Por Joan Sabaté y Sam Soret

Según el relato del Génesis, la dieta original para los seres humanos era diferente de la de los animales. Luego de la Caída, los alimentos para el consumo humano también incluyeron los que estaban reservados originalmente para los animales. Posteriormente, se incorporó a la dieta humana la carne animal. De este modo, se inició la cadena trófica en nuestro planeta. Ahora, los seres humanos no solo estaban comiendo la comida asignada para los animales, sino también a los animales mismos. Esto ha provocado profundas consecuencias.

Hoy en día, el mercado ofrece diversos alimentos para nutrir nuestros cuerpos. Así como los diferentes tipos de alimentos tienen diferentes precios en el mercado, la producción de cada tipo de alimento tiene diferentes costos ambientales. En otras palabras, la huella ambiental y la eficiencia de la producción varían de alimento en alimento. Criar animales para el consumo humano es un proceso intrínsecamente ineficiente.1

A medida que subimos en la cadena trófica, hay cada vez más pérdida de energía y un mayor uso de recursos. Cultivar cereales para alimentar animales para el consumo humano es, obviamente, menos eficiente que usar esos mismos cereales para alimentar directamente a los humanos. La cantidad de cereales necesarios para producir la misma cantidad de carne varía entre un índice de 2,3 para el pollo a 13 para la carne vacuna. Tomando como base los datos agrícolas de California, hemos demostrado que la producción de proteína de carne vacuna requiere una cantidad de tierra 18 veces mayor, 10 veces más agua, 9 veces más combustible, 12 veces más fertilizante y 10 veces más pesticidas que la producción de la misma cantidad de proteína obtenida de frijoles (porotos).2

La carne y los productos lácteos también son responsables por una considerable parte de la carga ambiental que genera la producción de alimentos. Las granjas modernas de animales dañan el medioambiente, por la concentración de desechos animales, y por la afluencia de químicos al agua y al suelo, lo que causa varios problemas, como la contaminación de aguas superficiales y subterráneas, “áreas muertas” oceánicas, degradación del suelo, cambio en los hábitats y pérdida de la biodiversidad. La producción de carne también contamina el aire, por una contribución desproporcional a la emisión de gases de efecto invernadero (dióxido de carbono, metano y óxido nitroso) hacia la atmósfera. Hemos descubierto que las emisiones de sustancias acidificantes, pesticidas y metales tóxicos son respectivamente siete, seis y cien veces mayores para las proteínas de carne comparado con la soja.3 De este modo, la producción intensiva de carne es significativamente más agotadora para el medioambiente que la de alimentos de proteína vegetal nutricionalmente equivalentes.

Así como la producción de carne tiene múltiples efectos perjudiciales para el medioambiente, su consumo tiene efectos nocivos sobre la salud humana. Hallazgos recientes de los Estudios Adventistas de la Salud revelan que quienes llevan una dieta sin carnes gozan de mejor salud y mayor longevidad, y al mismo tiempo tienen una huella de carbono un 30 % menor, comparado con quienes consumen carne regularmente.4 Seguir una dieta sin carnes fomenta tanto la salud humana como la del planeta. Al escoger esta dieta, damos honra a Dios no solo al cuidar nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo, sino también al cuidar el “templo cósmico”, la creación no humana de Dios. RA


Referencias

1 J. Sabaté y S. Soret, “Sustainability of Plant-based Diets: Back to the Future” [La sustentabilidad de las dietas basadas en plantas: Volver al futuro], American Journal of Clinical Nutrition 100 (2014), pp. 476S-482S.

2 J. Sabaté, K. Sranacharoenpong, H. Harwatt, M. Wien y S. Soret, “The Environmental Cost of Protein Food Choices” [El costo ambiental en la elección de alimentos proteicos], Public Health Nutrition 18, N° 11 (agosto 2015), pp. 2.067-2.073.

3 L. Reijnders y S. Soret, “Quantification of the Environmental Impact of Different Dietary Protein Choices” [Cuantificación del impacto ambiental de diferentes elecciones de proteína alimenticia], American Journal of Clinical Nutrition 78 (2003), pp. 664S-668S.

4 S. Soret, A. Mejia, M. Batech, K. Jaceldo-Siegl, H. Harwatt y J. Sabaté, “Climate Change Mitigation and Health Effects of Varied Dietary Patterns in Real-life Settings Throughout North America” [Mitigación del cambio climático y efectos sobre la salud de diversas tendencias alimentarias en situaciones reales en toda Norteamérica], American Journal of Clinical Nutrition 100 (2014), pp. 490S-495S.

Fuente: Adventist Review