Comentario lección 12 – Segundo trimestre 2016

 

Con esta lección, ingresamos en los que quizá sean los momentos más sublimes registrados de la vida de Jesús sobre la Tierra. Porque en ningún momento refulge más la grandeza del carácter de una persona que cuando es puesta a prueba, cuando está en medio de conflictos, presiones y sufrimiento, y aun así continúa siendo alguien noble, puro, bondadoso, lleno de amor. Y, como dice el Evangelio de Juan: “Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1). Hasta el fin. Hasta las últimas consecuencias. Hasta la traición de Judas. Hasta la negación de Pedro. Hasta la lucha terrible del Getsemaní y, como veremos la semana que viene, hasta la Cruz. Y todo, por una inmensa mayoría de personas que nunca habrá respondido a su amor. Lo más maravilloso es que en esos “suyos”, que menciona el versículo que acabamos de citar, estamos ustedes y yo. Por eso, nunca debemos dudar de su amor por nosotros, porque en los peores momentos de su vida, cuando todo le decía a gritos que debía abandonar esa empresa costosísima para él, de nuestra redención, él nos seguía amando. Y, por supuesto, lo sigue haciendo aún hoy, porque “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb. 13:8).

La lección de esta semana no se centra solo en Jesús sino también en tres personas que aparecen en relación con él en la semana de la Pasión: María Magdalena, Judas y Pedro. Cada uno de ellos con una problemática espiritual y cada uno de ellos –como señala nuestra lección– con un uso particular del don de la libre elección, el libre albedrío. Uso que determinó, para cada uno de ellos, no solo su destino terrenal sino también eterno. Como lo determinará el uso que cada uno de nosotros haga de su libertad de elegir, que tenemos gracias a la obra del Espíritu Santo en nosotros. Y, por sobre todas las cosas, lo que determinó ese destino y determinará el nuestro es nuestra actitud frente a Jesús, nuestra relación con él.

 

MARÍA: “HA HECHO CONMIGO UNA BUENA OBRA” (Mat. 26:6-13)

Jesús es invitado por Simón el fariseo, ex leproso gracias al poder sanador y al amor de Jesús, a una cena en su casa. Allí, mientras los hombres reunidos comen aparte de las mujeres y los niños –según las costumbres de la época–, de repente María (hermana de Marta y Lázaro, y muy probablemente pariente directa de Simón) hace todo lo que se supone que no debe hacer una mujer de su época, y menos una mujer decente: se mete donde no debe meterse (estar donde hay un conjunto de hombres presentes), se suelta y exhibe su cabello en público (costumbre más bien típica de las mujeres “ligeras” de la época), se sienta a los pies de un maestro religioso, toma sus pies y los besa (¿podía haber algo más escandaloso?) y, para rematar, derrocha el dinero correspondiente a casi un año de trabajo (probablemente de dudosa procedencia, fruto de su antiguo “empleo” por el cual Simón la había calificado en esa misma cena de “pecadora” [Luc. 7:39]) en algo tan “banal” como rociar la cabeza y los pies de Jesús, cuando si hubiera tenido una visión de la vida más “realista”, “pragmática” y “responsable”, habría usado ese dinero para ayudar a los pobres, como hipócritamente sugirió Judas, el tesorero de iglesia ladrón (Juan 12:5).

En otras palabras –y sin pretender ser dogmático en esto–, María parece exhibir, en su comportamiento, resabios de su probable antigua vida de pecado, expresiones culturales liberales propias del estilo de vida pecaminoso al cual había estado acostumbrada.

Simón el fariseo la critica en su corazón (Luc. 7:39), Judas la denuncia abiertamente y logra que la comidilla cunda entre los discípulos, allí presentes (Mat. 26:8). María se llena de vergüenza, porque la mirada social la considera atrevida, desfachatada, irredenta, y además irresponsable y despilfarradora. El juicio moral de toda la gente allí reunida la culpabiliza y condena. María empieza a dudar de sí misma, a autorreprocharse por su “falta de cabeza”.

