Lección 10 – Cuarto trimestre 2016

Con esta lección, llegamos al final de los pensamientos humanos en el libro de Job. Ya habló Job bastante. Ya hablaron lo suficiente sus primeros tres amigos. Y ahora llega Eliú, el cuarto y más joven, y también expresa sus pensamientos. Los cinco personajes que hablan, incluyendo al santo Job, expresan algunas verdades, pero también manifiestan muchas tinieblas, ignorancia y confusión espiritual acerca del tema del dolor y la relación de Dios con él (como las que en realidad tenemos todos nosotros frente al tema de Dios y el sufrimiento). Gracias a Dios, el personaje que empieza a intervenir a partir de la lección de la semana próxima es Dios mismo, y allí todo se ilumina. Los pensamientos de Dios iluminan el panorama, no los pensamientos humanos. Pero eso será tema para la semana que viene. Mientras tanto, esta semana lo escuchamos al impetuoso y autosuficiente Eliú, que cree saber más que los otros cuatro hombres mayores que él que están debatiendo por qué sufre Job, y viene “a enseñarles cómo son las cosas”.

Si hay un comentario clave del autor de la lección, esta semana, es el siguiente:

“Si podemos obtener alguna lección del libro de Job (una que ahora ya debería ser obvia, después de estos discursos), es que, como humanos, necesitamos humildad al hablar de Dios y del modo en que actúa. Podemos conocer alguna verdad, o mucha verdad, pero a veces –como vemos en estos tres hombres– no necesariamente sabemos la mejor manera de aplicar las verdades que sabemos” (lección del domingo, último párrafo; énfasis añadido).

Y también: “Eliú, entonces, estaba tratando de proteger su propia comprensión de Dios frente al mal tan terrible que le había sobrevenido a un hombre bueno como Job” (lección del martes, último párrafo; énfasis añadido).

Estos dos comentarios nos remiten a un par de temas que, como cristianos, y especialmente como adventistas, haríamos bien en detenernos a reflexionar: 1) las limitaciones del conocimiento y la comprensión humanos, incluso de nuestro conocimiento y comprensión religiosos; y 2) la fuerza a veces condicionante y esclavizadora de la mente, de los paradigmas.

Sabemos que uno de los rasgos de la Posmodernidad, que tanto criticamos como cristianos, es el AGNOSTICISMO; es decir, la poca confianza en la capacidad humana de realmente poder SABER, de realmente poder conocer y aprehender la realidad en su totalidad. El agnosticismo no se limita solamente a la duda religiosa, a la imposibilidad de saber si Dios existe o no. Es la duda sobre la posibilidad misma del conocimiento, a diferencia de la Modernidad, que creía en la posibilidad de conocer y comprender la realidad mediante el uso de la razón, “la diosa razón”.

Como fruto del agnosticismo, otro rasgo de la Posmodernidad es el RELATIVISMO, en todo orden (científico, religioso, moral, etc.). La Posmodernidad no cree en ABSOLUTOS de ningún tipo. Y, como creyentes, solemos criticar estos dos rasgos posmodernos, contraponiendo la certeza del conocimiento religioso, revelado: el conocimiento bíblico. Y afirmamos enfáticamente que sí existen absolutos. Que Dios es absoluto, que su revelación especial (la Biblia) contiene verdades religiosas, espirituales y morales absolutas, en contraposición con el relativismo espiritual y ético posmoderno. Y por eso, algunos de nosotros, creyentes en la Revelación Bíblica, nos creemos con autoridad de pontificar sobre cuanta cuestión se nos ocurra, e incluso sobre el tema del conocimiento, pues creemos, como los judíos del tiempo de Cristo y de los apóstoles, que el conocimiento de la Palabra de Dios nos da un tipo de sabiduría superior e infalible con respecto al resto de los seres humanos. Parafraseando a Pablo, algunos de nosotros nos apropiamos del siguiente pensamiento:

“He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío (léase adventista), y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad” (Rom. 2:17-20).

Y, en cierto sentido tenemos razón: Dios es el Ser absoluto, omnisapiente, infalible, y su Revelación Especial (la Biblia), por ser inspirada por él, participa de sus mismas características. Pero de lo que muchos de nosotros no somos conscientes es que una cosa es que Dios sea absoluto, omnisapiente e infalible, y otra es que lo seamos nosotros. Él sí lo es. Nosotros, no. Nosotros somos seres pecadores, caídos, finitos, limitados, falibles:

1) No conocemos (información) todo lo que hay que saber ni del mundo en que vivimos ni de la Biblia, ni de la teología, ni la filosofía, etc. Nadie tiene la capacidad de percibir y retener toda esta información.

2) Nuestra percepción de la realidad y de lo que leemos en la Biblia siempre es parcial, selectiva, condicionada y limitada por nuestra pobre humanidad, nuestras limitaciones psicológicas, nuestra formación, nuestros prejuicios.

2) Nuestra capacidad de comprender la realidad y la Palabra de Dios también es limitada y falible.

