Comentario lección 6 – Cuarto trimestre 2016

En la lección de esta semana empiezan a intervenir los amigos de Job; en este caso, Elifaz temanita. A continuación, presentamos un extracto con las expresiones de Elifaz que más exponen su pensamiento y su actitud hacia el sufriente Job:

“Entonces respondió Elifaz temanita, y dijo: Si probáremos a hablarte, te será molesto; pero ¿quién podrá detener las palabras? He aquí, tú enseñabas a muchos, y fortalecías las manos débiles; al que tropezaba enderezaban tus palabras, y esforzabas las rodillas que decaían. Mas ahora que el mal ha venido sobre ti, te desalientas; y cuando ha llegado hasta ti, te turbas. ¿No es tu temor a Dios tu confianza? ¿No es tu esperanza la integridad de tus caminos? Recapacita ahora; ¿qué inocente se ha perdido? Y ¿en dónde han sido destruidos los rectos? Como yo he visto, los que aran iniquidad y siembran injuria, la siegan. Perecen por el aliento de Dios, y por el soplo de su ira son consumidos. El asunto también me era a mí oculto; mas mi oído ha percibido algo de ello. En imaginaciones de visiones nocturnas, cuando el sueño cae sobre los hombres, me sobrevino un espanto y un temblor, que estremeció todos mis huesos; y al pasar un espíritu por delante de mí, hizo que se erizara el pelo de mi cuerpo. Paróse delante de mis ojos un fantasma, cuyo rostro yo no conocí, y quedo, oí que decía: ¿Será el hombre más justo que Dios? ¿Será el varón más limpio que el que lo hizo? He aquí, en sus siervos no confía, y notó necedad en sus ángeles; ¡cuánto más en los que habitan en casas de barro, cuyos cimientos están en el polvo, y que serán quebrantados por la polilla!” (Job 4:2-9, 1-19).

“Ahora, pues, da voces; ¿habrá quien te responda? ¿Y a cuál de los santos te volverás? Es cierto que al necio lo mata la ira, y al codicioso lo consume la envidia. Yo he visto al necio que echaba raíces, y en la misma hora maldije su habitación. Sus hijos estarán lejos de la seguridad; en la puerta serán quebrantados, y no habrá quien los libre. Porque la aflicción no sale del polvo, ni la molestia brota de la tierra. Ciertamente yo buscaría a Dios, encomendaría a él mi causa; he aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan” (Job 5:1-6, 8, 17, 18).

Tanto Elifaz como luego sus compañeros incurren en algunos errores no solo teológicos sino también en cuanto a las relaciones humanas y el aconsejamiento en momentos de dolor o de dificultad. Podríamos decir que, hasta cierto punto, daba un MENSAJE CORRECTO A LA PERSONA EQUIVOCADA, y estaba más preocupado por “defender a Dios” que por brindar genuino apoyo y consuelo a su amigo Job.

En cuanto a lo teológico, como hemos señalado anteriormente, estos antiguos (incluyendo a Job) incurren en una teodicea según la cual vivimos en un mundo justo: no solamente el mal tiene consecuencias desagradables aquí en la Tierra (por las leyes de causa-efecto), sino también Dios, como soberano, recompensa a los buenos con bendiciones, salud, prosperidad y protección; y castiga a los malos con infortunios, enfermedad y calamidades. Por lo tanto, la única conclusión posible de por qué Job está padeciendo tanto es que está recibiendo, con justicia, el castigo que sus pecados merecen.

Este tipo de lógica es la que hace que, incluso hoy, algunos piensen que las personas que prosperan económicamente, o les va bien en la salud, o en otros aspectos de su vida tienen algún mérito delante de Dios: son recompensados por su “fidelidad”. Mientras que otros que padecen reveses o estrechez económicos, o enfermedades, o problemas familiares es porque no están haciendo las cosas bien, le están fallando a Dios, y de alguna manera Dios los está castigando en esta vida, o Dios “no puede bendecirlos”.

