“¿Cómo estás?”

Si interpretas esta pregunta como un saludo casual, tu respuesta normalmente será un amable: “Bien, gracias”, o algo por el estilo. Pero, si consideras que esta pregunta te habilita para que realmente cuentes cómo te sientes, entonces la respuesta cambia.

Ahora bien, ¿notaste una falacia en el planteo que acabo de hacer en el párrafo anterior? La pregunta plantea “¿Cómo estás?”; y si tenemos la posibilidad de expresarnos realmente, comenzamos a hablar, más bien, de “cómo me siento”. Esto es un error común en el que nuestra mente cae: hacer equivalente el “cómo estoy” con el “cómo me siento”. Y, si esta forma de pensar se vuelve rígida, estamos ante una distorsión de la realidad llamada “razonamiento emocional”.

Esta distorsión es la creencia errónea de que nuestras emociones reflejan cómo son las cosas en la realidad. De esta manera, se llega a considerar las emociones como hechos o como prueba de verdad. “Si lo siento así, debe ser así”. O, adaptando la declaración proverbial de Descartes: “Siento, luego existo”.

Sentirse mal ¿siempre es equivalente a estar mal? Sentirse bien ¿siempre es equivalente a estar bien? Claro que no. Los ejemplos pueden ser obvios, pero son necesarios. Si preguntamos “¿Cómo estás?” a una persona que se encuentra en éxtasis por haber consumido algún narcótico, sin duda que nos responderá “¡¡¡Bien!!!” Nadie podrá discutirle que se “siente” bien; es decir, que en el nivel de las sensaciones está experimentando placer; él lo siente, y eso es dominio subjetivo que no puede discutirse. Pero… de allí a estar bien, hay una gran distancia, ¿no crees?

Sentirse mal ¿siempre es equivalente a estar mal?  sentirse bien ¿siempre es equivalente a estar bien?”

Pensemos en la situación opuesta. Los ejemplos pueden ser interminables. Alguien que se siente mal porque no tiene un buen trabajo, y no se da cuenta de que en realidad está bien, ya que tiene el privilegio de poseer algún trabajo. O alguien que se siente mal porque no puede tener un vehículo para trasladarse, y no se da cuenta de que está bien, pues cuenta con la bendición de tener sus dos piernas sanas para trasladarse. O quizás alguien que se siente mal porque tiene que comer siempre el mismo menú, sin valorar que está bien por gozar de la bendición de tener alimento.

Claro que todas estas personas están en su derecho de sentir que podrían estar mejor, pero creo que no tienen derecho a olvidarse de lo bendecidas que son. Dicho de otra manera, tienen el deber de reconocer lo bien que están, a pesar de todo. Es un deber para con Dios, que cada día nos provee de lo que necesitamos –no lo que sentimos que necesitamos, sino lo que realmente nos puede ayudar a estar bien en el plan de largo alcance que Dios tiene para nuestra vida.

Y es un deber para con nuestra salud mental: nos hacemos un gran mal cuando quedamos encerrados en nuestros sentimientos negativos, sin hacer un esfuerzo por pensar en todas las bendiciones que podemos agradecer.

Un gran predicador y escritor del siglo XVIII, Matthew Henry, cierta vez fue asaltado mientras viajaba. Varado en el camino y mientras esperaba para poder reiniciar su viaje, escribió una oración que quedó registrada en su prolífica obra. En ella, expresaba: “Dios, te doy gracias porque es la primera vez que me roban; también te agradezco porque, aunque me llevaron todo lo que traía, no era tanto. Sobre todo, te agradezco porque me llevaron la bolsa, pero no la vida. Y, por último, quiero agradecerte porque fui el asaltado, y no el asaltante”. ¡Maravillosa capacidad de reconocer todo lo bueno que siempre se puede agradecer!

Sin duda que los sentimientos iniciales de Matthew Henry, en una situación sumamente estresante, no habrán sido nada placenteros. Como todo ser humano, habrá experimentado emociones negativas, como miedo, frustración, impotencia…

Ahora bien, evidentemente, él hizo el esfuerzo de salir del circuito tóxico del razonamiento emocional, reflexionando sobre todo lo que aún podía agradecer. Y, con seguridad, se sintió mejor. Este es un circuito saludable en el cual todos podemos entrar, con la ayuda de Dios: me siento mal, valoro la situación más allá de mis sentimientos, comienzo a sentirme mejor.

¡Vale la pena probarlo! RA