Lección 3 – Primer trimestre 2017

La lección de esta semana tiene un carácter marcadamente teológico y apologético: demostrar, sobre la base de la evidencia bíblica, la plena divinidad del Espíritu Santo. Pero, antes de abocarnos a repasar esta evidencia, es importante destacar por qué es importante para nosotros, para nuestra espiritualidad, entender el carácter divino del Espíritu. Y es que si el Espíritu Santo es tan plenamente divino como el Padre y el Hijo, entonces todos los atributos propios de la Deidad se hallan presentes en él, y son fundamento de nuestra seguridad y nuestra esperanza en su obra salvadora en nosotros. Cuando nos relacionamos con el Espíritu, estos atributos están a nuestra disposición, están al servicio de nuestras más hondas necesidades espirituales.

Como Dios, entonces, el Espíritu Santo es omnipotente (todo lo puede, no hay límites para su poder, salvo los que él mismo se imponga por respeto a nuestra libertad), es omnisapiente (todo lo sabe, todo lo comprende), es omnipresente (puede estar en todas partes al mismo tiempo, y con todas las personas, lo que garantiza su compañía constante en nuestra vida), es infinito en amor y en misericordia (lo que garantiza el sabernos amados y tolerados por él en nuestra caída condición humana), es santo (es decir, es absolutamente bueno, puro y recto). Podríamos agregar otros atributos como la inmutabilidad, la perfección, la presciencia (capacidad de conocer el futuro), etc., pero con los mencionados basta para darnos cuenta de la infinita bendición que representa para nosotros tener como compañero constante de la existencia al Espíritu Santo, el “dulce Huésped del alma” (es lo que significa, etimológicamente, el término griego Parákletos –traducido como Consolador–, utilizado por Jesús para referirse a él).

Teniendo en cuenta la importancia de su divinidad, vamos a abocarnos, entonces, a repasar las evidencias bíblicas de su carácter divino.

EVIDENCIAS DE LA DIVINIDAD DEL ESPÍRITU SANTO

Tenemos que reconocer que en la Biblia no hay, salvo contadas excepciones, fórmulas o declaraciones teológicas sobre muchas cuestiones (como por ejemplo la afirmaciones sobre la divinidad de Cristo de Juan 1:1 al 3), y menos sobre la divinidad del Espíritu Santo. Lo que hay son menciones “al paso”, descripciones de la obra del Espíritu Santo en las que se incluyen datos de los cuales podemos deducir su divinidad. Es decir, nuestra convicción acerca de su naturaleza plenamente divina es una DEDUCCIÓN producto de reunir y articular un cúmulo de evidencias bíblicas dándoles un sentido. Por lo cual, también nos conviene no ser dogmáticos en cuanto a algunas afirmaciones teológicas y mucho menos presentar nuestras especulaciones como si fuesen dogmas para ser creídos por todos.

Doctrina de la Trinidad

El tema de la divinidad del Espíritu Santo se inscribe en un tema mayor, que es el de la doctrina de la Trinidad. Se desprende de este tema, que –tenemos que reconocerlo– presenta algunas dificultades lógicas: por un lado, la Biblia afirma la unicidad de Dios (“cualidad de único”, según el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española de las Letras); es decir, somos monoteístas, pues creemos en un solo (único) Dios verdadero, en vez de ser politeístas (la creencia en varios dioses).

“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Deut. 6:4), afirma la Shemá, esa declaración de fe tan fundamental para el pueblo judío.

“Porque hay un solo Dios […]” (1 Tim. 2:5).

“Tú crees que Dios es uno; bien haces […]” (Sant. 2:19).

Pero, por otra parte, la evidencia bíblica nos presenta que ese Dios único no es una sola Persona divina, sino que está “conformado”, “compuesto” (por usar algunas torpes expresiones humanas) por tres Personas divinas diferenciadas: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. A diferencia del modalismo (una vieja idea teológica que surgió durante los primeros tres siglos del Cristianismo), que cree que Dios es una sola Persona divina que se manifestó de diferentes maneras en diferentes períodos de la historia (en el Antiguo Testamento, como Dios el Padre; durante los años de Jesús en la Tierra, como Dios el Hijo; y luego de la ascensión de Jesús al cielo, como Dios el Espíritu Santo), como Iglesia Adventista creemos que Dios el Padre NO ES Jesús ni el Espíritu Santo, ni Jesús es a su vez el Padre o el Espíritu Santo; y lo mismo sucede con el Espíritu. Creemos que son Personas, Personalidades diferenciadas y distinguibles. Cada una plenamente divina y, sin embargo, hay un solo Dios verdadero.

