Lección 14 – Cuarto trimestre 2016

Ya hemos estudiado bastante exhaustivamente el libro de Job, y reflexionado en él, y en el tema más difícil de la teología y de la espiritualidad, que es el dolor, y la relación de Dios con él. En la lección de esta semana, hacemos una recapitulación de algunos de los conceptos y las lecciones sobresalientes que nos ha dejado el estudio de este trimestre. Selección que siempre es subjetiva y, por lo tanto, que presenta un recorte de todo lo que se podría decir, de acuerdo con la percepción de quien escribe y con las limitaciones del espacio para hacerlo. Pero propongo las siguientes lecciones:

1) Dios acepta y dignifica nuestros cuestionamientos en relación con el sufrimiento: la misma existencia del libro de Job es un testimonio de esto. En él, Job presenta su incomprensión de la forma en que Dios está manejando las cosas en relación con su sufrimiento; por momentos se queja, se amarga, desea la muerte o no haber nacido, quiere encararse con Dios. Lejos de sentirse herido en su orgullo (que no lo tiene) y sentir que Job ha sido un irreverente, Dios recibe y acepta estas quejas, e incluso intencionalmente inspira a Moisés para que consigne fielmente todo lo que Job dice, sin censurar absolutamente nada (lo mismo sucede con otros pasajes de la Biblia, como en muchos de los Salmos, e incluso en los libros proféticos). Así que, lejos de sentirnos culpables (o hacer sentir a otros así) cuando nos sentimos heridos, resentidos con Dios por causa del dolor, la existencia de este libro nos dice que Dios comprende estos sentimientos, y que podemos ir francamente, libremente a él para presentarle nuestra incomprensión y nuestras quejas.

2) El dolor entraña un misterio; no hay una explicación suficientemente satisfactoria de este lado de la eternidad acerca de por qué Dios lo permite: Dios no le dio ninguna explicación a Job acerca de por qué o para qué estaba sufriendo. Se limitó a hacerlo reflexionar sobre la omnipotencia, la omnisapiencia y el amor divinos revelados en la Creación y la Sustentación del universo en que vivimos, para que Job pudiera saber que, aunque no entendiera nada sobre su sufrimiento y la forma en que Dios lo estaba manejando, había algo que sí podía entender: que su vida, a pesar de los pesares, estaba en buenas manos, y que Dios sabía lo que hacía. El pecado es algo tan terrible que hace que, de alguna manera, Dios no tenga “otro remedio” que permitir el dolor, y no hay explicación que pueda justificar tanto dolor. Será tema de la eternidad, empezando por el Milenio, esos mil años que tendremos para investigar la historia particular de cada ser humano que ha vivido sobre la Tierra, y ver en ella la obra maléfica de Satanás y el pecado, a la vez que la obra bondadosa y misericordiosa de Dios.

3) La causa última del dolor es la acción diabólica en el mundo y la presencia del pecado en él: si bien el libro no explica por qué Dios permite algunas cosas, lo que sí es claro es que Dios no es el originador del mal ni del dolor, sino que, en última instancia, su autor es Satanás, y el “terrible experimento de la rebelión” que él ha instalado en el universo y en esta Tierra. Hay efectos directos de esta rebelión (crímenes, asesinatos, violaciones, odio, envidia, etc.), para los cuales no se necesita mucha explicación. Pero hay efectos colaterales, indirectos, como terremotos, tsunamis, enfermedades, accidentes, acerca de los cuales no siempre podemos ver una relación directa de causa-efecto, pero que tienen que ver con que vivimos en un mundo caído; estamos inmersos en él, y es inevitable que suframos de uno u otro modo, y con mayor o menor intensidad. Es nuestra suerte de este lado de la eternidad.

4) Hay un límite para el dolor: no obstante, aunque Dios se ve “obligado” a permitir las consecuencias de la rebelión, también les pone un límite. Dios fue soberano sobre Satanás (aun cuando este es el gran rebelde por antonomasia), y el enemigo no pudo afectar la vida de Job más de lo que Dios le permitió (no pudo quitarle la vida, como hubiese deseado). Esto es lo que hace que, aun cuando vivamos en este planeta en rebelión, no todo sea maldad, desastres y sufrimiento. Todavía hay muchos motivos de dicha y felicidad, gracias a la acción bienhechora de Dios y a los límites que le impone a la acción diabólica. De lo contrario, si Dios no refrenara la actividad satánica, moriríamos todos desquiciados, autodestruidos y destruidos por el mismo Satanás, quien se deleita en “hurtar, y matar y destruir” (Juan 10:10).

