Lección 1 – Segundo trimestre 2017

Queridos amigos: ¡Bienvenidos a un nuevo trimestre de estudio de la Escuela Sabática!

A diferencia del trimestre anterior, que fue un estudio temático de la Biblia (El Espíritu Santo), desde este trimestre y hasta fin de año vamos a tener estudios textuales, de libros enteros de la Biblia, siguiendo su secuencia natural. Es lo que en teología se suele diferenciar como teología sistemática y teología bíblica.

En el presente trimestre estudiaremos las dos epístolas de Pedro, el tercer trimestre estudiaremos el libro de Gálatas y el cuarto trimestre lo haremos con el libro de Romanos (estos dos últimos, obviamente, con motivo de la conmemoración de los quinientos años de la Reforma de Martín Lutero, cuando clavó las 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, y a causa del gran tema de la justificación por la fe).

Pero empecemos por 1 y 2 Pedro.

Para hacerlo, primero vamos a dar un pantallazo de la historia espiritual de la relación de Pedro con Jesús. No lo haremos porque la biografía de Pedro sea determinante de su mensaje, ya que este es inspirado por el Espíritu Santo mediante el fenómeno profético y, por lo tanto, por ser de procedencia divina, el contenido de la Revelación trasciende toda subjetividad humana. Pero sí es importante saber quién lo escribió porque aun cuando el mensaje divino no dependa de la personalidad del mensajero (el profeta) ni de sus prejuicios, preconceptos o temperamento, sin embargo es evidente, al leer la Biblia, que a Dios le ha placido que cada libro bíblico tenga el sesgo de su autor humano, y de algún modo refleje su personalidad y biografía, sin que esto afecte la infalibilidad del mensaje de Dios. De esta forma, nos enriquecemos al considerar los distintos abordajes de la verdad, que siempre es absoluta pero que puede ser vista desde distintas perspectivas, que no son contradictorias entre sí pero sí complementarias.

La historia de Pedro es muy inspiradora, no porque a diferencia de, por ejemplo, José –que nos ha dejado un ejemplo sublime de nobleza y virtud–, su vida se la presente en los evangelios como intachable, sino precisamente porque el gran héroe de la vida de este apóstol no es Pedro mismo sino Jesús y su gracia salvadora. La vida de Pedro es un ejemplo muy ilustrativo de esta bendita verdad bíblica:

“Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20).

Cuánto consuelo y esperanza nos da, para los que nos reconocemos pecadores y necesitados de la gracia inmerecida de Dios, el trato salvador de Jesús con Pedro, su misericordia, paciencia y amor, y su poder restaurador.

EL LLAMADO DE PEDRO (Juan 1:40-42; Luc. 5:1-11; Mat. 4:18-20)

A veces tenemos una imagen ingenua y mágica del llamado de los discípulos y de su respuesta a Jesús. No figuramos que de repente, de la nada, Jesús se paseaba un día por las playas del mar de Galilea, vio a unos pescadores, y sin que ellos lo conocieran ni hubieran tenido una relación previa con él, cuando Jesús los llamó tiraron todo por la borda (trabajo, familia, afectos entrañables) y lo siguieron incondicionalmente.

La realidad es que, si reconstruimos el informe que nos dan los distintos evangelistas de este llamado, podemos notar que los discípulos (y específicamente Pedro) conocieron primero a Jesús, tuvieron una relación con él, llegaron a gozar de su maravillosa presencia y su trato saturado de amor, y luego de haber entrado en esta relación de confianza y amistad con él, y haber presenciado sus benditas obras divinas de bondad, entonces sí, “dejándolo todo”, decidieron seguir a Jesús y jugarse el todo por el todo por él.

No podría ser de otra forma. Nadie abandona algo que considera valioso a cambio de algo desconocido, incierto, cuyo valor no conoce. Ninguno de nosotros, hoy, puede genuinamente entregarse a Jesús, seguirlo y, de ser necesario, abandonar un trabajo próspero, estilo de vida, terruño y lazos entrañables de familia y amistad si no tiene primero una relación profunda con Jesús, si no ha llegado a saborear la belleza y la felicidad que otorga un trato salvador con él. Por eso, cuando nuestra religiosidad se basa más en la presentación y la adherencia a un cuerpo doctrinal (teológico) y de normas eclesiásticas que en una relación estrecha con Jesús por la cual hemos sido conmovidos por su amor, lo que estamos haciendo es pedirle a la gente que tire por la ventana las cosas más valiosas para ella a cambio de algo impersonal, frío, formal. Obviamente, el resultado es la poca adherencia espiritual, el poco compromiso cristiano, cuando no la apostasía abierta. O, casi en el peor de los casos, gente reprimida, triste espiritualmente hablando, que se siente esclava de Dios y de la iglesia, y que solo permanece en ella por temor a la condenación, a la pérdida del favor de Dios o al qué dirán del grupo social religioso al que pertenece.

Pero Pedro y sus compañeros habían encontrado en Jesús al “tesoro escondido”, la “perla de gran precio”, y entonces, “gozosos”, cambiaron algo de un valor menor por Aquel que tiene un valor infinito (Mat. 13:44-46). Lo mismo nos sucede a nosotros cuando llegamos a tener una vislumbre de la grandeza de Jesús y de lo que él tiene para ofrecer.

LA PACIENCIA DE JESÚS CON PEDRO

A lo largo de los evangelios, podemos ir trazando una aproximación a la personalidad de Pedro. No era un hombre “malo”, empedernido en el pecado, en inmoralidad, en vicios, en criminalidad. Era un hombre común y corriente, un trabajador sencillo y esforzado, y de sensibilidad espiritual. Pero, más allá de que Pedro revela tener un temperamento entre sanguíneo y colérico, impetuoso, le sucedía lo que, en esencia, nos sucede a todos con mayor o menor agudeza, independientemente de nuestras tendencias temperamentales y características de personalidad: quería manejar su propia vida; hacer las cosas a su manera; depender de sus propias iniciativas, capacidad y esfuerzo. Y no parece conocerse del todo a sí mismo, sus zonas oscuras, su fragilidad y sus debilidades. Parece ser autosuficiente.

Sin embargo, Jesús no esperó a que Pedro fuera perfecto, superase sus defectos de carácter, para amarlo, aceptarlo, bendecirlo e integrarlo al grupo de sus discípulos escogidos, y honrarlo confiándole la gran misión evangelizadora y salvadora en favor de los hombres. Pero fue trabajando en él, mediante su sabiduría y su amor, para ir cincelándolo poco a poco, en la medida en que la libertad de Pedro se lo permitiera (como lo hace con todos nosotros), para realizar en él su magnífica obra de arte espiritual, la transformación de su carácter.

Pedro se hunde en el mar (Mat. 14:22-33)

Este episodio entrañable nos muestra a los discípulos, que navegan solos, sin Jesús a bordo, en medio del mar de Galilea, cuando de repente se levanta una gran tempestad –a semejanza de las que nos suceden muchas veces a nosotros económicamente, familiarmente, socialmente, psicológicamente, espiritualmente– que amenaza con hundirlos y acabar con su vida; una situación terriblemente amenazadora.

Pero, en medio de ese momento crítico, aparece Jesús caminando milagrosamente sobre las aguas, sin hundirse. Pedro, con su ímpetu natural y su personalidad un tanto inclinada al sensacionalismo, el amor por lo espectacular y fuera de lo común, le pide a Jesús que si es él realmente haga el milagro de que Pedro mismo pueda caminar sobre las aguas sin hundirse. Jesús, que muchas veces es condescendiente con nuestra inmadurez espiritual (como cuando “le siguió el juego” a Gedeón con el asunto del vellón, en Juec. 6:36-40), accede, y realiza el milagro: Pedro empieza a caminar sobre el agua como si fuese un piso sólido de cristal.

Sin embargo, el relato nos dice que por un momento Pedro desvió el foco de su atención, que era Jesús, y “al ver el fuerte viento, tuvo miedo” (Mat. 14:30). Una reacción típicamente humana, que nos sucede a todos, cuando frente a los problemas, las amenazas que nos presenta esta vida terrenal, de diversa índole, dejamos de concentrar nuestra mente y nuestra fe en Dios, y la focalizamos en los sinsabores de la vida. O incluso cuando nos sentimos hundidos por nuestra propia pecaminosidad, nuestra culpa y nuestro sentido de condenación. Al apartar la mirada de Jesús, nos ocurre lo mismo que a Pedro: empezamos a hundirnos (vers. 30). Nos hundimos en la tristeza, la amargura, el resentimiento, el negativismo, cuando no en la angustia, la depresión, o hasta el ataque de pánico.