Es una de las tantas “tensiones teológicas” que encontramos en la Biblia. Sin embargo, tenemos algunas pistas que nos muestran que esto es así:

1) En el mismo comienzo de la historia humana, cuando Dios decide crear al hombre, se expresa en forma plural en vez de singular:

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Gén. 1:26).

Alguien podría argumentar que, desde el punto de vista literario, aquí Dios se está expresando, al referirse a sí mismo, utilizando el “plural de modestia”, un recurso retórico que consiste en “esconder el yo” (para no parecer egocéntrico) minimizándolo de alguna manera al incluirse en una pluralidad, la primera persona del plural (“nosotros”). Es muy común, en la cultura pastoral adventista, expresiones como: “Estamos contentos de acompañarlos esta mañana…”, dicha por algún pastor (solo, sin compañía de nadie en su predicación, incluso sin haber ido con su esposa o su familia a predicar) antes de empezar a predicar. Sin embargo, esta parece una interpretación forzada. Como la evidencia bíblica posterior señala a Jesús y al Espíritu Santo como copartícipes y coautores de la obra de la Creación junto con Dios el Padre (Juan 1:1-3; Heb. 1:1-3; Col. 1:16, 17; Sal. 104:29, 30), la conclusión que sacamos es que aquí realmente hay un diálogo interno entre Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo, previo a la creación del hombre.

2) En la misma Shemá, que hemos citado arriba, hay pistas del carácter plural de la Deidad. El texto, trasliterado del original en hebreo, dice así:

Shemá Yisrael, Adonai Elohenu, Adonai Ejad”.

«שְׁמַ֖ע יִשְׂרָאֵ֑ל יְהוָ֥ה אֱלֹהֵ֖ינוּ יְהוָ֥ה׀ אֶחָֽד׃»

* Shemá: Oye.

* Yisrael: Israel.

* Adonai: El Señor

* Elohenu: Nuestro Dios. Pero es un sustantivo hebreo plural, que de hecho en otras partes de la Biblia se lo traduce como “dioses”. Se puede conjugar con verbo en singular o en plural, y es el verbo el que marca si el sustantivo debe traducirse como singular (Dios) o plural (dioses).

* Ejad: literalmente, se traduce como “uno” (sin presencia del verbo “ser”, aunque esté implícito).

Esta última palabra, ejad (traducida generalmente como “uno es”), es la misma que se utiliza en Génesis 2:24:

“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (énfasis añadido).

Jesús mismo, al hacer una aplicación de este pasaje al tema del divorcio, enfatiza:

“Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mar. 10:7-9; énfasis añadido).

Sin embargo, la lógica más elemental nos dice que, al unirse en matrimonio y sexualmente, no hay una verdadera homogeneización o fusión física, orgánica (u ontológica, si se quiere) entre el hombre y la mujer; ninguno de los dos deja de ser una persona única, diferenciada y distinguible el uno del otro, con su propia individualidad. Evidentemente, esta expresión se refiere más bien a la unidad espiritual, moral, de valores, de proyecto de vida, de propósitos, que debería existir en un matrimonio, entre los cónyuges.

Del mismo modo, en su oración intercesora pronunciada pocos momentos antes de entrar de lleno en su Pasión, Jesús oró al Padre:

“Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. […] Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Juan 17:11, 20-22; énfasis añadido).

Este pasaje es altamente iluminador acerca del carácter plural de la Deidad: Jesús claramente dice que él y el Padre son uno, y lo mismo pide acerca de quienes componemos la iglesia; pide que seamos uno. Sin embargo, ninguno de los miembros de iglesia perdemos, al tratar de ser uno en respuesta a la oración de Jesús, nuestra individualidad, nuestra personalidad única y diferenciada del resto de nuestros hermanos. Y el hecho de que Jesús ore al Padre y sin embargo mencione que es uno con él pero a su vez hable de “nosotros” al referirse a su relación con el Padre es una evidencia de que, por un lado, son dos personas distinguibles (de lo contrario Jesús sería una especie de esquizofrénico que se ora a sí mismo y sin embargo parece orar a otra persona), y por el otro son uno.

El ser “uno” de Dios, de las parejas casadas, de Jesús con el Padre y de los creyentes entre nosotros no significa, entonces, unicidad “ontológica”, de personalidad, sino unidad.

Como conclusión, entonces, al hablar de la unicidad de Dios podríamos decir que Dios es una “unidad compuesta”, o “triunidad”, como también se la ha llamado.

Hay analogías usadas por los hombres que pueden ayudarnos un poco (aunque con sus limitaciones) a entender este “Ser compuesto” de Dios, pero son solo falibles y borrosas comparaciones: por ejemplo, la familia (es una unidad compuesta por sus integrantes, pero que forman una entidad a la que llamamos “familia”); el Gobierno (entidad única compuesta por los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial); o incluso productos químicos como el agua, que es una unidad compuesta por dos moléculas de Hidrógeno y una de Oxígeno (H2O).

El hecho de que en la Biblia se afirme la divinidad de Dios el Padre (por antonomasia es Dios, ni hace falta fundamentarlo), de Dios el Hijo (Juan 1:1-3; Fil. 2:5-8; Col. 2:8, 9; etc.) y de Dios el Espíritu Santo (lo veremos a continuación), y que a su vez se los presente como personas diferenciadas, distinguibles, nos permite deducir la doctrina de la Trinidad: tres Personas divinas; un único Dios verdadero. Esta es la declaración oficial de la Iglesia Adventista al respecto:

“Hay un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, una unidad de tres Personas coeternas” (Creencias Fundamentales, Nº 2).

Divinidad del Espíritu Santo

¿Qué evidencias tenemos de que el Espíritu Santo también es una persona divina?

Con respecto a la Personalidad del Espíritu Santo –es decir, que es una Persona y no meramente una fuerza impersonal o simplemente el poder de Dios–, algo hemos dicho en lecciones anteriores, pero a ese tema nos vamos a abocar de lleno en la lección de la semana que viene, por lo que no nos vamos a extender aquí. Vamos a ver, entonces, evidencias de su divinidad:

1) Se lo menciona repetidas veces junto al Padre y al Hijo, y como una Persona diferenciada, en lo que se ha dado en llamar “fórmulas trinitarias” o “esquema trinitario” del Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento está repleto de estas menciones conjuntas del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Aunque no podemos transcribirlas todas, elegimos algunas de las más significativas:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19).

Últimamente, algunos creyentes antitrinitarios han querido impugnar este texto, aduciendo que es un agregado posterior a la composición del Nuevo Testamento, realizado por teólogos trinitarios católicos a partir, aproximadamente, de la  época de Constantino (siglo IV d.C.). Sin embargo, se encuentra en prácticamente todos los manuscritos más antiguos del Nuevo Testamento con los que contamos (son más de cinco mil), y de los más confiables, así como en numerosas alusiones a él en los escritos de los más tempranos “padres” de la iglesia (como Eusebio, la Didajé, Taciano, Tertuliano, Orígenes, Cipriano de Cártago, Atanasio, etc., todos entre los siglos I y IV d.C.).

“Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios” (Rom. 15:30).

“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Cor. 13:14).

“Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas” (1 Ped. 1:2).

2) Se le atribuye poderes y prerrogativas propios de la Deidad:

Omnisapiencia:

“Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Cor. 2:10, 11). ¿Quién sino alguien igual a Dios puede tener la capacidad de conocer lo profundo de Dios? ¿Nos damos cuenta del “peso” de esta declaración?

Omnipresencia:

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás” (Sal. 139:7, 8).

De paso (y esto también corresponde al siguiente punto de nuestra argumentación), aquí se hace equivaler al Espíritu de Dios con Dios mismo. Intentar huir de la presencia del Espíritu es tratar de huir de la presencia de Dios mismo.

Eternidad:

“¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Heb. 9:14).

Solo Dios participa de este atributo divino de la eternidad.

Creación:

“Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal. 104:30).

Un texto que ya hemos considerado la semana pasada, pero que muestra al Espíritu como Creador, al igual que el Padre y el Hijo, una obra exclusiva de Dios.

Poder para resucitar:

“Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Rom. 8:11).

Esta es una prerrogativa y un poder propios y exclusivos de Dios, y se menciona al Espíritu como autor de la resurrección de Jesús y de la nuestra.

3) Hay expresiones bíblicas que hacen equivaler al Espíritu Santo con Dios mismo.

“Mas ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su santo espíritu; por lo cual se les volvió enemigo, y él mismo peleó contra ellos. Pero se acordó de los días antiguos, de Moisés y de su pueblo, diciendo: ¿Dónde está el que les hizo subir del mar con el pastor de su rebaño? ¿dónde el que puso en medio de él su santo espíritu, el que los guio por la diestra de Moisés con el brazo de su gloria; el que dividió las aguas delante de ellos, haciéndose así nombre perpetuo, el que los condujo por los abismos, como un caballo por el desierto, sin que tropezaran? El Espíritu de Jehová los pastoreó, como a una bestia que desciende al valle; así pastoreaste a tu pueblo, para hacerte nombre glorioso” (Isa. 63:10-14; énfasis añadido). “Y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?” (Núm. 14:11; énfasis añadido). “Jehová solo le guio, y con él no hubo dios extraño” (Deut. 32:12).

En estos tres textos, se hace equivaler al Espíritu Santo CON JEHOVÁ MISMO. El primero dice que el pueblo de Israel hizo enojar al Espíritu Santo; el segundo texto nos dice que el pueblo hizo irritar a Jehová; y el tercero nos dice que solamente Jehová guio a su pueblo por el desierto, mientras el primer texto dice que el Espíritu de Dios fue el que los pastoreó en su peregrinación.

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Cor. 3:16, 17; énfasis añadido). “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Cor. 6:19; énfasis añadido).

Aquí Pablo hace equivaler al templo de Dios con el templo del Espíritu Santo. La conclusión es obvia.

“Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor. 12:11; énfasis añadido). “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas” (1 Cor. 12:28; énfasis añadido).

En estos textos, Pablo dice que es el Espíritu quien reparte los dones y los ministerios como él quiere, a la vez que afirma que es Dios el que hizo esta distribución de dones y ministerios en la iglesia. Nuevamente, aquí aparece la equivalencia entre el Espíritu Santo y Dios.

“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad” (Isa. 6:8-10; énfasis añadido). “Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres, diciendo: Ve a este pueblo, y diles: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyeron pesadamente, y sus ojos han cerrado, para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane” (Hech. 28:25-27; énfasis añadido).

En el primer texto, el original del libro de Isaías, se dice que Isaías oyó la voz del Señor (Dios) que le transmitía el mensaje y le mandó que lo comunicara. En el segundo texto, del libro de Hechos, que es una alusión a este pasaje de Isaías, se nos dice que fue el Espíritu Santo el que habló por medio de Isaías. Nuevamente, la equivalencia entre el Espíritu Santo y Dios es muy fuerte.

“Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hech. 5:3, 4; énfasis añadido).

Aquí también Pedro hace equivaler mentir al Espíritu Santo con mentir a Dios mismo.

4) Jesús le atribuye un “estatus” tan elevado al Espíritu Santo que dice que si alguien blasfema contra él mismo (Jesús) puede ser perdonado, pero no así quien blasfeme contra el Espíritu Santo:

“A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mat. 12:32).

Ya hemos comentado sobre esto en la lección de la semana pasada, pero aquí queremos destacar que solo si el Espíritu Santo es un ser divino puede tener semejante “estatus” como para que Jesús vea incluso más grave blasfemar contra el Espíritu que blasfemar contra Jesús mismo (aun cuando no entendamos del todo el porqué de esto).

Más allá de todas estas cuestiones teológicas, que Dios nos bendiga a todos para que hoy y siempre podamos tener una comunión íntima con el Espíritu de Dios, de tal forma que todo ese poder infinito, esa sabiduría infinita y ese amor infinito que tiene el Espíritu, por ser divino, pueda obrar en nosotros la conversión, la regeneración, la transformación, la sabiduría, el amor y la alegría de ser cristianos. Y que nos sostenga y acompañe con su omnipresencia en todo el camino que nos resta hasta llegar al Hogar celestial.