Comentario lección 8 – Cuarto trimestre 2016

Venimos reflexionando desde hace varias semanas en el libro de Job y, con él, en este acuciante tema del sufrimiento. Y, con la lección de esta semana, el autor, Clifford Goldstein –nada menos que un judío muy pensante convertido al cristianismo; que lleva la impronta de un pueblo que ha sufrido los horrores del Holocausto–, llega a un punto álgido en sus consideraciones, en el que nos obliga a enfrentar el tema del dolor en toda su crudeza, con valentía y hasta las últimas consecuencias, donde se ve altamente comprometida la fe, donde se pone en jaque la fe.

Muchos de nosotros, porque amamos a Dios, o porque tenemos el temor no confesado de perder ese refugio del alma que es la fe, frente al “escándalo del dolor” (Badenas), preferimos taparnos los ojos y los oídos, y no reflexionar en este tema hasta las últimas consecuencias, que serían cuestionar la forma en que Dios está tratando con el mal o, incluso, llegar al punto de la duda sobre la bondad de Dios o aun sobre su propia existencia.

Quizás el siguiente sea el comentario más duro de la lección de esta semana y tal vez del trimestre entero:

“No obstante, hay un problema más profundo. ¿Qué pasa cuando vemos que nada bueno resulta del sufrimiento? ¿Qué ocurre con aquellos en los que la escoria no se separa del oro en su carácter porque mueren instantáneamente? ¿Qué pasa con los que sufren sin conocer al verdadero Dios, o sin saber nada de él? ¿Qué sucede con los que se amargan y se enojan, y llegan a odiar a Dios por causa del sufrimiento? No podemos ignorar estos ejemplos, o poner a todos en una fórmula sencilla; al hacerlo, seríamos culpables de los mismos errores que cometieron los acusadores de Job.

“Además, ¿qué bien surge de que los animales sean quemados vivos en un incendio de bosques? O ¿qué sucede con los miles de personas muertas en un desastre natural, o con los civiles que perecen en una guerra? ¿Qué lecciones pudieron haber aprendido? Y uno podría preguntarse, no solo acerca de los diez hijos de Job, sino también sobre los siervos que murieron ‘a filo de espada’ (Job 1:15), o los que fueron consumidos (vers. 16), o los otros criados muertos (vers. 17). Por más lecciones que Job y sus acusadores pudieran aprender, y aunque Satanás sufriera una derrota por la fidelidad de Job, la suerte de esas otras personas no parece justa. El hecho es que estas cosas no fueron justas, ni correctas, ni buenas.

“Hoy afrontamos desafíos similares. Un niño de seis años muere de cáncer; ¿es justo? Una señorita universitaria de veinte años es arrancada de su automóvil y abusada; ¿es justo? Una madre de treinta años con tres niños muere en un accidente de automóvil; ¿es justo? Y ¿qué decir de los 19.000 japoneses que murieron en el terremoto de 2011? ¿Eran todos culpables de algo para que su castigo fuera justo? Si no, sus muertes tampoco fueron justas.

“Estas son preguntas serias y duras” (lección del día martes 15 de noviembre).

¿Por qué son preguntas “serias y duras”? Porque al ateo, o al agnóstico, le hacen sentir que estamos absolutamente solos con nuestra pequeñez e insignificancia en un infinito universo sin sentido, injusto; que “venimos de la nada y vamos hacia la nada” (Sartre), y en el medio, no es que gozamos de un paraíso, sino que experimentamos muchísimo dolor indecible (como humanidad), y “la melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una estúpida razón” (Fito Páez, en Mariposa Technicolor). O, como diría el brillante, pero ateo, cínico, nihilista y amargado personaje televisivo Dr. House, “la vida apesta”.

Pero también son preguntas “serias y duras” para el creyente, y quizás aún más que para el incrédulo. ¿Por qué? Porque el incrédulo no se ve obligado a hacer una teodicea (defensa de Dios). Para él, no hay nadie superior que nos cuide; estamos solos, sometidos a la ley evolucionista de la supervivencia del más apto (que implica de por sí violencia, depredación y muerte; ya sea animal o humana), y el mundo no tiene por qué ser justo y bueno, porque no hay nadie que nos haya hecho esa promesa o que tenga ese propósito. El ateo, aunque con disgusto, acepta el sufrimiento como algo natural, esperable.

El dilema del creyente es que cree en la existencia de un Dios infinitamente bondadoso y todopoderoso, que prometió cuidarnos, y aun así no puede menos que observar a su alrededor aparentes signos del desamparo divino, de la ausencia de Dios en el mundo, cuando contempla extremos terribles de sufrimiento, como los que mencionó, por ejemplo, el Pr. Goldstein, en su comentario del día martes transcrito arriba.

