Comentario lección 5 – Segundo trimestre 2016 

La lección de esta semana se basa en apenas un versículo del Evangelio sobre el cual estamos reflexionando en este trimestre, Mateo 11:12:

“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”.

El autor de la lección nos explica bien los dos posibles sentidos de la última frase de esta declaración de Jesús, que puede sonar algo confusa.

Que el Reino de los cielos sufre violencia, no es algo extraño. El mismo contexto en el que Jesús dijo estas palabras nos da cuenta de la violencia perpetrada contra el precursor de Jesús, Juan el Bautista, que fue encarcelado y finalmente ejecutado por ser un fiel vocero de Dios contra la vida licenciosa del rey Herodes y su entorno familiar.

Pero la expresión “y los violentos lo arrebatan” se puede prestar a dos sentidos:

1)      Que la gente violenta, instigada por Satanás, tiene éxito en destruir a los hijos de Dios fieles y, por lo tanto, destruir la misión de Dios sobre la Tierra a través de su iglesia.

2)      Que los hijos de Dios, que serán salvos, deben ejercer cierto tipo de violencia para lograr ser cristianos, y salvos al fin.

La primera interpretación posible parece poco probable. Porque, si bien desde el punto de vista de la vida física es cierto que a lo largo de la historia los poderes del mal han podido destruir millones de vidas de cristianos, eso no significa que el enemigo ha logrado ser totalmente triunfador en su cometido de destruir a los hijos de Dios como personas, su vida espiritual y su relación con Dios. Al contrario, los fuegos de la persecución solo han logrado realzar el fulgor de la verdadera fe, y los ejemplos más inspiradores de cristianismo verdadero se han revelado precisamente en esos momentos tan sombríos de persecución y muerte.

Nunca la iglesia ha sido tan gloriosa ni ha brillado tanto como durante esos períodos de gran ensañamiento diabólico. Lo que realmente parece hacerle daño al cristianismo es, en realidad, la paz, la tranquilidad, el aburguesamiento, el conformismo a los patrones culturales y éticos erróneos que hay en este mundo.

La segunda interpretación, aunque un poco más intrincada, parece ser la más probable, y sobre ella nos vamos a concentrar en nuestro comentario. Para eso, nos ayudan las variantes de traducción del texto que presenta la lección:

“Los estudiosos de la Biblia a través de los siglos han luchado con Mateo 11:12 porque las palabras que aquí describen el Reino y la gente pueden usarse en forma positiva o negativa. El verbo griego biásmati (cf. βίαζομαι) puede significar ‘avanzar con fuerza’ o ‘sufrir violencia’. Y la palabra griega biastés (βιαστής) puede significar ‘hombres fuertes o ansiosos’ u ‘hombres violentos’ » (lección del día lunes).

De modo que la expresión “los violentos lo arrebatan” bien podría traducirse como “los hombres fuertes” lo arrebatan, que se cuadra más con el mensaje cristiano de la no violencia enseñado por Jesús.

El contexto mismo nos ayuda bastante en esto. Juan el Bautista fue el primer mártir de la nueva dispensación, la cristiana. Fue el precursor de Cristo, y cumplió la misión de preparar al pueblo para recibir a su Salvador mediante una obra profunda de autoexamen, arrepentimiento y cambio de vida. Una gran cantidad de gente se estaba convirtiendo, transformando su vida, volviéndose genuinamente a Dios. En otras palabras, Juan el Bautista, como un soldado en pie de guerra, estaba INVADIENDO EL TERRENO DEL ENEMIGO, para arrebatarle presas y trasladarlas el Reino de los cielos. Y esto tenía que molestar grandemente al Príncipe de las tinieblas, y logró suscitar su furia, su violencia.

Vemos aquí una de las tantas demostraciones bien visibles y palpables del gran conflicto entre el bien y el mal, entre Cristo y Satanás. No abundaremos mucho en el tema porque hace pocas semanas acabamos de concluir con todo un trimestre de estudio dedicado a la Gran Rebelión, el Gran Conflicto. Pero vemos desatada sobre la persona de Juan el Bautista la violencia diabólica, para quitar de en medio a quien está estorbando sus planes y mermando su poder sobre los hombres. Y así ha sido, es y será cada vez que un hijo de Dios fiel, o una iglesia fiel a su esencia y a su misión, tengan el valor de invadir las filas del enemigo, en una “santa acción bélica cristiana”, que nada tiene que ver con violencia física o psicológica, sino con llevar decididamente el mensaje del evangelio a quienes lo necesitan, sin ambigüedades, sin “falsos respetos”, sin timideces serviles, sino con santa convicción y pasión por las almas. Quien así lo hace sabe que muy probablemente se desate sobre él la violencia de Satanás, a través de sus instrumentos humanos. Sabe que hay un precio que pagar por ser fiel y por cumplir la misión, mientras vivamos en este mundo caído, y en una sociedad caída.