Al verse en esa situación desesperada, Pedro hizo una corta pero efectiva oración, que es la misma que todos podemos y debemos hacer cuando nos sentimos hundir en el mar de la vida: “¡Señor, sálvame!”

No hace falta una gran retórica, ni buscar palabras adecuadas, refinadas, ni largas oraciones bien armadas. Sencillamente, un pedido que nazca de lo profundo del corazón y de nuestra necesidad: “¡Señor, sálvame!” Porque, en definitiva, lo que necesitamos siempre es ser salvados por Jesús, porque no nos bastamos solos para enfrentar los desafíos más acuciantes de esta existencia marcada por el pecado y el dolor.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: “Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él” (vers. 31). Así de inmediata es la respuesta de Jesús a nuestro pedido de salvación. La cuestión es tomarse de su mano o, más bien, dejarnos asir por la mano fuerte, cálida y segura de Jesús, que solo tiene “pensamientos de paz, y no de mal” (Jer. 29:11) hacia nosotros, y quiere nuestro mejor bien y salvación.

Este episodio no es sino un símbolo de lo que hizo Jesús con Pedro a lo largo de toda su vida, especialmente en aquellos momentos álgidos en los que más lo necesitó: salvarlo de sí mismo. Que es lo mismo que necesitamos todos nosotros, porque, en definitiva, nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. Y es de nosotros mismos que Jesús quiere salvarnos.

Pedro y el pago del impuesto del Templo (Mat. 17:24-27)

En este pasaje del Evangelio, los cobradores del impuesto del Templo se acercan a Pedro con un enfoque capcioso en su pregunta, presuponiendo que Jesús es un rebelde falto de respeto por las instituciones de la “iglesia”: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?” (Mat. 17:24). Su aproximación es negativa, y en la propia pregunta se encierra la idea de que ellos creen que Jesús se negará a pagar el impuesto, desafiando así las obligaciones que, como judío común (según ellos creían), Jesús debía cumplir.

Pedro, nuevamente impetuoso, irreflexivo, pero con un alto sentido de lealtad hacia Jesús, se apresura a responder sin siquiera consultar con Jesús por el tema: “Él dijo: Sí” (vers. 25).

Apenas Pedro entra en la casa donde se alojaba Jesús, y antes de que dijera palabra y contara lo sucedido, Jesús se adelanta y, con una demostración más de su carácter divino y de su sabiduría celestial, lo interpela con el siguiente planteo:

“¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños?” (vers. 25).

Obviamente, los príncipes están exentos de los impuestos. Solo los súbditos de los reyes son los que pagan los impuestos. Pedro responde acertadamente: “De los extraños” (vers. 26).

Con este ejemplo, claramente le está dando a entender a Pedro que Jesús no tiene por qué pagar el impuesto, porque no es un mero súbdito del Rey celestial, Dios, sino que es su propio Hijo (con inicial en mayúscula), y está exento de tal obligación.

Jesús se podría haber empacado en su amor propio, en su orgullo (si los hubiese tenido), y defendido su dignidad, su honor y sus derechos, frente a este “atropello” a su condición divina. Pero, con humildad, pero con una demostración más de su carácter divino, le dice a Pedro:

“Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti” (vers. 27).

“Para no ofenderles”. ¡Qué declaración tan humilde y considerada hacia la ignorancia humana y aun las malas intenciones! Qué distinto de como solemos proceder los seres humanos, aun los que pertenecemos a la iglesia, cuando no nos importa patalear para defender nuestro yo y que los demás reconozcan quiénes somos, lo que valemos, nuestro estatus o posición dentro de la iglesia o de la sociedad. “¿Con quién se cree que está hablando, si yo soy tal o cual cosa, tengo tal o cual título o preparación académica, u ocupo tal cargo importante en la sociedad y en la iglesia?”