Por lo tanto, en realidad tenemos que concederle ciertos méritos a la Posmodernidad: nos ha venido a humillar y a hacernos ver cuán limitados son el conocimiento y la comprensión humanos. En este sentido, si bien en Dios existen los absolutos religiosos, espirituales y morales, estos absolutos no existirán nunca en nosotros, los seres humanos. La verdad bíblica no es relativa en sí misma. Pero sí lo es nuestra capacidad de conocerla, comprenderla y saber aplicarla, sobre todo a otros. Por lo tanto, NUESTRAS INTERPRETACIONES Y APLICACIONES de la Biblia SÍ SON RELATIVAS. Y, si bien es cierto en la Biblia hay cuestiones básicas muy claras como para admitir cualquier tipo de interpretación, sobre otras tendríamos que tener la suficiente humildad (y realismo con respecto a nuestra propia condición humana) como para ser muy prudentes en nuestras conclusiones y aplicaciones:

“Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Sant. 3:1).

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Sant. 1:19).

Esta humildad y esta prudencia que nos propone Santiago se hacen tanto más necesarias frente al gran tema del dolor. Aquí es donde ni se nos debería ocurrir pontificar, sentenciar grandes soluciones y verdades al que sufre. Aquí es donde más necesitamos aprender a callar, aprender a oír, aprender a adentrarnos en el universo del otro y en su dolor. Como dirían ciertos jóvenes youtubers adventistas: “Dejemos que Dios sea el Juez. Nosotros, amemos” (Vera Ferrari y Murilo Batista Ribeiro, en Escarabajo Binario).

El influyente psicólogo Carl Rogers (1902-1987) propone tres actitudes sanadoras que debe cultivar y practicar todo consejero humano al intentar ayudar a otro (sea profesional o no), actitudes que son refrendadas por la Palabra de Dios:

1) Empatía (escucha empática): Significa tener el amor abnegado suficiente como para intentar entender al otro desde sí mismo, desde su propio universo y no desde el mío. Esto significa poner entre paréntesis, momentáneamente, mi propia cosmovisión, universo ideológico, moral, para tratar de entender el universo del otro, su propia cosmovisión ideológica, valores y sentimientos. No significa aprobar todo lo que el otro piensa o claudicar de mi propia cosmovisión, valores y principios, sino tratar de entender, sinceramente, lo que le sucede al otro, lo que pasa por su cabeza, corazón y circunstancias. Esto requiere APRENDER A ESCUCHAR DE VERDAD al otro, en vez de estar ansioso por emitir mis propias opiniones.

2) Aceptación incondicional: No significa aprobar todos los pensamientos y las conductas del otro, pero sí que su valor como ser humano, ante mí, digno de respeto, valoración y amor, no depende de que sus pensamientos y conductas coincidan con los míos, sino de su propia dignidad como ser humano, digno de amor por el solo hecho de serlo, y de ser un hijo de Dios amado por Dios y comprado por la sangre de Cristo, lo que le confiere un valor infinito.

3) Autenticidad, o congruencia: Es, en este caso, el propósito de ayudar al otro a conectarse realmente consigo mismo, con sus sentimientos, con lo que realmente le pasa en su interior (en este caso, su dolor), sin alienarse de él mismo intentando dar una imagen de lo que “se espera” de él (una fe inconmovible, aceptar mansamente su dolor, esconder su dolor, etc.). Permitirle expresar su sufrimiento, incluso su descontento con Dios, sus dudas, su incomprensión, y no, como los amigos de Job, censurarlo por no “hablar palabras de fe” cuando está sufriendo. Y, mucho menos, tratar de acusarlo de que “por algo” está sufriendo.

Por otra parte, cuán importante es, si tomamos conciencia de nuestras propias limitaciones de conocimiento, percepción y comprensión, estar permanentemente dispuestos a revisar, poner en tela de juicio, nuestros propios paradigmas, nuestra propia visión de las cosas, incluso en el terreno religioso; nuestra propia comprensión de Dios y sus caminos. Debemos evitar el error, que cometieron los amigos de Job, de manejarse con apriorismos, preconceptos dentro de los cuales querían “encajar” el caso de Job para que se ajustara a su propia teología; de establecer generalizaciones “in abstracto”, sin tomar en cuenta la particularidad de cada caso; de incurrir en reduccionismos miopes, que son incapaces de tener en cuenta todos los posibles factores que intervienen en un fenómeno, reduciéndolo solamente a alguna de sus posibles explicaciones (en este caso, que la única explicación es que Job está sufriendo como castigo divino por culpa de sus pecados).

Recordemos el concepto de Gastón Bachelard de “obstáculo epistemológico”: paradójicamente, muchas veces el conocimiento mismo se convierte en obstáculo para el conocimiento; es decir, los saberes que creemos haber adquirido muchas veces nos obstaculizan percibir y aceptar otros conocimientos, otras formas de ver las cosas. Por eso, tenemos que tener la mente siempre abierta a nuevas opciones.

Que Dios nos bendiga para que siempre seamos verdaderos consoladores, que hablemos menos, filosofemos o “teologicemos” menos, acusemos menos, y por el contrario, que amemos más y estemos siempre ahí, solamente disponibles para lo que nos necesite el sufriente. Y que estemos menos dispuestos a defender nuestra “teología” (siempre limitada, falible y, por lo tanto, relativa) que a sanar corazones rotos.

En definitiva, quizás el amor sea la única verdad absoluta que nunca nos permitirá fallar. Mientras lo que hagamos lo hagamos por amor y con amor, nunca nos equivocaremos. Y si nos equivocáramos, sería preferible fallar del lado de la misericordia que el de la severidad (White).