LA SINAGOGA DE SATANÁS

“Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza […] y la blasfemia de los que se dicen judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás” (Apoc. 2:9).

Juan, al igual que Pablo, lidian en varios frentes de batalla simultáneamente en sus escritos: la oposición del judaísmo, los cristianos judaizantes, las diversas formas de paganismo, las filosofías de moda en sus días y el misticismo pseudocristiano, entre otros. El Nuevo Testamento debe, pues, ser leído contra estos telones de fondo simultáneos, a fin de recuperar la intención original de sus escritores inspirados y la relevancia perenne de sus mensajes. El Apocalipsis no es una excepción a esta regla.

Destacado-La sinogogaLa hostilidad de los dirigentes del judaísmo contra el cristianismo en el siglo primero no era una novedad, cuando Juan escribió a las iglesias de Esmirna y Filadelfia. Décadas antes, Jesús había advertido a sus discípulos acerca de ello antes de su muerte. Él mismo terminó en una cruz romana a instancias del Sanedrín. Una década después, el otrora perseguidor Pablo, ahora apóstol a los gentiles, fue objeto de la ira de las autoridades judías una y otra vez durante sus viajes misioneros por el Mediterráneo.

El libro mismo de Apocalipsis es, entre otras cosas, una polémica con un judaísmo renuente a ser opacado por la pujante iglesia, salida de sus mismas entrañas. El éxito misionero de los seguidores de Cristo entre los paganos, muchos de ellos simpatizantes hasta entonces del judaísmo, sumado al énfasis de la joven iglesia en su misión como mensajera de la gracia divina por medio del Mesías nazareno, eran más de lo que el Israel según la carne estaba dispuesto a soportar (Hech. 5:14-17; 13:45; 17:4, 5). No es, pues, sorpresivo que el Apocalipsis esté sembrado de títulos y expresiones distintivas del judaísmo, reclamados ahora por el Israel cristiano como propios.

Otro tanto ocurre con el sacerdocio levítico, tácitamente declarado ineficaz por quien hace a sus seguidores “sacerdotes para Dios” (Apoc. 1:6). Los que lo crucificaron habrían de ser, muy a su pesar, testigos preferenciales de su regreso en gloria a la Tierra (Apoc. 1:7).

En el Apocalipsis, Jesucristo es declarado “el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (1:8), una blasfemia intolerable para el judaísmo. Tal era el caso, también, de rótulos como “el Soberano de la creación de Dios” (Apoc. 3:14, NVI) y de títulos claramente mesiánicos, como “el que tiene la llave de David” (Apoc. 3:7); “el león de la tribu de Judá” (5:5); “el hijo varón de la mujer” (12:5), “la raíz y el linaje de David” (Apoc. 22:16); y “la estrella resplandeciente de la mañana” (Apoc. 22:16).

La superación y la supresión implícitas del Templo de Jerusalén, y de todo lo relacionado con él, por las realidades celestiales, por el Santuario celestial y el ministerio de Cristo como Sumo Sacerdote en él, aparecen por doquiera en el libro (ver Heb. 8:5; 9:23, 24).

Una evidencia adicional de este conflicto como parte del trasfondo del Apocalipsis es el uso de ciertas palabras clave por parte de Juan. Por ejemplo, el verbo griego sfázo (σφάζω: “degollar”, en sentido sacrificial) es reservado en el Apocalipsis para referirse al Cordero inmolado y resucitado (Apoc. 5:6, 9, 12); a sus testigos muertos violentamente por sus adversarios como mansos corderos (Apoc. 6:4, 9; 14:1-4; 18:24) y al anticristo como pseudocordero (Apoc. 13:3, 8).

Fuera del Apocalipsis, el verbo solo es usado por Juan en un contexto de oposición a Jesús como Mesías divino-humano (1 Juan 3:12). Otro tanto ocurre con el verbo “traspasar” (ekkenteo/ἐκκεντέω), que solamente aparece en Apocalipsis 1:7 y en Juan 19:37 como designación de la crucifixión de Cristo a manos de Roma.

Por su parte, el Altar del Holocausto, al pie del cual claman figuradamente los testigos cristianos violentamente silenciados por sus enemigos, no forma parte del mobiliario del Santuario celestial visto por Juan, quien contempló en el cielo la contraparte espiritual del Propiciatorio y del Arca del Pacto, del lavacro, del candelero y del Altar del Incienso, pero no del Altar del Holocausto. Esto podría implicar una asociación negativa entre las persecuciones iniciales contra la naciente iglesia por parte de los líderes judíos y el Templo de Jerusalén, como representación por excelencia del judaísmo hasta el año 70, cuando fue destruido por los romanos (Dan. 9:27; Mat. 24:15; Luc. 21:20).RA

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