LA ORACIÓN DE ANA

Por Aarón A. Menares Pavez

La oración de Ana nos parece una de las más específicas, humildes y valientes que podemos encontrar en la Biblia. Llena de simpleza y entrega, es un ejemplo para nosotros hoy.

La verdad es que el relato bíblico nos sorprende con las costumbres de aquellos días. Si bien es cierto que la poligamia jamás fue aprobada por Dios, estaba permitida. La podemos ver en diversos personajes tan importantes como Abraham, Jacob, y Elcana, esposo de Ana. Ella era una de las dos esposas que este varón temeroso de Dios tenía y que conformaban su familia. Penina era el nombre de la otra esposa, a quien Dios le había dado la bendición de tener hijos e hijas (1 Sam. 1:2). En aquel tiempo, así como en nuestros días, tener hijos constituía una bendición especial de Dios; sin embargo, para aquellos que pertenecían al pueblo de Israel, representaba la esperanza de la próxima llegada del Mesías. Esto hacía que tener un hijo, sobre todo si era varón, adquiriera una importancia y una trascendencia aun mayores.

Aunque todo el contexto era negativo para Ana, y a pesar de que circunstancias que la rodeaban no eran las mejores, Elcana tenía un aprecio especial por ella. No obstante, ante la competencia de la otra esposa, Ana vivía triste porque su vientre no había dado vida. Su rival, como la menciona la Biblia, la irritaba (vers. 5, 6). ¡Qué triste vivir así! ¡Pobre Ana! No solo su futuro era negativo, sino que también su presente era desagradable. Su vida familiar se veía empañada por la situación en la que se encontraba.

Hay momentos en que las circunstancias nos sobrepasan, pero Dios desea que podamos mirar por sobre ellas. No tenemos el control, pero sí podemos enfrentar la vida sobreponiéndonos a nuestras circunstancias.

Derrotada por su situación, Ana llegó a Silo, donde era costumbre ir y adorar. La Biblia señala que Elcana iba con su familia una vez al año; y el día en que hacía sacrificios, Elcana daba a Penina y a sus hijos su parte, pero a Ana le daba una parte escogida (vers. 4, 5).

Estando en Silo, Ana comenzó a orar con amargura. (¿Oraste alguna vez con amargura?) La desesperanza de Ana llenaba todo su ser. Lo más probable es que su paladar estuviese amargo porque su sistema nervioso no le permitía tener tranquilidad. Sus circunstancias, la imposibilidad de tener hijos, eran adversas; había pasado mucho tiempo y, año tras año, sus esperanzas iban quedando en el pasado. Las esperanzas son lo que nos mantiene con la vista en alto; cuando se obnubilan, se pierde el deseo de vivir y de seguir luchando. Supongo que esta es una estrategia de Satanás para que los hijos de Dios vivan desilusionados y desesperanzados.

En el caso de Ana, esta experiencia la había llevado a aprovechar la oportunidad para presentar su problema ante Dios. La Biblia nos dice que, estando en el Templo, oró así: “Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida…” (vers. 11)

Un día me pregunté si era correcto pedir un hijo. Con mi esposa tuvimos la amarga experiencia de perder un bebé de tres meses de gestación. Era el primero, o la primera –nunca lo supimos–, y para nosotros, pasó de ser la alegría más grande que habíamos experimentado a ser la tristeza más grande jamás vivida. Mientras hacía mi Maestría, uno de los profesores habló de la experiencia de Ana. Yo me quedé después de terminada la clase para conversar con mi profesor. Le pregunté: “Si le pido un hijo a Dios, ¿estaré forzando su voluntad? Yo deseo tener un hijo para que sea un hijo de Dios, pero ese es mi temor”. Mi profesor vio que por mis mejillas caían las lágrimas y me respondió: “Puedes pedirle un hijo como Ana. Él sabe que será un hijo suyo para salvación”.

Cuando llegué al departamento que alquilábamos con mi esposa, hablé con ella y oramos. Dios respondió esa oración y no solo, al tiempo de la vida, nació nuestro primer hijo, sino que el Señor también nos dio un segundo hijo cuatro años después; dos hijos varones que lo aman por sobre todas las cosas.

Hoy nuestros hijos crecen y llenan de alegría nuestras vidas. Nos hemos visto con ese profesor y nos alegramos por la experiencia que Dios nos permitió compartir.

No puedo olvidar la oración de Ana. Sin duda, Dios conocía su aflicción, sabía de su pena y su frustración; y en el tiempo preciso, respondió su plegaria (vers. 20). Dios tiene el poder para responder todas las oraciones que elevamos a él, incluso responde también aquellas que nos parecen imposibles. Cuando hay circunstancias imposibles, podemos mirar por sobre ellas.

Dios permite que, al igual que Ana, pasemos por momentos difíciles, incluso situaciones humillantes como fue el caso de ella. La historia señala que Ana tuvo más hijos después de Samuel. ¡Dios responde! ¡Restaura! Está más dispuesto a ayudarnos de lo que pensamos, solamente está esperando el momento preciso para hacerlo.

La oración de Ana nos enseña a esperar, a confiar, a buscar con certeza y seguridad a pesar de nuestras circunstancias; pues él, el Todopoderoso, el Hacedor de todas las cosas, nos oye. La aflicción de uno de sus hijos no queda en el olvido. Su perfecto registro conoce y atiende cada una de las plegarias que, con honesta sencillez, han sido presentadas ante el trono de la gracia.

Cada día lo veo en mi hijito y en su hermano; Dios responde. Tengo la convicción que, juntos, estaremos en pie cuando venga Jesús y nos lleve al Hogar que nos ha preparado.

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