Comentario lección 3 – Tercer trimestre 2016

La lección de esta semana representa un tremendo sacudón para nuestra conciencia. Es un llamado a ejercer la solidaridad social y la justicia, y a defender de manera muy proactiva al pobre, al necesitado, frente a las injusticias perpetradas contra él. A su vez, nos previene contra una religión hipócrita, poco genuina, que en vez de ser una fuerza para transformar el carácter y hacer el bien se constituye en un mecanismo de evasión de nuestras responsabilidades sociales y humanitarias, bajo la supuesta legitimación de nuestra vida piadosa.

A continuación, me limitaré a presentar prácticamente todos los textos bíblicos que se encuentran en nuestra lección, para luego hacer un comentario general que englobe los grandes conceptos que aquí se encuentran:

“Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. A ninguna viuda ni huérfano afligiréis. Porque si tú llegas a afligirles, y ellos clamaren a mí, ciertamente oiré yo su clamor” (Éxo. 22:21-23).

“No seguirás a los muchos para hacer mal, ni responderás en litigio inclinándote a los más para hacer agravios; ni al pobre distinguirás en su causa. Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado, vuelve a llevárselo. Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás sin ayuda? Antes bien le ayudarás a levantarlo. No pervertirás el derecho de tu mendigo en su pleito. De palabra de mentira te alejarás, y no matarás al inocente y justo; porque yo no justificaré al impío. No recibirás presente; porque el presente ciega a los que ven, y pervierte las palabras de los justos. Y no angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto” (Éxo. 23:2-9).

“Y no rebuscarás tu viña, ni recogerás el fruto caído de tu viña; para el pobre y para el extranjero lo dejarás. Yo Jehová vuestro Dios” (Lev. 19:10).

“El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor; mas el que tiene misericordia del pobre, lo honra” (Prov. 14:31).

“Conoce el justo la causa de los pobres; mas el impío no entiende sabiduría” (Prov. 29:7).

“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas” (Éxo. 20:8-10).

“Seis años sembrarás tu tierra, y recogerás su cosecha; mas el séptimo año la dejarás libre, para que coman los pobres de tu pueblo; y de lo que quedare comerán las bestias del campo; así harás con tu viña y con tu olivar” (Éxo. 23:10, 11).

“Oíd esto, los que explotáis a los menesterosos, y arruináis a los pobres de la tierra, diciendo: ¿Cuándo pasará el mes, y venderemos el trigo; y la semana, y abriremos los graneros del pan, y achicaremos la medida, y subiremos el precio, y falsearemos con engaño la balanza, para comprar los pobres por dinero, y los necesitados por un par de zapatos, y venderemos los desechos del trigo? Jehová juró por la gloria de Jacob: No me olvidaré jamás de todas sus obras” (Amós 8:4-7).

“¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desposeídos! ¡Levanta la voz, y hazles justicia! ¡Defiende a los pobres y necesitados!” (Prov. 31:8, 9, NVI).

“No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes. Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas. Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda” (Isa. 1:13-17).

“Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado. Que me buscan cada día, y quieren saber mis caminos, como gente que hubiese hecho justicia, y que no hubiese dejado la ley de su Dios; me piden justos juicios, y quieren acercarse a Dios. ¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y oprimís a todos vuestros trabajadores. He aquí que para contiendas y debates ayunáis y para herir con el puño inicuamente; no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto. ¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová? ¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad; y si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan. Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar” (Isa. 58:1-12).

“En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (Hech. 20:35).

“Defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso” (Sal. 82:3).

Estos textos del Antiguo Testamento presentan, de manera profusa, la preocupación que hay en el corazón de Dios por los más desvalidos, por los más necesitados, por los más golpeados por las desigualdades sociales. Vemos que esta preocupación se reitera una y otra vez, desde la legislación mosaica, pasando por los libros sapienciales, hasta llegar a los profetas, que denuncian las injusticias sociales.

Creo que de estos abundantes textos del Antiguo Testamento se desprenden tres grandes conceptos acerca de la misericordia y la justicia social, de los cuales podemos extraer enseñanzas y aplicaciones para nuestro papel, como iglesia, en favor de la comunidad. Estos conceptos tienen que ver con un llamado a una alta ética personal, comunitaria y aun política:

1) Solidaridad social, misericordia: Los textos de la legislación mosaica que hemos transcrito arriba nos hablan de medidas sociales que Dios mismo tomó y transmitió a su pueblo para asegurar el bienestar de los pobres, los huérfanos, las viudas, los inmigrantes, los esclavos. Dios tenía un proyecto comunitario, social, para su pueblo. Un proyecto que reflejaba, por un lado, su carácter de amor, justicia y compasión; y por otra parte tenía en cuenta las realidades humanas, las fuerzas de los paradigmas, y toleraba situaciones no ideales (la esclavitud, por ejemplo) por causa de la “dureza” del corazón de los hombres (Mat. 19:8), pero tomaba medidas para atenuar el dolor producido por esas situaciones no deseadas por Dios. Es decir, estaban destinadas a poner un límite al abuso contra estos seres menos favorecidos de la sociedad.

