Una perspectiva personal

Empecé a repasar en mi memoria buscando historias en las que otras personas tuvieron alguna relación con un suicidio. Mientras organizaba esas reseñas secundarias, una convicción se apoderó de mí: no necesitaba buscar tan lejos; tengo mis propias memorias, mi propia historia en la que enfrenté el fantasma del suicidio.

Por eso, hoy quiero confesar mis luchas. Pero también quiero mostrar el camino para salir adelante; que es el camino que lleva al Calvario, donde Jesús nos declaró de forma inconfundible el valor de un alma.

La naturaleza de la bestia

Mi historia sucedió después de mi conversión al cristianismo. De hecho, estaba casada, tenía dos hijos y era adventista del séptimo día, con un ministerio público activo. Esto demuestra con eficacia la naturaleza de la bestia que ataca a los que, aparentemente, menos probabilidades tienen de ser atacados, y que se desarrolla en el ámbito privado de vidas que se ven normales por fuera, o incluso bien.

También, revela las limitaciones de una teología de la esperanza. Si el objetivo es sanar de veras, esta debe convertirse en una experiencia de esperanza, que gotee desde el cerebro hacia el corazón; proceso que a menudo queda coartado por mentiras subconscientes profundamente arraigadas.

Allí me tenían, con un cielo en mi profesión y un infierno en mi vida privada; un libreto triunfalista y un corazón derrotado. Comía mis comidas veganas, y me abstenía de toda droga y de alcohol, mientras que para mis adentros pensaba sobre cuán rápido moriría con una sobredosis. Era una tragedia que sucedía bajo la suave luz del sol; un demonio dentro de una idílica y perfecta casita. Y esta incongruencia hizo que el buscar ayuda se hiciera casi imposible, porque realmente no tenía “permiso” para admitir que la necesitaba.

Esto no tiene por qué ser así. Como adventistas, necesitamos un cambio de foco en nuestra cultura, para dejar de tener fobia hacia la psicología y abrazar la psiquis humana como parte de nuestra naturaleza íntegra, basados en la Biblia e informados por la ciencia. Tampoco debemos sobreespiritualizar la psicología; conectemos psiquis y espiritualidad, pero no los fusionemos. Una compleja combinación de genética, factores en el desarrollo, historial de trauma y las circunstancias presentes pueden hacer que un seguidor de Jesús comprometido tenga que enfrentar ataques de pánico que le cambien la vida, en tanto que otros mantengan paz. ¿Debería la persona que está en paz decir a quien está sobrecogido de pánico: “Hermano, algo está mal en tu vida espiritual”? No. Pero históricamente esto ha sucedido con demasiada frecuencia y de diversas formas.

«Dedicamos mucho tiempo discutiendo entre nosotros, y demasiado poco tiempo ayudándonos unos a otros a combatir al enemigo real”.

 Problemas paralizantes

El fantasma del suicidio entró sigilosamente en mi ser cuando estaba entrando en la tercera década de vida. Después del nacimiento de mi segundo hijo, comencé a tener problemas respiratorios persistentes, que me hicieron entrar y salir de cirugías, y tomar antibióticos intermitentemente por unos años. Estos problemas me arruinaron la voz y no pude seguir cantando, algo que yo sentía que era mi único aporte a la humanidad. Escribir, cantar y grabar canciones había sido para mí una liberación emocional, y me había dado un sentido de propósito. Ahora, parecía que la cruel mano de la providencia de repente se llevaba todo eso.

Yo personalicé y espiritualicé esta desgracia, y tenía la percepción de que Dios estaba olvidando mis necesidades e ignorando mis oraciones. Habiendo construido un muro entre mí y Aquel que podría haberme calmado en medio de la tormenta, me vi a la deriva en un mar de emociones revueltas y aleatorias. Si yo lo sentía, así era. Ahora estaba disociada de la objetividad, y el enemigo me susurraba mentiras aterradoras. Una de sus favoritas era: “Sería mucho mejor que te murieras”.

El pensamiento venía de la nada, como la mordida de una serpiente, que al mismo tiempo paralizaba el control de los impulsos de mi lóbulo frontal e intensificaba mi deseo de acabar con mi aflicción. Recuerdo que iba hasta el armario de los remedios, y miraba fijamente un frasco de analgésicos que me había sobrado de una cirugía reciente. No había tomado ninguno (eran muy fuertes para el dolor físico); ahora que vacilaba con dolor emocional, quería acabarme todo el frasco. Pero no lo hice. Viví y me recuperé.

Sanación al ayudar

A menudo podemos sanar al hacer por los demás lo que necesitamos que nos hagan a nosotros.

Años después de haber enfrentado el fantasma del suicidio, ayudo con regularidad a otras personas para que lo puedan enfrentar. Utilizo un diagnóstico basado en acrónimos, y elaboro planes de seguridad para que las personas pongan varias murallas entre ellos y lo impensable. Por la gracia de Dios, he prevenido suicidios y ayudado a personas a volver a disfrutar de la vida. También, en ocasiones, he fallado… Estas cosas me duelen en lo profundo del alma, como a cualquier otra persona, y me dejan el “síndrome del superviviente” y las preguntas de qué más podría haber hecho. Una de las realidades de nuestra existencia corpórea es que nuestros cuerpos pueden ser destruidos; incluso, pueden destruirse a sí mismos.  Así que, a fin de cuentas, nuestra decisión de vivir es simplemente eso: nuestra decisión. Pero, como terapeuta, como cristiana y, sobre todo, como sobreviviente, haré todo lo que pueda por persuadir a las personas a que tomen la decisión por la vida.

Ayuda de otros

Debo dar el crédito a mis hermanos y hermanas, que me ayudaron a persuadirme. Una amiga me acompañó hasta mi auto después del culto y me dijo: “Jen, he estado preocupada por ti”. Puedo recordar sus lindos ojos azul profundo detrás de unos lentes de marco rojo, mientras lágrimas caían por sus mejillas. Su mirada expresaba con elocuencia las palabras que ella no tenía. Otro amigo, al enterarse de que estaba teniendo pensamientos suicidas, me llamó para darme un discurso firme. Él podría haber tenido más delicadeza, pero incluso su arenga significó algo para mí.

Yo necesitaba desesperadamente un terapeuta que entendiera sobre depresión clínica, pero había varias trabas en el camino. Primero, no podía encontrar un terapeuta que apoyara mi sistema de creencias; como adventista, temía abrir mis problemas ante alguien que pudiera decir que la culpa la tenían las creencias que yo consideraba más valiosas que la vida misma.

Finalmente, programé una consulta con una terapeuta que me había recomendado una amiga. Como resultado de estas experiencias, estoy haciendo todo lo que puedo como terapeuta profesional para ofrecer a adventistas y a otros terapia y orientación basadas en la Biblia que sean asequibles.

Mi objetivo hoy es generar una cultura de ayuda dentro de la iglesia. Dedicamos mucho tiempo discutiendo entre nosotros, y demasiado poco tiempo ayudándonos unos a otros a combatir al enemigo real.

Quizá Dios permitió que enfrentara el fantasma del suicidio con el propósito de aumentar mi efectividad. A lo mejor, la confluencia de múltiples circunstancias, predisposiciones genéticas, traumas de la niñez sin resolver y un procesamiento defectuoso de los pensamientos catalizó la tormenta perfecta para desestabilizarme. Y Dios lo permitió a fin de que yo pudiera ayudar a otros. Por más que sea algo incómodo pensar que esta historia tan personal estará circulando impresa, lo hago con gusto. Que mi ego se encienda en llamas; quizás el fuego alumbrará la senda de algún viajero perdido. RA

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