Lección 1 – Primer trimestre 2017

El trimestre anterior fue, aunque muy importante para cimentar nuestra fe, un trimestre duro en cierto sentido, porque nos obligó a confrontarnos, nos gustara o no, con el tema del sufrimiento. Nos puso el dedo en la llaga. Pero este trimestre de estudios que estamos iniciando esta semana trata de un tema absolutamente luminoso: la pneumatología; es decir, el estudio de la persona y la obra del Espíritu Santo, la tercera Persona de la Deidad.

Nuevamente, hay cosas que no podemos entender de los planes, las providencias y la organización interna de la Deidad, en relación con el plan de la salvación. Pero hay algo que podemos entender: desde la ascensión de Jesús al cielo, estamos bajo la dispensación, o cuidado, del Espíritu Santo. Jesús lo dio a entender con estas palabras:

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:16-18).

“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Juan 16:7).

No estamos solos para pelear las batallas de la vida. No estamos huérfanos de Dios. Aunque no entendamos el misterio de la organización de las funciones de la Deidad, es evidente, por estos textos, que en el plan de Dios el Espíritu Santo es el encargado de acompañarnos en nuestra senda terrenal, y obrar nuestra salvación interna, hasta que Jesús regrese.

Personalmente hubiese elegido otra organización lógica de los temas sobre el Espíritu Santo que la que presenta el autor de la lección. Creo que tendríamos que haber empezado por estudiar la naturaleza del Espíritu Santo; es decir, su carácter plenamente divino (tan divino como el Padre y el Hijo) y su personalidad (no es una cosa o una mera influencia o poder, sino una Persona divina, con todos los atributos propios de una personalidad: capacidad de pensar, de sentir, de tomar decisiones, de actuar), y recién entonces tendríamos que estudiar su obra, porque esa obra (multifacética, como veremos a lo largo del trimestre) se desprende de su Ser, de quién es él. Pero vamos a empezar por el tema que presenta en primer lugar la lección: El Espíritu y la Palabra.

Quizás el autor de la lección eligió comenzar por la relación entre el Espíritu y la Palabra (la Biblia) como una reacción a una tendencia dominante en algunos círculos teológicos y mayormente en la práctica de algunos sectores cristianos, por la cual se entiende que, si tenemos al Espíritu Santo en nuestra vida, podemos prescindir de la Palabra, como si aferrarnos a ella y regir la vida por ella fuese necesariamente una señal de legalismo. En cambio –proclaman–, el hombre lleno del Espíritu se deja dirigir directamente por él, y no necesita confrontar su experiencia con una autoridad externa. Ha alcanzado un grado de excelencia espiritual tan grande que solo necesita responder a sus propios impulsos, que son los impulsos del Espíritu Santo en él. Y suelen invocar –con un análisis muy superficial y descontextualizado del mensaje general de la Biblia– el texto de Pablo: “porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Cor. 3:6). Por supuesto, esto puede llevar a un peligroso subjetivismo religioso, en el que mis pensamientos, mis impulsos, mis deseos, son la ley suprema, y puedo incurrir (como, de hecho sucede) en conductas contrarias a la enseñanza de la Palabra de Dios, bajo la supuesta legitimación de que estoy respondiendo a lo que me dicta el Espíritu.

Por eso, es importante entender que el mismo Espíritu que obra en nosotros –si nos dejamos guiar sinceramente por él–, moviéndonos a tener determinados pensamientos, sentimientos, palabras y obras, es el mismo que inspiró la Palabra de Dios, la Biblia, y que por su propia perfección interna no puede contradecirse a sí mismo y revelarnos una cosa en la Biblia y otra distinta en nuestra experiencia subjetiva. El Espíritu nunca puede estar en desacuerdo con la Palabra que él mismo inspiró. Aunque sí nos puede revelar el verdadero sentido espiritual que la sola letra (la sola teología humana) no puede darnos, e incluso revelarnos su sentido oculto y maravilloso.

Pero, más allá de esta cuestión apologética (de defensa de la verdad), la lección de esta semana nos introduce –o nos hace repasar– en un tema precioso y fundacional, que es el tema de la Revelación. Si hay algo que es básico en nuestra fe es que entendemos que nuestra religión (cristiana) no es producto meramente del pensamiento humano, del esfuerzo del hombre por buscar y alcanzar lo trascendente, sino que es fundamentalmente el fruto de la iniciativa y la acción de Dios por darse a conocer a los hombres; es decir, es fruto de la Revelación.

En este sentido, en teología se habla de que hay una Revelación general, o natural (aunque algunos teólogos distinguen entre ambas), accesible a todo ser humano a través de la naturaleza: el universo y el mundo en que vivimos presenta “huellas”, o evidencias, de la existencia y la acción de un Ser todopoderoso y omnisapiente que creó el universo de un modo maravilloso, de acuerdo con un diseño (argumento teleológico de la existencia de Dios), y que lo sustenta con su poder infinito:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras” (Sal. 19:1-4).

“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Rom. 1:20).

Además, Dios también ilumina la mente y la conciencia moral de todo ser humano para que, dentro de las limitaciones o ausencia de su conocimiento de Dios, pueda optar por el bien:

“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Rom. 2:14, 15).

Sin embargo, esta Revelación general, o universal, aun cuando nos revela algunas cosas muy importantes sobre Dios, también puede proporcionar datos engañosos acerca de él cuando vemos la presencia del mal y del dolor en el mundo. Y además es insuficiente para dar respuesta a algunas de las más acuciantes preguntas existenciales del hombre, y para conocer todas las cuestiones relativas a la existencia del mal y al plan de redención, y la gran esperanza cristiana de la salvación y la vida eterna. Por eso, hace falta una Revelación especial, mediante la cual Dios dé a conocer claramente información acerca de todas estas cuestiones, se revele más perfectamente a sí mismo, y nos revele su voluntad moral de manera más específica. Esta Revelación especial es la Biblia acompañada de la revelación interna del Espíritu.

Y, aquí también notamos que, dentro de la organización divina, la Persona divina encargada de realizar esta revelación especial es el Espíritu Santo.

La Revelación de Dios al hombre tiene varias instancias, que enumeraremos primero y luego explicaremos:

* Revelación especial propiamente dicha.

* Inspiración.

* Iluminación.

Las dos primeras son un fenómeno privativo de los instrumentos escogidos por Dios para este fin, que son los profetas, salvo algunas excepciones aisladas (apariciones y revelaciones de Dios a ciertas personas, pero que no constituyen parte del canon bíblico).

La tercera (iluminación) es el fenómeno que el Espíritu Santo produce en nosotros para entender correctamente y percibir la belleza y la necesidad del producto de la Revelación propiamente dicha, y para aplicarla a nuestra vida.

1) REVELACIÓN: es el fenómeno por el cual Dios se da a conocer a un ser humano (profeta de “oficio” o no), mediante un encuentro con él a través de sueños, visiones, su voz audible, teofanías (como la zarza ardiente de Moisés, el silbo apacible de Elías, la aparición de Jesús a Pablo en camino a Damasco mediante una luz deslumbrante, etc.). En ese encuentro, Dios habla a la persona (mayormente al profeta), y le comunica un mensaje. La Biblia está llena de estas revelaciones, a personajes como Abraham, Jacob, José, Moisés, Josué, Gedeón, Pablo, y básicamente todos los profetas y escritores bíblicos.

