“Hay cosas que para saberlas no basta haberlas aprendido” (Séneca).

A mediados del siglo I, el apóstol Pedro advirtió a sus lectores (2 Ped. 2:1; 3:15, 16) sobre los mensajes heréticos proclamados por falsos profetas y falsos maestros. Hoy, el ataque es hacia la Biblia misma como fundamento de la fe. Así, después de la caída de los grandes relatos, el valor intrínseco de las Sagradas Escrituras no es considerado como base de consenso entre las distintas corrientes de pensamiento.

Desde hace ya un par de siglos aproximadamente, el mundo cristiano es testigo del descrédito que sufre la Biblia en manos de los diversos métodos de investigación bíblica, como el Método Histórico-Crítico, entre otros. Sumado a esto, la Posmodernidad está dejando su impronta sobre el estilo de vida occidental, a través de la vía de la suspicacia.

¿Pueden infiltrarse herejías en la iglesia?

A continuación, reseñaremos la advertencia petrina sobre las herejías que desafiaron la fe de los cristianos del siglo I. Estas declaraciones nos proveerán el trasfondo necesario para visualizar la secularización eclesial a la que se expone Occidente en el siglo XXI.

El apóstol Pedro visualiza el peligro al que se expone la iglesia si no consolida sus creencias. Por lo tanto, escribe: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina” (2 Ped. 2:1).

Aquí, Pedro selecciona la palabra griega apóleia (ἀπώλεια), con el objetivo de detallar los efectos nefastos del camino a la apostasía. Tal vez, a la hora de seleccionar la palabra apóleia, en su pensamiento imperó el sinsabor de la traición, el recuerdo ingrato que experimentó la noche del encarcelamiento de Jesús. Incluso, se utiliza dos veces la palabra “perdición” o “destrucción” en esta epístola de Pedro, una en 2:3, y dos veces en 3:7 y 16.

Por su parte, en 2 Pedro 2:5 y 7, el apóstol señala cómo Dios salvó a Noé en el Diluvio, y también de qué forma rescató a Lot de la destrucción de Sodoma (Gén. 19:15, 16). El Comentario bíblico adventista describe el sentir de Lot como extenuado y afligido, debido al estilo de vida inmoral de los habitantes de Sodoma. Así, para narrarlo, en el verso 7 escoge los siguientes términos griegos: en asélgeia (ἀσέλγεια), un término compuesto que expresa “libertinaje sexual”, “nefanda” (indigno, torpe, de lo que no se puede hablar sin repugnancia u horror), y luego añade el término anastrofé (ἀναστροφή ), que revela “una manera de vivir”. Por último, concluye con el término áthsesmos (ἄθεσμος), que identifica el proceder de los malvados. Es decir, personas “sin ley”, que tratan de imponer “un estilo de vida criminal”. La clara implicación textual es motivo suficiente para considerar los riesgos a los que se exponían los cristianos, y por ende la iglesia.

Elena de White coincide con la argumentación de Pedro sobre los efectos nocivos de las herejías, al señalar que “Satanás está constantemente trabajando para desviar la mente por conductos erróneos, a fin de que la verdad pierda su fuerza sobre el corazón, y a menos que los predicadores y los miembros practiquen la verdad y sean santificados por ella, darán lugar a que ocupen su mente especulaciones relativas a cuestiones que no tienen ninguna importancia vital. Esto conducirá a cavilaciones y disensiones; porque surgirán incontables puntos de divergencia” (Obreros evangélicos, p. 327).

Entre otros factores propios del siglo XVIII, la Revolución Francesa fue una reacción contra el liderazgo de la iglesia cristiana dominante, al declarar la inexistencia de Dios y el endiosamiento de la razón. La guerra contra la Biblia colaboró en la declinación del poder normativo de la Escritura sobre la comunidad occidental en general.

Los peligros de la secularización eclesial

En la Modernidad, la “cultura del deber” predominó sobre la “cultura del deseo”. Es decir, cuando un individuo realizaba una tarea indistintamente de su sexualidad y edad, e incluso, le agradase o no realizarla, asumía la responsabilidad porque, sobre todo, era “su deber”.

En la actualidad, la cultura occidental desafía el perfil moderno de pensamiento, que hizo hincapié en la objetividad y la certeza absoluta. Las distinciones de la Modernidad entre sujeto y objeto, conocimiento y opinión, y ciencia y superstición, se están diluyendo. Esto se debe a una cosmovisión antropocéntrica, maquillada por una actualidad posmoderna, nihilista y hedonista, que confunde el “compromiso y el deber” con el “deseo y el placer”.

Bajo estos lineamientos, ¿podría la secularización del adventismo suceder de manera repentina? Según el Dr. Fernando Canale, la secularización del estilo de vida adventista no se debe a un fenómeno teológico sino a un fenómeno práctico. En otras palabras, esto exhibe un evangelio adaptativo, dudoso y extremo, que involucra directamente a la formación y la praxis de los ministros adventistas. Este proceso de secularización del adventismo no sucedió de forma repentina, y podría decirse que comenzó al menos hace cincuenta años. Por lo tanto, la advertencia de Pedro sobre la infiltración de herejías en el seno de la iglesia no debe subestimarse.

Los ataques a la Biblia iniciados en el siglo XVIII continúan mutando en el siglo XXI, como evidencia latente del Gran Conflicto.

Elena de White describe estos hechos con las siguientes palabras: “Este Libro Santo ha resistido los ataques de Satanás, quien se ha unido con los impíos para envolver todo lo que es de carácter divino con nubes y oscuridad. Pero el Señor ha preservado este Libro Santo en su forma actual mediante su propio poder milagroso como un mapa o derrotero para la familia humana a fin de señalarnos el camino al cielo” (Mensajes selectos, t. 1, p. 17).

A lo largo de la historia, ningún libro ha sido tan amado, tan odiado, tan reverenciado y tan condenado como la Biblia. Por más de un siglo, los adventistas han sido activos promotores de la Biblia y de la libertad religiosa, considerando la Biblia como Palabra de Dios y norma definitiva de la verdad; la fuente fundacional y absoluta de autoridad, y la última instancia de apelación en todas las áreas de doctrina y práctica. Y también, en la creencia de que la libertad religiosa es un derecho humano básico, y que la propagación de la religión no es solo un derecho, sino también una gozosa responsabilidad, fundada en un mandato divino que tiene como fin testificar.

Por eso, todo creyente debe recordar que las palabras de la Inspiración nos resguardan de cualquier herejía, y nos ofrecen una felicidad libre de toda especulación personal. RA


Referencia:

1 Fernando Canale, ¿Adventismo secular? Cómo entender la relación entre estilo de vida y salvación (Lima, Perú: Universidad Peruana Unión, 2012), pp. 23-28.