Cuenta una vieja anécdota que el ferrocarril llegaba por primera vez a un pequeño pueblo. La gente de la comunidad estaba muy expectante. Finalmente, llegó el día de la inauguración, para lo que se había dispuesto un palco al lado de la vía. A unos doscientos metros de allí estaba una locomotora lista para ser puesta en marcha y recorrer los flamantes rieles hasta llegar al palco.

Las autoridades ya estaban en el palco, y toda la gente del pueblo a su alrededor, esperando el gran momento. Luego del protocolo correspondiente, se encendió la locomotora. Y la emoción aumentó. Pero, entre el público había un pesimista, quien repetía constantemente: “No va a arrancar. No va arrancar…”  Con un fuerte silbatazo, la pesada máquina comenzó su marcha. La gente estalló en un plauso, mientras la locomotora avanzaba hacia el palco. Sin embargo, en medio de los aplausos, se escuchó la voz alarmada del pesimista, que gritó: “¡No va a parar! ¡No va a parar!”

La simpática historia puede hacernos sonreír por un momento; pero también reflexionar acerca de la tendencia que una persona puede tener a esperar siempre desenlaces negativos. Hoy abordaremos una de las formas tóxicas de pensar más habituales: la visión catastrofista.

En la visión catastrofista subyace la emoción del miedo. Es el miedo el que lleva a suponer que las cosas saldrán mal…”

Pero, tenemos que aclarar que esta manera de ver las cosas no es exclusiva de los pesimistas “oficiales”; todos podemos tener, en mayor o menor grado, la tendencia a ver las cosas de manera catastrófica, temiendo que ocurra lo peor. Se trata de una tendencia de nuestra naturaleza humana, afectada por el pecado; es decir, la separación de Dios. ¿Por qué?

En la visión catastrofista subyace la emoción del miedo. Es el miedo el que lleva a suponer que las cosas saldrán mal, ya que el miedo es un estado emocional de alarma y de malestar ante un peligro real (o imaginario). Y el miedo fue la primera emoción que apareció cuando el ser humano se separó de Dios. Dice la Biblia que el Señor buscó a sus hijos Adán y Eva después de que ellos lo desobedecieron. Ante el llamado de Dios, amorosamente preocupado por la situación de ellos, se escondieron. Entonces, Adán explicó: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo” (Gén. 3:10).

La separación de Dios es la raíz más profunda de nuestro problema con el miedo. Adán y Eva habían tomado las cosas en sus manos, a su manera, tratando de tener el control. Ahora, ellos tenían que hacerse cargo, y no era para menos que experimentaran el estado emocional de alarma y de malestar ante la posibilidad de que las cosas salieran mal. Mientras más luchamos por tener el control de las cosas a nuestra manera, más nos invadirá el miedo, y la consecuente visión catastrofista.

El amante Creador no dejó solos a sus hijos. Les explicó con claridad los peligros reales que ahora debían enfrentar (Gén. 3:15-19), y de esta manera despejó de sus mentes todos los peligros irreales que pudieran haber estado elucubrando.

Pero, sobre todo, les aseguró que él se quedaría con ellos para ayudarlos a enfrentar la situación y darles, finalmente, la salida. Así, despejó de sus corazones el mayor de todos los temores: ser abandonados por Dios.

Y hoy el Señor nos extiende la misma seguridad a nosotros. Cuando intentamos tomar el control de las cosas con nuestras propias fuerzas, a nuestra manera, el miedo y la visión catastrofista se instalan como indeseables compañeros de viaje. Pero, si entregamos el control a Dios, permitiéndole que nos clarifique cuáles son los peligros reales (Mat. 10:28) y que nos muestre su presencia real a nuestro lado (Gén. 3:21) para enfrentar esos peligros, entonces la paz inundará nuestro ser. Así, podremos descansar en la seguridad de su promesa: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes –afirma el Señor–, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jer. 29:11, NVI). RA