Comentario lección 11 – Tercer trimestre 2016

Llegamos al final de nuestro análisis de la cita de Elena de White acerca del “método” de Cristo, con el remate de la cita en el “Síganme”.

Nuevamente, si malinterpretamos el sentido de esta declaración de Elena de White vamos a hacer aparecer a Jesús como si fuese uno de esos políticos populistas que tanto han cundido en nuestra historia latinoamericana, que demagógicamente reparten comida y bebida (choripán, en la Argentina) para lograr captar adeptos y llevarlos a movilizaciones populares en su favor.

Insistimos en que el trato de Jesús hacia las personas, en el que se evidenciaba que deseaba su bien; su simpatía por ellas; sus obras de misericordia y ayuda en sus necesidades; y la confianza en él que Jesús generaba en la gente, no eran meras estrategias sino actitudes y actos nacidos de lo más profundo de su corazón misericordioso y lleno de amor, hechos con total transparencia y sinceridad.

Por supuesto, si somos personas llenas del amor de Jesús, en última instancia no nos contentaremos solo con llenar las barrigas de los hambrientos, proveer ropa, abrigo y un techo para los indigentes, y ni siquiera ayuda psicológica para los conflictuados, deprimidos o angustiados. Nuestro fin último, que latirá apasionadamente en nuestros pechos y por el cual casi “nos saldremos de la vaina” por predicar el evangelio, será que las personas conozcan a Jesús como su Salvador personal, que lo acepten, que lo amen, que confíen en él, que se entreguen totalmente para transitar por este duro mundo de pecado con la esperanza puesta en ese mundo feliz que Jesús está preparando, en la vida eterna.

Y, en este sentido, es muy difícil trazar el límite entre realizar una labor social y humanitaria desinteresada, franca, transparente, en favor de los necesitados, no proselitista, y nuestro deseo de predicar el evangelio, para invitarlos a seguir a Jesús, y así garantizarse la verdadera e imperecedera felicidad.

Quizás una clave sea que cuando queramos predicar el evangelio lo hagamos abiertamente, francamente, sin utilizar ni la labor humanitaria ni cursos de salud como “cuña de entrada” para dar nuestro mensaje. Muchas de las iglesias evangélicas más exitosas en cuanto a crecimiento de iglesia (muchísimo más que nosotros) no tienen empacho en predicar abiertamente el evangelio. No se camuflan pretendiendo ser alguna entidad de promoción de la salud o de asistencialismo sanitario o social, para luego subrepticiamente dar a conocer su mensaje. Lo hacen abierta y explícitamente. Es cierto que muchas de ellas predican el “evangelio de la prosperidad”, o “del éxito”, y puede ser bastante marketinero ofrecerle a la gente que con Jesús hay salud y prosperidad económica, o romántica o familiar garantizadas (y no podemos juzgar sus motivaciones, como si lo hicieran como una estrategia proselitista. Muchos de ellos realmente creen que el evangelio trae necesariamente prosperidad; predican el mensaje así como lo creen. Responden a una teología, la “teología de la prosperidad”, así como muchos otros cristianos protestantes y católicos responden a la “teología de la liberación”). Sin embargo, el punto es que no aparentan ser lo que no son. Abiertamente se declaran evangélicos, cuya labor es predicar a Cristo. Creo que así deberíamos hacer nosotros.

Y cuando realizamos una labor humanitaria, debemos hacerla como un fin en sí mismo, no como una estrategia proselitista. Pero, así como del fondo de nuestra alma brotará el deseo de ayudar al necesitado, desde ese mismo amor puesto en nosotros por el Espíritu Santo también podemos, con toda naturalidad, franqueza y decisión, invitarlos a acceder al bien mayor, que es conocer a Cristo. Podemos ofrecer una oración, dejar en sus manos un folleto, o una revista o un libro. Podemos decirles que también deseamos que Dios bendiga su corazón, que llene su vida de luz y esperanza, e invitarlos a la iglesia.

La lección de esta semana tiene un fuerte énfasis puesto en la importancia de la búsqueda del perdido, así como Jesús lo hizo cuando vino a la Tierra, y en invitarlo fervientemente a seguir a Jesús. Y esa, en realidad, ES LA MAYOR OBRA DE MISERICORDIA QUE PODEMOS REALIZAR en favor de la comunidad, de los que nos rodean. Al fin y al cabo, aunque pudiéramos dar techo, abrigo y comida a todos los indigentes del mundo, y salud a todos los enfermos, y pudiéramos revolucionar todas las estructuras humanas injustas, todavía les espera la muerte al final del camino, y una perdición eterna que evitar y una vida eterna por recibir, si están dispuestos a aceptar la salvación provista por Dios. Todavía hay un pecado que habita en todo ser humano (rico o pobre, sano o enfermo), que es degradante y destructivo por naturaleza, y la causa última de todos los males sociales o personales.

Sin embargo, esto no implica que confundamos las cosas y veamos la labor humanitaria solo o mayormente como una estrategia para lograr ese fin último superior, de la salvación. Eso sería desvirtuar la naturaleza misma del evangelio, que es altamente ética y se maneja con la verdad como uno de sus valores supremos.

Que Dios nos dé a todos un corazón lleno de amor genuino por el prójimo, un discernimiento claro de nuestras motivaciones, y la sabiduría y la actitud decidida necesarias para comunicar el evangelio con total sinceridad, “a tiempo y fuera de tiempo” (2 Tim. 4:2).