Juan el Bautista, que también participaba hasta cierto punto de la visión triunfalista acerca del Mesías que imperaba en el pueblo de Israel, pensando que el Mesías resolvería todos los problemas terrenales (y sobre todo el de la opresión del Gobierno romano); sin embargo, es encarcelado injustamente, a la espera de una sentencia. Él no ve que Jesús haga nada por imponerse como Rey sobre Roma, ni por liberarlo a él mismo de la cárcel. Sus expectativas erróneas no cumplidas empiezan a minar su ánimo (no su fe), y comienza a aparecer el fantasma de la duda. Envía mensajeros a preguntarle a Jesús si él es el que había de venir, a pesar de haber sido testigo de las manifestaciones divinas sobre la Persona de Jesús en ocasión de su bautismo. Jesús envía una respuesta basada no en una autoafirmación sino en la evidencia de su carácter mesiánico a través de sus obras de misericordia y poder manifestadas en favor del pueblo: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (11:5).

Los discípulos de Juan vuelven con este mensaje, pero mientras se retiran, Jesús, ante cualquier duda que pudiera surgir entre el pueblo acerca del carácter o la misión de Juan, vindica su nombre con las siguientes maravillosas palabras, que sería hermoso que las pudiera decir de cada uno de nosotros:

“¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti. De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (11:7-11).

Juan no era un hombre pusilánime, de carácter vacilante. No era un hombre sacudido por los vientos de las alabanzas o las críticas humanas, y ni siquiera de la conveniencia o la persecución. Era un “biastés” (hombre fuerte), de aquellos que arrebatan el Reino de los cielos; es decir, que por la gracia de Dios luchan por su salvación y por la de otros, y son vencedores. Tenía la santa “reciedumbre” cristiana, que lo hacía mantenerse de parte de Cristo “aunque se desplomaran los cielos” (White).

Y este es el mismo tipo de experiencia que necesitamos tener si queremos ser verdaderamente cristianos. Y no se trata de justicia por obras, de méritos personales, de hacer esfuerzos legalistas para lograr una salvación autogenerada y conseguida. Se trata de tomar conciencia que estamos en medio de una guerra, y ser cristiano no es una simple cuestión de placer personal (“Soy cristiano porque me gusta serlo, porque me da placer, porque me satisface”), sino de entender que NECESITO ser cristiano, entre otras cosas, porque ESTOY EN PELIGRO, EN TERRENO ENEMIGO. A veces, en nuestras apelaciones para que la gente se convierta recurrimos –aun cuando tenga hasta cierto punto su lugar– a motivaciones en parte hedonistas (“Verás cómo Cristo satisface tu corazón; cómo llena tu alma”). Pero lo que todos tenemos que entender es que ser cristiano es una cuestión de VIDA O MUERTE. Imaginémonos que en medio de la Segunda Guerra Mundial un vecino judío, ante los avances del nazismo que se sabe que viene a llevarse a cuantos judíos pueda a los campos de concentración, le diga a otro correligionario: “No te preocupes. Lo que necesitas es aprender a relajarte, a conectarte con tus sentimientos, con tu ser interior; a lograr la armonía con el universo y contigo mismo; a lograr tu autodesarrollo como persona y hacer lo que te guste en esta vida”. Todo esto tiene su lugar, y es legítimo, y también forma parte del interés de Dios para nuestra vida. Pero, cuando uno está en medio de una guerra, los asuntos más acuciantes no son los que tienen que ver con la vida emocional, el autodesarrollo o la autorrealización. Lo más urgente es la supervivencia, la salvación de uno, y de los que amamos y nos rodean.

Es este SENTIDO DRAMÁTICO de la vida cristiana el que nos tiene que llevar a COMBATIR por nuestra fe personal y por la salvación de los que nos rodean. Así lo dijo Jesús cuando le preguntaron si son pocos los que se salvan:

“Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán” (Luc. 13:24).

La palabra griega utilizada aquí por “esforzaos” está en el modo imperativo del verbo “agonizomai” (ἀγωνίζομαι), que significa una “lucha denodada”, un “esfuerzo supremo”, como el que hacían los atletas en las competiciones deportivas griegas, o en las luchas de gladiadores, donde la cuestión era matar o morir. Los cristianos no estamos para matar a nadie, pero sí para hacer un esfuerzo tan denodado por nuestra salvación y por la de los que nos rodean como el que hacían estos competidores. Como el que realizan los soldados cuando están en medio de una batalla, y tienen que vencer al enemigo que procura destruirlos. Como si nuestra vida estuviera en juego. Y, ciertamente lo está: nada menos que nuestra vida eterna.

Nuevamente, no se trata aquí de salvación por las obras. Nuestro derecho al cielo está comprado por los méritos únicos y suficientes de la vida perfecta de Cristo y por su muerte expiatoria en la Cruz. Nuestra idoneidad para el cielo es una obra milagrosa realizada en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Pero ciertamente hay un enemigo que procura obnubilarnos, debilitarnos, confundirnos, entramparnos, tentarnos, pervertirnos, desviarnos de la meta. Es mucho más poderoso que nosotros, y sabe muy bien a qué apelar para apartarnos de Dios, para que nos soltemos de su mano. No podemos descuidarnos. Procura destruirnos a nosotros, a nuestros hijos, nuestras familias, nuestra iglesia y nuestra sociedad. Y, por si esto fuera poco, no usa solamente los poderes del engaño y la seducción. También usa la terrible fuerza de la presión social, del ridículo, de la presión psicológica y, de ser necesario, no le tiembla la mano para usar la persecución física y la violencia (aunque parece darle más resultado los métodos persuasivos de la comodidad egoísta).

Por tales motivos, como cristianos necesitamos, como Juan el Bautista, esa santa valentía, osadía, reciedumbre cristiana, propia de un soldado en medio de una guerra; virtudes que pueden ser nuestras si tomamos conciencia de su necesidad y las pedimos, como un don, al Espíritu Santo.

En términos concretos, prácticos, ¿qué significa ejercer esta santa “violencia” (esfuerzo, valentía, osadía) para vivir la vida cristiana? Les propongo las siguientes áreas de acción:

1)      Vida espiritual personal: el cultivo de la vida devocional no es un lujo espiritual o una opción. Es una ACUCIANTE NECESIDAD. Es allí donde deben concentrarse nuestros mayores esfuerzos, nuestra mayor lucha: por conectarnos con Dios cada día, por buscarlo intensamente hasta encontrarlo, por luchar en oración con él hasta obtener la bendición espiritual que necesitemos, como lo hizo Jacob. La oración y la lectura reflexiva de la Palabra de Dios y de libros religiosos cristianos es el primer gran esfuerzo que debemos hacer al empezar el día, a lo largo de su transcurso y al clausurarlo antes de irnos a dormir.

2)      Vida espiritual familiar: El enemigo quiere destruir nuestro matrimonio, a nuestros hijos, nuestras relaciones familiares. Debemos hacer esfuerzos denodados para que Cristo tenga el lugar más destacado en nuestra vida familiar. Necesitamos levantar los altares de oración y acercamiento a la Palabra de Dios que quizás estén derruidos en nuestros hogares. Debemos cercar a nuestras familias con el poder de la Palabra y con la cadena de la oración familiar e intercesora por ellos. Debemos poner a nuestros hijos en los brazos de Dios en vez de en los brazos de Moloc.

3)      Vida eclesiástica: Necesitamos congregarnos con nuestros hermanos en la fe para fortalecernos mutuamente, consolarnos, animarnos, instruirnos. Para asegurar nuestros pasos, como hijos de Dios unidos por la misma fe, a fin de entrar juntos en el Hogar celestial cuando Jesús venga a buscarnos. En la medida de nuestras posibilidades, deberíamos aprovechar toda oportunidad de reunirnos donde se cante alabanzas a Dios, se ore y se predique o comparta la Palabra.

4)      Salud: Muchos consideran la Reforma Pro Salud como una cuestión de legalismo. Sin embargo, es una cuestión de causa y efecto. Nuestros hábitos de alimentación, descanso, ejercicio físico y temperancia tienen una influencia directa en nuestra batalla contra el pecado. La intemperancia obnubila las facultades de discernimiento espiritual y moral, y debilitan la voluntad para luchar contra las tentaciones y para hacer el bien. Optar por el régimen alimenticio prescrito por Dios y llevar una vida integralmente sana nos da una ventaja en la lucha contra el mal.

5)      Recreación: Al igual que sucede con la intemperancia física, la intemperancia mental BOICOTEA la obra santificadora del Espíritu Santo en nuestra vida. El alimento que le damos a nuestra mente por medio de películas, programas de televisión, música y diversos tipos de entretenimientos puede contribuir a la obra del Espíritu u obstaculizarla. Necesitamos emprender una lucha por reformar nuestros hábitos en este sentido, para colaborar con la obra de regeneración que Dios desea realizar en nosotros.

6)      Servicio: Aquí es donde el soldado cristiano se muestra más agresivo en la guerra contra el príncipe de las tinieblas. Cuando el cristiano proactivamente busca compartir el evangelio con otros, busca servir al necesitado, consolar al triste, presentar a Jesús a los demás, el enemigo sabe que está invadiendo su terreno, sus dominios. Seguramente es lo que más lo irrita y suscita su violencia. Pero Dios ha prometido ser un escudo para sus hijos, pues están cumpliendo su misión, no en su propio nombre y para su propia gloria, sino en nombre de Cristo y para glorificar a su Salvador.

 

Que Dios nos bendiga a todos para que no bajemos los brazos nunca, para que luchemos denodadamente por afianzar nuestra relación con Cristo y por contribuir a la salvación de nuestra familia y la de los que nos rodean. Que como Juan el Bautista, Jesús y todos los hijos fieles de Dios de la historia, podamos con decisión invadir las filas del enemigo para arrebatarle sus presas a fin de que tengan un lugar en el Reino de los cielos.

 

 

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