Jesús, en cambio, aun cuando en diversas ocasiones no tuvo empacho en defender la verdad y a las personas oprimidas denunciando los abusos y los desvíos de la verdadera fe, no gustaba de ofender a los demás, herir sus sentimientos, avasallar su personalidad atacando despiadadamente sus prejuicios o preconceptos. No tenía una “honestidad brutal”. Si no era absolutamente imprescindible, Jesús “nunca produjo en un corazón sensible una pena innecesaria” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 10).

“Jesús no suprimió una palabra de verdad, pero siempre profirió la verdad con amor. En sus relaciones con la gente ejercía el mayor tacto y la atención más cuidadosa y misericordiosa. Nunca fue áspero, nunca habló una palabra severa innecesariamente […]. No censuraba la debilidad humana. Hablaba la verdad, pero siempre con amor. Denunciaba la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad; pero había lágrimas en su voz cuando profería sus fuertes reprensiones” (ibíd.).

Si bien es cierto, Jesús se somete a una obligación que, con justicia, no tenía por qué cumplir, no obstante, no deja de revelar su carácter y su poder divinos. ¿Cómo sabe que hay una moneda suficiente para pagar el impuesto del Templo de Jesús y el de Pedro en la boca del primer pez que Pedro encontrara al ir a pescar? Solamente porque es el Soberano de la Tierra y del universo, y con su omnipotencia divina hizo, de alguna manera, que esa moneda exacta que cubría el impuesto de ambos fuera a parar a la boca de ese pez, y que ese pez fuera el primero que Pedro sacara del agua al ir en su busca.

¿Cómo? ¿No revela esto una ventaja de Jesús sobre sus contemporáneos, que debían esforzarse, trabajar, luchar, para conseguir sus bienes económicos con los cuales, entre otras cosas, cumplir con sus obligaciones religiosas hacia el Templo? Sí, pero aquí a Jesús, que no tenía por qué pagar ese dinero, le interesa revelarle a Pedro su carácter divino y, además, siendo él el Dueño legítimo de todo bien y riqueza que haya en esta Tierra, ¿no tenía derecho a tomar de lo suyo y hacer con ello lo que él quisiera? “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Sal. 24:1); “Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos” (Hag. 2:8). Este Jesús, entonces, cuyo nombre en hebreo (Yeshúa) es una contracción entre dos palabras que precisamente significan “Jehová salva”, o “Jehová es el Salvador”, es el Rey del universo, y tiene derecho a hacer lo que quiera con lo suyo.

Lo notable es que Jesús no solo resuelve su propio problema frente a los recaudadores de impuestos, sino también, en una superabundancia de su amor y generosidad, se hace cargo del impuesto de Pedro mismo. Pero, mucho más que eso, busca y logra resolver el dilema ético-espiritual de Pedro, al darle evidencias de quién era realmente Jesús, que le servirían más adelante a la vacilante fe de Pedro para poder aferrarse del Señor como su Dios salvador.

La crisis en Cesarea de Filipos (Mat. 16:21-26)

Jesús se apresura con paso firme hacia la Cruz, y sabe que esto va a ser un golpe muy grande para sus discípulos, no solo por sufrir ellos la pérdida de un amigo querido, sino también porque todas sus expectativas con respecto al Mesías esperado, de liberación de la opresión romana, y de gloria y bienestar inefables para Israel, se harían pedazos y se esfumarían.

Quiere, entonces, prepararlos para esa crisis, y por primera vez les aclara explícita y enfáticamente el carácter sufriente de su misión en la Tierra: debe ser maltratado por los hombres, sufrir a manos de ellos, para finalmente dar su vida en rescate por la humanidad (Mat. 16:21).

Cuando Pedro escucha esto, en un arranque impetuoso de su afecto por Jesús, pero también seguramente escondiendo el temor secreto de que si Jesús iba a correr esa suerte probablemente sucedería lo mismo con ellos, “tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (vers. 22).

Esta reacción de Pedro es absolutamente propia del ser humano: tener compasión de nosotros mismos, hacerle caso al instinto de conservación, rehuir el dolor. Es algo legítimo y natural, salvo cuando se interpone con valores superiores como el amor por otros, la compasión por los sufrientes y, sobre todo, su salvación. Y Pedro, sin saberlo y sin quererlo, estaba siendo un instrumento en manos del enemigo para desviar a Jesús de la razón de ser de su vida, de su misión salvadora, procurando que antepusiera sus propios intereses a los de la humanidad perdida.

