¿Estamos colocando excusas o dando lo mejor?

Nos asombramos o nos escandalizamos cuando leemos la historia de Aarón y el becerro de oro. O, simplemente, no entendemos. ¿Cómo una persona tan inteligente podría presentar una excusa tan infantil para su equivocación? Aarón había sido escogido para una tarea que Moisés mismo no se animaba a hacer: hablar ante el Faraón. Luego, fue elegido por Dios como el primer sumo sacerdote de Israel. Con tanta capacidad y privilegios, ¿cómo pretendió justificar su locura con esta increíble explicación: “Tiré el oro al fuego y salió este becerro” (Éxo. 32:24)?

Nos cuesta entender. Pero, evidentemente, nuestros mecanismos de justificación propia pueden llegar a ser así de irracionales cuando nos separamos de Dios. No nos hacemos cargo de las cosas, y predomina el pensamiento infantil o mágico de buscar responsables externos, es decir, fuera de nosotros mismos. Los demás tienen la culpa de lo que me sucede, o las circunstancias… o Dios. Perdemos de vista que somos los principales responsables por nuestra vida y que Dios nos creó con la capacidad maravillosa de la autodeterminación. Algunos filósofos han llamado a esto autopoiesis (del griego auto: “a sí mismo”, y poiesis: “creación, construcción”); es decir, la capacidad del ser humano de autoconstruirse.

Hay una parábola que ilustra muy bien esta verdad. Se cuenta que un constructor había dedicado muchos años a trabajar eficientemente con un contratista que lo apreciaba muchísimo. Pero ya era un hombre de edad avanzada, así que le comunicó a su jefe que estaba listo para retirarse. No le sobraban los recursos, pero decidió ajustar su presupuesto y dedicarse a disfrutar de la vida de jubilado junto a su familia y sus amigos.

El contratista se entristeció mucho con la noticia de que su mejor obrero pronto dejaría de trabajar,  pero le pidió un último favor: construir una casa. El cansado hombre  pensó un poco, aceptó la propuesta del jefe y empezó la construcción de la que sería su última casa.

Perdemos de vista que somos los principales responsables por nuestra vida y que Dios nos creó con la capacidad maravillosa de la autodeterminación.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, se dio cuenta de que su corazón no estaba de lleno en el trabajo. Arrepentido de haber dicho que sí a su jefe, no puso el esfuerzo y la dedicación que siempre colocaba cuando edificaba una casa y la construyó con materiales de calidad inferior, a fin de terminar más rápido. Sin embargo, se sentía mal, triste y enojado consigo mismo, por estar terminando una trayectoria laboral impecable de esa manera. Pero trataba de justificarse y consolarse, diciéndose que estaba haciendo un gran favor a su jefe.

Cuando terminó la casa, el contratista llegó para hacer la inspección final del trabajo. Por fuera se veía todo bien, pero el constructor sabía lo mal que había sido hecha esa obra. Al terminar la inspección, junto con un gran abrazo, el jefe le dio la llave de la casa al constructor, mientras le decía: “Esta es tu casa. Quiero que sea mi regalo para ti y tu familia, por tantos años de excelente servicio”.

El constructor sintió que el mundo se le venía encima. Grande fue la vergüenza que sintió al recibir la llave de esa casa… ¡Su propia casa! ¡Ay!, si hubiese sabido que estaba construyendo su propia casa, ¡lo habría hecho todo de una manera tan diferente!

Todos estamos construyendo nuestra propia vida. ¿Somos conscientes de ello? ¿O preferimos responsabilizar a las circunstancias por lo que somos? ¿O a otras personas? ¿O a Dios mismo?

Las Escrituras nos dicen: “Cada uno tenga cuidado de cómo construye, porque nadie puede poner un fundamento diferente del que ya está puesto, que es Jesucristo. Si alguien construye sobre este fundamento, ya sea con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, heno y paja, su obra se mostrará tal cual es, pues el día del juicio la dejará al descubierto. El fuego la dará a conocer, y pondrá a prueba la calidad del trabajo de cada uno” (1 Cor. 3:10-13).

Tenemos un nuevo año por delante. Construyamos con sabiduría.RA