“Hoy es necesario que pose yo en tu casa” (Luc. 19:5).

Por lo general, cuando Jesús tocaba la vida de una persona, se despedía de ella rápidamente. A la mujer adúltera, le dijo, en el patio del Templo: “Ni yo te condeno, vete y no peques más” (Juan 8:11). Al ex endemoniado gadareno le recomendó: “Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo” (Luc. 8:39). Podemos imaginarnos que, aunque acababan de vivir un momento extraordinario e inolvidable con Jesús, el Hijo de Dios, él no podía quedarse siempre con ellos para explicarles cómo vivir sin pecar o cómo crecer en la fe que acababan de descubrir.

Probablemente él confiara estas almas al cuidado y la dirección del Espíritu Santo, para que los guiara por el camino que los acercaría aún más a Dios. A fin de cuentas, Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo trabajan “en equipo” desde y hasta la eternidad. Aunque el Espíritu Santo descendería sobre los creyentes en Pentecostés y su obra concreta en nuestro favor comenzaría cuando Jesús volviera al cielo, no podemos pensar que haya estado sin trabajo hasta ese momento.

Lo que nos revela las Escrituras es que, algunas veces, Jesús se despedía rápido de aquellos a quienes beneficiaba; pero otras, se detenía para acompañarlos. Como lo hizo con Zaqueo. Tras verlo subido a aquel árbol, Jesús se detuvo, habló con él, y “se invitó” a comer y a descansar en su casa. Jesús quería pasar tiempo con Zaqueo (Luc. 19:1-10).

Dios conoce a cada ser humano, con sus necesidades, sus capacidades y sus limitaciones. Por eso, Dios actúa con cada uno de nosotros de maneras diferentes. Esto es algo que no debemos olvidar, ya que tenemos una nociva tendencia a compararnos con los demás. No es mirándonos los unos a los otros como vamos a crecer en nuestra vida espiritual; es el mirar a Jesús y el aceptar lo que él elija hacer en mi vida lo que me ayudará. Él sabe por qué razones hace lo que hace. Cuanto antes entendamos esta realidad, mejor será nuestra experiencia cristiana.

Al llegar a Jericó, la ciudad de Zaqueo, Jesús decidió acompañar a Zaqueo probablemente un día o dos –o tal vez algunas horas–, para afirmar la fe que hacía poco había nacido en el corazón de este hombre. Jesús dedicó tiempo para hablar con él, escuchar lo que Zaqueo quería decirle, animarlo a hacer el bien, afianzar su confianza en Dios e invitarlo a vivir una vida de servicio.

Dios conoce a cada ser humano, con sus necesidades, sus capacidades y sus limitaciones”.

Esta experiencia de Jesús con Zaqueo nos muestra lo que también nosotros podemos hacer cuando nos encontramos con personas que están empezando a conocer a Jesús.

Tal vez no siempre tengamos la oportunidad de acompañarlos físicamente, pero sí podemos trabajar en equipo con Dios y encomendar estas personas a su cuidado, por medio de la oración perseverante. Pero, si tenemos la posibilidad de acompañarlas, se abre ante nosotros la perspectiva de una maravillosa experiencia.

Un sábado, dos pequeñas niñas acompañaron en la plataforma al pastor y a la dama que tenía a cargo la dirección del culto de adoración. Cuando llegó el momento de la lectura bíblica, como introducción a la predicación, se levantaron las dos y una de ellas, la mayor, leyó el texto. Pensé que quizá leerían las dos, pero no. Solo una leyó; la otra pequeña solo la acompañó. Luego, bajaron del púlpito, se dieron un abrazo cariñoso y se sentaron cada una con su familia.

Quedé pensando en aquella pequeña niña que “solo” subió al púlpito con el propósito de acompañar a su amiga. “Solo” estuvo allí para animarla; para que pudiera hacer mejor su tarea; para que no se sintiera tan pequeña en un evento que, por lo general, está dirigido por adultos. En cierto modo, esta pequeña niña se convirtió en Jesús para su amiga: alguien que estaba en pie, a su lado, en aquel momento importante.

La simplicidad de esta escena me habla de la sencillez con la que podemos acompañar a los que están descubriendo a Jesús. No hace falta grandes programas o largas visitas; probablemente, una llamada durante la semana, una tarjeta, una corta visita o un mensaje podrán, a lo largo del tiempo, ayudarlos a afianzar su fe en Jesús.

Cada pequeño gesto de amor, aunque no haya palabras, aunque “solo” revelen que estoy allí, de pie al lado de ellos, va a llenar a mi hermano o mi hermana de gratitud; que seguramente se manifestará en un gran abrazo. Un abrazo como aquel que se dieron Zaqueo y Jesús cuando, finalmente, se despidieron. RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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