Entonces, Jesús profiere una de sus más duras reprensiones: “Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (vers. 23).

Nos parece muy fuerte que Jesús haya tratado así a Pedro, pero este necesitaba ser shockeado, necesitaba que se rompiera ese ensalmo de la autocompasión, para empezar a ver la realidad con los ojos de Dios, para incorporar los valores del Reino de los cielos, el principal de los cuales es el amor. Pero el verdadero amor, que por naturaleza es abnegado:

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (vers. 24, 25).

No se trata de autodesprecio, autoflagelamiento, masoquismo, suicidio psicológico. Se trata de entender que hay cosas más importantes que uno mismo en esta vida; sobre todo, la salvación de los que nos rodean y contribuir lo máximo posible a aliviar su sufrimiento. Se trata de aprender –por mucho que cueste– a descentrarse, a dejar de creerse el ombligo del mundo, para empezar a preocuparse por otros y sus necesidades legítimas. Aprender a amar:

“A los pies del Crucificado es donde aprenderemos que en esta vida es imposible amar sin sacrificio. Pero el sacrificio es dulce al que ama” (A. Tanquerey, en La divinización del sufrimiento).

Es el llamado a renunciar al yo, al egoísmo; a la entrega total a Dios, a fin de vivir para hacer su voluntad y consagrarse a una vida de servicio abnegado en favor del prójimo. Una lección que Pedro aprendería paso a paso, acompañado siempre por la misericordia de Jesús.

La extraordinaria confesión de fe de Pedro (Juan 6:60-71)

Jesús no era en absoluto demagógico. No buscaba el aplauso de la gente ni su lealtad basándose solo en promesas de prosperidad terrenal. En este pasaje de los evangelios, luego de alimentar a una multitud de miles de personas con tan solo unos pocos panes y peces, la gente sigue a Jesús entusiasmada, pensando que él es el Rey de Israel prometido, el que solucionaría todos sus problemas terrenales sociopolíticos. Pero Jesús, de alguna manera, tiene que provocar una crisis, para hacer un zarandeo que purifique el grupo de sus seguidores, dejando que aquellos que solo lo siguen por motivos egoístas y materiales tengan la libertad de abandonarlo, y queden solo aquellos que lo siguen por motivos superiores. Les explica que, a diferencia del pan material que les acababa de proveer, que finalmente perece, él es el Pan de vida, el verdadero alimento del alma (Juan 6:35, 48). Y aclara que ese alimento que viene a dar al mundo consiste en la entrega de su vida a una muerte sacrificial por la salvación de la humanidad: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (vers. 51).

Ante este anuncio, las expectativas de la gente se ven defraudadas, y en su panorama ya no aparece solo el triunfo, el bienestar material y el poder, sino también el sufrimiento. Desde entonces, “muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él” (vers. 66).

Jesús, entonces, con tristeza pero con valentía y un sentido de realismo, de que “nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio” (como diría el gran cantautor español Joan Manuel Serrat), y con un supremo respeto por la libertad humana, deja libres a los pocos que quedan para quedarse o abandonarlo, si consideraban que el precio por seguirlo era demasiado alto:

“Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?” (vers. 67).

Entonces, Pedro, ese ser falible, finito, limitado, defectuoso, sin embargo hace una de las más hermosas declaraciones de fe de la Biblia:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (vers. 68, 69).

En otras palabras, “no creemos en ti solamente por la sensación del ‘show milagroso’ que tantas veces hemos visto, o porque contigo tengamos el pan garantizado. Creemos en ti porque nos has demostrado tu carácter divino; porque un amor como el tuyo, una bondad tan sublime y un mensaje tan lleno de vida eterna únicamente pueden provenir del Mesías, del Enviado del Cielo, de Dios hecho hombre. Y no hay otra cosa en la Tierra, ni persona alguna, que pueda satisfacer el hambre y la sed de nuestra alma como lo haces tú. Por eso, no importa lo que pase en esta vida terrenal, nos quedamos contigo, aquí en esta vida, independientemente de las circunstancias: con hambre o con frío; con soledad o con opresión; con injusticia social o con enfermedad; con sufrimiento o con muerte. Y queremos quedarnos contigo no solo en esta vida, sino sobre todo seguirte, acompañarte y estar contigo por la eternidad” (El tesoro escondido, p. 175).