2) INSPIRACIÓN: es el fenómeno por el cual Dios capacita a un profeta para comunicar su mensaje (ya sea en forma oral o escrita), llenando su mente con pensamientos divinos y controlando que el profeta consigne fielmente lo que le ha sido revelado por los diversos medios mencionados arriba, pero permitiendo que el profeta comunique estos CONTENIDOS divinos en el FORMATO propio de su personalidad, experiencia y formación cultural. Por eso, en teología se habla de que la Revelación es antrópica; es decir, está dada por medio del formato humano, que incluye un idioma específico, con su gramática, su sintaxis, su semántica (hebreo, arameo y griego, en la Biblia); una estructura lógica de pensamiento propia de la cultura a la que pertenece el profeta (en este caso, una estructura de pensamiento semítica, a diferencia de la estructura lógica griega); y recursos retóricos y de comunicación específicos, como puede ser contar la propia experiencia (como Salomón en Eclesiastés), o incluso investigar hechos históricos (como lo menciona específicamente Lucas en la introducción de su Evangelio) o escribir movidos por noticias que obligan a hacer frente a ciertas necesidades de la iglesia (como Pablo al escribir a los Corintios). Todo esto tiene que ver con el formato, el “envase”, los medios de comunicación empleados por los autores bíblicos, pero que de ninguna manera afectan el contenido; es decir, el mensaje que Dios quiso transmitir a través de ellos. Por eso es que varios teólogos (desde San Agustín hasta la propia Elena de White) dicen que, a semejanza de Cristo, se podría decir de la Biblia: “Aquel Verbo (la Palabra) fue hecho carne (es decir, se expresó a través de lo humano)” (Juan 1:14).

Así lo expresa enfáticamente San Pedro, en ese locus classicus acerca de la inspiración de la Biblia:

“Porque nunca la profecía (la revelación especial de Dios a través de los profetas, y no únicamente aquello que anuncia el futuro) fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:21).

Es decir, no es el hombre el originador de los mensajes bíblicos; no parten de su iniciativa, sino que es obra del Espíritu Santo. La palabra griega utilizada aquí que fue traducida como “inspirados” es ferómenoi, y es la misma palabra utilizada para describir el episodio del libro de Hechos en el que Pablo naufragó con toda la tripulación del barco:

“Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar” (Hech. 27:15).

De la misma manera en que a Pablo y sus compañeros de viaje no les quedó otro remedio que “dejarse llevar”, porque la nave fue “arrebatada”, el profeta no tiene control sobre lo que escribe; no puede afectar su contenido. Sino que es “arrebatado” por el Espíritu Santo, y se “deja llevar” por él al transmitir la revelación que Dios le dio; de tal modo que lo que escribe no es su propia palabra, u opinión, influenciada supuestamente por los condicionamientos culturales de la época (como pretenden algunas teologías modernas acerca de la Revelación), sino que es la Palabra inspirada por Dios, específicamente por el Espíritu Santo.

De igual manera, todos los profetas mayores y menores solían encabezar sus mensajes con el anuncio: “Vino a mí Palabra de Jehová” (Jer. 2:1 y tantos otros; notemos que la Palabra no partió del profeta sino que vino al profeta); “Así ha dicho Jehová” (Isa. 37:6 y tantos otros).

Es muy clara, en los escritores bíblicos, esta autoconciencia de la Revelación de Dios, este autotestimonio de la Biblia; que lo que escriben no es de su propia autoría, sino lo transmitido a ellos por Dios.

En esta inspiración, que garantiza el origen divino del mensaje de los profetas, y por ende su infalibilidad, se basa la autoridad de las Sagradas Escrituras como revelación de Dios para nuestra vida. Y esto es fruto de la obra del Espíritu Santo. De tal forma que cuando leemos la Biblia podemos tener la convicción de que lo que leemos ES la Palabra de Dios.

3) ILUMINACIÓN: Pero de nada valdría todo el proceso divino-humano anterior, en el cual Dios se quiere dar a conocer al hombre, si el destinatario de esa revelación (cada uno de nosotros) se halla en tal condición de ceguera espiritual –por causa de nuestras limitaciones humanas y del pecado que nos habita, así como de paradigmas férreos que hemos aprendido por influencia cultural– que le es imposible captar las verdades divinas, su necesidad y su belleza. Por eso, aun cuando en términos generales, universales, Dios ha completado su Revelación a través de las páginas inspiradas de la Biblia, esa revelación no se ha completado en forma particular, en cada uno de nosotros, hasta que es percibida, captada, entendida y amada por cada uno en la mente, el corazón y la voluntad gracias a la obra iluminadora del Espíritu Santo. El Espíritu, entonces, completa el circuito de la Revelación cuando logra abrirse paso a nuestra mente, nuestra razón, nuestra conciencia, nuestros sentimientos y nuestra voluntad al producir en nosotros el milagro de la iluminación:

“Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen. Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Cor. 2:6-14).