Eran medidas que estaban destinadas a fomentar un carácter bondadoso, misericordioso, compasivo, en el pueblo de Dios; a arrancar a su pueblo del egoísmo, la dureza de corazón, la insensibilidad, el individualismo, para preocuparse por los que se encontraban en una situación peor que ellos, y les tendieran una mano amiga, misericordiosa.

2) Justicia social: A su vez, hay declaraciones muy enérgicas, enfáticas, expresadas con “tono de trompeta”, no solo contra la falta de sensibilidad social, sino también especialmente contra la injusticia social proactiva; contra la opresión, el abuso, la discriminación, el perjurio, el engaño, la explotación.

Quizás el versículo que mejor exprese esta preocupación y esta indignación de Dios por la injusticia social sea el de Proverbios 31:8 y 9:

“¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desposeídos! ¡Levanta la voz, y hazles justicia! ¡Defiende a los pobres y necesitados!” (NVI).

Es un vehemente llamado no solo a no cometer uno mismo injusticias y abuso contra los pobres y los más débiles, sino a comprometerse activamente, valientemente, en la defensa de los derechos de los desposeídos y los indefensos. En ser “la voz de los que no tienen voz”.

3) Religión verdadera versus evasión mística: El otro concepto muy fuerte que aparece especialmente en los textos de Isaías citados en nuestra lección (también Oseas habla en el mismo sentido) es el de la denuncia de una religiosidad egoísta, aburguesada, que piensa que el bien supremo religioso es el de una “piedad” personal, el cultivo de una aparentemente profunda relación con Dios por medio del cumplimiento estricto de actividades específicamente “religiosas” (como presentar ofrendas, dar el diezmo, guardar el sábado, asistir a todos los cultos, ayunar, cumplir con el “estilo de vida” de la religión a la cual uno pertenece), pero que a la hora de la verdad tiene muy poco efecto en el carácter, en la vida moral y social, en el amor concreto al prójimo necesitado. Tal religión es, en realidad, una forma de evasión mística de la realidad, de las propias responsabilidades éticas y sociales, que busca legitimar estas faltas con un despliegue ostentoso de “piedad devocional”, en vez de una “piedad práctica”.

Es que, si tuviésemos que sintetizar el meollo de esta lección, esta nos muestra que, en definitiva, la vida religiosa tiene como fin último no meramente asegurarse la salvación personal, eterna (y a lo sumo de nuestros seres queridos), sino lograr una transformación moral en cada uno de nosotros. Tiene como propósito principal ser “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Rom. 8:29), convertirnos en seres llenos de amor, de compasión y de justicia, como lo es Dios, como lo es Jesús.

Por importante e imprescindible que sea el tema y la experiencia de la justificación por la fe (y lo es), el fin último del trato de Dios con nosotros y del plan de la salvación es la santificación: convertirnos en personas realmente buenas, solidarias, valientes para ayudar al necesitado y aun para defenderlo contra las injusticias sociales, de ser necesario. Y es esa santificación, ese amor en acción, lo que demuestra la validez, lo genuino de nuestra experiencia religiosa, y lo que realmente puede glorificar a Dios en el mundo:

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:16).

 

APLICACIONES CONCRETAS EN LA ACTUALIDAD

Estos textos y estos conceptos que se extraen de ellos nos confrontan con nuestra realidad como iglesia y como hijos de Dios, y suscitan una serie de interrogantes acerca de nuestro papel, como iglesia, en favor de la comunidad.

1) ¿Cómo manejo mi mayordomía económica? ¿Creo que mi dinero es mío, para gastarlo en lo que me plazca, procurando bienes cada vez más caros, ostentosos (casas, muebles, ropa, automóviles, aparatos electrónicos, viajes frecuentes al exterior, etc.)? ¿O entiendo que (además de responsablemente procurar el sustento de mi familia), mi dinero no me pertenece, sino que me es dado por Dios (dentro de lo que me permita mi economía) para ayudar al necesitado “digno”, que no puede momentáneamente (o permanentemente) valerse por sí mismo, y que me necesita?

“El dinero tiene gran valor porque puede hacer mucho bien. En manos de los hijos de Dios es alimento para el hambriento, bebida para el sediento y ropa para el desnudo. Es una defensa para el oprimido y un medio para ayudar al enfermo. Pero el dinero no es de más valor que la arena, a menos que sea usado para satisfacer las necesidades de la vida, bendecir a otros y hacer progresar la causa de Cristo” (Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 286).

Dice la Palabra de Dios: “Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová” (Sal. 41:1). Pensar en el pobre puede significar, con seguridad, no meramente dar una limosna cuando me “topo” con un pobre que me pide, sino proactivamente planificar formas de ayudar a prójimos necesitados que conozco o embarcarme en algún proyecto de ayuda de la iglesia o incluso de otras organizaciones solidarias.

Significa que, en forma personal y como iglesia, tenemos que colocar la asistencia social como una de las prioridades de nuestra misión, a la par que realizamos la predicación oral del evangelio, tan imprescindible como es, pero que no excluye ni está en competencia con la predicación práctica, concreta, del evangelio, a través de actos de amor abnegado en favor de los más golpeados por la vida.

2) ¿Debe la iglesia inmiscuirse en las luchas sociales? ¿Debe alzar su voz contra medidas económicas y políticas opresivas o injustas dirigidas contra individuos o algún sector de la población? Cuando en nuestros países latinoamericanos, durante la época de las dictaduras militares (décadas del ’60 al ’80), se secuestraba, torturaba y asesinaba a los disidentes políticos sin ningún juicio legal previo (o, aunque lo hubiera habido), o a miembros de grupos subversivos o personas directamente o remotamente relacionadas con ellos, ¿debíamos guardar silencio, como si fuese algo que no nos afectara o no nos correspondiera (como en general, lo hicimos)? ¿O debíamos haber protestado, alzado nuestra voz, para defender los derechos humanos contra los crímenes de lesa humanidad que se cometieron? Y aquí no es una cuestión de que la iglesia se haya alineado con ninguna bandera política, sino con la humanidad misma y su dignidad, con los derechos humanos.

Es muy conocida, pero por tal no poco oportuna y aleccionadora aquella declaración de Martin Niemöller (1892-1984), aquel pastor luterano que pertenecía a la resistencia durante la Alemania nazi:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista;

“Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata;

“Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista;

“Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío;

“Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.

Y, sin llegar a estos extremos aberrantes por los cuales atravesó la humanidad, ¿deberíamos, como individuos y como iglesia, ejercer una acción política para promover la justicia social, para protestar contra políticas económicas opresivas, gobiernos corruptos, etc.?

Las respuestas no son fáciles. En pos de estos ideales, algunos religiosos han formado parte de la lucha armada durante la época de las dictaduras militares, para oponerse a ellas, desnaturalizando así la misión de amor y reconciliación entre los hombres del evangelio, y fomentando más bien el odio que el amor. Pero, ciertamente la iglesia ganaría mucha más autoridad moral frente al pueblo si este sintiera que ella se identifica con sus problemas, con sus sufrimientos, y se convierte en una “voz para los que no tienen voz”, en su defensora frente a la injusticia. En un sentido, podría entorpecer la obra del evangelio (si eso implicara que algún Gobierno se nos pusiera en contra o aun nos persiguiera); pero por otro lado favorecería mucho esta obra en el corazón del pueblo, que sentiría que la iglesia representa el amor de Dios, y su deseo de que sea feliz y tenga bienestar. Los profetas del Antiguo Testamento (y, como veremos más adelante, Juan el Bautista y Jesús mismo) no hicieron “cálculos” políticos antes de alzar su voz para denunciar las injusticias y la opresión. Su voz, en estas cuestiones, tenía sonido de trompeta y no de tímido susurro y de lo “políticamente correcto”.

3) ¿Podría ser que, en definitiva, a Dios no le interese tanto nuestra “religiosidad” (entendida como el “cumplimiento” de los “deberes eclesiásticos”, un despliegue de actos piadosos devocionales) como nuestra conducta ética y nuestro amor al prójimo traducido en una activa y ferviente solidaridad social? ¿Podría ser que aquel ateo, o agnóstico (que haya llegado a esa condición por motivos comprensibles, de los cuales a veces somos responsables los mismos religiosos, por nuestra inconsecuencia o por tergiversar el carácter de Dios con una religión farisaica, a su vez opresiva), que no profesa creer en Dios pero que tiene un corazón genuinamente amante, solidario, preocupado por el prójimo, esté en realidad más cerca de Dios que aquellos de nosotros que parecemos muy “piadosos” pero que tenemos una fe egoísta, preocupada sola o mayormente por nuestra salvación personal, pero sin amor verdadero por el necesitado? Probablemente, en el cielo nos llevemos muchas sorpresas.

Que Dios nos dé, por su Espíritu Santo, la medida justa de discernimiento para no perder de vista el mensaje central del evangelio, que NO SON NUESTRAS OBRAS DE BIEN (todas manchadas por nuestra condición pecaminosa), sino LA OBRA REDENTORA DE CRISTO y la acción regeneradora de su Espíritu, a la vez que podamos entender que el objetivo supremo del evangelio, de esa obra redentora, es que aprendamos a amar, en forma concreta, a nuestro prójimo, con actos solidarios que tiendan una mano al verdaderamente necesitado de nuestra ayuda.