El anuncio de la negación de Pedro (Luc. 22:31-34)

Llegamos a un momento cumbre de la relación de Pedro con Jesús, en la noche del jueves de la Pasión. Jesús está por empezar el proceso de la Expiación. Ha llegado “su hora”, la hora de su entrega total de amor sacrificial por amor a todos nosotros. Y, tristemente, le tiene que anunciar a Pedro que él lo negaría, le daría la espalda en el momento en que más necesitaba de su afecto y lealtad. Pero, seguramente no lo hace para torturarlo con la culpa, sino, por el contrario, para que por encima de esa caída él supiera que su gracia y su amor permanecerían inalterables y que finalmente sería restaurado:

“Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Luc. 22:31, 32).

Aun antes de que cayera y de que se arrepintiera, Jesús ya le estaba anunciando su perdón y prometiéndole restauración.

Si Pedro no se hubiese aferrado al recuerdo de estas palabras misericordiosas de Jesús, probablemente su destino habría sido similar al de Judas. Pero es siempre la promesa de perdón de Jesús lo que nos permite levantarnos del polvo de nuestras caídas, para emprender nuevamente el camino cristiano.

Y algo que debe alentarnos también es un aspecto importantísimo de la obra redentora de Cristo, que no siempre tenemos en cuenta: su intercesión. Qué consoladoras y alentadoras son las palabras que Jesús dirigió a Pedro, que también nos dice hoy a nosotros: “Yo he rogado por ti” (vers. 32).

Como a Pedro, también a nosotros el enemigo nos zarandea como a trigo: crisis personales psicológicas y espirituales, caídas morales, conflictos familiares, problemas económicos, pérdidas de seres queridos, etc., son todas experiencias que nos sacuden, nos descolocan y amenazan con destruirnos. Y muchas veces nos soltamos de la mano de Jesús y caemos. Pero, como a Pedro, Jesús nos asegura que ya estamos perdonados. Solo tenemos que volvernos a él con fe y arrepentimiento, y la restauración está asegurada, por su gracia infinita.

La negación de Pedro (Mat. 26:69-75)

Pedro no era habitualmente un hombre cobarde. Fue lo suficientemente valiente como para blandir una espada para defender a Jesús de la turba que lo había ido a apresar en el Getsemaní (Juan 18:10). Pero a veces es más fácil, en un momento puntual, tener valor para enfrentar una situación violenta que soportar la presión social, el rechazo social, la burla, la vergüenza.

Luego de que Jesús fuera arrestado, Pedro “lo siguió de lejos” (Mar. 14:54). Y aquí está el inicio de su caída, y también de las nuestras: cuando seguimos a Jesús de lejos. No tan lejos que no tengamos nada que ver con él, que apostatemos, pero tampoco tan cerca que nos sintamos comprometidos realmente con él y nos juguemos por él. Es el gran drama del cristianismo actual, de muchos de nosotros: la falta de compromiso con Jesús y la vida cristiana.

El resultado fue que, dándole la espalda a su identidad como cristiano, a lo que había llegado a ser por la gracia de Cristo, Pedro quiere mimetizarse con el ambiente, pasar desapercibido, negar su sentido de pertenencia: “No lo conozco” (Mar. 14:68). Es el drama de muchos de nosotros, que no tenemos el valor de identificarnos como cristianos ante los que nos rodean, por temor a la burla y al rechazo social. Pero, como a Pedro, Jesús nos mira con misericordia, y nos asegura su comprensión y su perdón.

La restauración de Pedro (Mar. 16:1-8; Juan 21:15-19)

Ya Jesús ha resucitado. Las devotas mujeres se acercan el domingo de mañana a la tumba de Jesús para ungir su cuerpo inerte con especias aromáticas. Pero, para su gozosa sorpresa, encuentran la tumba abierta, y en vez de estar allí el cadáver de Jesús se topan con un ángel resplandeciente, que les transmite un mensaje lleno de alegría:

“No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron” (Mar. 16:6).

