“No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Fil. 2:4).

PRIMERA ESCENA

Estás a doscientos metros de la cima del Aconcagua. Hasta ahora, has gestionado tu ascensión de manera inteligente: te has aclimatado y entrenado lo suficiente en Plaza de Mulas, más abajo en la montaña; has respetado todas las consignas de seguridad meteorológica; estás en excelentes condiciones físicas y mentales. Estás listo para enfrentar este último esfuerzo para “hacer cumbre”, como dicen los iniciados. ¡Tu sueño se convertirá pronto en realidad!

Pero hay un bemol. Tu compañero de ascensión no se ha preparado tan bien como tú. Aunque lo has animado a acompañarte durante los entrenamientos en Plaza de Mulas, él decidió pasar su tiempo haciendo “relaciones públicas” con otros alpinistas. Aun así, consiguió subir contigo hasta el lugar clave donde te encuentras ahora. Ambos saben que los últimos doscientos metros llevarán, probablemente, un par de horas, ya que a esa altura, a casi siete mil metros sobre el nivel del mar, el oxígeno es raro y cada paso hacia arriba cuesta un esfuerzo indecible.

Miras a tu compañero, y sabes que no lo logrará. Su cara está blanca; casi no puede respirar. Puedes leer en sus reacciones los primeros síntomas de una embolia pulmonar. Y piensas: Yo le había dicho que tenía que prepararse mejor. Es irresponsable lo que ha hecho.

Miras hacia la cima. Tú puedes ascender y cumplir tu sueño. Miras de nuevo a tu compañero. Necesita ayuda: ¡olvídate de la cima! En lugar de subir, tienes que bajar con él y compartir su fracaso.

SEGUNDA ESCENA

Los dos hombres volvían entusiasmados de la expedición, trayendo inmensos racimos de uvas. Cuentan al pueblo que los aguardaba una tierra llena de promesas. Luego de meses pasados en el desierto después de su salida de Egipto, por fin podrían descansar. Entrarían en la tierra donde fluye leche y miel; donde los paisajes son verdes y el agua, fresca. Solo tendrían que esforzarse y luchar contra los gigantes del lugar. Pero Dios pelearía por ellos. Dios nunca los había abandonado.

No. El pueblo sentía miedo. Era verdad que Dios siempre los había acompañado, pero ¿quién les aseguraba que nuevamente lo haría? Nunca habían tenido que enfrentar gigantes. ¿Era Dios capaz de derribarlos? No tenían ninguna seguridad de ello. Era mejor escuchar los informes derrotistas y pesimistas de los otros que habían participado en la expedición y llenarse de miedo.

Dios se enfureció, y dijo a Moisés: “¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?” (Núm. 14:11). Todos los que habían salido de Egipto morirían en el desierto, y no entrarían en la Tierra Prometida (vers. 20-23); a excepción de Caleb y de Josué, quienes habían confiado en el poder de Dios (vers. 30).

Pero hay un bemol. Caleb y Josué entrarían en la Tierra Prometida cuarenta años después. Ahora tendrían que volver al desierto y compartir el fracaso del pueblo rebelde durante cuarenta años (Núm. 14:34).

TERCERA ESCENA

Dios –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo– deciden crear un nuevo mundo. Pero hay un bemol. Saben que la humanidad de la Tierra se rebelará y que Dios el Hijo dará su vida para salvar a los humanos de sus pecados y darles una nueva oportunidad para vivir eternamente con Dios. Lo saben todo desde el principio. Con todo, siguen adelante con sus planes: crearán al hombre y a la mujer… y los acompañarán en su fracaso hasta ganar nuevamente su amor.

Cuando me detengo ante estas tres escenas, me doy cuenta de que me falta mucho para ser como Jesús. Es frustrante no poder “hacer cima” por culpa de la irresponsabilidad de mi compañero. Es aberrante hacerlo todo bien y recibir, como recompensa, el castigo de los que hicieron todo mal: cuarenta años deambulando sin rumbo en el desierto, desperdiciando los mejores años de tu vida. Y si Jesús hubiera sido mi hijo, nunca, pero nunca, lo habría dejado morir por una mayoría ingrata y desobediente.

Cuando pienso en todo esto, me doy cuenta de que me falta mucho para tener este espíritu de sacrificio que tuvieron Jesús, Josué y Caleb. Es tan contrario a mis genes que solo Dios puede realizar los cambios necesarios en mi corazón y en mi manera de pensar, para llegar a tenerlo y ser más semejante a Jesús.

Aunque estos ejemplos puedan parecernos demasiado lejanos a nuestra propia experiencia, nos pueden inspirar a vivir una vida menos centrada en nuestros propios intereses y más abierta a las necesidades de los demás. Así, como Jesús. RA