor, que es la verdadera felicidad.

“Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal. ¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis” (vers. 12-14).

Los consejos y las exhortaciones éticos que acabamos de comentar podrían hacernos pensar que solo sirven para un mundo ideal, donde todo es color de rosa. Pero esa no es la realidad. Son principios que deben vivirse en el fragor del Gran Conflicto, donde hay gente mala, agresiva, violenta. Y podríamos sentir que esos valores de amor y paz pueden volvernos gente indefensa frente al ataque de los lobos. Pero se nos promete que no estamos solos ni desamparados en medio de esta guerra: “Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones”. Dios vela sobre nosotros, y escucha y responde –de acuerdo con su sabiduría infinita, que no siempre comprendemos– nuestras oraciones. Él está “atento”. Cuánto consuelo y seguridad nos da esta simple expresión, que nos habla del interés real de Dios por nosotros, especialmente cuando padecemos el odio del mundo.

También, este texto nos habla de un Dios que algún día hará justicia. Su rostro “está contra aquellos que hacen el mal”. Nuestros sentimientos legítimos de indignación frente al mal y el atropello no deben llevarnos a buscar por mano propia que se haga justicia, porque hay un Juez supremo que tarde o temprano la hará.

“¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien?”

Es cierto, los malos pueden provocarnos un daño temporal; la historia del cristianismo está llena de casos de martirio por causa del evangelio. Pero aquí Pedro está hablando, evidentemente, del daño final, definitivo, relacionado con la salvación o la perdición eternas.

Pueden dañar nuestro cuerpo, pero no nuestras almas; pueden difamarnos y manchar nuestra reputación, pero no nuestro carácter ante Dios.

“Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. […] teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo. Porque mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal” (vers. 14, 16, 17). Porque esto es señal de que andamos en el buen camino, en la senda de la voluntad de Dios. Es un halago que la causa por la que seamos criticados, rechazados y aun perseguidos no sea por mal comportamiento nuestro sino precisamente por ser fieles a Dios y participar de la semejanza con su carácter. Esto debería darnos fuerzas morales para afrontar la persecución, ya sea psicológica o física.

Pero, de alguna manera la exhortación de Pedro encierra un reconocimiento implícito de que a veces algunos cristianos padecemos no como víctimas de la crítica injusta de otros sino que nos buscamos problemas nosotros mismos. Ya sea por una conducta inconsecuente con la fe que profesamos, al pretender ser cristianos pero vivir como si Dios no existiera; o por nuestro fanatismo religioso, llevando las cosas a un extremo insensato y molesto para los demás, cargado de legalismo y normas de pura factura humana.

Y se nos insta a no temer a lo humano o a los hombres, porque hay alguien superior que está con nosotros, un eco del Salmo 27:1 y 3:

“Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? […] Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado”.

“Sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (vers. 15).

Aquí se nos habla de la importancia de saber dar razón de nuestra fe, lo que se conoce como “apologética cristiana”. Si bien es cierto, Jesús nos dice que cuando seamos perseguidos y llevados ante tribunales no debemos preocuparnos por cómo hablar o qué decir, porque el Espíritu Santo nos dará palabra en ese momento (Mat. 10:19, 20), eso no quita que hagamos nuestra parte humana con el fin de prepararnos para saber defender las razones de nuestra fe.

En esta época cunde una tendencia muy marcada a tener una religión basada en los sentimientos, las sensaciones y la búsqueda de milagros providenciales de parte de Dios. Muy pocas personas saben realmente por qué creen lo que creen, si hay algún fundamento para su fe. Entonces, cuando por diversas razones Dios parece estar ausente de su vida, porque no parecen ver su mano providente en su experiencia, o porque sus estados emocionales no parecen condecir con la paz y el gozo que se supone que debería proporcionar su relación con Dios, sucumben, y abandonan la fe. Estas personas (todos nosotros) necesitan saber que hay evidencias racionales, objetivas, que no dependen de la subjetividad humana (lo que pienso, lo que siento, lo que interpreto de la realidad), sino que están ancladas en los hechos de la fe: las evidencias científicas y racionales de la existencia de un Diseñador inteligente tal como se muestran a gritos en la naturaleza; las evidencias del autotestimonio de la Biblia en el sentido de que es Palabra de Dios y no mera opinión de los hombres, respaldadas por las evidencias de la veracidad histórica de la Biblia, la seriedad filosófica y moral de sus páginas, y su carácter sobrenatural tal como lo muestra el cumplimiento de sus decenas de profecías bíblicas, sobre todo las que se encuentran en los libros de Daniel y el Apocalipsis. Cada vez se hace más necesario que volvamos a cultivar la apologética cristiana, porque cada vez son más fuertes los desafíos a la fe que presenta la cultura predominante actual.