Y, si bien es cierto hasta cierto punto, y en algunos aspectos, cada uno es “arquitecto de su destino”, hay factores que están fuera de nuestro control, como por ejemplo la intervención diabólica, que fue lo que le sucedió a Job. Él hacía “todo bien”, y sin embargo Dios permitió que Satanás afectara sus bienes, a su familia y a él mismo. De modo que no podemos establecer una ley universal de causa-efecto para algunas de nuestras experiencias, sobre todo dolorosas.

Y, en cuanto al aconsejamiento, Elifaz incurre en un error muy común hasta hoy: acudir a generalizaciones in abstracto; a un reduccionismo. Es decir, recurrir a un principio general (ya sea derivado de la ciencia o de la observación “casera” de los fenómenos) y aplicarlo indiscriminadamente a las personas, sin tener en cuenta sus circunstancias y condiciones particulares. Y esto lo dice con una “total autoridad” espiritual, incluso respaldada, aparentemente, por algún tipo de revelación sobrenatural que él cree haber recibido, según describe en los versículos que hemos transcrito arriba. ¿Fue realmente una visión divina o una alucinación, o un delirio místico o, lo que sería peor, algún tipo de intervención diabólica? Difícilmente haya sido una revelación de Dios, por lo que podemos apreciar sobre todo en la conclusión del libro, en el capítulo final (donde Dios declara que los amigos de Job hablaron “mal” [Job 42:7] de él). Quizá sería llevar muy lejos el asunto afirmar que Elifaz padecía de algún tipo de psicosis o de intervención diabólica en su vida. Muy probablemente tuvo algún tipo de delirio místico (no en el sentido estrictamente médico de la expresión, sino sobreinterpretaciones de la realidad provocadas por ideas místicas o religiosas, en las cuales a veces aún hoy algunos incurrimos). Sea como fuere, al igual que hacemos algunos creyentes en la actualidad, creía poder legitimar su mensaje con el respaldo y la autoridad que le habría conferido alguna supuesta revelación de Dios personal. Sin ir tan lejos, algunos de nosotros parecemos creer que porque conocemos algo de la Biblia y de otros libros espirituales ya somos acreedores a una sabiduría superior que nos da autoridad para pontificar acerca de una cantidad de temas y situaciones de las personas, cuando deberíamos pensar y actuar con más prudencia y humildad.

Por ejemplo, es muy común que, ante una crisis de pareja, un adulterio o un divorcio, se recurra al famoso concepto de que cuando hay problemas conyugales la culpa no es solo de una de las partes, que los dos inexorablemente tienen responsabilidad o son los causantes del problema. Sin embargo, hay casos en los que uno de los cónyuges siempre ha actuado con buena voluntad en relación con su pareja, siempre ha procurado hacer lo mejor, y ser una persona amorosa, comprensiva y solidaria, y aun así su pareja termina haciendo fracasar el matrimonio (obviamente, no se puede pedir perfección de ningún ser humano, pero una cosa es ser una persona falible, finita, que comete errores, y otra cosa es actuar con mala voluntad y egoísmo). Algunos consejeros, al igual que Elifaz y sus amigos, aun procurando ayudar, no hacen otra cosa que “tirar un salvavidas de plomo” al cargar así de culpas a la parte “inocente”, con lo que no hacen otra cosa que aumentar su crisis y su angustia.

De igual modo, hay padres cristianos concienzudos cuyos hijos, al llegar a la adolescencia, se apartan de Dios y de la iglesia, y algunos hermanos, recurriendo legalistamente a citas de libros como Conducción del niño, El hogar cristiano y otros, pretenden hacerles ver que “en algo habrán fallado”, porque de lo contrario sus hijos no se habrían apartado de la iglesia. Sería interesante saber si podrían decirle lo mismo a Dios, el Padre perfecto por antonomasia, a quien sin embargo le fallaron sus hijos perfectos recién creados (Adán y Eva), aun viviendo en un mundo perfecto. Lo mismo podría decirse de Jesús, el Salvador perfecto, a quien sin embargo todos sus discípulos lo abandonaron en la hora en que más los necesitaba, uno de ellos lo negó y otro lo traicionó, vendiéndolo por treinta monedas de plata. Y todo, a pesar de haber convivido con él durante casi tres años, y haber visto las maravillas de sus milagros y sobre todo de su amor.