Pero, de repente, hay Uno que alza la voz en su defensa. Nade menos que el Único que tenía derecho a juzgarla, porque era Dios encarnado, el Único Juez infalible por ser Dios, infinito en sabiduría e infinito en amor, y que se encarnó y pasó por este mundo difícil como uno de nosotros, y que por eso puede “compadecerse de nuestras debilidades […] (porque) fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15). Y, sobre todo, porque era su Redentor, el Único que la amó tanto como para dar su vida en la Cruz por ella. Y ese Juez dictaminó su evaluación sobre ese acto de María aparentemente contaminado con rasgos de su antigua vida pecaminosa: “¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra” (Mat. 26:10).

¡Qué maravilloso! ¡Cuánto consuelo habrá dado al corazón de María que Jesús pusiera así la cara por ella, que la defendiera de la crítica despiadada de los hombres de corazón duro y farisaico (incluyendo a los discípulos)! ¡Y cuánto consuelo habrá sentido al saber que Jesús no solo aceptaba sino también valoraba y dignificaba su humilde intento de expresarle su gratitud, aunque hubiese sido de la manera más torpe e incluso inapropiada, de acuerdo con los cánones de la época! Que haya dicho que ella hizo “una buena obra”.

Y cuánto consuelo nos da a nosotros hoy, los cristianos que, aunque amamos a Jesús, cuanto más cerca nos encontramos de él más nos damos cuenta de cuán “contaminadas” están nuestras mejores obras, nuestra obediencia, con nuestras subterráneas motivaciones egoístas de todo tipo (deseos de justificarnos delante de Dios y asegurarnos su favor, o de ser reconocidos y valorados por el entorno social de la iglesia, o de autoexaltarnos delante de los demás, etc.), y aun así Jesús, sabiendo nuestra condición, sabiendo que somos “polvo” (Sal. 103:14), acepta, valora y dignifica lo que hacemos. Como un padre que aplaude a su hijito de tres años cuando barre la pieza o tiende su cama, dejando el piso todavía lleno de tierra en algunos rincones o el cubrecama medio torcido, como si hubiese hecho una obra “perfecta”, aun cuando sabe que tiene muchos defectos, pero que es lo mejor que ese pequeño pudo hacer para su edad.

Este es nuestro Redentor. Y por ser así es que merece nuestra adoración, gratitud y devoción más profundas.

 

LA SANGRE DEL NUEVO PACTO Y GETSEMANÍ (Mat. 26:17-29, 36-46)

Jesús pasa los últimos momentos de tranquilidad con los discípulos antes de entrar de lleno en su Pasión. En la Última Cena, en la que se conmemora la liberación del Éxodo mediante la sangre derramada del Cordero, Jesús claramente anuncia su obra redentora y el precio que tendrá que pagar por realizarla: “Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mat. 26:26-28).

Estaba anunciando la Expiación. Esa obra misteriosa y milagrosa, en la que Jesús –aunque no entendamos cómo– experimentó en carne propia la culpabilidad y la condenación de todos y cada uno de los seres humanos que hemos vivido sobre la Tierra (miles y miles de millones de personas a lo largo de la historia). Nuestras miserias, nuestra perversidad, se agolparon, acumularon y apretujaron sobre el corazón de Jesús, y él “herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isa. 53:5, 6). “Al que no conoció pecado, [Dios] por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Probablemente nunca entenderemos –por lo menos de este lado de la eternidad– lo que realmente sucedió allí, lo que experimentó Jesús: la angustia y la desesperación de la separación de Dios el Padre como consecuencia de haberse convertido en nuestro Sustituto y Garante, de haber llevado nuestra condenación en la Cruz. Pero todo esto lo hizo para “remisión” de nuestros pecados. Los expió totalmente en la Cruz. Ya no tenemos por qué seguir portando nuestra carga de culpabilidad y de inseguridad de salvación, porque nuestro perdón, nuestra aceptación, nuestra justificación, fueron asegurados por la muerte expiatoria de Jesús. Hay total liberación de culpa y condenación, y una total convicción de salvación, que emanan de la obra redentora de Jesús en la Cruz.

