Lección 5 – Primer trimestre 2017

A veces, en nuestra tendencia analítica, queremos “disecar”, definir, precisar incluso secuencialmente o cronológicamente, la obra del Espíritu en nosotros. Queremos distinguir entre ser bautizados en el Espíritu Santo y ser llenos del Espíritu Santo, como dos momentos diferenciados de nuestra experiencia cristiana, e incluso agregamos la esperanza escatológica de la lluvia tardía. Sin embargo, quizá sería más prudente atenernos a lo que dice Jesús sobre la obra del Espíritu:

“El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

Lo importante, seguramente, no es poder definir una u otra experiencia y en qué momento suceden (diferenciaciones y secuenciaciones que no aparecen en la Biblia), sino sentir nuestra necesidad profunda del Espíritu Santo en nuestra vida, y su obra iluminadora y regeneradora, y dejar que él disponga de nuestra experiencia espiritual; de los cómos y los cuándos.

La realidad es que ninguno de nosotros podría dar el mínimo paso en la vida espiritual si no fuese por la obra del Espíritu Santo.

La Biblia describe así nuestra condición espiritual previa a la obra del Espíritu en nosotros (todos los énfasis en este y los siguientes textos son míos):

“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efe. 2:1-5).

Por eso, Jesús nos habla de la necesidad imperiosa de nacer de nuevo, de recibir una nueva vida; y el agente divino encargado de realizar esta obra, de darnos vida juntamente con Cristo, es precisamente el Espíritu Santo:

“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:3-8).

Solemos relacionar la recepción del Espíritu Santo con el bautismo, y aun la lección de esta semana así lo presenta. No obstante, es importante que entendamos que, como adventistas, no tenemos una visión sacramental del bautismo, en el sentido católico. Para la teología católica, los sacramentos son “vehículos de la gracia” regeneradora y santificante; y dentro de ellos, el bautismo es el primer sacramento. Por eso la urgencia, para el católico, de bautizar a los “párvulos” tan pronto como nazcan; porque, de lo contrario, ese bebé (y luego niño, joven y adulto) estaría fuera del “estado de gracia”. El “estado de gracia” es una condición interna que la persona debe tener para gozar del favor de Dios; de allí la importancia de recibir los sacramentos, y lo grave de no poder hacerlo (como lo demuestra la historia medieval, cuando algún reino rebelde al Papa era puesto en “entredicho”, y se le negaba la administración de los sacramentos, por lo cual sus habitantes, incluido el rey, estaban fuera de la gracia y, por lo tanto, del favor de Dios. Un hecho emblemático, en este sentido, es la famosa “humillación de Canosa”).

Como adventistas, creemos que el bautismo –aun sin minimizar su importancia– es tan solo un rito, un símbolo, de una condición espiritual YA EXISTENTE por obra del Espíritu Santo. Es un acto simbólico que no agrega nada intrínseco a la experiencia espiritual ya existente en el creyente, de haber nacido de nuevo. Es decir, no se nace de nuevo en el momento del bautismo, sino que este rito es un símbolo externo de que la persona ya está gozando de la vida espiritual insuflada por el Espíritu, y quiere hacer manifiesta y pública su entrega a Dios.

Es algo similar a lo que sucede en una relación de pareja. La ceremonia de bodas no crea, en la pareja, un amor que antes no existía, sino que es el amor ya existente en la pareja lo que lleva a ambos contrayentes a querer manifestarlo públicamente y realizar un compromiso de amor eterno ante los testigos que los acompañan. Por supuesto, si alguno de los componentes de la pareja no quisiera dar este paso simbólico, podríamos intuir que algo está fallando en esa relación y podríamos cuestionarnos hasta qué punto hay verdadero amor, cuando no hay un deseo de compromiso.

De igual modo, el bautismo representa la entrega de la persona al Espíritu Santo, el compromiso de vivir para Cristo, por amor. Y si yo, aun profesando amar a Cristo, no quisiera dar este paso prescrito en la Biblia, también podría preguntarme qué está pasando realmente en mi vida espiritual y mi relación con Dios, que no estoy dispuesto al compromiso con Cristo. Pero el bautismo no genera algo no existente previamente.

También, en la lección se presentan las “condiciones” para recibir al Espíritu Santo. Pero quizá debamos profundizar en el sentido de este concepto, de condiciones. Bajo determinada perspectiva que lamentablemente suele presentarse, podríamos verlas casi como requisitos previos para recibir al Espíritu Santo, y hasta casi podríamos pensar en ellas como “escollos”, o impedimentos, para recibir al Espíritu: el arrepentimiento, la conversión, la obediencia.