Como ya mencionamos en otra oportunidad, la ecuación que hace el creyente, sobre todo basado en ese “locus classicus” que es Romanos 8:28 (“a los que aman a Dios todas las cosas ayudan a bien”), es que si Dios permite el sufrimiento es porque puede extraer algo de bueno, de él; que el sufrimiento puede ser una “bendición disfrazada”; que tiene, en última instancia, un fin espiritualmente “didáctico” y redentor. Pero, como bien señala el Pr. Goldstein, es imposible vislumbrar qué bendición puede haber en, por ejemplo, la violación de una menor y su posterior asesinato, o en el secuestro de niñas para ser obligadas a ejercer la prostitución infantil bajo amenaza de muerte; o en terribles torturas infligidas bajo situaciones de guerra o de criminalidad; o en personas que acaban su vida convertidas en desechos humanos y con indescriptibles dolores no atenuables fruto de una enfermedad terminal. Para colmo, el efecto que se supone debería producir este “permiso” de Dios para el dolor, en muchos casos, lejos de acercar a las personas a Dios o enriquecerlas como seres humanos, lo único que logra es producir más gente atea, resentida con Dios y con la vida, amargada y nihilista. La ecuación parece no funcionar en todas las personas.

Todo esto nos obliga a quebrar la mirada ingenua, casi pueril, que algunos de nosotros tenemos acerca de Dios y su relación con el dolor, de la fe, de la oración, de hasta qué punto podemos hacer propias algunas promesas de Dios y aferrarnos a ellas en momentos de gran sufrimiento. Y, por supuesto, nos obliga a ser muy prudentes a la hora de querer ayudar en la conversión de otros, para no presentarles una imagen de la vida cristiana que luego, a la hora de la verdad, no se cumple (como, por ejemplo, el “evangelio de la prosperidad”). Y, además, nos obliga a ser prudentes cuando tratamos de consolar al que sufre, para no prometer cosas que luego no se cumplirán, y para no decir –aun en nuestro afán legítimo de ayudar– cosas que pueden sonar muy huecas al que está padeciendo un gran infortunio; respuestas insatisfactorias. A este respecto, las palabras del Pr. Roberto Badenas son muy atinadas: “frente al mal, toda explicación humana es irrisoria” (Encuentros, p. 88, edic. 2016).

“Sus profundos discursos [de los discípulos de Jesús y otros religiosos frente al padre del chico endemoniado al que no pudieron sanar] –como los nuestros– sobre el escándalo del mal, la muerte de los inocentes o el sufrimiento de los niños, solo consiguen hacer más patente la dificultad humana para luchar contra las injusticias del mundo, o simplemente para limitarlas” (ibíd., p. 85).

El dilema no tiene que ver con cuál es el origen del dolor, o su causa última. Los creyentes en la Biblia, y especialmente los adventistas, que tenemos un énfasis tan fuerte en la teología del Gran Conflicto, sabemos que, en último análisis, el sufrimiento general de la humanidad y del mundo en que vivimos responde a la acción diabólica y a la acción del pecado (no necesariamente el propio, sino al hecho de vivir inmersos en un mundo de pecado, y recibir las consecuencias de esta situación). Sin embargo, debemos reconocer que hay determinados sufrimientos “accidentales” que difícilmente podemos vincularlos al Gran Conflicto (por ejemplo, la muerte de animales inocentes en un incendio forestal, como menciona el Pr. Goldstein en su comentario, o las víctimas de un terremoto o un tsunami).

Lo que perturba la fe del creyente no es no entender la causa última del dolor (el Gran Conflicto, el pecado), sino el hecho de que Dios, según la Revelación bíblica, tiene suficiente poder para ponerle un freno a la acción diabólica en el mundo, o para librar de accidentes, enfermedades y crímenes a sus criaturas en la Tierra, tal como lo demuestra la historia bíblica, especialmente los milagros que realizó Jesús, y sin embargo no lo hace. ¿Por qué? ¿Por qué lo permite, si hay cosas que jamás podrían derivar en una bendición para nadie?

Frente a este “escándalo del dolor” (Badenas, ibíd., pp. 85, 86, 88, etc.), la actitud más sensata es RENDIRNOS (intelectualmente, no moral ni espiritualmente), en el sentido de ya no tratar de encontrar ni presentar explicaciones para cosas que, desde nuestra limitada percepción humana, no tienen explicación. Asumir que no podemos entender las razones de Dios para permitir tanto mal. Reconocer que los porqués o paraqués de Dios en relación con el dolor pertenecen al ámbito del MISTERIO DIVINO, que no nos ha sido revelado. Y, sin embargo, aferrarnos de lo que SÍ PODEMOS SABER DE DIOS. Y, en este sentido, aunque no podamos entender los posibles beneficios del sufrimiento o las razones por las que Dios lo permite, sí hay dos cosas claras y gloriosas que podemos saber y de las cuales debemos aferrarnos con dientes y uñas: la Cruz y la Segunda Venida. Son las dos únicas –y grandes– respuestas de Dios al dolor.

