EL REMANENTE – 2

Como adventistas del séptimo día, si bien creemos que “la iglesia universal está compuesta por todos los que creen verdaderamente en Cristo”, también creemos que “en los últimos días […] se llamó a un remanente para que guarde los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”.1 Ese remanente, descrito en Apocalipsis 12:17 y 19:10, entendemos que es la Iglesia Adventista del Séptimo Día. “Dios ha llamado a su iglesia en este tiempo, como llamó al antiguo Israel, para que se destaque como luz en la Tierra. […] La ha hecho depositaria de su Ley, y le ha confiado las grandes verdades de la profecía para este tiempo” (Elena de White, Consejos para la iglesia, p. 104).

Sin embargo, todo adventista debe de haberse sentido tentado a cuestionar, en algún momento, el papel profético de la iglesia. Muchos pudieron haberse sentido frustrados, avergonzados, o aun heridos, por individuos que a pesar de profesar la fe adventista cometen pecados graves, o solamente muestran un frío formalismo. Otros pudieron haber llegado a sentir preocupación por la falta de lealtad a las doctrinas y las normas, o por la invasión de prácticas y filosofías mundanas entre algunos miembros. Convencidos de que la iglesia se ha convertido en Babilonia, la han abandonado, para unirse a algún grupo disidente. O se mantienen a un lado, desviando sus diezmos, criticando a los dirigentes, dividiendo a las iglesias, y arrojando serias dudas sobre el papel profético y la condición de remanente de la iglesia.

Cuando se analiza la historia bíblica del pueblo de Dios a lo largo de los siglos, es evidente que, en cada época, la característica distintiva del remanente organizado de Dios ha sido la verdad (la “verdad presente”), y no la santidad. De hecho, entendemos que la descripción de la iglesia de Laodicea en Apocalipsis 3:14 al 22, se aplica principalmente a la Iglesia Adventista. Aun así, no importa cuán patético sea el estado de los miembros individuales de la iglesia (“desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”), la Iglesia Adventista continúa siendo la iglesia remanente, porque somos la única iglesia que posee la verdad presente. Y, en última instancia, no es la santidad sino la verdad lo que distingue hoy al pueblo remanente corporativo de Dios, tal como sucedía en los días del antiguo Israel.

Es evidente que, en cada época, la característica distintiva del remanente organizado de Dios ha sido la verdad”.

Pero, cabe preguntar: ¿puede la iglesia adventista perder su condición de remanente? Lo que sucedió al Israel literal después de la muerte de Cristo, cuando dejó de ser el remanente, ¿no podría suceder al Israel espiritual de hoy? ¿Llegará el momento en que Dios arroje de su boca a Laodicea en su conjunto, y establezca otro cuerpo, uno que cumpla mejor sus propósitos?

Proféticamente hablando, eso no es posible. La caída de Israel como remanente escogido había sido predicha con muchos años de anticipación (ver Isa. 5:1-7; Mat. 21:33-46; Dan. 9:24-27). Sin embargo, las profecías apocalípticas indican que Laodicea es la última iglesia. No hay otra iglesia después de Laodicea; somos el último cuerpo eclesiástico organizado. No hay necesidad de llamar a una nueva iglesia, un remanente con nueva luz u otro mensaje que contenga la verdad presente. ¿Qué verdad puede haber que sea más “presente” que la segunda venida de Cristo y el triple mensaje angélico?

No cabe duda de que existe apostasía dentro del adventismo, como siempre ha sucedido dentro de la iglesia organizada de Dios. Pero es muy diferente una iglesia con apostasía que una iglesia en apostasía. Por consiguiente, debemos elevarnos por encima de “los adventistas”, lo que no es lo mismo que “el adventismo”. Debemos mirar más allá de los mensajeros, al mensaje mismo. No podemos permitir que algunos miembros adventistas nos aparten de la verdad adventista. Tenemos que mirar a Cristo, y no a quienes profesan ser cristianos.

Elena de White lo expresó claramente: “Tengan todos cuidado de no hacer declaraciones contra el único pueblo que está cumpliendo la descripción que se da del pueblo remanente que guarda los Mandamientos de Dios […]. Dios tiene un pueblo distinto, una iglesia en la Tierra, que no es inferior a ningún otro, sino superior a todos en su capacidad de enseñar la verdad y vindicar la Ley de Dios […]. Hermano mío, si usted está enseñando que la Iglesia Adventista del Séptimo Día es Babilonia, está equivocado” (Eventos de los últimos días, p. 41). “Aunque existen males en la iglesia, y los habrá hasta el fin del mundo, la iglesia ha de ser en estos postreros días luz para un mundo que está contaminado y corrompido por el pecado. La iglesia, debilitada y deficiente, que necesita ser reprendida, amonestada y aconsejada, es el único objeto de esta Tierra al cual Cristo concede su consideración suprema” (Testimonios para los ministros, p. 49). RA


Referencia:

1 Manual de la iglesia (Buenos Aires: ACES, 2015), p. 162.

Sobre El Autor

Licenciado en Teología y Traductor público de Inglés, Walter Steger desarrolla su ministerio como editor de libros en la Asociación Casa Editora Sudamericana. Además de dirigir las revistas Ministerio y la Revista del anciano, es actualmente el encargado de la traducción al español de la Guía de Estudio de la Biblia.

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