El arte de victimizarse todo el tiempo.

Vamos a considerar una distorsión cognitiva, o forma tóxica de pensar, que puede ser difícil de entender o aceptar especialmente para quienes son creyentes en Dios.

Nos referimos a la falacia de justicia, que es la creencia rígida que puede tener una persona de que todo debe ocurrir de la manera que considera justa; es decir, según su propia norma de justicia. Cuando las cosas no salen así, quien adolece de este tipo de pensamiento sufre estados intensos de frustración e ira.

El psicólogo español Pedro Jara Vera expresa muy atinadamente el problema de esta forma de pensar en la siguiente declaración: “Nuestro concepto de lo justo es patológico cuando al medir con él la realidad, y ello incluye el comportamiento real de las demás personas, nos conduce a experimentar más sufrimiento del que, a menudo, es ciertamente inevitable”. La realidad nos muestra que todos, en algún momento, enfrentamos situaciones de sufrimiento; el dolor es parte inevitable de esta vida. Y muchas veces puede ser a causa de una situación “injusta”. Pero, si el concepto de justicia de alguien es tan rígido que no le permite aceptar esta realidad, esa persona se estará asegurando una cuota extra de sufrimiento.

La madurez emocional y espiritual permite a una persona afrontar saludablemente las situaciones que percibe como injustas”.

Expresiones características de esta forma de pensamiento son: “No es justo”; “No hay derecho”; “¿Por qué a mí?” En estas expresiones se puede observar dos elementos clave para entender y aprender a afrontar esta distorsión cognitiva.

Primero, naturalmente el ser humano tiene la expectativa de que la vida sea justa, de que la realidad tenga sentido y coherencia; su salud mental lo necesita. Pero el punto aquí es cómo construye esos parámetros, en qué se basa para establecer que algo sea justo o injusto. Siempre es saludable revisar nuestro concepto de justicia. La Biblia nos recuerda cómo Jesucristo trajo luz al respecto, para las personas que se sentían las más justas de la Tierra (algunas, sin duda, con toda sinceridad).

En segundo lugar, siempre que es afectado algo que apreciamos, la tendencia humana es a “reclamar”, o protestar. Esto es normal, y muchas veces necesario; pero en su nivel adecuado y funcional. Si tal reclamo bloquea a la persona, no le permite funcionar debido al enojo, la frustración o la impotencia, entonces ya no es una reacción saludable.

La madurez emocional y espiritual permite a una persona afrontar saludablemente las situaciones que percibe como injustas. Por un lado, tiene la grandeza necesaria, es decir, la humildad, para revisar su concepto de justicia. Por otro, tiene la flexibilidad necesaria –caracterizada por las capacidades de aceptación y creatividad– para manejar aquellas situaciones que confirme como injustas.

Recuerdo cuando, en un grupo de terapia, una joven, luego de relatar algunas situaciones muy dolorosas que le había tocado sobrellevar en su vida, expresó serenamente: “Pero yo cambié mi pregunta. Ya no cuestiono ‘¿Por qué a mí?’ Ahora mi pregunta es: ‘¿Por qué no a mí?’ ” Con una mirada profunda y en paz, expresaba de esta manera su convicción de que nada le podía aportar el estancarse en la posición de víctima. Había decidido preguntarse “¿Por qué no a mí?”, como expresión de reconciliación con la vida, para continuar luchando por aquello que todavía valía la pena.

Decíamos al principio que la falacia de justicia puede ser especialmente difícil de reconocer y de aceptar para quienes son sinceros creyentes en Dios. Es que el creer en un Dios justo, que gobierna con justicia y que da a todo un orden perfecto, puede conducir inconscientemente a la rigidez del pensamiento de “Recompensa por portarse bien” y “Castigo por portarse mal”. Pero el estudio profundo y sincero de la Palabra de Dios nos deja esto en claro.

Lo podemos aprender especialmente en el libro de Job, en el cual se revela que Dios ve las cosas de una manera más amplia y profunda de lo que el ser humano puede ver, y por lo tanto siempre podemos confiar en su justicia, aunque las apariencias sean contradictorias. Y también podemos aferrarnos de la declaración, llena de fe y de salud mental, del apóstol Pablo: “Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan para bien” (Rom. 8:28). RA

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