La verdadera historia del color

Cada color tiene su historia, cargada de simbolismos y significaciones. Y si bien cada civilización ha adjudicado un sentido distinto a los colores, hay uno que atraviesa culturas y siglos: el negro. Hoy, el negro ha resurgido con fuerza como color de moda entre los jóvenes: las “tribus urbanas” lo han vuelto a poner sobre el tapete. Y si bien la cultura del rock lo había adoptado como suyo, los “emo”, los “darks”, los “góticos” y otras tribus han recogido gran parte de la carga cultural medieval del negro.

Así que, ¿es solo una moda pasajera vestir “solo de negro” o tiene un significado que va más allá?

El negro en la Historia

Ya desde la Edad Media temprana, el color negro estaba asociado al mal y a lo pérfido. Color de la noche y de las tinieblas, color de las entrañas de la tierra y del mundo subterráneo, el negro era, además, el color de la muerte.

Se le adjudicaba el color negro a Satanás y toda su hueste de demonios.* La lista de los animales relacionados con el diablo es larga, así como la de los que le sirven de atributos o constituyen su corte: animales reales como el oso, el chivo, el jabalí, el lobo, el gato, el cuervo, la lechuza y muchos más, pero también animales híbridos o quiméricos como el áspid, el basilisco, el dragón, el murciélago (según la zoología medieval, el murciélago era mitad rata, mitad pájaro), o incluso monstruos semihumanos como el sátiro, el centauro o la sirena. Todos, de una forma u otra, son animales repudiados o denostados por la cultura medieval.   

Y, si bien la llegada del “Iluminismo”, por definición, intenta dejar de lado estas oscuras tradiciones, no logra detener el simbolismo del negro. Más adelante, durante el siglo XVIII, se rechaza la soberanía de la razón y se proclama el reinado de la emoción. Pero verter lágrimas y apiadarse de uno mismo ya no es suficiente: el héroe romántico se convierte en un personaje inestable y angustiado que no solo reivindica “la inefable felicidad de estar triste” (Víctor Hugo), sino también se cree marcado por la fatalidad y atraído por la muerte. Las novelas “góticas” inglesas lanzaron la moda de lo macabro a partir de 1960, con El castillo de Otranto, de Horace Walpole, salido de las prensas en 1764. Es el triunfo de la noche y de la muerte, de las brujas y los cementerios, de lo extraño y lo fantástico. El propio Satán reaparece y se convierte en el protagonista de varios poemas y cuentos. El Fausto, de Goethe, ejerce en este ámbito una influencia notable, sobre todo la primera parte, publicada en 1808. Inspirado en un personaje histórico —un astrólogo de ferias que vivió en el siglo XVI y que no tardó en convertirse en un personaje de leyenda—, el héroe de Goethe hace un pacto con Mefistófeles (uno de los nombres del diablo, que significa ‘enemigo de la luz’): este, a cambio de su alma, le promete a Fausto devolverle la juventud perdida y, con ella, todos los placeres que puedan colmar sus sentidos. La historia se desarrolla en un ambiente especialmente negro. No falta nada: la noche, la cárcel, el cementerio, el castillo en ruinas, el calabozo, el bosque, la caverna, las brujas y el aquelarre, la noche de Walpurgis en la cima del Blocksberg, en las montañas del Harz.

El color negro desde el trasfondo religioso

La Biblia afirma con contundencia: “Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna” (1 Juan 1:5). Al dar origen a sus criaturas, las creó sin rastros de tinieblas también, ya que fueron hechas “a su imagen y semejanza”.  Pero las Escrituras también cuentan cómo se originó el mal dentro de la creación de Dios: “Tú, tan lleno de sabiduría, y de hermosura tan perfecta, eras el sello de la perfección. Estuviste en el Edén, en el huerto de Dios; tus vestiduras estaban adornadas con toda clase de piedras preciosas […] A ti, querubín grande y protector, yo te puse en el santo monte de Dios, y allí estuviste. ¡Te paseabas en medio de las piedras encendidas! Desde el día en que fuiste creado, y hasta el día en que se halló maldad en ti, eras perfecto en todos tus caminos” (Eze. 28:12-15).

  Este es el llamado “misterio de la iniquidad”: ¿Cómo Satanás pasó de ser el “hijo de la mañana”, el “querubín protector”, el que era alumbrado por los rayos de gloria de Dios, a convertirse en “el príncipe de las tinieblas”? Lucifer llegó a ser Satán, y se dio origen al histórico conflicto de los siglos entre Cristo y Satanás (este conflicto no es semejante al “Yin-Yang” de la cultura oriental, dado que el mal no existía antes de Satanás y dejará de existir en algún momento, en contraposición al equilibro perfecto entre el bien y el mal que pregona el “Yin-Yang”).

En la creación de este mundo se puede palpar la contraposición entre la luz y las tinieblas: “Y dijo Dios: ¡Que haya luz! Y hubo luz” (Gén. 1:3). Las tinieblas precedieron a la luz, envolvían la Tierra cuando todavía no existía ningún ser vivo; la aparición de la luz era requisito indispensable para que pudiese aparecer la vida sobre la Tierra. En la oscuridad, la vida no es posible. La luz es buena; las tinieblas, no.

Con la entrada del pecado a este mundo (ver Gén. 3), las tinieblas también hicieron su aparición en las decisiones morales de los hombres. De la humanidad, en el Antiguo Testamento, se dice: “¡Ay de los que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno! ¡Ay de los que convierten la luz en tinieblas, y las tinieblas en luz!” (Isa. 5:19). “En pleno día caminan como ciegos; a pleno sol andan a tientas, como de noche” (Job 5:14). “El Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que todos los planes y pensamientos de su corazón eran siempre los de hacer sólo el mal” (Gén. 6:5). 

Pero, en medio de esa oscuridad moral, apareció la Luz: “En el principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba con Dios, y Dios mismo era la Palabra. […] En ella estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. […] La Palabra, la luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Juan 1:1-9).

Sí, Jesús es la Luz del mundo, y vino a derrotar a las tinieblas. En sus propias palabras: “Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46). Así, cuando aceptamos a Cristo, dejamos de pertenecer a las tinieblas: “En otro tiempo, ustedes eran oscuridad; pero ahora son luz en el Señor. Por tanto, vivan como hijos de luz” (Efe. 5:8).

En Cristo, somos hijos de luz, somos “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien los hechos maravillosos de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Ped. 2:9).

Y, como no hay comunión entre la luz y las tinieblas, si queremos tener luz en nuestra vida, debemos apartarnos de las tinieblas. En términos prácticos, no está mal usar el color negro casualmente. El problema está en habitar en las tinieblas morales, en dejarse llevar por una cultura que coquetea con lo oculto. Después de todo, existe toda una trama detrás de este color, ¿no es así? Cristo, la luz verdadera, desea traer resplandor y felicidad a tu corazón. RA

* Debo gran parte de la historia del negro al libro Negro: historia de un color, de Michel Pastoreau (451 Editores, 2008).

3 Respuestas

  1. Hugo Vergan

    Que la Biblia sugiera que las tinieblas están asociadas al mal y que Jesús es la luz y la limpieza del pecado es blanca como la nieve y la lana, no tiene un ápice que ver con el color de la piel ni de las vestimentas de nadie. Son dos cosas totalmente diferentes y no se deben asociar. Elena de White asocia directamente el pecado con el color negro, pero no hay nada que sugiera una interpretación adicional sobre el color en la piel o su uso por parte de las personas

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  2. Silvia

    Los estudios antropológicos muestran que los colores significan cosas diferentes para cada cultura. El negro significa tinieblas y oscuridad para la sociedad occidental. Ningún símbolo, entendido desde la semiótica y la antropología, es universal. Me parece un poco peligroso demonizar un color…

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