“No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado” (Luc. 10:4).

¡Ay! ¿Viajar sin equipaje? ¿Sin dinero? ¿Sin zapatos? (Menos mal que los discípulos no eran mujeres…)

“Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir”, nos cuenta el Evangelio de Lucas en el primer versículo del capítulo 10. Y luego, entre las instrucciones para la misión, les indica claramente que no tienen que llevar equipaje para el viaje.

¡Ay!, de nuevo. Aunque estoy segura de que estas instrucciones le gustarían mucho a Andi, un aventurero conocido entre sus amigos y colegas por su afición a viajar en “modo ultraliviano”. Hace unos años, se unió a un grupo que iba a explorar una montaña de unos 4.000 metros. La aventura no le duró mucho, porque su mochila era demasiado pesada. Había empacado todo lo necesario para cubrir cualquier eventualidad.

Quiso ser independiente, y poder controlar cualquier situación. Pero esta independencia le costó el viaje. Hoy, Andi viaja con lo mínimo; el mínimo llevado casi al extremo. Su cepillo de dientes, por ejemplo, perdió su mango. ¿Para qué cargar con veinte gramos de más?

El artículo que leí sobre Andi era muy interesante. Me gustó su título: “El artista del renunciamiento”. Renunciar a un cepillo de dientes entero, a una carpa para dormir, a aquello que puede brindar un confort básico… Interesante por lo exótico, porque no creo que lo imitaría hasta ese grado.

“Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo?”

Para Jesús, no se trataba de renunciar a ese confort básico; aquí, las razones eran otras. Jesús quería que sus discípulos aprendieran a confiar en Dios para proveer a todas sus necesidades. Todas. Muy vistoso en la teoría; pero, personalmente, no voy a negar que una experiencia tal hubiera sido, para mí, un gran acto de fe. GRAN, con mayúsculas.

Pero las Escrituras nos revelan que la experiencia fue positiva para los discípulos. “Y a ellos dijo: Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada” (Luc. 22:35). Realmente, debió de haber sido algo muy nuevo para la mayoría de ellos. Vivieron algo realmente nuevo y original.

Nuevamente, el gran Maestro estaba dando una clase magistral sobre cómo vivir. Jesús no deseaba que sus discípulos renunciaran a lo que legítimamente necesitaban para vivir, viajar y cumplir con la misión que les había encomendado; Dios se encargaría de que recibieran todas estas cosas, por intermedio de otras personas. Sí; Jesús quería afianzar en ellos la seguridad de que Dios provee todo lo necesario para la vida y para la misión. Él sabía, por experiencia, que viajar en “modo ultraliviano” y vivir frugalmente sería muy positivo para ellos. Que dejarse sostener por los demás durante estos viajes de servicio les enseñaría más facetas aún sobre la interdependencia que podían vivir entre hermanos. Excelente experiencia.

Experiencia que no tratamos de fotocopiar o aplicar literalmente a nuestra propia vida; no es eso lo que buscamos. Más bien, creo que el pragmatismo viajero de Jesús y su inquebrantable confianza en que su Padre –nuestro Padre– proveería para todas sus necesidades –y las nuestras también– son algo que debería hacernos pensar.

¿Cuán sencilla es nuestra vida? ¿Cuánto necesitamos, para funcionar en nuestro día a día? ¿Qué necesito para estar contento? ¿Me aferro de mis posesiones al punto de confiar en ellas más que en el Dios que todo abastece? ¿Dónde está mi tesoro? ¿Dónde está mi corazón?

Pero, más allá de lo material, también me puedo hacer preguntas sobre la sencillez de mi manera de pensar o de creer en Dios. Qué duro debe ser tener que buscar mil y un argumentos que me convenzan, antes de dar mi corazón a Jesús completamente.

Sé que somos todos diferentes y que algunos necesitamos más pruebas para creer. Con todo, creo que a veces nos complicamos la vida gratuitamente, buscando entender absolutamente todo antes de confiar en Dios. Damos lugar a pensamientos especulativos o a preguntas estériles, que cargan nuestras mochilas inútilmente y no nos permiten llegar hasta la cima.

Por otro lado, cuánta tranquilidad podemos tener en el corazón cuando sabemos que Dios está al timón y que se ocupa de cada una de nuestras necesidades, incluyendo las espirituales. La promesa es cierta: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos” (Isa. 26:3, 4).

Pidamos a nuestro Padre que nos dé el deseo de despojarnos de todo el peso material y mental que estamos cargando de más. Pidámosle que nos ayude a vivir una vida liviana, confiada y contenta, sabiendo que él tiene cuidado de nosotros (y que no se espanta, si necesitamos algunos pares de zapatos). RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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