Lección 12 – Cuarto trimestre 2016

Con esta lección, llegamos a un punto que ya mencionamos aquí y allá, pero en el cual nos enfocaremos esta semana: una de las dos grandes respuestas de Dios al tema del dolor (a juicio de quien esto escribe) es que, aunque no entendamos por qué o para qué Dios permite determinados extremos brutales de sufrimiento en el mundo, lo que sí podemos entender es que Dios decidió EXPERIMENTAR ÉL MISMO EL DOLOR, NUESTRO DOLOR; COMPARTIR NUESTRO DOLOR. Y precisamente la forma en que eligió salvarnos fue REDIMIRNOS MEDIANTE SU PROPIO DOLOR. (La otra gran respuesta es la segunda venida de Cristo, para poner fin al pecado y a su consecuencia natural, el sufrimiento.)

En medio de su sufrimiento, Job necesita que por un momento Dios no lo mire desde su posición de Ser superior, ajeno a la experiencia de ser un finito, falible, vulnerable y mortal ser humano. Necesita saber o sentir que Dios lo comprende, que es capaz de ponerse en su lugar y entender la cruz que portamos los hombres por haber nacido pecadores y por vivir en este mundo afectado por el pecado y sus consecuencias:

“¿Tienes tú acaso ojos de carne? ¿Ves tú como ve el hombre? ¿Son tus días como los días del hombre, o tus años como los tiempos humanos?” (Job 10:4, 5).

Lo maravilloso del evangelio, y que lo distingue de toda otra concepción religiosa, es que el Dios cristiano es un Dios que precisamente contesta con un rotundo SÍ a estas preguntas de Job, mediante Cristo: Jesús puede decir con toda propiedad que sí tiene ojos de carne; que sí pudo ver las cosas como las ve el hombre (desde la propia experiencia de ser un ser humano y vivir en este mundo); que sí se sometió a la posibilidad de ser mortal, como hombre, con toda la debilidad física y mental previa a su muerte.

Por eso es tan importante la doctrina de la Encarnación de Cristo, doctrina que ha querido ser negada en los albores del cristianismo, por una herejía de la época, de influencia procedente del pensamiento griego, llamada docetismo (un derivado del gnosticismo), contra la cual se oponen enérgicamente tanto Pablo como especialmente Juan, en sus epístolas (a tal punto que Juan califica como pertenecientes al Anticristo a quienes nieguen la encarnación real de Cristo):

“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:8, 9; énfasis añadido).

“En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:2, 3; énfasis añadido).

El docetismo proclamaba que Jesús era un ser de origen divino (no plenamente divino, pero sí como un “eón” [desprendimiento, o “emanación”] del Dios “pleno”), pero que solo había adoptado una apariencia de hombre, pero no un cuerpo humano real, porque entendían que la materia es contaminante, y que por lo tanto lo divino no podría unirse con la materia (obviamente, un pensamiento basado en un acérrimo dualismo griego de origen platónico).

Y es que precisamente la encarnación (el hecho de que Jesús portara realmente un cuerpo de carne y hueso, susceptible de sentir, sufrir y finalmente morir) es lo que necesitaba Jesús para poder realizar su gran obra de redención, de expiación: portar sobre sí mismo la culpa, la condenación y el dolor de los miles de millones de personas que hemos vivido sobre este planeta, desde sus primeros días hasta los últimos de la historia de la Tierra. Necesitaba tener un SOPORTE MATERIAL, un soporte SENSIBLE, para poder experimentar físicamente y psicológicamente la SENSACIÓN y el SENTIMIENTO terribles de dolor que implicaron para Jesús el haber expiado nuestros pecados en la Cruz. Él debía SENTIR nuestra culpa, nuestra condenación, nuestras enfermedades, nuestro dolor, tal como lo describe esa profecía mesiánica cumbre de Isaías 53. Destaco las expresiones más significativas que hablan del dolor de Jesús, teniendo en cuenta que nuestros sufrimientos no son solo físicos; también sufrimos por el rechazo social, el desprecio de otros, etc. Hay sufrimientos psicológicos, emocionales, y no solo físicos:

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos.” (Isa. 53:3-7, 10, 11; énfasis agregado).

Hagamos una lista de las palabras que representan los sufrimientos que padeció Jesús en esta profecía. Todos ellos, en realidad, son un racimo representativo de lo que significó para Jesús el dolor inenarrable, misterioso, milagroso, sobrehumano, que ningún ser humano será llamado jamás a experimentar, de LA EXPIACIÓN:

* Desprecio.

* Rechazo.

* Dolor.

* Quebranto.

* Negación.

* Menosprecio.

* No ser estimado.

* Enfermedad.

* Azotes.

* Ser herido.

* Abatimiento.

* Ser molido.

* Experimentar llagas.

* Angustia.

* Aflicción.

* Padecimiento.

* Aflicción.

Aquí tenemos algunos de los textos más significativos que aparecen en el Nuevo Testamento acerca de la encarnación de Jesús y su vinculación con su experiencia de compartir nuestro dolor:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. […] Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1-3, 14; énfasis agregado).

