Mi travesía desde “un lugar oscuro” hacia el gozo.

Todos, en algún momento de nuestra vida, nos sentimos deprimidos por cosas que nos suceden. La depresión puede durar unas horas o un día, o incluso varios días. Sin embargo, la depresión que dura muchos días y aun semanas es algo que debería preocuparnos.

Se ha descrito la depresión como un trastorno mental común, que suele manifestarse en forma de tristeza, pérdida de interés o de placer, sentimientos de culpa o baja autoestima, sueño o apetito trastornados, cansancio y dificultad para concentrarse. Y, según Global Depression Statistics, las mujeres tienen “el doble de probabilidad de sufrir depresión, comparadas con los hombres”.

Mi experiencia con la depresión comenzó en 1996. Fue un año que, aparentemente, no tuvo nada de diferente de todos los demás en mi vida, con todos sus desafíos, alegrías y tristezas; con excepción de que ese fue el año en que caería abatida en un lugar oscuro.

Una pérdida trágica

Todo comenzó en 1985, cuando perdí a mi hijo mayor, Joseph Jr. Él tenía cuatro años. Una clara y hermosa mañana caribeña de domingo, nuestro hijo Joey –la forma cariñosa en que lo llamábamos– fue atacado por un perro, y unas horas después del ataque murió en el hospital. Aquel día, mi vida y la de mi esposo, Joe, cambiaron para siempre. Caminamos “en valle de sombra y de muerte”. Pero fue también en esos tiempos difíciles que Joe y yo formamos por primera vez en nuestra vida una relación verdadera y duradera con Jesucristo.

El inicio de mi viaje

Sin embargo, once años más tarde, una serie de acontecimientos que suscitaron mis recuerdos acerca de la muerte de Joey me llevó a la depresión. Fue un año que no olvidaré. Mi frasco de pastillas analgésicas se veía demasiado tentador, y parecía prometer paz y la solución inmediata para mi dolor emocional y físico. Cuando estaba por tomar las pastillas para quitarme la vida, mi esposo me encontró, justo en ese mismo momento. Todo fue por la providencia perfecta de Dios. Mi esposo me sugirió suave pero firmemente que buscara ayuda, y así lo hice. Ese fue el inicio de un nuevo viaje hacia el gozo con Jesús.

Dos cosas fueron importantísimas en mi recuperación. La primera fue haber encontrado la medicación correcta para aliviar la tristeza que envolvía mi vida. Hasta que no se disipó esa tristeza, no conseguí motivarme para hacer ejercicio, comer bien, orar, leer la Biblia, o incluso tomar las decisiones correctas que me ayudarían a recuperarme. Después de unas seis u ocho semanas de medicación, la oscuridad comenzó a disiparse. Se sentía como salir de un cuarto oscuro hacia la brillante luz del sol. Todo se veía claro y esperanzador.

La segunda fue encontrar una buena médica. Encontré a una psiquiatra que me dijo: “Por cada período que sientas tu vida en las alturas, también tendrás un período de decaimiento”. Ella me advirtió que no me los tomara demasiado en serio porque pasarían, y que en esas ocasiones no debería hacer cosas como salir de compras o tomar decisiones importantes. Me he tomado ese consejo en serio, y ahora me siento mejor preparada para enfrentar esos períodos de decaimiento cuando vengan.

Una vez que la oscuridad se disipó, pude volver a mi Biblia, y en ella obtuve fuerzas al regocijarme en Dios. Durante la depresión, cuando no tenía deseos de leer la Palabra y mis únicas palabras a nuestro Padre celestial eran clamores en búsqueda de auxilio, otras personas estaban intercediendo por mí. Por eso, les digo a mis amigos: “Cuando te sientas deprimido o desanimado y no logres orar, busca a alguien y pídele que ore por ti”. Dios oye las oraciones de quienes suplican por nosotros, y viene para socorrernos. Sé que esto es verdad.

¿Ha pasado mi depresión? No del todo, incluso habiendo tomado medicación. Así como para muchas otras personas, mi lucha con la depresión es compleja, y es una batalla de por vida contra el dolor crónico, que cuando se combina con la fatiga a veces es más fuerte que la medicación, y provoca episodios depresivos. Sin embargo, como cristiana, sé que esto tendrá un final y sé que existe esperanza.

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Volver a tener gozo

Esta es la parte en la que escribo el cliché que quizás algunos preferirán ignorar. Pero, como lo viví, sé que es cierto: Dios me devolvió el gozo. No me refiero a la risa y los sentimientos felices, me refiero a un estado mental que me da esperanza, incluso cuando estoy triste.

Durante este transitar, recibí muchos consejos sin que los pidiera, lo que fue tanto interesante como frustrante. Algunas personas bien intencionadas me aconsejaban leer más la Biblia, orar más, alabar más, incluso salir de mi depresión a fuerza del canto. Lo intenté, pero no funcionó. Algunos días no podía orar, y la vida parecía demasiado desesperante, vacía y oscura. ¿Acaso no podían comprender cómo me sentía?

A pesar de toda la información que se tiene hoy en día, la comunidad cristiana aún no sabe muy bien cómo tratar con los que estamos deprimidos. Automáticamente llegamos a la conclusión de que quienes pasan por depresión tienen una experiencia cristiana débil o no tienen una conexión con Dios. Suponemos que un problema mental es un problema del corazón; y puede que en algunos casos eso sea cierto. Sin embargo, en mi experiencia limitada al hablar con hermanos de diversos países, culturas y contextos, he descubierto que la causa suele radicar en un evento o una serie de eventos que nos suceden en la vida.

Necesitamos eliminar el estigma que la iglesia asocia con la depresión. Pero, para hacerlo, debemos educar a nuestros miembros de iglesia acerca de las enfermedades mentales. Por eso, al viajar por el mundo, comparto con otros mi historia de mi experiencia con la depresión, y les cuento sobre la fuerza y el gozo que Dios regala. Hago esto porque creo que cada prueba es un testimonio de la bondad de Dios en nuestra vida. Pablo escribe que Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Cor. 1:4).

Días, meses, años

Recuerdo el día después de la muerte de Joey. Estaba buscando en mi Biblia palabras de aliento y esperanza. Pero lo único que encontraba eran versículos que hablaban de gozo, regocijo, alabanza y alegría. Yo no tenía ánimo alguno para leer esas cosas. Mi corazón se partía, y yo buscaba paz y consuelo. Pero Dios sabía que once años después de que mi hijo muriera necesitaría conocer aquella palabra: “GOZO”. RA

Sobre El Autor

Directora del Ministerio de la Mujer de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día desde 2001.

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