Comentario lección 3 – Cuarto trimestre 2016

Venimos comentando que la experiencia del dolor –propio o el de otros–, sobre todo cuando alcanza niveles brutales, es la mayor barrera que se erige contra la fe en Dios, y el mayor dilema de la teología y la espiritualidad a lo largo de la historia. Muchos de los que creemos en Dios lo hacemos apelando a nuestra razón, porque observamos en la naturaleza signos de la presencia de Dios, sus huellas, en el orden, la planificación y el diseño que encontramos en ella. Además, encontramos en la Biblia evidencias de su veracidad histórica, su seriedad intelectual, su profundidad filosófica y su origen sobrenatural.

Sin embargo, al contemplar tanto mal y dolor en el mundo, muchos, en un nivel emocional, podemos llegar a sentir que Dios “brilla por su ausencia”; nos puede parecer ver signos de la “ausencia de Dios” en el mundo, su aparente silencio, cuando más lo necesitamos. Entonces, aun cuando nos cueste confesarlo –porque se supone que somos creyentes, que debemos siempre manifestar una fe inconmovible en la existencia y la bondad de Dios–, muchos o nos resentimos contra Dios o incluso llegamos a dudar de su existencia (o Dios no es tan bueno o tan poderoso; o lo que es peor, no existe).

Pero reprimimos estos sentimientos, porque en primer lugar no queremos ser tropiezo para otros, motivo de desánimo para ellos. Queremos ser una bendición para nuestros hermanos, y un motivo de aliento espiritual. Además, sentimos una necesidad infinita de Dios, y no podemos darnos el lujo de dudar, y sentir que todo esto de la fe es una fantasía colectiva. Y hasta nos sentimos culpables por estos sentimientos, por atrevernos a cuestionar a Dios, sus caminos y providencias, sobre todo sus “sombrías providencias” (White). Incluso, quizás hasta sintamos que Dios se ofende y se enoja si nos atrevemos a dudar de él y nos sentimos frustrados frente al escándalo del dolor.

Gracias a Dios, existe el libro de Job. Porque el primer mensaje implícito del libro, aun cuando no esté escrito en él, es el hecho mismo de la existencia de este libro dentro del Canon Sagrado. ¿Por qué? Porque Dios, al inspirar este libro a Moisés –probablemente el primer libro en escribirse de la Biblia, incluso antes que el Génesis–, en el que relata los sufrimientos de Job, el trasfondo de ellos, como también los intensos y tensos diálogos entre Job y sus amigos (como veremos a partir de la semana que viene), no tiene empacho en exponer el sufrimiento no solo físico sino también psicológico, moral y espiritual de Job, sus quejas ante Dios, su amargura, su cierto resentimiento, y aun su deseo de morirse, de que Dios acabe con su vida. El mensaje implícito del libro es que DIOS NO SE OFENDE POR NUESTRO DOLOR, NUESTRAS DUDAS, NUESTROS RESENTIMIENTOS HACIA ÉL. Por el contrario, amorosa y dolorosamente los comprende, los respeta y los valora, y por eso decidió que estas expresiones quedaran consignadas en este libro libremente, y aun la expresión máxima de dolor que Jesús vertiera en la Cruz casi dos mil años después de Job: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46).

¿Puede Dios impedir que padezcamos todo y cualquier tipo de dolor? ¿Puede impedir los desastres naturales, que siegan miles de vidas; la tragedia de las guerras; los asesinatos, las torturas; las violaciones; el hambre; las enfermedades terminales? Desde el punto de vista de su poder físico, sí. Pero, como me dijera alguna vez un amigo, en un sentido moral –y este es el gran misterio que no entenderemos hasta la eternidad–, Dios NO PUEDE impedir el dolor. El “terrible experimento de la rebelión” ha logrado –hasta cierto punto– atar de pies y manos a Dios, de tal manera que toda su omnipotencia no le sirve de nada frente al misterio del mal.

Eso es lo que parece suceder en el relato de los dos primeros capítulos de Job, tal como lo venimos viendo desde la semana pasada y durante la semana en curso.

En estos capítulos, los temas dominantes son, en primer lugar, cuál es la motivación principal de nuestra religiosidad, por qué servimos a Dios. Y, en segundo lugar, si el ser humano puede seguir creyendo y confiando en Dios a pesar de todo, a pesar de lo que le suceda en esta Tierra, a pesar del aparente desamparo divino.

La mayor parte de los historiadores de la religión (Arnold Toynbee, Mircea Eliade, etc.) y antropólogos culturales, así como psicólogos (Sigmund Freud), especialmente los que tienen una visión única o mayormente naturalista y evolucionista de la historia humana, coinciden en que la religiosidad surge en el hombre a partir del miedo, de un sentimiento de desamparo frente a las fuerzas de la naturaleza y las contingencias de la vida, y sobre todo frente a la muerte. Y, si bien estos pensadores de mentalidad antisobrenaturalista excluyen de su pensamiento el hecho de que la religiosidad en el hombre no es meramente una necesidad inmanente (surgida de la subjetividad y la necesidad humana y cultural) sino que tiene su origen en la existencia objetiva y trascendente de Dios, y es un “instinto” (Viktor Frankl, Badenas) puesto por el propio Creador al habernos hecho a su imagen y semejanza, al habernos creado para él (S. Agustín), es cierto que, como diría alguien, “si Dios no existiera, tendríamos que inventarlo”. La realidad es que NECESITAMOS A DIOS, y la motivación primaria es, en cierto punto, interesada: necesitamos tener la esperanza de una vida feliz más allá de la muerte; necesitamos el amparo de Dios frente a los peligros que nos presenta esta vida terrenal (enfermedades, accidentes, crímenes); necesitamos la fuerza de Dios para enfrentar los desafíos de la vida (sobre todo las exigencias sociales, económicas, familiares, de relación, psicológicas, etc.), frente a los cuales a veces nos sentimos pequeños. Solo a medida que vamos madurando en la fe se van minimizando estas motivaciones primarias hasta cierto punto egoístas, para dar lugar a las motivaciones más elevadas, existenciales y morales, como el hecho de que en Dios encontramos el sentido de la vida, su propósito más sublime; la luz y las fuerzas morales para ser realmente buenos; y aprendemos a amar y servir a Dios por su grandeza (sobre todo moral), por lo que ÉL ES, y no solo por lo que esperamos RECIBIR DE ÉL.

Satanás es un cínico y un nihilista (niega la existencia de verdaderos valores y principios), como tantos representantes suyos en el mundo de hoy (pensadores intelectuales así como legos). Él no cree que haya gente que crea en Dios y lo sirva por motivos puros, basados exclusivamente en lo que Dios es, su grandeza de carácter, su sabiduría infinita, su poder sin límites. Cree que todo el mundo hace un “negocio con Dios”, como señala el autor de la lección y como diría una vieja canción del cantautor argentino Charly García: “Dios es empleado en un mostrador: da para recibir”.

Eso es lo que le dice, con otras palabras, Satanás a Dios, en su encuentro en el cielo:

“Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia” (Job 1:9-11).

El cuestionamiento de Satanás es doble, su cinismo y su nihilismo están dirigidos hacia dos objetivos: Dios no es suficientemente valioso, en sí mismo, como para merecer ser adorado por lo que él es. Y, en segundo lugar, Satanás no cree en la humanidad. No cree que haya gente suficientemente noble y verdaderamente creyente en Dios por motivos puros. No cree que haya gente que haga el bien POR EL BIEN MISMO, sino siempre por motivos egoístas, utilitarios, para poder sacar un rédito personal por ello.

Dios, en cambio, exhibe a Job como un ejemplo de su propia confianza en la humanidad, su confianza en lo que un ser humano puede llegar a ser por la gracia de Dios. Y Job no defrauda a Dios:

“Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:20-22).

Job sufre, no es insensible a lo que le acaba de suceder en relación con sus bienes materiales y con sus hijos. De hecho, “rasgó su manto, y rasuró su cabeza”, expresiones típicas de profundo dolor en la cultura semítica de aquel entonces.