Es que, por más que uno haga bien todas las cosas, siempre está ese factor tan voluble de la libertad humana, que hace que, en última instancia, y aun cuando los cónyuges o los padres hagan a conciencia lo mejor de su parte, no podamos controlar el uso que harán de su voluntad las otras personas, por muy queridas que sean.

De igual manera esto sucede con el abordaje terapéutico de algunos profesionales de la salud mental (psicólogos, psiquiatras, consultores psicológicos). Ellos tienen una teoría psicológica (sea el psicoanálisis, la psicología cognitiva-conductual, la terapia centrada en la persona, etc.), y ante un paciente y sus problemáticas, algunos terapeutas, en vez de sumergirse en el universo y la situación particular de aquel, para comprenderlo desde sí mismo, desde su singularidad, aplican indiscriminadamente su esquema teórico a la conducta del paciente. De esta manera (y esto lo señala muy elocuentemente Viktor Frankl), tratan de “desenmascarar” qué es lo que está detrás de su conducta o sus padecimientos emocionales, adjudicándoles, por ejemplo, que en realidad actúan de tal o cual manera por causa de algún complejo de Edipo no resuelto, o una falsa identificación con la imagen paterna, o por un mecanismo de compensación por causa de ciertas carencias emocionales infantiles, cuando en realidad dichas conducta o reacción emocional podrían estar motivadas por valores trascendentes que tienen que ver con lo más elevado de la psiquis del individuo. Por ejemplo, un padre que llega al punto del sacrificio propio con tal de sacar adelante a sus hijos podría ser visto por este tipo de terapeutas como alguien cuya conducta “no es más que” la manifestación de tendencias masoquistas, producto de una baja autoestima o alguna culpa del pasado no resuelta, que intenta lograr una autoexpiación mediante el sacrificio de sí mismo en favor de sus hijos. Sin embargo, si ese terapeuta incluyera en su cosmovisión psicológica la existencia de valores espirituales y morales verdaderos, podría ver que en ese autosacrificio hay un valor genuino y trascendente: el verdadero amor por sus hijos. Seguramente algunos de los primeros terapeutas mencionados interpretarían el sacrificio de Jesús al dar su vida por nosotros en la Cruz como “nada más que” una conducta que oculta o camufla una característica neurótica de su psiquis (¡¡si tuvieran la oportunidad de psicoanalizar a Dios!!).

Por eso, Viktor Frankl hace la tan atinada observación siguiente: “Puede haber casos en los que la preocupación y cavilosidad del hombre, digamos por algo así como el sentido último y más elevado de su vida, no sea ‘más que’ una sublimación de instintos reprimidos. Y puede también haber casos en los que los valores sean realmente ‘formaciones de reacción y racionalizaciones secundarias’ […]. Desenmascarar, poner al descubierto, puede ser necesario. Pero es preciso detenerse ante lo auténtico. Esta tarea descubridora solo puede ser medio para el fin de poner de relieve lo que es auténtico, para distinguirlo de lo inauténtico y hacer que de este modo se destaque más. Pero, cuando el desenmascaramiento se convierte en un fin en sí mismo, cuando no se detiene ante lo auténtico, lo que, precisamente por auténtico no tiene por qué desenmascararse, entonces esta tarea ya no es mero medio para el fin; entonces esta tendencia a desenmascarar no es sino una tendencia a desvalorizar. Ante los árboles de las mentiras de la vida, el psicólogo desenmascarador ya no sabe ver el bosque de la vida misma. Y así, el afán de desenmascarar, de poner al descubierto, acaba en cinismo y, al fin, se convierte a sí mismo en máscara: en máscara del nihilismo” (Viktor E. Frankl, Ante el vacío existencial [Barcelona: Herder, 1986], pp. 121, 122).

Elifaz y sus amigos pretendían “desenmascarar” a Job, porque según su concepto teológico general abstracto, sin tener en cuenta la situación particular de Job y, por sobre todo, la relación única y singular que Job tenía con Dios (como la que tiene todo ser humano), no podían arribar a otra conclusión que pensar que Job estaba siendo castigado por alguna falta particular (o algunas) que había cometido contra Dios, y que él estaba ocultando.

Esto hace pensar también en cómo algunos de nosotros aplicamos indiscriminadamente ciertas normas que tenemos como iglesia: algunas, reveladas en la Biblia; y otras, que tienen solamente un fundamento en nuestra particular subcultura adventista. Cuando algunos de nosotros vemos que alguien no vive de acuerdo a esas normas que nosotros creemos que debería cumplir (a la manera en que nosotros creemos que debería hacerlo), juzgamos, condenamos, calificamos, clasificamos a esa persona como un mal cristiano, un “tibio”, un “laodicense”, un “liberal”, cuando en realidad no sabemos cuáles son las circunstancias particulares por las cuales está atravesando; cuáles son sus condiciones espirituales y psicológicas, con qué cosas está luchando en su vida interior, Y CUÁL ES SU PARTICULAR RELACIÓN CON DIOS. Como siempre, solemos tirar “salvavidas de plomo”, con lo cual lo único que hacemos es hundir más a la persona en la culpa, la autocondenación, el desaliento y quizás empujándola a la apostasía.

Los que sufren pérdidas (económicas, familiares, de empleo, de salud, etc.) suelen pasar por ciertas etapas psicológicas, que han sido observadas, analizadas y descritas por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004): negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Son parte de un proceso mental por el que atraviesan las personas, necesario para lograr la aceptación final de su pérdida y la superación del dolor. Sin embargo, algunos de nosotros, al igual que Elifaz, nos sentimos indignados cuando algún sufriente (sobre todo si es cristiano) atraviesa por la ira (especialmente si es hacia Dios) o por la depresión (¡un cristiano nunca puede estar deprimido!, creen algunos), y con nuestro “apoyo” espiritual (o incluso pastoral) queremos acelerar las etapas de este proceso, para que YA llegue a la aceptación. Forzamos así a las personas, en nombre de la fe, a que se alienen de sí mismas, repriman y escondan sus emociones, y no se permitan conectar con lo que realmente les pasa por dentro. Por supuesto, tarde o temprano, estos pensamientos o emociones reprimidos pasarán factura a la persona, provocando todo tipo de perturbaciones emocionales y en su conducta.

Por eso, cuán importante es el RESPETO hacia el que sufre; casi diría, la REVERENCIA hacia la persona que está llena de dolor, que ha experimentado pérdidas o mucho sufrimiento. Lo mejor que podemos hacer no es tratar de hacer una teodicea con ella (tratar de defender a Dios de las posibles críticas a su persona), llenándonos de argumentos bíblicos y teológicos, sino ACOMPAÑAR su dolor; “estar ahí” para ella, para lo que nos necesite; prestar un oído atento, respetuoso y empático; poner una mano en el hombro (literal o simbólicamente).

Que el Espíritu de Dios, el Santo Consolador, nos dé su propia suavidad de espíritu, ternura, compasión y sabiduría espiritual para comprender al que sufre; para ser verdaderos consoladores que acompañemos a la gente en medio de sus pérdidas y dolores, que sostengamos y alentemos su espíritu, hasta que puedan superar sus momentos difíciles.

2 Respuestas

  1. Walter Arias Schilman

    Pablo: quería simplemente comentarte que disfruto leer cada viernes tu comentario de la lección. Y alabo a Dios que te ilumina en su escritura. El Señor te bendiga.

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    • Pablo M. Claverie
      Pablo M. Claverie

      No sé si te conozco, Walter, pero gracias por tu comentario. Me alienta a seguir escribiendo. Un abrazo y que Dios te bendiga mucho!!
      Pablo

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