Siempre hubo preocupación por los jóvenes. Hoy, con todo el cambio tecnológico evidenciado en esta época, los padres y la iglesia están más aprensivos acerca de la vida religiosa de sus hijos y su participación activa en los asuntos de Dios. Las miradas son duales: mientras que muchos dicen que los jóvenes de hoy están “perdidos”, otros creen en esta generación, con su gran potencial.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día está atenta a los cambios y las exigencias del mundo moderno, y en las próximas líneas responderé a preguntas clave de la vida de los jóvenes adventistas, y presentaré algunos sueños para esta generación.

¿Cómo veo a los jóvenes sudamericanos?

Los veo como un gran ejército del bien. Son curiosos, están conectados, tienen mucha iniciativa, están inconformes con las injusticias y las desigualdades, y detestan la hipocresía. Todo esto hace que esta generación tenga un potencial tremendo para involucrarse en grandes movimientos en pro del otro.

Debemos, como iglesia, continuar desarrollando en cada joven el ideal del servicio, basado principalmente en su intimidad diaria con Dios, a través del estudio de la Biblia y la oración. El ser siempre viene antes del hacer. A los jóvenes les gusta, y necesitan, relacionarse con otros jóvenes; por eso ocurrió la explosión y el auge de las redes sociales. No necesitamos salir de las redes, pero debemos intensificar el encuentro cara a cara.

Por eso, debemos proporcionar espacios de encuentro semanales, donde el vivir en comunidad sea el estilo de vida predominante. En este encuentro, la vida devocional es incentivada, las relaciones se profundizan y los dones son desarrollados.

Con una fuerte comunión diaria y relaciones saludables, el papel de la misión en la juventud será algo natural. Aquí entra el testimonio en sus diversas dimensiones, y el compromiso en proyectos de misión.

Podemos dividir la propuesta de misión a partir de Hechos 1:8, que dice que seremos testigos. Veamos los proyectos según los lugares mencionados.

  • En Jerusalén: Cumplir con la misión adoptando a un amigo y testificándole acerca de Jesús.
  • En Judea: Participando de la Misión Caleb.
  • En Samaria: Dedicando un año en misión.
  • Hasta los confines de la Tierra: Embarcándose en el servicio voluntario y yendo al trabajo en ultramar. Todo esto representa el “hacer discípulos” a través de la Comunión, las Relaciones y la Misión.

¿Cómo equilibra el Ministerio Joven la promoción de eventos y programas de larga duración?

El desafío del Ministerio Joven es grande. Una de las principales batallas es desarrollar en cada joven el valor de programas más largos y duraderos, que causen efecto directo en la población de afuera de la iglesia. La Misión Caleb es uno de esos programas de la iglesia que llegó para quedarse, que dirige la atención a que, con los recursos que tenemos, podamos ayudar a personas necesitadas.  Sin duda, los proyectos con fuerte énfasis en la misión hicieron posible alcanzar a personas a las cuales antes no teníamos acceso. El beneficio que generan es tan grande que va más allá: además del impacto del servicio a la persona que necesita ayuda, también transforman la mentalidad de nuestros jóvenes al involucrarlos directamente en el cumplimiento de la misión. Luchar por la salvación del prójimo nos acerca a Jesús.

Por otro lado, existen además los eventos y los encuentros, que también tienen su espacio. No vamos a dejar de realizarlos, pero siempre manteniendo clara la conciencia de que son una parte, en medio de un todo mayor.

Es importante, como líderes, mirar a la juventud como protagonistas en el quehacer de la iglesia, y no como meros espectadores. Al vivenciar eso en la cotidianidad de la iglesia, la balanza entre programas duraderos y eventos estará equilibrada. Es el objetivo centrado en la misión el ingrediente de equilibrio.

¿Qué significa ser mentor de los jóvenes?

Quien mira desde afuera puede no imaginar la dimensión del Ministerio Joven. Además de los momentos de celebración y de toma de decisiones, existe un esfuerzo directo y concentrado en la formación de líderes. Ese esfuerzo comienza en la Biblia, cuando centenares de personas estudian la Palabra de Dios para obtener cada vez mayor claridad acerca del rumbo que Dios quiere que tomemos. Enseguida, diseñamos un plan de formación amplio, que pueda ser usado en cualquiera de los ocho países de la División Sudamericana. Una vez que el diseño está listo, llega la hora de concebir acciones concretas, con objetivos claros, capaces de formar hombres y mujeres para el servicio de Dios.

Una de esas acciones es el ser mentores de los jóvenes, proceso en que un grupo de jóvenes es aconsejado y dirigido por alguien con más experiencia, que carga sobre sí marcas más profundas de la vida cristiana.

¿Son los jóvenes diferentes en las distintas regiones?

Los jóvenes son similares en todo lugar. Tienen las mismas necesidades, los mismos sueños, y las características esenciales que hacen a un joven.

Al mismo tiempo, existen regionalismos en el estilo de pensar y vivir el cristianismo. Esto se vuelve un desafío importante a la hora de lanzar algunos proyectos e iniciativas; por eso, la planificación y el diseño de la concepción total por detrás de cada caso insume tanto tiempo y oración.

Este mundo de la interactividad virtual y el acceso rápido a la información nos estimula a incentivar a estos jóvenes al uso de este potencial para el bien. A semejanza de otros continentes, la mayor parte de las personas vive concentrada en las grandes ciudades, lo que la mayoría de las veces vuelve la vida solitaria y en permanente desconfianza del otro. Por esta razón, reitero la necesidad de cultivar las relaciones auténticas, construidas al compartir la fe y la vida en comunidad.

El desafío es grande, cuando pensamos en ser relevantes en 140 caracteres (como en Twitter), o videos de 15 segundos (como en Instagram). Pero, lo más importante es tener a los jóvenes como protagonistas de esta acción, en el mar de la conectividad que ellos manejan bien.

El joven adventista ¿confía en la Iglesia Adventista?

Una investigación realizada en 2008 en la República del Brasil (que incluyó a 25.538 jóvenes de 2.094 iglesias) determinó que los jóvenes adventistas tienen un alto porcentaje de confianza en el liderazgo o en la institución adventista, así como confianza en su pastor y también en la Junta de la Iglesia y su primer anciano. Al mismo tiempo, la influencia de la tendencia mundial hacia una falta de credibilidad hace que aparezcan algunos cuestionamientos por parte de nuestros jóvenes.

Tres cosas son vitales en esta cuestión. Primero, como líderes, tenemos que evidenciar coherencia entre el discurso y la práctica; no hay otra opción. Los jóvenes tienen un “sensor” a flor de piel para detectar quién es auténtico. Segundo, necesitamos pasar más tiempo en diálogo con la juventud, creando espacios de conversación abierta; y oírlos más. Tengo la certeza de que si escucháramos más acertaríamos más. En tercer lugar, dar al joven el verdadero lugar que merece: participante activo, protagonista, y no simplemente un espectador.

Mi formación y mi ministerio: conexión con los jóvenes

Me gustan mucho las actividades de aventura; los desafíos me apasionan. Disfruto de hacer amistades y conocer nuevas personas; estas son características de los jóvenes, y esto me conecta bastante con ellos. Me agrada mucho conversar con ellos, y oír experiencias de fidelidad y de compromiso con la misión. Pero algo que favoreció mi formación espiritual cuando era más joven fue el total apoyo del liderazgo de mi iglesia local en las actividades, los planes y los proyectos que teníamos como grupo joven. Por eso entiendo bien cuando existe apoyo o cuando falta; cuán decisivo es en la formación de un joven, y en su total compromiso con Jesús y con la iglesia.

Una experiencia que quisiera haber vivido

Sin duda alguna, es el programa Un año en misión. Es un año entero, 365 días, en que el joven deja su realidad de estudios, trabajo, familia y amigos, y se lanza a una circunstancia totalmente desconocida de servicio. Un servicio para gente que nunca vio, gente que no lo conoce; gente que tiene necesidades y que el joven adventista pude transformar para mejor. El voluntario sale de casa con la ropa en la valija, la Biblia en la mano, el sueño en el corazón, y Dios al mando, y va para cumplir la orden del Maestro de ir y hacer discípulos (Mat. 29:19, 20). Hasta hoy, no sabemos cuáles son los testimonios más fuertes: si los de los atendidos o los de los voluntarios. Después de un año, el joven se vuelve otra persona, en quien florece el amor al prójimo; más generoso, más misericordioso, más parecido a Cristo. ¿Qué más podríamos querer? RA