Pero, contrariamente a lo que Satanás venía haciendo desde su rebelión en el cielo, “no atribuyó a Dios despropósito alguno”. Satanás justifica su rebelión contra Dios diciendo que Dios NO TIENE “pensamientos de paz y no de mal”, sino que es un ser egoísta, narcisista, que necesita alimentar su ego por medio de la adoración y la obediencia servil de sus criaturas. Atribuye “despropósitos” a Dios. Pero Job, a pesar del dolor emocional –que no podemos minimizar– producido por la pérdida de todo aquello por lo que se esforzó durante toda su vida (bienes materiales y familia), sigue pensando que Dios es grande, que es digno de adoración (léase, admiración y gratitud), y que no tiene ninguna mala intención en su trato con sus criaturas. Reconoce que Dios NO ESTABA OBLIGADO a darle todas las bendiciones terrenales de las que había gozado hasta entonces, que eran un regalo de su pura gracia. Sus bienes y su familia no vinieron como parte de su nacimiento, como un “paquete bajo el brazo” al momento de nacer, sino que fueron añadidos por Dios como una muestra de su amor y su generosidad, a lo largo de su vida. La vida es un regalo de gracia, y lo demás es “añadidura” inmerecida.

Satanás vuelve al cielo, fracasado en su primer intento de conmover las bases espirituales y morales de Job, y es interpelado por Dios:

“Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa?” (Job 2:3).

Uno advierte una noble satisfacción en Dios por poder seguir reteniendo su fe en la humanidad y particularmente en Job. Pero también podemos advertir un dejo de dolor –y, para ponerlo en términos humanos, ¿cierto “autorreproche”?– en sus palabras: “me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa”. Alguien ha dicho alguna vez que Cristo vino a la Tierra en nombre del Padre para “pedirle perdón a la humanidad”. Por supuesto, objetivamente hablando, Dios no se equivoca, no falla, nunca hace el mal; no tiene culpas por las cuales deba pedir perdón. Pero, supongamos que un padre sale de excursión al campo con su hijo, y este es mordido por una serpiente y por diversas razones no queda otra opción que amputarle la pierna para que no se disemine el veneno por todo el organismo. Ese padre, con dolor, deberá tomar semejante medida de emergencia, aunque sabe que hizo lo que tenía que hacer para salvar la vida de su hijo. Pero es posible que se sienta culpable, y hasta quizá tendrá deseos de pedirle perdón por haber haberlo mutilado. De igual modo, Dios parece tener que realizar una “extraña obra” (Isa. 28:21) al permitir tanto dolor en el mundo, medida que produce un profundo dolor para él mismo: “En toda angustia de ellos él fue angustiado” (Isa. 63:9).

Satanás, entonces, vuelve al ataque con su cinismo:

“Respondiendo Satanás, dijo a Jehová: Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia” (Job 2:4, 5).

Es cierto, el dolor que acaba de padecer Job es un dolor moral, emocional, psicológico, afectivo. Pero ahora Satanás propone un dolor que lleva hasta los límites la capacidad de resistencia humana. Una cosa es la tristeza y la angustia psicológica, y otra es la tortura física, que lleva hasta los extremos nuestra capacidad de soportar el dolor.

La respuesta de Dios, aunque nos cuesta digerirla (igual que en el primer encuentro con Satanás mencionado en el libro), sin embargo nos da una vislumbre de seguridad y esperanza: si bien Dios permite la acción diabólica en el mundo y –lo que más nos duele– en nuestra propia vida, sin embargo, LE PONE UN LÍMITE. Dios sigue siendo soberano, y Satanás, por más que quisiera, no puede sobrepasar los límites puestos por Dios:

“Y Jehová dijo a Satanás: He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida” (Job 2:6).

En otras palabras, “hasta aquí llegarás; no vas a tener absoluto control sobre su vida; vas a llegar hasta donde yo considere”.

Job es herido por una sarna maligna, que “lo vuelve loco”; representa una tortura física para él.

Entra en escena, entonces, la mujer de Job, a quien casi siempre solemos criticar por su intervención “nada feliz”. En vez de ser una “ayuda idónea” en medio de esa tragedia, parece ser una portavoz de Satanás para hundirlo todavía más:

“Entonces le dijo su mujer: ¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete” (Job 2:9).

Usa la misma expresión de Dios para referirse al carácter de Job: integridad, que era lo más importante que estaba en juego ante tanta tragedia para Job; su esencia moral, su identidad. Y lo hace acudiendo a un recurso literario y comunicacional: la ironía. El texto original en hebreo dice: “Bendice a Dios, y muérete”. La versión Reina-Valera sabe captar la ironía y la mordacidad de la esposa de Job, y traduce dinámicamente: “maldice a Dios”.

La realidad es que no podemos reprocharle a la esposa de Job su actitud. ¿Hemos perdido alguna vez de manera violenta a todos nuestros hijos? ¿Qué puede sentir una madre ante semejante tragedia? Cuando andemos unos metros en sus zapatos, podremos reprocharla por manifestar así su dolor, su resentimiento.

La respuesta de la esposa de Job no implica necesariamente que haya sido una mala mujer. Pero revela la diferencia de estatura espiritual con respecto a su esposo. ¿Tendría que haberse tragado su angustia, y pensar en su esposo para ser de apoyo en ese momento que tanto la necesitaba? Seguramente que sí, pero ese es el ideal. Habría que estar en sus zapatos. ¿Deben reprimir las parejas su dolor ante la pérdida de un hijo, y no hablar de lo que realmente sienten? Ustedes saben que los sentimientos reprimidos funcionan como una olla a presión; necesita una válvula de escape, o es capaz de explotar. Todos los consejeros psicológicos coinciden –sanamente– en señalar que es necesario, sobre todo frente a las crisis, ser capaces de ponerse en contacto genuino con nuestros sentimientos, poder sacarlos afuera, ponerlos en palabras, conversarlos, compartirlos, y juntos buscar elaborar las pérdidas, el duelo. No la “carguemos” a la esposa de Job con más cargas que las que ya sobrelleva, añadiéndole encima la carga de la culpa espiritual o conyugal.

La respuesta inmediata de Job –y momentánea, como veremos a partir de la semana que viene– es una de las declaraciones cumbres de fe en toda la Sagrada Escritura:

“Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios” (Job 2:10).

En estas palabras, hay una confianza absoluta en la soberanía divina, y en la sabiduría infinita de las medidas providenciales que Dios toma al relacionarse con la historia humana. En el concepto bíblico, es tan fuerte esta idea de la absoluta soberanía de Dios que muchas veces, sobre todo en el Antiguo Testamento, se representa a Dios como si hiciera proactivamente lo que en realidad permite (como en la controvertida expresión “Endureció Dios el corazón del Faraón” [Éxo. 4:21]). Job no parece ser consciente de la existencia de Satanás, en todo el libro. No parece saber del gran conflicto cósmico. Atribuye todo lo que pasa a la voluntad de Dios. El “mal” mencionado aquí no es el mal moral (hacia el cual es muy sensible en rechazarlo, como veremos más adelante a través de su autotestimonio), sino el mal como circunstancia perjudicial y dolorosa. Y Job es capaz de aceptar lo que venga de Dios, por lo menos hasta este momento de su experiencia.

Job demuestra, en este pasaje, la verdadera naturaleza de la fe: CONFIANZA ABSOLUTA EN LA PERSONA DE DIOS, independientemente de sus decisiones y providencias. Creer de corazón que él sabe lo que hace, y que nunca será en contra de nosotros, aun cuando no entendamos sus caminos.

Que por el Espíritu Santo podamos desarrollar este tipo de fe, que no está basada en el interés ni en el miedo, sino en la grandeza moral de Dios, que haga que bendigamos el nombre de Dios en toda circunstancia que nos toque vivir, hasta el día en que, en la seguridad eterna del cielo, nos explique todas las cosas que hoy nos dejan perplejos.

2 Respuestas

  1. Leon Aboliur

    Excelente exégesis, pastor Claverie. Su texto informa mucho y sugiere más sobre los paradigmas de Job, el pudiente pensador y poeta patriarcal.

    Responder

Deja un comentario: