Las personas están conectadas virtualmente casi todo el tiempo, pero, en su gran mayoría, viven relaciones superficiales. Se integran por medio de Internet, y cuando están desconectadas se sienten como en un desierto.

La sociedad posmoderna se caracteriza por promover la idea de que, en cuestión de principios y valores, las formas antiguas de pensar y de actuar están superadas, ya no son adecuadas. Sin embargo, como menciona un famoso sociólogo, esta sociedad reconoce que aún no se inventaron nuevas formas de actuar que garanticen armonía y estabilidad social.1

Al ver las noticias y analizar las tendencias sociales, se puede observar claramente un plan diseñado y orquestado para deteriorar los principios bíblicos cristianos. Violencia, inseguridad, avaricia, miseria, distorsión de los valores morales, por solo citar algunas realidades, son temas cada vez más recurrentes.

Vivimos en una “sociedad líquida”, inmersa en una crisis de sentido, donde todo es fluido, efímero y pasajero.2 En esta, la verdad muchas veces es tergiversada por múltiples teorías, presiones de determinados grupos sociales, y hasta por intereses personales. Todo esto demanda un cuidado especial y redoblado por parte de aquellos que, llamados por Dios, tienen la misión de iluminar al mundo con la luz de la educación que restaura.

Teniendo en cuenta estas características de la sociedad posmoderna, en que las personas navegan en océanos de información y, al mismo tiempo, tienen sed de sabiduría, surge la siguiente pregunta: ¿Cuál es el papel y la importancia de la educación adventista para formar a sus alumnos, que son ciudadanos altamente influenciados por el contexto sociocultural?

El ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, y eso brinda un sentido muy especial a la existencia de la primera pareja, y de toda su descendencia. Cada persona que nace trae una herencia que señala un escenario histórico en el espacio y el tiempo lleno de significantes y significados, que caracterizan su patrimonio cultural y tienen influencia sobre la formación de su carácter.

Este panorama nos muestra que cada persona es influenciada, desde que nace, por el contexto sociocultural que la rodea, y justamente por esto no se la puede considerar aisladamente, desde el punto de vista de las relaciones humanas. Las personas deben ser vistas desde una perspectiva de pluralidad, de sociedad.

Es una realidad que gobernantes, empresarios, pueblos y naciones conocen el potencial estratégico de la educación para el desarrollo y la expansión de una sociedad, así como para la formación ideológica, filosófica, ética y cultural de una comunidad, pueblo o nación. Mucho antes de que ellos lo supieran, Dios lo sabía, y por eso hizo provisión para la educación de sus hijos.

La educación adventista fue ideada por el Creador del ser humano, y se basa en su Palabra, la Santa Biblia. Filosóficamente, está conectada con la escuela celestial, donde tiene sus raíces y fundamentos. Los principios que la mueven son la redención, la restauración y la calidad, y hace uso de estrategias eficientes y eficaces a fin de desarrollar en los alumnos la ciudadanía terrena y la celestial. Este es el camino para lograr una sociedad más justa e igualitaria.

Su ideal es  la perfección, pues al proponer una educación que promueva el desarrollo armónico de las facultades físicas, mentales y espirituales hace posible la restauración de los alumnos a la imagen de su Creador. Este es el ideal más elevado que el ser humano pueda alcanzar.

Un aspecto clave para el éxito en la educación son las relaciones. En primer lugar, la relación con Dios, fuente de poder, autoridad, amor y auxilio indispensable, sin el cual el educador nunca alcanzaría sus nobles ideales. Y en segundo lugar, las relaciones educador-alumno-padres-comunidad, que deben ser armoniosas y productivas, que promuevan la formación integral del alumno.

Principios cristianos regidos por una lógica sublime y trascendente, enfocados en el ser humano y en su eterno desarrollo, son objetivos que requieren educadores preparados y amparados por agentes divinos. Todo el cielo está colaborando con esta misión, tan importante. Miles de ángeles están dispuestos a servir. Y el Espíritu Santo obra incansablemente para vivificar, santificar y transformar el carácter. Por esto, no puede pasar un solo día sin que se una la dedicación humana con el poder celestial.

Ese es un diferencial insuperable, que no puede ser pasado por alto. Cada mañana, educadores y alumnos deben presentarse ante el Rey del universo, pidiendo sabiduría para obtener el verdadero conocimiento. Y la buena noticia es que el gran Maestro Jesús está dispuesto a dar sabiduría en abundancia a todos los que lo buscan.

“La educación dada a los jóvenes amolda toda la estructura social. Por todo el mundo la sociedad está en desorden y se necesita una completa transformación. Muchos creen que mejores recursos educacionales, mayor pericia y métodos más recientes pondrán las cosas en su lugar”.3

Quienes tienen una perspectiva no bíblica del mundo secular, identifican los problemas más importantes de la sociedad posmoderna, logran esquematizar las necesidades, pero no alcanzan a ver las soluciones, porque desconocen y desatienden la Revelación divina, la importante información que señala el origen y el final de este planeta y de sus habitantes. Ignoran, intencionalmente o no, el maravilloso plan de restaurar al ser humano a la imagen de su Creador.

En una perspectiva bíblico-cristiana, se realiza el diagnóstico y la planificación teniendo en cuenta el telón de fondo de la Revelación divina. Y la solución a los problemas actuales es comprendida claramente teniendo en perspectiva la eternidad, la restauración de la relación entre el ser humano y Dios, por medio de la vida y el ministerio de Jesucristo.

En este contexto, la educación adventista adquiere pleno sentido, al posicionarse como una institución mucho más importante que tan solo una red de escuelas; un instrumento creado por Dios para restaurar en niños, jóvenes y adultos la imagen del Creador, quien está preparando un lugar especial en el cielo para cada uno de los que acepten la salvación en Cristo Jesús.

En este momento, en Sudamérica contamos con 898 instituciones educativas, 16 de las cuales son institutos terciarios y universidades, con un ejército de 20 mil educadores y 318 mil alumnos. La educación adventista vela por su misión de ofrecer una educación que cruce las fronteras de la eternidad. Busca preparar alumnos que sean ciudadanos de éxito en esta sociedad, a pesar de los problemas de la Posmodernidad, y que reciban la ciudadanía celestial.

La educación adventista significa “más que la prosecución de un determinado curso de estudio. Significa más que una preparación para la vida actual. Abarca todo el ser, y todo el período de la existencia accesible al hombre. Es el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales y espirituales. Prepara al estudiante para el gozo de servir en este mundo, y para un gozo superior proporcionado por un servicio más amplio en el mundo venidero”.4 De este modo, “el gran objetivo debería ser el adecuado desarrollo del carácter, para que la persona pueda desempeñar adecuadamente los deberes de la vida presente y, finalmente, entrar en la vida inmortal futura”.5

Nuestro desafío, hoy y siempre, es cumplir la orientación del Salvador Jesucristo, para que se enseñe a niños y jóvenes a “considerar la eternidad al hacer sus cálculos. Enséñeseles a escoger los principios y buscar las cosas durables, a acumular para sí aquel ‘tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye’ (Luc. 12:33)”.6 RA


Referencias:

1 Zygmunt Bauman, Modernidad líquida (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1999).

2 Ibíd.

3 Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 154.

4 _____________, La educación, p. 13.

5 ______________, Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 411.

6 ______________, La educación, p. 145.

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