Pero, para lograrlo, Jesús tuvo que sostener una lucha tremenda en Getsemaní, entre su legítimo y natural instinto de conservación y su deseo de salvarnos y de hacer la voluntad del Padre. Una lucha que le produjo un estado psicológico de tremenda angustia y hasta quizá podríamos decir que ataque de pánico: “Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mat. 26:37, 38; el énfasis es mío). Muchos de nosotros sabemos lo que significa estar en tal estado de angustia que le tenemos “miedo a la vida”, que sentimos que nos “morimos” de angustia. Eso lo experimentó en un grado infinitamente mayor Jesús en Getsemaní, según consta en los versículos que acabamos de citar. Sin embargo, una y otra vez, aunque le pidió al Padre que si hubiese otro camino menos doloroso para salvar al hombre lo exonerase de tan tremendo sacrificio, Jesús se somete al plan de Dios, a su voluntad: “Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (vers. 42). Y esto es lo maravilloso: LA VOLUNTAD DEL PADRE ERA SALVARNOS. Y, porque esa era su voluntad, no había otro camino para Jesús más que dar su vida por nosotros. Es importante decir esto, porque a veces tenemos el concepto, o la imagen mental o la sensación, de que en realidad el que quería salvarnos fue Jesús, y que el Padre a regañadientes acepta el sacrificio de Cristo por nosotros, y que este sacrificio “lo convence” de salvarnos. Cuando, en realidad, fue EL AMOR DEL PADRE POR NOSOTROS lo que lo llevó a entregar a Jesús por nuestra salvación (Juan 3:16).

Tan tremendo fue este conflicto interno, esta angustia sufrida por Jesús, que el médico Lucas nos informa que “estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Luc. 22:44). Probablemente, hematridosis, una condición física provocada por una tensión nerviosa extrema. Pero, aun cuando la copa de la redención vaciló por momentos en su mano en esa hora terrible (White), Jesús reafirmó una y otra vez su compromiso de amor con nosotros, y se entregó finalmente, en forma resuelta, a cumplir su obra expiatoria. Y en esto reside nuestra esperanza de salvación.

 

JUDAS: EL QUE TUVO UN YO DEMASIADO GRANDE PARA DEJARSE SALVAR (Mat. 26:14-16, 21-25, 47-50; 27:3-10)

¿Era Judas peor que Pedro, en el sentido de tener una naturaleza más pecaminosa que él, una mayor culpabilidad? ¿Es peor vender a Jesús por unas pocas monedas de plata que avergonzarse de él y negarlo abiertamente usando malas palabras y maldiciones delante de la gente, como si uno no tuviera nada que ver con él? ¿Fue una mayor gravedad en la naturaleza de sus pecados lo que determinó la condenación de Judas y la salvación de Pedro?

¿No somos todos pecadores? Lo que marca la diferencia entre la salvación de unos y la perdición de otros ¿es que algunos son “menos pecadores” que otros, que sus pecados son menos graves que los de otros?

Esto podría ser así desde la perspectiva humana, pero no de la divina. Todos somos pecadores, y todos nuestros pecados (más graves o más leves, según nuestra consideración) han merecido la justa condenación de Dios, y fueron expiados de igual manera en la Cruz.

Pero lo que marca la diferencia entre la salvación y la perdición no es la naturaleza y la gravedad de nuestros pecados sino nuestro arrepentimiento, nuestro deseo de ser salvados por Jesús y el hecho de que permitamos que así lo haga.

Con toda seguridad, si Judas, impotente y arrepentido, se hubiese acercado a Jesús al pie de la Cruz, o luego de que Jesús resucitara, pidiendo perdón por su traición, confesando su incapacidad para vencer sus defectos de carácter (autosuficiencia, ambición egoísta, deshonestidad, mundanalidad, carnalidad mental, etc.) y pidiendo QUE JESÚS LO SALVARA DE SÍ MISMO, Judas hoy estaría entre los salvados, y su nombre, lejos de connotarnos todo lo que es vil y traicionero, se hallaría entre los nombres de los santos apóstoles de Cristo, columnas de la iglesia. Esa fue la diferencia entre Judas y Pedro: Judas se dejó dominar por la desesperación y por su propio yo, y NO ACUDIÓ A JESÚS para ser perdonado y salvado por él. Ofuscado, se entregó a la dirección diabólica, y terminó quitándose la vida.

 

PEDRO: EL QUE TUVO LA SUFICIENTE HUMILDAD PARA DEJARSE SALVAR POR JESÚS (Mat. 26:30-35, 51-54, 69-75)

Como decíamos recién, quizá los pecados de Judas no eran peores, en sí mismos, que los de Pedro. A lo largo de los evangelios, notamos que Pedro tenía un carácter autosuficiente, arrogante, impetuoso, agresivo, seguramente narcisista, exclusivista, y también pendiente de la aprobación de los demás.

Como muchos cristianos, Pedro tuvo la suficiente valentía para, en una situación de emergencia física, blandir una espada para defender a Jesús, al punto de casi cortarle la cabeza a Malco, el siervo del sumo sacerdote, en Getsemaní (solo le cortó la oreja, de “pura suerte”). Pero, cuando el dedo menos notorio pero más insidioso de la presión social, del ridículo, de la vergüenza pública, empezó a señalarlo en el patio de Anás, Pedro no soportó la desaprobación social, y cobardemente negó tener relación alguna con Jesús. Incluso, para tratar de convencer a esas personas de que él no era discípulo de Jesús, empezó a mimetizarse con el ambiente y a adoptar modismos propios de quien no tiene una relación con el Salvador: malas palabras, maldiciones, juramentos. Prefirió claudicar de su identidad de cristiano para agradar a sus enemigos.

Cuántos de nosotros somos como Pedro. Quizá seríamos capaces de dar testimonio por Cristo en una situación extraordinaria (si quizá nos hicieran un reportaje televisivo en ocasión de algún evento de donación de sangre que suele organizar la iglesia), pero cuando nos encontramos con nuestros familiares, nuestros vecinos, nuestros compañeros de estudios o de trabajo, etc., en la prueba cotidiana, nos avergonzamos de reconocernos cristianos, de sostener los principios de Cristo, de ir a contrapelo de la corriente en cuestiones morales y espirituales. No soportamos contradecir “la mirada del otro” y atrevernos a ser nosotros mismos y, lo que es más importante, manifestar que somos de Cristo.

Pedro negó cobarde y miserablemente a Jesús, cuando más el Salvador necesitaba del apoyo moral de sus amigos frente al rechazo del resto de la gente y frente a la violencia de la cual estaba siendo objeto. Pero Jesús ya le había anticipado que esto sucedería. Y, lo que es más importante, le había asegurado su amor y su perdón incluso antes de que lo negara: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Luc. 22:31, 32).

El relato de Lucas nos informa que, luego de la última negación de Pedro, “vuelto el Señor, miró a Pedro” (vers. 61). Si en esa mirada hubiese habido una expresión de enojo, desprecio o condenación, seguramente el final de Pedro habría sido similar al de Judas (White). Pero evidentemente Pedro pudo ver otra cosa en esa mirada: el amor infinito de Jesús, su inagotable perdón, porque en ese mismo instante en que estaba sufriendo la violencia y el rechazo de los hombres estaba empezando a lograr nuestra redención, incluyendo la redención de Pedro. Jesús lo estaba salvando en ese mismo momento, empezando a experimentar la Expiación.

Mateo nos dice que “entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente” (Mat. 26:75).

Fueron lágrimas de dolor por haberle fallado a su mejor Amigo y a su Salvador. Lágrimas de dolor por darse cuenta de quién era él mismo: tan solo un pobre pecador, degradado, falible, finito, absolutamente necesitado de perdón y de redención. Como todos nosotros. Como ustedes y como yo.

Ya no hay ninguna autosuficiencia en Pedro, ningún motivo de autoexaltación, ningún clamor del yo por ser reconocido. Solo vergüenza propia y necesidad de ser salvado por Jesús. Y eso es lo que hizo, a diferencia de Judas. Se dejó salvar por Jesús. Seguramente no creyó que podría reformarse a sí mismo, cambiar por sí mismo su corazón, su carácter y su conducta. Sencillamente, pero profundamente, con seguridad se entregó en los brazos de Jesús para que él lo salvara, lo transformara, lo purificara, y lo capacitara para ser bueno y para hacer el bien.

 

Que, por la gracia de Dios, cada uno de nosotros reconozca que sin Jesús estamos absolutamente perdidos, juguetes de la voluntad diabólica, llenos de culpas y de miserias, egoístas y degradados, y que nos entreguemos totalmente en los brazos de nuestro Salvador, para permitirle que él haga su obra en nosotros; que nosotros seamos “la obra de Dios” (Francisco de Asís). Que permitamos al Espíritu Santo conducirnos a la humildad del arrepentimiento, del deseo de cambio y crecimiento, a la entrega a su obra regeneradora y a la voluntad de Dios para nuestra vida.

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