Una de las características de nuestra sociedad actual es el incremento de la conciencia sobre el cuidado del ecosistema. La ciencia ha demostrado claramente que los cambios climáticos y los desastres naturales, que tanto inquietan a la humanidad, están estrechamente relacionados con la contaminación ambiental. Se aspira, en definitiva, a conservar el medioambiente lo más semejante posible a su estado natural, ya que de esa manera se conserva su equilibrio y se genera estabilidad en el ecosistema.

Tomando en cuenta esta perspectiva, y entendiendo que la familia es una institución divina que, además del sábado, nos llega desde la Creación, en el Edén, ¿no sería adecuado que, como creyentes, resaltáramos el luchar también por la ecología familiar, como parte de nuestra misión, y busquemos fortalecer el rol de la familia de acuerdo con el plan original del Creador? Ya que la sociedad, en general, no se ocupa de la estabilidad familiar, ¿no es esta una excelente oportunidad para que, como iglesia, marquemos una diferencia?

El estado de la familia en la actualidad

En los países de Sudamérica, encontramos que las leyes relacionadas con el matrimonio, base de la familia, acompañan la decadencia de esta institución. La facilitación del divorcio,1 la legislación del concubinato y la legalización del matrimonio homosexual son claras muestras de cómo se ha institucionalizado este quebranto.

Una parte de la sociedad sostiene que la familia “ya fue”; que se trata de un vestigio del pasado; que no es funcional en el marco del nuevo contexto social. Afirman, también, que la creciente tasa de fracasos matrimoniales proviene de la insistencia en el establecimiento de un nivel de compromiso conyugal que resulta incompatible con la cultura individualista, predominante en nuestros días.

Más allá de estas definiciones innovadoras, el estilo familiar tradicional, luego de milenios de existencia, sigue señalando a la familia como la célula básica de la sociedad; en otras palabras, la sociedad es tan fuerte o tan débil como las familias que la componen lo sean. La familia es el ámbito en el que llegamos a la vida y conocemos a nuestro Creador; donde establecemos relaciones decisivas para el resto de nuestra vida; es allí donde descubrimos nuestra identidad y forjamos nuestra conciencia.

RA Octubre 2016_- Ecologia FamiiliarDe la calidad humana y moral de esas relaciones primarias depende en gran medida nuestro desarrollo de la personalidad y nuestra estructura de carácter. De ahí la importancia de proteger a la familia, para favorecer su funcionamiento. Cuando falla esta delicada trama de vínculos y de acciones entre sus miembros, algunas de sus funciones no se cumplen acabadamente y, de manera inevitable, alguien resultará afectado.

Con este concepto en mente, ¿qué podemos hacer, como creyentes, para fortalecer los lazos familiares, en medio de una cultura que los ha desdibujado? Sugerimos tres aspectos para tener en cuenta.

Con Cristo en la familia…

Una de las claras intenciones divinas al establecer el matrimonio y la familia fue generar un ámbito en el que el conocimiento de Dios y la relación con él pudieran estimularse favorablemente. En nuestros días, algunas de las dificultades para que la familia pueda desarrollar esta sublime responsabilidad están relacionadas con la irrupción de la televisión y de Internet en el hogar, y la consecuente “falta de tiempo”.

El aislamiento no es una solución aconsejable, pero, decididamente, el tiempo dedicado a la comunión con el Señor debería ser prioritario. Como hijo de pastor, he disfrutado de todas las actividades a las que un niño puede acceder para incrementar su espiritualidad: Escuela Sabática desde que tengo memoria, educación adventista en todos sus niveles, Club de Conquistadores con cada agrupación existente. Sin embargo, si hoy tuviera que ponderar cuál fue la actividad que mayor influencia espiritual ejerció en mi vida, sin lugar a dudas señalaría que fue el culto de familia; ese momento que compartíamos para estudiar la Biblia junto con mis padres y mis hermanos, y en el que orábamos unos por otros, rogando la bendición divina. Lo interesante de este valioso recurso es que no tiene costo, ¡pero requiere tiempo! Sí puedo asegurar que es un tiempo muy bien invertido, y con certeza ayudará a ahorrar tiempo en el futuro.

Enseñar valores

El hogar es el primer centro educativo, en orden cronológico y de importancia. Un aspecto que resulta imprescindible transmitir en este ámbito son los valores. En la enseñanza de valores, hay que tener en cuenta que la vivencia de estos es más efectiva que lo que podamos decir. Los niños son más fuertemente impactados por nuestras acciones que por nuestros dichos.

Siendo que en los primeros años de vida los niños tienen gran receptividad a la instrucción, esta etapa representa una oportunidad de oro para inculcar valores que los acompañarán por el resto de su vida. Valores como el respeto, la responsabilidad, el compartir, la solidaridad, el orden, el cuidado de elementos, el cumplimiento de tareas, la puntualidad, el equilibrio en los hábitos de alimentación, ejercicio físico, descanso y estudio deben ser claramente inculcados a través del ejemplo de los adultos.

También, debemos tener en cuenta que en el seno de la familia cada persona cuenta por sí misma, y cada uno es realmente irreemplazable. Este aprendizaje nos hace sensibles a las personas en general, de manera tal que, cuando la familia funciona aceptablemente, sus miembros adquieren una conducta prosocial y un espíritu de servicio a los demás, más allá de las diferencias que pudieran existir.

Fatalismo versus esperanza

Lamentablemente, una parte de la sociedad tanto atea como religiosa sustenta una visión fatalista de la vida. Una visión en la que se considera que nuestro futuro está predestinado: no importa lo que hagamos, no podremos cambiar nuestro destino.

Al seguir el pensamiento bíblico, los adventistas adoptamos una cosmovisión que no tiene espacio para el fatalismo, sino para la ESPERANZA. Consideramos que no estamos en una cueva sin salida sino, más bien, en un túnel a cuyo final se puede divisar una magnífica luz, que nos llena de confianza.

Desde esta perspectiva, un fracaso familiar, laboral, académico, sentimental, relacional o de cualquier índole no representa un punto final en nuestra experiencia sino, más bien, una coma. Nuestros errores son tomados como parte del proceso de aprendizaje de la vida; una experiencia para tener en cuenta al avanzar hacia una segunda oportunidad.

Siguiendo los principios inspiradores, cada integrante de la familia puede tener la seguridad de que logrará salir adelante y que concretará sus aspiraciones, acorde con la voluntad divina. Es confiando en un futuro lleno de promesas, como lo es la intervención divina en la historia humana, que seguimos con firmeza, a pesar de las dificultades cotidianas.

Conclusión

Está claro que la familia ocupa un lugar de suma importancia en el plan divino, al buscar la satisfacción y el crecimiento de cada uno de sus miembros como personas. Aunque la familia cristiana es atacada por el enemigo de las almas de todas las maneras posibles e imaginables, para aquellos que buscamos la dirección divina sigue cumpliendo con su función redentora no solo para los que la conformamos, sino también para quienes nos rodean. “Una familia bien ordenada y disciplinada influye más en favor del cristianismo que todos los sermones que se puedan predicar”.2 RA


Referencias:

1 Escuchaba hace un tiempo comentar a un abogado que en la República Argentina, con la ley de “divorcio express”, resulta más difícil romper un contrato de alquiler que un matrimonio civil.

2 Elena de White, El hogar cristiano, p. 26.