Pero esto sería un error no solo bíblico sino también lógico. Porque, como señalamos al principio de nuestra reflexión, en realidad ningún ser humano, cuya condición natural es estar “muertos en delitos y pecados” (Efe. 2:1), podría dar el mínimo paso en la vida espiritual si no fuese por la obra convertidora del Espíritu. A un muerto no se le puede pedir ni que se arrepienta, ni que se convierta ni que obedezca. Tanto el arrepentimiento (“cambio de mente”, según el término original en griego, metanoia), como la conversión (algo casi sinónimo al arrepentimiento, que implica un cambio de rumbo en la vida, y una nueva actitud hacia Dios, hacia uno mismo, hacia los demás, hacia las cosas de Dios, hacia la voluntad de Dios), como la obediencia (querer hacer la voluntad de Dios por amor a él, y no por la coerción ejercida por la culpa, el miedo o el interés), son en realidad un fruto, un efecto, de la obra del Espíritu Santo en nuestro corazón.

Sin embargo, es cierto que, como seres humanos, podemos neutralizar la obra del Espíritu en nosotros. Quizás alguien ya nació de nuevo, ya está convertido, ya experimentó el arrepentimiento, la conversión y la obediencia frutos del Espíritu en él, pero ante los desafíos cotidianos de vivir según el Espíritu o según la carne, siempre está intacta su capacidad de elección. Y, mediante ella, puede optar por “apagar” la llama del Espíritu (1 Tes. 5:19) o entregarse totalmente a él. Es esta entrega total al Espíritu lo que, seguramente, significa la expresión “ser llenos del Espíritu”.

Quizás algunos de nosotros hemos experimentado el cambio de rumbo, la conversión, pero todavía no hemos llegado al punto de la entrega total, y vacilamos entre manejar nuestra propia voluntad y dejarnos guiar totalmente por el Espíritu Santo. En este sentido, sí podríamos diferenciar entre la obra “previa” del Espíritu, que nos conduce a la conversión y sostiene la vida espiritual en la medida que se lo permitimos, y el ser “llenos” del Espíritu.

Esta expresión, “llenos” del Espíritu, podría ser interpretada equivocadamente por alguno como si fuese una decisión arbitraria del Espíritu Santo, fruto incluso de todavía no ser conscientes del todo de la Personalidad del Espíritu. Como si nosotros fuésemos un recipiente al cual se lo puede llenar más o menos con cierta cantidad de líquido, que en este caso sería el “agua” del Espíritu Santo. Pero, cuando entendemos que el Espíritu Santo es una Persona divina, este concepto de ser “llenos” del Espíritu más bien parece representar –como bien se señala en la lección– la entrega total al Espíritu Santo por parte de la persona. Ser lleno del Espíritu sería, entonces, el dejarse iluminar, guiar, conducir, inspirar, regenerar, santificar, purificar, totalmente, por el Espíritu Santo, así como capacitar e impulsar al servicio cristiano de amor, que implica tanto la ayuda concreta al necesitado como brindar la ayuda más elevada que se puede brindar, que es llevar a otros a los pies del Salvador, Jesús, mediante la predicación del evangelio.

Transcribimos, a continuación, algunos de los pasajes bíblicos más significativos que se presentaron en la lección de esta semana acerca del bautismo del Espíritu Santo y de ser llenos de él, porque son toda una promesa de la cual podemos aferrarnos, si la deseamos de corazón:

“Yo [Juan el Bautista] a la verdad os he bautizado con agua; pero él [Jesús] os bautizará con Espíritu Santo” (Mar. 1:8).

“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mat. 3:11).

“Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo” (Juan 1:33).

“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hech. 2:38).

“Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo” (Hech. 11:16).

“Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Cor. 12:13).

“No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Efe. 5:18).

“Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hech. 13:52).

“Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Rom. 8:9).

“Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo” (Luc. 1:41).

“Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo” (Luc. 1:67).

“Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hech. 2:4).

“Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel:” (Hech. 4:8).

“Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hech. 4:31).

“Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo” (Hech. 9:17).

“Entonces Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu Santo, fijando en él los ojos […]” (Hech. 13:9).

“Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hech. 13:52). “Siendo llenos” (trad. Literal).

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hech. 2:37, 38).

“Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gál. 3:14).

“Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen” (Hech. 5:32).

Y esta es la diferencia radical entre una persona que se conduce en la vida solamente basada en su carnalidad y aquella que es movida por el Espíritu:

“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gál. 5:16-25).

“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (Porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad)” (Efe. 5:1-9).

“No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Efe. 5:18-20).

La vida espiritual a la que nos quiere conducir el Espíritu es hermosa y elevadora, en comparación con la degradación y las tinieblas propias de la vida carnal. Y este privilegio está al alcance de todos, si tan solo clamamos por el Espíritu y estamos dispuestos a entregarnos a él. Por eso es tan preciosa esta promesa de Jesús:

“¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Luc. 8:11-13).

Que, por la gracia de Dios, podamos aferrarnos de esta promesa y clamar por el Espíritu Santo en nuestra vida, para que nosotros nos convirtamos en una obra de Dios, en una obra maestra del Espíritu, para entonces sí poder hacer sus obras en el mundo, para gloria de Dios, para bendición de los que nos rodean, y para nuestra propia elevación y gozo espiritual.

3 Respuestas

  1. Walter Arias Schilman

    Nuevamente gracias, Pablo, por tus comentarios tan esclarecedores. El Señor te bendiga.

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