En realidad, la expresión “fue hecho carne”, tal como aparece en la versión Reina-Valera de 1960, vertida como voz pasiva, en el texto original en griego está en voz activa: “se hizo carne”. Es decir, voluntariamente se sometió a encarnarse, a limitarse a un cuerpo humano, con toda su finitud, su debilidad, y su posibilidad de sufrir y morir.

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:5-8; énfasis añadido).

La expresión “forma” de siervo, en realidad, en griego, no se refiere a una apariencia. La palabra utilizada por Pablo allí es morfé, e indica el modo de ser de alguien, la manera en que existe, su naturaleza. De hecho, así lo traduce la Nueva Versión Internacional: “tomando la naturaleza de siervo”.

Quizá los textos que más enfáticamente presentan la relación entre la naturaleza humana de Cristo y sus sufrimientos sean los de la Epístola a los Hebreos. Y no es casual, porque el punto principal que quiere recalcar el autor (entendemos que es Pablo, aunque no todos los teólogos coincidan) es que Jesús es nuestro Sumo Sacerdote, quien “puede compadecerse de nuestras debilidades” (Heb. 4:15), precisamente porque pasó por nuestro propio terreno de pecado y dolor. Y por eso, por la compasión que nos tiene, porque sabe lo que se sufre siendo humano (el sufrimiento de la lucha con la tentación; y también el sufrimiento de lidiar con las consecuencias físicas, psicológicas, sociológicas y aun ecológicas del pecado; y sobre todo el sufrimiento de la Expiación), “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

Aquí están algunos de los textos más significativos de Hebreos al respecto:

“Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos” (Heb. 2:9, 10; énfasis añadido).

“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Heb. 2:14; énfasis añadido).

“Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Heb 2:17, 18; énfasis añadido).

La idea aquí es que Jesús fue semejante a nosotros en todo. Normalmente asociamos esto a la lucha contra el pecado, pero en realidad, aunque la incluya, abarca también su participación en nuestros sufrimientos. La palabra “tentar”, en la Biblia, no comprende solo el concepto de incitación al pecado, al mal, sino también la idea de “prueba”, “padecimiento”. Precisamente porque Jesús fue semejante a nosotros no solo en su lucha contra el pecado, sino también en su lucha contra el dolor, es que ahora es nuestro “misericordioso y fiel” intercesor. Como pedía Job, es alguien que sabe por experiencia lo que es padecer, y por eso es que puede ser tan comprensivo y misericordioso con nosotros, tanto en nuestras tentaciones y caídas como en nuestros sufrimientos.

¿Queríamos, como Job, que Dios nos comprendiera, que se pusiera en “nuestros zapatos”, no solo porque es omnisapiente sino también porque EXPERIMENTARA el dolor? Pues, bien, Jesús es la respuesta a ese clamor de la humanidad. Y a tal punto, que él experimentó el sentimiento máximo de dolor y de incomprensión de los caminos de Dios cuando clamó desde la Cruz, a semejanza de nuestro clamor:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46).

Él también sintió que Dios estaba ausente, que era sordo al clamor de su dolor, como muchas veces lo sentimos nosotros. Pero, en última instancia, terminó remitiéndolo todo al Padre, entregándolo todo en sus manos:

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Luc. 23:46).

Y esta debería ser nuestra oración siempre, en los momentos de alegría, pero especialmente en los momentos de dolor, cuando el sufrimiento ofusca nuestra percepción de la bondad de Dios: “Señor, no entiendo nada, no comprendo tus ‘sombrías providencias’, el dolor que permites que me azote tan brutalmente; pero sé que en ti está la verdad, la luz, la bondad, el bien, la sabiduría infinita. Entonces, te entrego mi espíritu: mi vida, mi dolor, mi angustia, mi incomprensión. Sabiendo que esto no será para siempre”.

Entonces, como Job, podremos proclamar triunfalmente:

“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19:25-27).

Qué notable es esta declaración de fe: Job contrasta LO QUE SIENTE con LO QUE SABE DE DIOS. ¿Qué siente? Que su corazón desfallece dentro de él, a causa de su dolor. Pero ¿qué sabe? Que tiene un Redentor vivo, que será vencedor de la muerte (se levantará sobre el polvo). Que hay una resurrección de los muertos, y aunque nos toque descender a la tumba y que nuestro cuerpo se deshaga, finalmente veremos a Dios en “nuestra carne”; es decir, no como un espíritu o alma inmortal incorpóreos, sino “en mi carne”, en nuestro cuerpo resucitado. Lo veremos nosotros mismos. No perderemos nuestra identidad por causa de la muerte. Seguiremos siendo nosotros mismos, pero con un cuerpo glorificado (1 Cor. 15:35-55).

Que Dios nos bendiga a todos para que, al recordar que Jesús SABE LO QUE ES SUFRIR, y mucho más que nosotros, sintamos su comprensión, su misericordia, en los momentos difíciles, a la vez que lo adoramos y amamos por la grandeza de su amor por nosotros, y mantenemos la mirada fija en ese día glorioso de la resurrección y del encuentro con nuestro Salvador y con aquellos que hemos aprendido a amar en esta vida, redimidos por la sangre de Jesús.

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