Y no solo eso, sino también les da a entender que Jesús ha perdonado la cobardía de los discípulos, su abandono en el momento en que más los necesitaba, y les envía de parte de él un mensaje de restauración de la amistad, pero con un énfasis especial en Pedro:

“Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo” (vers. 7).

“Y a Pedro”. ¡Cuán consoladoras debieron haber sonado estas palabras a oídos de Pedro! A él, que con jactancia había asegurado que aunque el resto de los discípulos lo abandonaran él no lo haría, pero que cayó estrepitosamente de su orgullo negando tres veces a Cristo, Jesús tiene la delicadeza de subrayarlo en este mensaje que asegura que la amistad sigue intacta, que quiere volver a encontrarse con sus amigos, y especialmente con él.

Una vez en Galilea, y luego de la repetición de la pesca milagrosa y de haber preparado un desayuno para sus discípulos cansados de una noche infructuosa de pesca (¡qué maravilla, que el Rey del universo se digna a realizar la humilde tarea de preparar un desayuno para pobres seres mortales!), Jesús tiene todavía una tarea que realizar: devolverle a Pedro la confianza en sí mismo, al devolverle la confianza en el incondicional amor de Jesús por él y su deseo de restaurarlo al servicio y honrarlo confiándole –al igual que al resto de los discípulos– el cuidado de su iglesia.

Pero, para eso, Jesús tiene que lograr que Pedro esté seguro de lo que siente por Jesús, y le presenta la única condición importante para ser su discípulo y su servidor. Tres veces (aunque con distintos matices, en el original en griego de las palabras usadas en el Evangelio) Jesús le pregunta sobre lo único que realmente define si somos verdaderamente cristianos:

“Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Juan 21:16).

Porque podemos considerar que somos cristianos porque creemos, legalistamente, que somos “fieles” a la voluntad de Dios, obedeciendo todas las normas de la iglesia, cuando en realidad lo que nos mueve a hacerlo es el deseo escondido de ganar el favor de Dios o asegurarnos la salvación, y su favor y su apoyo en esta vida. O porque nos desvivimos por hacer obras de bien, pensando que de esa manera estamos pagando nuestra salvación. O porque deseamos ser aceptados por el grupo social que constituye la iglesia, y debemos vivir de acuerdo con “lo que se espera de un buen adventista”.

Hay tantas motivaciones egoístas y erróneas por las cuales nos autoengañamos pensando que somos cristianos. Pero la única señal relevante que nos identifica como tales es si realmente amamos a Jesús, y todo lo que hacemos lo hacemos pura y exclusivamente movidos por ese amor a él, y al prójimo. Toda otra motivación es espuria, y nos convierte en esclavos de Dios en vez de hijos de Dios.

Pedro no estuvo exento de errores en su vida cristiana posterior. Todavía conservaba prejuicios en cuanto a predicar a los gentiles antes de su encuentro con Cornelio (Hech. 10). Tuvo que ser reprendido por Pablo por avergonzarse de su relación con los gentiles, ante la presencia de los judaizantes (Gál. 2:11-14), con lo cual parece que todavía la presión social ejercía mucha influencia en su ánimo y su conducta moral.

Sin embargo, llegó a ser un gigante de la iglesia, gran predicador y defensor de la fe cristiana, y finalmente coronó su amor y su entrega a Cristo con el martirio, siendo crucificado boca abajo, según la tradición, porque consideraba demasiado honor morir igual que su Maestro.

Este es el Pedro a quien Dios inspiró para escribir sus dos epístolas, que son un reflejo de su fidelidad al cometido que Jesús le diera luego de su resurrección y antes de partir de regreso al cielo:

“Apacienta mis ovejas” (Juan 21:17).

Que, como Pedro, todos nosotros podamos confiar en el amor perdonador y restaurador de Jesús, y dejar que él vaya moldeando nuestro carácter a su semejanza, como lo hizo con Pedro, para también consagrarnos al cuidado de la iglesia y a la obra de dar a conocer a otros el maravilloso Salvador que dio su vida por todos y que quiere llevarnos con él a la vida eterna.

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