5) Nuestros sufrimientos como individuos, salvo excepciones, no son un castigo proactivo de Dios por nuestros pecados particulares sino una consecuencia global de vivir en un mundo de pecado. Por lo tanto, debemos alejar cualquier sospecha sobre nuestro prójimo que sufre, como si “algo habrá hecho” para merecer lo que le pasa. No añadamos dolor moral al dolor físico, psicológico, anímico, que la gente ya tiene.

6) No debemos confundir la fe con los sentimientos o los estados de ánimo: un creyente, por fiel que sea (como ciertamente lo era Job), tiene derecho a sentirse triste, deprimido o angustiado cuando está padeciendo un infortunio. Es una reacción natural ante situaciones amenazantes y de potencial destructivo tanto físicamente como psicológicamente. La fe no nos convierte en robots insensibles, que vivimos por encima de las necesidades humanas y su vulnerabilidad. La fe verdadera, como diría el eximio escritor adventista Roberto Badenas, es principalmente “apego” a Dios, aferrarse a él a pesar incluso del estado mental confuso por causa del dolor; a pesar de la angustia y la depresión. Es basarme en lo que sé de Dios aunque no entienda lo que no sé, y apostar a la confianza en Dios pese a todo, y que finalmente Dios tendrá una salida para mi sufrimiento.

7) El problema de la rigidez de los paradigmas: cuánto daño han causado a la historia humana los prejuicios y las ideas preconcebidas, y la falta de disposición a aprender y abrirse a nuevas ideas y formas de ver las cosas. Los amigos de Job estaban anquilosados en sus ideas acerca de la relación entre el pecado y el sufrimiento, y no podían ver otra opción que el hecho de que Job estaba sufriendo por culpa de sus pecados. Y anteponían esta teología a las necesidades de su amigo.

8) Debemos aprender a consolar: los amigos de Job nos enseñan, por contraste, lo que significa ser verdaderos consoladores y fortalecedores de la gente que sufre. Nos enseñan que la gente no necesita discusiones teológicas o filosóficas, ni largos sermones o predicaciones, ni que hagamos generalizaciones in abstracto sobre lo que le sucede. Nos enseñan que si nuestras palabras no son mejores que el silencio mejor debemos callarnos. Nos enseñan que, ante todo, el que sufre merece y necesita nuestro respeto, un oído atento y empático, poder descargar sus sentimientos y poner en palabras su dolor. No censuras, no culpabilizaciones, no “consejos” ni pontificar sentencias sobre las causas de sus problemas y las soluciones. Lo que necesita es simplemente nuestra presencia amorosa y respetuosa, “estar ahí” para el que sufre, para lo que necesite.

9) Si bien Dios permite el sufrimiento, decidió compartir él mismo nuestra experiencia con el dolor, ser nuestro compañero de infortunio: en Cristo, Dios se hizo uno con nosotros, incluso en el dolor. Precisamente, nos salvó mediante su propio dolor; fue su dolor el precio y el instrumento de nuestra redención. En la Cruz, el mayor Sufriente de la historia, Jesús, nos aseguró la erradicación definitiva del mal y del sufrimiento de nuestra vida y del universo.

10) Dios tendrá la última palabra sobre el dolor: si bien Dios permite nuestro dolor, este no será definitivo. Dios ha trazado un plan para eliminarlo para siempre. Ya falta muy poco. Por eso, la Cruz y la Segunda Venida son las dos grandes cosas que sí podemos saber acerca del dolor, y son la gran respuesta de Dios al misterio del mal y del sufrimiento. Mientras tanto, aun en esta vida nuestros sufrimientos puntuales suelen ser temporarios, no duran para siempre, sino que ocupan un momento determinado dentro de la globalidad de nuestra vida. Pero llegará el día en que el dolor será solo un mal recuerdo, porque disfrutaremos para siempre de ese mundo feliz que todos soñamos, que Jesús ganó con su sangre y que está preparando, para recibirnos con inmensa alegría en el cielo cuando él regrese a buscarnos.

Que Dios nos bendiga a todos con su Espíritu Santo, el Consolador celestial, que nos puede dar la suficiente fortaleza interior para atravesar por los momentos difíciles de la vida, haciéndonos perseverar en la fe y en el camino cristiano hasta que Jesús regrese por los suyos, y nos lleve a la Patria Celestial, donde “los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido” (Isa. 35:10). Que ni ustedes ni yo faltemos por nada a ese encuentro.

2 Respuestas

  1. Walter Arias Schilman

    Brillantes 10 lecciones del estudio del libro de Job! Muchas gracias por los comentarios tan inspiradores de cada lección de este trimestre. Y ojalá seamos todos parte de la promesa de Isaías 35:10. Amén.

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