CUANDO JESÚS SE EQUIVOCABA

CJ-Agosto

“Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti” (Mat. 16:22).

A veces, mi esposo me exaspera. O, tal vez, debería decir que, a veces, me exaspero cuando veo ciertas actitudes o reacciones de mi esposo. Tiene el gran defecto de no reclamar que se le haga justicia. ¡Tiene una paciencia aberrante! Prefiere acompañar en silencio al hijo pródigo en sus caminos y esperar a que vuelva por amor, y no por obligación… aunque se le desgarre el corazón.

Un día, ante una de estas situaciones, me encontraba perpleja. Una vez más, Reto estaba manejando las cosas mal. Para mi manera de ver las cosas, él tendría que hablar con aquellas personas y explicar con más detalle lo que estaba sucediendo, para que esa gente comprendiera que él tenía la razón. Pero Reto prefería que el tiempo hiciera su trabajo; era mejor que esas personas se dieran cuenta por sí mismas, cuando estuvieran listas para entender por qué él estaba haciendo lo que estaba haciendo.

Una noche, sentada a la mesa del comedor, pensaba en todo esto y rumiaba una buena porción de exasperación. Hasta que un pensamiento se abrió paso en mi mente, como un rayo: ¡Jesús haría lo mismo! En ese momento sacudí la cabeza: Jesús tenía los mismos “defectos” que mi esposo; y, sinceramente, no me gustó la idea.

Pero no tardé en darme cuenta de que aquí tenía algo concreto que aprender. El apóstol Pablo leyó mis pensamientos, cuando escribió a los Romanos: “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? (Rom. 2:4). Sí. Más allá de la teoría, la paciencia y la benignidad de Dios me molestaban.

¿Por qué aceptó perder tiempo y energías con Judas sabiendo que era un caso perdido, y que además lo iba a traicionar? ¿Por qué no mostraba a la gente quién era realmente, para que dejasen de insultarlo y maltratarlo? ¿Por qué tarda tanto en volver? ¿Por qué perdona miles de veces la misma falta de aquel ingrato? ¿Por qué no puede ser más pragmático y expeditivo con el plan de redención?

Pablo nos explica por qué Jesús no tenía compasión de sí mismo, por qué se despojó a sí mismo, por qué se humilló a sí mismo y por qué su paciencia es infinita. Cuando tenemos una relación viva con Dios y miramos estas actitudes y características de Jesús, el Espíritu Santo puede tocar profundamente nuestro corazón y guiarnos al arrepentimiento.

Al arrepentimiento… pero ¿de qué? De nuestra manera de ser irascible, egoísta, justiciera y humanamente lógica. Si nos miramos bien, ciertamente encontraremos algo de todo esto en nuestros genes. Mientras que estas malezas sean parte de nosotros, no podremos reflejar el carácter de Jesús y no podremos realmente amar a nuestro prójimo como Jesús lo amaba.

Eso de “perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mat. 6:12) va en el mismo sentido. Muchas veces comentamos este texto en la clase de Escuela Sabática, y tal vez nos damos cuenta de que nosotros no somos tan perdonadores. En el fondo de nuestra alma, esperamos que Dios pase por alto ese “detalle”. Pero, para Dios, estas características de Jesús, que tanto nos pueden exasperar, son las características necesarias para realmente amar a nuestro prójimo, amigo o enemigo.

Creo que esta fue una de las lecciones más difíciles que los discípulos tuvieron que aprender y, probablemente, la que les llevó más tiempo asimilar. Con nosotros no es diferente. En lo que a mí concierne, se me hace difícil porque por naturaleza soy impaciente y dura, a veces. Pero puedo ver que el Espíritu Santo todavía no se desanimó conmigo; que sigue trabajando… y haciendo horas extra.

Mientras tanto, cada vez que estoy tentada a exasperarme ante las actitudes de mi paciente y manso marido, recuerdo a Jesús; al bueno, manso y paciente Jesús. Me doy cuenta de que la exasperación cedió su lugar a la reflexión. Ahora, casi disfruto de esos momentos en que puedo verme tal y como soy, porque sé que Dios está utilizando esas situaciones para enseñarme a ser un poquito más como Jesús. Y a apreciar más aún el maravilloso carácter de mi esposo.RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

Artículos Relacionados

Deja un comentario: