Continuamos analizando algunas de las formas tóxicas de pensar, y la orientación que nos da la Biblia al respecto.

Este mes, vamos a examinar el esquema de pensamiento llamado “sobregeneralización”, o “generalización excesiva”. Se trata del error de sacar apresuradamente conclusiones generales a partir de hechos particulares. Es decir, parafraseando el conocido proverbio, creer que todo el bosque es como el único árbol que estamos considerando en ese momento.

Al pensar de esta manera, la mente se encierra en apresuradas, superficiales e injustas conclusiones. Por ejemplo, si alguien en quien confiaba me falló, me encierro en la idea de que ya no se puede confiar en nadie y que absolutamente todos son falsos. O si fracasé en algún proyecto, siento que siempre he fracasado, o que nunca podré tener éxito en lo que intente.

Así, pueden observarse en estos ejemplos básicos cuatro palabras destacadas: “Nadie”; “Todos”; “Siempre”; y “Nunca”. Es que el estilo de pensamiento “sobregeneralizado” se caracteriza por el uso lapidario de términos absolutos como estos.

Entonces, esta forma rígida de pensar cierra la puerta a nuevas posibilidades. Porque el creer que las cosas van a ser iguales siempre condiciona para que continúen sucediendo de la misma manera. Es algo así como una profecía autocumplida. Si creo que la gente siempre me va a fallar, me voy relacionar con los demás con desconfianza, lo que de por sí generará un clima en el cual una relación no puede prosperar saludablemente. Lo más probable es que esa relación nuevamente me resulte frustrante. O si creo que porque algo me salió mal siempre me voy a equivocar, estoy condicionando mi ánimo de una manera negativa, generando yo mismo un estado de inseguridad que afectará mis capacidades para desempeñarme exitosamente. Entonces, no es que no pueda, sino que creo que no puedo y actúo en función de esa creencia falaz.

“…creer que todo el bosque es como el único árbol que estamos considerando en ese momento…”

Además, esta forma tóxica de pensar no solo genera “profecías de autocumplimiento” para el que la padece, sino también para las personas con las que se relaciona, especialmente los más cercanos. Por ejemplo, cuando una de esas personas lo defrauda, puede ser que le dirija expresiones apresuradas e impacientes, como: “Siempre eres el mismo”; “Tú nunca vas a cambiar”, o frases por el estilo. Estas expresiones negativas no son gratuitas, y de alguna manera afectan a quien las recibe. Y, cuando estas declaraciones sobregeneralizadoras tienen como objeto a los niños, con su frágil psiquismo, el daño es aún mayor. Ese niño crecerá convencido de que no puede cambiar.

Podría decirse que el pensamiento sobregeneralizador es el padre de la desesperanza: si creo que las cosas siempre serán iguales, ¿qué puedo esperar de bueno? Realmente, se trata de una trampa mental muy triste. Recordemos que la desesperanza subyace en el corazón de todo estado depresivo.

Pero, aún más profundamente, quien sobregeneraliza toma una prerrogativa que solo corresponde a Dios. ¿Quién es el ser humano para sentenciar que las cosas siempre serán de tal o cual manera; o que alguien nunca podrá cambiar; o que todos son de esta manera o de aquella? ¿No suena esto un poco omnipotente? Sin darse cuenta, el ser humano que sobregeneraliza incurre en este error espiritual: pretender conocer algo que solamente Dios conoce; declarar algo que solo Dios tiene la autoridad de declarar.

Y, lo que declara el Señor cuando se quiere referir al futuro de sus hijos, al tuyo y al mío, no es una conclusión apresurada y superficial, sino una profunda convicción nacida de su amor y su poder: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes –afirma el Señor–, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jer. 29:11, NVI). Esto es lo que piensa Dios acerca de cómo seguirán las cosas en tu vida y en la de tus seres queridos, si le permitimos intervenir. Y sabemos que sus pensamientos son la realidad en potencia: si Dios lo piensa así, podemos considerarlo ya como un hecho. ¡Él sí que sabe lo que puede suceder y cómo pueden llegar a ser las cosas!

¿Te están hundiendo tus sobregeneralizaciones en el desánimo? ¿O quizás están afectando a aquellos que más quieres? ¡Deja, entonces, que hable quien realmente sabe!RA