En la Cruz, ese mismo Dios que permite el mal y el dolor, y al que no entendemos por qué lo hace, y con quien a veces estamos resentidos por esta causa, decidió COMPARTIR NUESTRO DOLOR, y de la manera más brutal. No por la cruz en sí (después de todo, hubo miles de personas que, como él, murieron bajo la cruz romana), sino por el terrible misterio de dolor que significó para Jesús la EXPIACIÓN. Misterio y milagro sobrenatural que no podremos entender del todo de este lado de la eternidad y quizá nunca: Jesús sufriendo la ACUMULACIÓN de todo el pecado, la culpa, la condenación y el dolor de todos y cada uno de los miles de millones de personas que hemos vivido sobre la Tierra: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isa. 53:4). Y es precisamente mediante su propio dolor que Jesús nos salva de este mundo de pecado y dolor, para una vida mejor.

Son muy atinadas y profundas las siguientes palabras de Juan Pablo II en su carta apostólica Salvifici Doloris:

“Se puede sin embargo decir que casi siempre cada uno entra en el sufrimiento con una protesta típicamente humana y con la pregunta del ‘por qué’. Se pregunta sobre el sentido del sufrimiento y busca una respuesta a esta pregunta a nivel humano. Ciertamente pone muchas veces esta pregunta también a Dios, al igual que a Cristo. Además, no puede dejar de notar que Aquel, a quien pone su pregunta, sufre él mismo, y por consiguiente quiere responderle desde la Cruz, desde el centro de su propio sufrimiento” (énfasis añadido) (Buenos Aires: Ediciones Paulinas, 1984, p. 63).

Y, para muchos de nosotros es consolador saber que Jesús mismo, sobre la Cruz, expresó lo que muchos de nosotros sentimos cuando estamos padeciendo sufrimientos muy duros o vemos que otros los padecen: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46). Él también SINTIÓ el desamparo divino, la aparente ausencia de Dios. Sin embargo, a pesar de este sentimiento y sensación de abandono divino, en última instancia Jesús remitió su vida a Dios: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Luc. 23:46). Esto es lo que debemos hacer: dejar de devanarnos los sesos tratando de encontrar razones que justifiquen tanto dolor, y abandonarnos en los brazos de Dios, entregarle a él nuestro espíritu, nuestro dolor y nuestro destino.

Y, con la Segunda Venida, Dios nos promete que, aunque no entendamos el misterio del dolor y por qué Dios lo permite, HABRÁ UN FINAL para él. La respuesta definitiva de Dios al escándalo del mal y el sufrimiento es que no durará para siempre, y que Dios mismo está llevando adelante un plan para eliminarlo. Nuestro destino final no es este mundo de pérdidas, angustias y sinsabores, sino ese “mundo feliz más allá” (Himnario Adventista, Nº 316), al cual arribaremos “tras la tempestad” (Himnario Adventista, Nº 344), que es inevitable, porque vivimos en un mundo caído.

Mientras tanto, entre el consuelo que nos da la Cruz, al saber que nuestro Dios mismo decidió hacerse uno con nuestro dolor, y que por eso nos comprende, y la esperanza de su segunda venida en gloria para llevarnos al Hogar Celestial, donde “ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor ni dolor” (Apoc. 21:4), lo que nos queda se encuentra muy bien reflejado en las palabras del Pr. Roberto Badenas:

“El creyente puede atisbar la vida, el bien y su triunfo definitivo por encima del sufrimiento y de la muerte. Sabe que frente al mal toda explicación humana es irrisoria, y que aquí y ahora solo se imponen la resistencia, la fraternidad y la esperanza. Para él, creer, aunque no resuelve el escándalo del mal, comporta una superación del problema en espera de su solución definitiva” (ibíd., p. 88; énfasis añadido).

Que, por la gracia de Dios, frente a nuestro propio sufrimiento y el de otros, podamos resistir; es decir, no bajar los brazos de la fe en Dios ni de nuestro apego a la vida y al bien. Lo peor que podemos hacer es ponernos del lado del Gran Rebelde, el originador de tanto mal y dolor, al desconfiar de Dios y rebelarnos contra él.

Que se imponga en nosotros la fraternidad; es decir, al experimentar nosotros mismos el dolor, y saber cuánto se sufre, que podamos por la gracia de Dios transformar el dolor en amor y ser suficientemente sensibles como para vivir para tender una mano solidaria al que sufre, para acompañarlo, consolarlo, fortalecerlo y estimularlo en este peregrinaje que realizamos juntos por este mundo de dolor.

Y que, finalmente, pongamos nuestra mirada y nuestro corazón no en este mundo –que ya está visto que no es el Paraíso– sino, con los ojos de la esperanza, en ese mundo mejor que Jesús nos está preparando, nuestro destino eterno, lleno de dicha:

“Entonad un himno que alegre el corazón:

‘Vamos pronto a nuestro eterno hogar’.

Porque pasará esta noche de aflicción;

Vamos pronto a nuestro eterno hogar”

(Himnario Adventista, Nº 344).

“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Rom. 8:18).