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua” (vers. 18-20).

Este pasaje presenta, por un lado, un mensaje hermoso de la redención realizada por Jesús, a la vez que encierra un desafío teológico.

Por un lado, se nos habla de la hermosa verdad bíblica de la Sustitución y la Expiación: Jesús, siendo justo, no mereciendo ninguna condenación, sin embargo, por amor a nosotros tomó nuestro lugar, “padeció” por nuestros pecados, para poder llevarnos a Dios con derecho a gozar de su perdón, su aceptación, sus bendiciones presentes y la salvación eterna: “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”. Hizo ese maravilloso trueque celestial: él tomó nuestros pecados, nuestra culpa y condenación, para que nosotros podamos tomar su justicia y la aceptación total de Dios.

El resto del pasaje debemos admitir que es un poco oscuro e intrincado. Allí se nos dice que Cristo fue “muerto en la carne, pero vivificado en espíritu”. Algunos creen ver en estas palabras una alusión a la inmortalidad del alma, al concepto dualista griego. Pero, si tenemos en cuenta toda la información bíblica acerca de la naturaleza humana (antropología bíblica) y de la unicidad indivisible del ser humano (cuerpo, espíritu, alma), entendemos que aquí está hablando más bien de la muerte del cuerpo humano de Jesús y su posterior resurrección. De todas maneras, la naturaleza total de Jesús no es igual a la nuestra. Él no era un hombre como nosotros en todo sentido, ya que nosotros somos solamente un cuerpo (organismo) al que Dios insufla la energía vital para vivir (“espíritu”: rúaj, en hebreo; pneuma, en griego), y entonces mediante esa conjunción llegamos a ser un “alma”, o “ser” viviente. Jesús, en cambio, tenía existencia propia y divina antes de su encarnación, que es uno de los grandes misterios de la fe del cual apenas conocemos y comprendemos una infinitesimal parte. Al morir Jesús en la cruz, falleció solo su organismo humano, su materia, pero su divinidad preexistente no se extinguió; sobrevivió a la Cruz.

Esa persona divina de Jesús, que existió antes de incorporarse (misteriosa e inexplicablemente) a un organismo humano, fue la que en el pasado lejano, de los tiempos de Noé, predicó a los “espíritus encarcelados”; es decir, a los pecadores bajo el dominio de Satanás, para que se arrepintieran antes de que Dios destruyera la Tierra por el diluvio. Lo hizo principalmente a través de la predicación de su siervo Noé. La idea popular de la inmortalidad natural del alma hace que creamos ver en estos versículos una referencia a supuestos “espíritus” desencarnados que, como fantasmas, se acercan a los hombres para comunicarles mensajes del más allá. Pero no es necesario que caigamos en esta visión teológica errónea, cuando entendemos el mensaje bíblico acerca del estado de los muertos.

“El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo, quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades” (vers. 21, 22).

Estos versículos nos corrigen sobre una idea errónea de que el bautismo tenga en sí alguna virtud sobrenatural que lo haga imprescindible para la salvación. No quita “las inmundicias de la carne”; es decir, no tiene en sí poder santificante, regenerador, contrariamente a lo que piensa la teología católica, con su concepto de “gracia infusa, o infundida”, que lavaría el alma del “pecado original”, a través de los sacramentos, siendo el primero de ellos el bautismo. Por muy importante que sea (y lo es), el bautismo es solo un símbolo, un rito, que señala hacia una realidad espiritual no material, que es la fe en la obra redentora de Cristo, cuyo cenit fue su resurrección, que es la garantía de su victoria en la Cruz. Lo que sí puede hacer el bautismo es, al ser un símbolo de nuestra aceptación de Jesús como Salvador y de nuestra entrega a él, darnos una “buena conciencia”, de sabernos hijos de Dios y salvos.

Finalmente, estos versículos rematan con una alabanza a la soberanía de Cristo, el Rey celestial que por su muerte en la Cruz conquistó no solo nuestra salvación sino también aseguró para siempre el bienestar del universo, por lo cual “a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades”.

“Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios. Baste ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles, andando en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables idolatrías” (1 Ped. 4:1-3).

Siempre es nuestro aprecio y valoración del sacrificio de Jesús la motivación más fuerte para vivir la vida cristiana, con sus exigencias morales. Siendo que Jesús tanto nos amó que “padeció por nosotros”, su sacrificio se constituye en ejemplo de la filosofía de vida y de ética que debemos seguir. Somos llamados a adoptar “el principio de la Cruz”; es decir, del amor abnegado, como aquello que informa y rige nuestros criterios éticos y nuestra conducta. Somos llamados a terminar con el pecado, y aunque somos conscientes de que hasta que Jesús regrese a buscarnos, y “esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Cor. 15:53), tendremos que convivir con la “carne”, es decir, nuestra naturaleza pecaminosa, sin embargo se nos exhorta a tener una “santa rebeldía” contra esta naturaleza. Se nos insta a no vivir nuestra existencia terrenal “conforme a las concupiscencias de los hombres”, sino conforme a la voluntad de Dios. No es cuestión de, en nombre de la “autenticidad”, dejar que sea nuestra naturaleza carnal la que gobierne nuestra conducta. El cristiano es llamado, en un sentido, a vivir en forma “antinatural”, para lo humano, a fin de vivir de acuerdo a la naturaleza divina, por el poder del Espíritu Santo. Se nos anima a abandonar el pasado pecaminoso, que pudo estar cargado de desórdenes morales como la lascivia (excesivo y morboso apetito sexual), concupiscencias (todo tipo de frutos de la naturaleza pecaminosa), embriagueces (consumo desmedido de alcohol), orgías (fiestas masivas de licencia sexual), disipación (todo tipo de placer frívolo y pecaminoso) y “abominables idolatrías” (aplicable a los cultos paganos de la antigüedad, pero que tiene su correlato en la cantidad de “ídolos” modernos que nos hemos forjado, y a los que les rendimos culto, como el dinero, el bienestar, la comodidad, el consumismo, los placeres modernos de todo tipo, etc.).

Tampoco es cuestión de buscar la aprobación social y dejarnos llevar por la presión de grupo, amoldándonos cobardemente a los patrones de conducta de la sociedad pecaminosa que nos rodea. No debemos hacer “lo que agrada a los gentiles”, sino lo que agrada a Dios.

“A éstos les parece cosa extraña que vosotros no corráis con ellos en el mismo desenfreno de disolución, y os ultrajan; pero ellos darán cuenta al que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos” (vers. 4, 5).

La conducta pura, recta y honesta del cristiano causa extrañeza a quienes prefieren vivir en pecado. No pueden comprender la “locura” de no seguir la corriente de este mundo, lo que todos hacen, y empacarse en el “fanatismo” de vivir según patrones morales “arcaicos y perimidos” que, según ellos, lo único que logran es castrar el espíritu humano. Creen que vivir de acuerdo a la voluntad de Dios es limitar la libertad humana. Prefieren vivir en el “desenfreno”; es decir, sin que nada frene o coarte la satisfacción de sus instintos pecaminosos. Y por eso, se burlan, ridiculizan, difaman y ultrajan a los que quieren vivir según patrones superiores de conducta.

Sin embargo, en su fuero íntimo, estas personas no carecen de conciencia moral, pues el Espíritu Santo no dejará de “molestarlas” mientras vivan, y en realidad su inmoralidad es producto de una decisión consciente. Por tal motivo, son responsables ante sí mismas y ante Dios, y tendrán que rendir cuentas ante el Juez supremo del Universo.

Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios” (vers. 6).

Este es otro texto que es mal interpretado, pues se lo lee a la luz del concepto popular de la inmortalidad incondicional del alma. Pero, en realidad, Pedro no está diciendo que se les ha predicado a las personas en su estado de muerte (a su “espíritu”, o “fantasma”), como si alguien les fuese a predicar, supuestamente, al lugar en el que llevan a cabo su vida de “ultratumba”. Sencillamente, está diciendo que aquellas personas que hoy están muertas tuvieron su oportunidad en vida, y mientras vivían se les ha predicado el evangelio.

“Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración” (vers. 7).

Esta expresión, que puede sonar dramática para alguno, resulta gloriosa y esperanzadora para quienes aguardamos con fervor el retorno de Jesús y anhelamos que se acabe este mundo de dolor. Si Pedro podía decir en sus días que “el fin de todas las cosas se acerca”, con cuánta más razón los que vivimos hoy podemos tener la certeza de que así es. Las condiciones ecológicas, armamentísticas, morales y sociales en que se encuentra nuestro mundo nos dicen a gritos que Dios tiene que intervenir en nuestro planeta antes de que nos autodestruyamos.

Teniendo en cuenta esta realidad solemne, debemos ser “sobrios”; es decir, no estar adormecidos ni por los placeres ni por los dolores de este mundo, de tal forma que sintamos que es lo único que tenemos, y perdamos así de vista las realidades celestiales, invisibles por ahora, pero de las cuales muy pronto participaremos. Necesitamos, entonces, mantenernos despiertos mediante la oración; es decir, mediante una comunión íntima y profunda con Dios.

“Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones” (vers. 8, 9).

Una y otra vez Pedro vuelve al meollo de la vida cristiana, que es el amor, un amor “ferviente”. Esta insistencia, que Pedro comparte con otros apóstoles como Pablo y Juan, nos hacen ver que, en definitiva, de esto se trata el cristianismo: de aprender a amar. Y este amor hará que podamos ser pacientes y tolerantes con las inevitables fallas ajenas: “cubrirá multitud de pecados”. No se refiere a que el amor sirva como “expiación” de los propios pecados, sino que nos hará pasar por alto las pequeñas o grandes diferencias que no podemos dejar de tener con aquellos con quienes nos relacionamos, porque todos somos seres diferentes, y pecadores.

Una aplicación práctica de este amor es la hospitalidad, voluntaria y alegre, “sin murmuraciones”; es decir, no por obligación o compromiso, sino por amor.

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén” (vers. 10, 11).

Aquí se nos habla de la vida comunitaria de fe, en la iglesia y nuestro servicio al mundo. Somos “deudores” (Rom. 1:14) a quienes nos rodean por las ventajas, los privilegios y los dones con que Dios nos ha enriquecido (sean dones espirituales o naturales). Y estos privilegios nos han sido dados no meramente para que los gocemos egoístamente, sino para que podamos prodigarnos en servicio, en ayuda, a los que nos necesitan. Son capacidades que Dios nos da para el servicio, que es donde encontramos el verdadero sentido de la vida.

Pedro presenta una y otra vez, en sus cartas, la perspectiva escatológica, la conciencia de que estamos aquí de paso, rumbo al Hogar celestial, pero nos exhorta a que, mientras tanto, mientras esperamos aquí, vivamos de la manera más amable y feliz en relación con nuestro prójimo, llevando vidas significativas de amor y servicio. Que, por la gracia de Dios, ese sea nuestro sentir, y nuestra experiencia.

Sobre El Autor

Pablo M. Claverie

Cursó las carreras de Teología y de Consultor Psicológico, y trabaja como editor y corrector de Pruebas en la ACES.

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Una Respuesta

  1. carlos a ramirez

    este mensaje es imteresante es bastante etico, que lo ponemos en practica nuestras vidas como cristianos cambiarian a traves del Espiritu Santo es quien nos hace cambiar nuestra manera de sentir, amar, ser compasivo y misericordioso, amigables con mi projimo, Este es el cambio que hace en nosotros los frutos del Espiritu Santo. Dios bendiga su Palabra .

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