“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu” (Rom. 8:5).

No basta con tener un gran intelecto, con ser un gran filósofo o pensador, y ostentar un título académico. Tampoco basta el haber estudiado en un seminario teológico, ni pasarse el día entero leyendo la Biblia. Esa Palabra escrita será palabra muerta a menos que vaya acompañada de la obra iluminadora del Espíritu Santo. Porque, como toda obra literaria, la Biblia, a través de sus palabras, encierra un sentido, en este caso espiritual, y no meramente formal o legal. Y ese sentido verdadero y espiritual solo puede ser captado gracias a la obra iluminadora del Espíritu Santo. De hecho, a lo largo de la historia (especialmente desde la Modernidad), grandes intelectuales han descreído de Dios y de la Biblia, y han despreciado a Cristo. Y, aun dentro del mundo religioso, fueron precisamente los más religiosos de los días de Cristo –los fariseos, los saduceos y los sacerdotes judíos– quienes no pudieron captar las grandes verdades espirituales que Jesús vino a enseñar, ni reconocerlo a él como Mesías, a pesar de ser expertos en el estudio de la Biblia y en la teología. Lo mismo ha sucedido en la Edad Media, cuyo ejemplo máximo de esta ceguera espiritual ha sido la Inquisición. Jesús mismo lo dijo con estas palabras:

“En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó” (Mat. 11:25, 26).

De manera, entonces, que para comprender la Revelación de Dios hace falta ser personas espirituales. Y cuando decimos “espirituales” no nos referimos simplemente al concepto tan general y ambiguo de espiritualidad que se maneja en el mundo de hoy. La Palabra de Dios se refiere al hombre espiritual como aquel que es iluminado, regenerado y movido por el Espíritu Santo. Como bien dice el autor de la lección, “sin el Espíritu Santo no hay afecto por la Palabra de Dios” (lección del día miércoles; énfasis añadido). Eso es precisamente lo que necesitamos que haga el Espíritu en nosotros: que nos dé afecto por la Palabra de Dios, por escuchar la voz de Dios revelada en las Sagradas Escrituras.

Como el título de la lección de este trimestre es “El Espíritu Santo y la espiritualidad”, ¿qué les parece si nos proponemos que el estudio de estas lecciones no sea solamente hacer teología sistemática o apologética teológica, sino que nos conduzcan a desear ardientemente que el Espíritu haga su obra maravillosa en nosotros, empezando por iluminar nuestra mente y nuestro corazón para captar la belleza del mensaje de Dios? Porque el primer paso de la conversión es VER la belleza de Cristo y del mensaje de Dios, y por lo tanto sentir nuestra necesidad de Dios en nuestra vida y de ser salvos.

Podríamos, entonces, orar así:

“Santo Espíritu de Dios, ‘dulce huésped del alma’, ilumina nuestro corazón de tal manera que podamos captar la luz bendita del amor de Dios, y que podamos deleitarnos en todo lo que tienes para enseñarnos. Que la Palabra que revelaste sea viva y eficaz en nosotros hoy, para convertirnos, para purificarnos desde lo más hondo de nuestro corazón, para transformarnos a la semejanza de Cristo y para convertirnos en una bendición para los que nos rodean. Ven a nosotros hoy, y quédate permanentemente en nuestro corazón”.

Una Respuesta

  1. carlos ramirez

    estuve estudiando el folleto de escuela sabatica sobre la palabra y el espiritu ,es mi interesante saber que Dios se revela a nosotros por medio por su Palabra,
    la inspiracion es la forma como el Espiritu Santo inspira a los hombres donde habla no con palabras enseñadas por sabiduria humana ,sino con las enseñanadas dadas por el espiritu a traves de palabras espirituales

    Responder

Deja un comentario: