Por William K. Hayes

Los aullidos de lobo eran inconfundibles. Había luna llena, y la manada estaba al acecho. Un grupo de investigadores se apiñaba en el rincón de una cabaña con pocas comodidades. Por extraño que parezca, no les preocupaba en absoluto el peligro que había allí afuera. En vez de ello, tenían sus ojos clavados en una computadora, que mostraba los resultados de años de ardua investigación. Los gráficos y las estadísticas contaban una historia tan cautivadora como los aullidos que rasgaban el silencio de la noche.

Estos investigadores estaban estudiando el ecosistema del Parque Nacional Yellowstone, en los Estados Unidos, donde en 1995 se reintrodujeron los lobos, después de haber sido exterminados unos setenta años antes. Llamativamente, los hallazgos sugerían que la presencia o la ausencia de tan solo una especie –el lobo– podría afectar potencialmente a todo un ecosistema.1

Poco tiempo después de haber recuperado a los lobos, los alces, que estos cazaban, cambiaron su comportamiento y se alejaron de sus lugares favoritos, para alimentarse. Los bosques de álamos y la vegetación en las márgenes de los arroyos volvieron a crecer, porque los alces ya no comían los brotes frescos. Tras esto, anfibios, reptiles, castores y pájaros cantores presentaron una admirable reaparición a medida que aumentaba la vegetación. Las raíces de los árboles estabilizaron las orillas de los arroyos y redujeron la erosión. La actividad de los castores hizo crecer las napas subterráneas. De este modo, la presencia de lobos en el parque Yellowstone, aparentemente, no solo mejoró drásticamente la ecología y la fertilidad del ecosistema, ¡sino además, indirectamente, también modificó su geografía física!

¿Qué podemos aprender de este episodio de los lobos de Yellowstone? Existe una intrincada relación entre plantas, animales y su entorno abiótico (no forma parte ni es producido por los seres vivos). Con alterar tan solo uno de sus componentes, a menudo modificamos todo el entorno, de formas imprevisibles. La lección es clara: debemos reflexionar atentamente sobre cómo tratamos a la creación.

El lobo es un símbolo adecuado para reflejar la relación de la humanidad con la naturaleza. La necesidad de subyugarla y domesticarla a nuestro antojo se tipifica en la expresión “El único lobo bueno es el lobo muerto”. Los primeros colonizadores de los Estados Unidos declararon la guerra al lobo, y buscaron exterminarlo ofreciendo recompensas, lo que dio como resultado la muerte de millones de estos animales.

Hoy, la situación se ha invertido drásticamente. Como la población de los Estados Unidos es ahora más consciente respecto del medioambiente, la preservación de lobos ha llegado a ser un llamado a la movilización. Con todo esto, sigue habiendo personas disgustadas con las normas que protegen a los lobos en Yellowstone. Y así, sin tener culpa alguna, este cánido peludo que alguna vez fuera temido ahora se encuentra en medio de una disputa entre los que defienden y los que se oponen al cuidado activo y práctico de la creación.

¿Cuidado de la creación o falsa alarma?

RA Mayo 2016 - Hombre vs. NaturalezaVivimos en un planeta que se está deteriorando velozmente. El profundo impacto que la humanidad ejerció ha sido devastador e innegable.2 Casi un cuarto de la superficie terrestre del planeta ha sido modificado para uso humano. Alrededor de la mitad de los bosques tropicales y templados han sido talados o nivelados a maquinaria. La contaminación del aire, la tierra y el agua es generalizada. A causa de que sobreexplotamos y somos negligentes, plantas y animales están desapareciendo a un ritmo sin precedentes, y miles de especies se extinguen cada año. Al transportar inconscientemente microbios, plantas y animales a nuevos lugares, estamos propagando enfermedades y acelerando enormemente la extinción de especies nativas.

¿Sabe el Creador, quien declaró toda forma de vida “muy buena” (Gén. 1:31), quien da alimento y riega a toda su creación (Sal. 104:24-27; Isa. 43:20; Mat. 6:26), y que ve al gorrión cuando cae (Mat. 10:29), lo que ha sucedido a su creación? ¿Acaso puede ver que “toda la creación gime” (Rom. 8:22)? Por supuesto que sí.

Algunos cristianos se manifiestan más preocupados que otros sobre el estado actual de la creación de Dios. Muchos ven en las Escrituras un claro mandato de cuidar de la creación, mientras que otros ven en aquellas un permiso implícito para depredarla. Extrañamente, numerosas encuestas publicadas revelan que a los cristianos y otros grupos religiosos las cuestiones ambientales les interesan significativamente menos que al público en general.3 ¿Por qué sucede esto?

Hay, por lo menos, tres razones que pueden explicar la indiferencia o los sentimientos antiambientalistas en algunos cristianos.

1- Algunos argumentan, mediante la “teología del dominio” (Gén. 1:26, 28), que Dios le permite a la humanidad explotar los recursos naturales sin preocuparse por las consecuencias.

2- Nuestra interpretación escatológica ha llevado a algunos a insistir en que no debemos preocuparnos por nuestro hogar terrenal y por sus criaturas, puesto que este mundo será destruido y recreado en la segunda venida de Cristo.

3- Los estudios arriba mencionados muestran que las actitudes ambientalistas a veces están fuertemente influenciadas por las orientaciones políticas y la exposición a los medios de comunicación.4

A muchos cristianos les ofende la concepción secular de que la creación surgió por procesos naturales en el transcurso de millones o miles de millones de años. Sin embargo, algunos de estos mismos cristianos se muestran indignados hacia quienes creen que debemos preocuparnos por lo que queda de la creación. Ellos denuncian las iniciativas gubernamentales para frenar el daño ambiental. Están convencidos de que muchas causas ambientales están burdamente tergiversadas y que sirven a intereses encubiertos. Insisten en que los científicos y los políticos activistas de la ecología –y los cristianos que coinciden con ellos– están dando la falsa alarma de que “viene el lobo”, como en la fábula del pastorcito mentiroso.

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Por qué debería importarnos

Entonces, ¿qué relación deberían tener los adventistas del séptimo día y otros cristianos con la creación? Presentamos cuatro razones por las que creo que es nuestro deber ser mayordomos del medioambiente.

1. Dios espera que nos importe: La Biblia brinda argumentos convincentes respecto de la mayordomía del medioambiente. Entendida correctamente, la “potestad” dada a los humanos para “gobernar” sobre todo ser viviente y “sojuzgar” la Tierra (Gén. 1:28) se refiere a las expectativas que Dios tiene de que cuidemos de la Tierra (Éxo. 23:10, 11; Lev. 25:2-7, 23, 24) y que tratemos a los animales compasivamente, al proporcionarles alimento y descanso suficientes (Éxo. 23:5, 12; Deut. 25:4); rescatarlos de accidentes (Mat. 12:11); y nunca torturarlos (Núm. 22:23-33). El mundo y todo lo que hay en él pertenece a Dios, y no a nosotros (Lev. 25:23; Sal. 24:1; 1 Cor. 6:15-20; 10:26). Dios, incluso, aprobó la primera “Ley de Protección Ambiental” (Gén. 2:15) y la primera “Ley de Especies en Peligro de Extinción” (Gén. 6:19).

Claramente, Dios espera que los soberanos que él designó sobre la creación ejerzan una mayordomía benevolente y desinteresada (Sal. 72:8-14; Eze. 34:2-4; Mat. 20:26, 27).

2. Nos debería importar porque el medioambiente nos pone en comunión con el Creador: Los cristianos que buscan preservar la creación reconocen la clara relación que existe entre nuestra comprensión de la naturaleza y la de Dios: “Pregunta ahora a las bestias y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán; o habla a la tierra y ella te enseñará; y los peces del mar te lo declararán también” (Job 12:7, 8).

Elena de White enfatizó la importancia de estudiar y preservar la creación de Dios. “Dios nos ha rodeado del hermoso escenario de la naturaleza para atraer e interesar la mente. Es su propósito que asociemos las glorias de la naturaleza con su carácter. Si estudiamos fielmente el libro de la naturaleza, hallaremos que es una fuente fructífera para la contemplación del amor infinito y el poder de Dios”.5

Por lo tanto, estudiemos la naturaleza, aprendamos de ella, ¡y preservémosla, para que las futuras generaciones puedan hacer lo mismo!

3. Nos debería importar por razones económicas: Dios nos ha legado extraordinarios recursos naturales que hacen nuestra vida cómoda y productiva. Pero estos recursos son limitados, y podrían ser sobreexplotados. Los recursos naturales pueden ser caracterizados como servicios del ecosistema, de los cuales dependemos para la mismísima existencia. Entre estos, se cuentan: la provisión de alimento y agua; la polinización de plantas nativas y cultivadas; el ciclo de nutrientes; la moderación de climas extremos, incluyendo la mitigación de inundaciones y sequías; la protección contra la erosión; la regulación de plagas en plantas y organismos, y de enfermedades humanas; la descomposición y la desintoxicación de desechos; la purificación de aire y agua; y la conservación de la biodiversidad. Se calcula que estos servicios, que usufructuamos sin costo alguno, se valúan, en el nivel global, en 125 billones de dólares al año.6 Obviamente, estos son irreemplazables.

Sin estos servicios, que se están degradando rápidamente, nuestra calidad de vida –y la de las próximas generaciones– se vería radicalmente reducida.

4. Nos debería importar por motivos de salud y de justicia social: Para que los humanos tengan vidas sanas, necesitan ambientes sanos, que proporcionen recursos y procesos naturales que sustentan la vida humana. Los ambientes contaminados disminuyen los servicios del ecosistema y propician enfermedades, tensión, conflicto y desigualdad.

Tristemente, la mayoría de las veces son los pobres y los indigentes quienes absorben el mayor impacto de los problemas que causan los ambientes contaminados. Muchas veces, personas y corporaciones codiciosas llevan adelante sus negocios de formas que explotan el medioambiente y disminuyen su capacidad para sustentar la población local. Los países más ricos a menudo se benefician a expensas de los países en vías de desarrollo.

Regulaciones ambientales permisivas o un corrupto desacato a estas amenazan la salud y los medios de subsistencia de millones de personas. Aproximadamente, 1 de cada 7 muertes humanas en 2012 fueron causadas por exposición a suelos, agua y/o aire contaminados, y el 93 % de estas 9 millones de muertes evitables tuvieron lugar en países en vías de desarrollo.7 Como cristianos, deberíamos ser las voces más fuertes en defensa de las víctimas de la injusticia ecológica, que no solamente incluyen a los humanos, sino también a otras formas de vida.

La necesidad de tener pensamiento crítico

RA Mayo 2016 - Hombre vs. NaturalezaComo seguidores de Jesús, tenemos la obligación de preocuparnos por la creación y de aliviar el sufrimiento humano siempre que esté a nuestro alcance. Sin embargo, por causa de las opiniones polarizadas que escuchamos, se hace más difícil comprender cómo deberíamos hacerlo. Cuando se trata de cuestiones ambientales, deberíamos procurar informarnos con las fuentes más confiables. Es importante poder reconocer el lenguaje de propaganda al que estamos expuestos cada día en los medios de comunicación y la “blogósfera”, a menudo por parte de comentaristas que poco saben sobre las complejas interacciones del mundo natural. Tenemos que estar abiertos a aceptar la posibilidad de que nuestras opiniones estén equivocadas, ejercer lo mejor que podamos un pensamiento crítico y respetar las opiniones de los demás, incluso cuando creamos que son incorrectas.

Finalmente, estudios posteriores han cuestionado el rol primario de los lobos en restaurar el ecosistema de Yellowstone. Si bien los lobos claramente hicieron su aporte al alimentarse de los alces, la situación parece ser más compleja de lo que se creyó originalmente, ya que también está involucrada la interacción entre bisontes, castores, la caza humana, los patrones de las precipitaciones y los cambios en la temperatura.8 

Como toda entidad humana, la ciencia tiene sus imperfecciones; pero cuando se la usa correctamente para probar diferentes hipótesis, con el tiempo se va corrigiendo a sí misma. La ciencia nos proporciona una forma de conocer y de comprender la creación; es un don de Dios para ayudarnos a adquirir entendimiento.

Testificar como mayordomos del medioambiente

La indiferencia de muchos cristianos hacia las cuestiones ambientales llevó a E. O. Wilson, reconocido biólogo de Harvard, a publicar en 2006 una obra reveladora: La Creación: Salvemos la vida en la Tierra. En la forma de una serie de cartas a un pastor bautista ficticio, Wilson suplica a los cristianos que se unan al esfuerzo, mayormente secular, de salvar lo que queda de la creación. Estas son sus palabras: “La ciencia y la religión son dos de las fuerzas más potentes del mundo, y estas deberían unirse para salvar la creación”.

Teniendo en cuenta el elevado concepto que tiene nuestra iglesia sobre el evento original de la Creación, sería irónico que alguno de nosotros fuese indiferente al cuidado de ella. Con todo, la gran mayoría de los adventistas, y otros cristianos, han permanecido inactivos, mientras que personas que no son creyentes han tomado la delantera en el cuidado de la creación. Si trabajáramos en conjunto, ¡imagínense las oportunidades que tendríamos para testificar, en especial a los que más necesitan conocer a Cristo!

Personalmente, me enorgullece formar parte de una iglesia que se toma en serio el estudio del segundo libro de Dios, la naturaleza. La Iglesia Adventista ha adherido a la mayordomía del medioambiente, y ha dado varias declaraciones oficiales. Con estas declaraciones, la iglesia reconoce que “la crisis ecológica está arraigada en la avaricia humana y en el rechazo de la práctica de una buena y fiel administración dentro de los límites divinos de la creación”.

Pero, a pesar de estas declaraciones de adhesión, las instituciones de la iglesia actualmente asignan ínfimos recursos a lo que podría ser un poderoso testimonio por medio del cuidado de la creación.

La creación restaurada

Si bien el pecado ha manchado la creación original de Dios, aún podemos ver en ella la obra de sus manos. Se nos encomendó la tarea de asegurarnos que la impronta de la obra de Dios permanezca, para que todos la puedan ver y puedan beneficiarse de ella. Es un don de Dios, y demostramos nuestra gratitud cuando la valoramos. También podemos contrastar la creación presente, que un día será restaurada, con la original. En la Biblia, encontramos un breve adelanto de cuán diferentes serán las cosas algún día para el emblemático depredador del Yellowstone: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro, el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará” (Isa. 11:6).

Ese sí es un ecosistema que todos podemos anhelar, ¡y que un día yo mismo quiero estudiar! RA


Referencias:

1 Para un análisis práctico, véase A. P. Dobson, “Yellowstone Wolves and the Forces That Structure Natural Systems” [Los lobos de Yellowstone y las fuerzas que estructuran los sistemas naturales], PLOS Biology 12, Nº 12 (2014): e1002025.

2 W. K. Hayes y F. E. Hayes, “What Is the Relationship Between Human Activity and Species Extinction?” [¿Cuál es la relación entre la actividad humana y la extinción de especies?], en S. G. Dunbar, L. J. Gibson y H. M. Rosi, eds., Entrusted: Christians and Environmental Care [Mayordomos: Los cristianos y el cuidado del medioambiente] (México: Adventus International University Publishers, 2013), pp. 183-197. 

3 J. M. Clements et al., “Green Christians? An Empirical Examination of Environmental Concern Within the U.S. General Public” [¿Cristianos en verde? Un análisis del interés por el medioambiente del público general en los EE.UU.], Organization and Environment [Organización y Medioambiente] 27, Nº 1 (2014): 27:85-102.

4 Como ejemplo, se puede mencionar a A. Williams, “Media Evolution and Public Understanding of Climate Science” [La evolución de los medios de comunicación y la comprensión del público sobre la Climatología], Politics and the Life Sciences [Política y las ciencias de la vida] 30, Nº 2 (2011), pp. 20-30; M. Feinberg y R. Willer, “The Moral Roots of Environmental Attitudes” [Las raíces morales de la actitudes hacia el medioambiente], Psychological Science [Ciencia de la Psicología] 24, Nº 1 (2013), pp. 56-62.

5 Elena de White, Mensajes para los jóvenes (Buenos Aires, Rep. Argentina: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2013), p. 361.

6 R. Costanza et al., “Changes in Global Value of Ecosystem Services” [Cambios en el valor global de los servicios del ecosistema], Global Environmental Change [Cambio ambiental global] 26 (2014): 152-158.

7 La organización Pure Earth [Tierra Pura] proporciona detalles en sus informes anuales que dan qué pensar, en www.worstpolluted.org [en inglés].

8 Véase Dobson.

Fuente: Adventist Review

8 Respuestas

  1. William Hayes

    Hola editores, muchas gracias por compartir este artículo en el idioma español. Soy el autor. Lamentablemente, no puedo imprimir esta versión del artículo y ni siquiera puedo copiar el texto. Quizás sería tan amable de enviarme una versión en PDF del artículo. ¡Muchas gracias!

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  2. Demian Henrit

    Lo encuentro interesante al artículo y me sorprende que existan cristianos, más que nada Adventistas que no se interesen por la creación de Dios. Creo también que hay una línea divisora entre estar interesado por la naturaleza y cuidarla según nuestros medios y entre adoptar una causa como único modelo de vida. No es ideal que un cristiano se una a greenpeace y use su tiempo en subirse a barcos para salvar ballenas de Japoneses o encadenarse a vetustos árboles de bosques milenarios para impedir una tala indiscriminada. O quizás si, si se hace con la mentalidad correcta y se lo toma como una obra paralela a la misión más importante que debemos llevar a cabo. Otra cosa que podemos hacer como iglesias, es presentar proyectos a la comunidad que integren intereses ecológicos y ambientales, invitando al ciudadano a participar de las actividades que se propongan como una forma más natural de acercar a las personas, no a la iglesia como edificio, si no a la creación de Jehová y lo que ella declara y refleja de su eterna grandeza.

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    • Eduardo Kahl
      Revista Adventista

      ¡Gracias, Everlin! Te animamos a que lo compartas con otros y que, de esta manera, creemos conciencia sobre esto 🙂

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