Comentario lección 13 – Primer trimestre 2016

Hemos llegado a la lección final de este trimestre dedicado al estudio del Gran Conflicto, y la lección de esta semana nos presenta los dos capítulos del Apocalipsis que muestran la forma en que Dios terminará con tantos milenios de pecado y dolor (Apoc. 20; 21).

Hace seis mil años que los seres humanos, los inocentes animales y la naturaleza toda, sobre la Tierra, venimos padeciendo los efectos del “terrible experimento de la rebelión”. Ya hubo demasiada maldad, demasiado atropello y violencia, demasiada perversión y egoísmo. Ya hubo demasiados sufrimientos, algunos innombrables. Y todo este sufrimiento siempre ha levantado la pregunta en el corazón humano: si Dios existe, y es tan bueno y tan poderoso como lo presenta la Sagrada Escritura, ¿cómo puede permitir tanto dolor?

Esta pregunta no tendrá una respuesta plenamente satisfactoria de este lado de la eternidad. Teólogos, filósofos y creyentes en general han tratado, a lo largo de los siglos, de elaborar una teodicea; es decir, un intento de justificar a Dios en su trato con el mal, de defenderlo de las acusaciones que explícita o implícitamente le hacen tanto incrédulos –que precisamente por causa de tanto dolor (entre otras razones) niegan la existencia de Dios o dudan de ella– como creyentes, y que encuentra su eco en aquellas lacerantes palabras que Jesús mismo pronunciara sobre la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46). Han intentado encontrar y transmitir una explicación de por qué o para qué Dios permite el mal y el sufrimiento en el mundo. Pero es una empresa estéril. El pecado, el “terrible experimento de la rebelión”, y los asuntos involucrados en él, es tan maligno, intrincado y terrible que Dios se ha visto “obligado” a permitir su existencia, y no podremos entender del todo, aquí en esta vida, por qué Dios lo permite, o con qué propósitos deja que siga casi libremente su curso.

Lo que sí podemos entender es que Dios ha trazado un plan para que ya no suframos más. Podemos entender que Dios mismo aceptó atravesar por la experiencia de vivir en este mundo en rebelión, y que él mismo se dejó afectar de la manera más terrible por el dolor, en la persona de Jesucristo. Dios no contempló la historia del mal meramente desde su Trono, desde su beatísima majestad y desde la seguridad e inefable felicidad del cielo. Él decidió, aunque inocente, compartir nuestra suerte; ser nuestro compañero de dolor, dejándose lacerar por él hasta lo sumo, en la Cruz. Jamás podremos comprender del todo lo que sucedió realmente en el Calvario; el misterio y el milagro de la Expiación. Tenemos algunos atisbos: la sensación –el infinito dolor– de todas nuestras culpas, enfermedades, dolores, miserias y condenación se acumuló sobre el corazón y el cuerpo de Jesús en esa tarde del Viernes Santo (Isa. 53:4, 7, 10), a tal punto que le estalló el corazón, y murió muchas horas antes (incluso días) de lo que podría haber aguantado en la cruz, como solía suceder con los sentenciados a esa tortura (los estudiosos dicen que podían haber padecido casi una semana entera en la cruz antes de morir).

Y otra de las medidas que Dios tomó para enfrentar y dar solución a este terrible experimento fue permitir que, en la dura arena de la realidad, de la experimentación, lo que en un principio era solo una idea, una ideología que se gestó en Lucifer y que luego promocionó en el cielo y más tarde en la Tierra, mostrara, a través de su efectos, su naturaleza maligna, depravada, destructiva y finalmente mortífera. Quizá a muchos de nosotros nos cueste aceptar que se justifica tanto dolor con tal de mostrar la naturaleza maligna de la rebelión, de vivir independientes de Dios, de contrariar los principios divinos para hacer nuestra voluntad en vez de la del Creador y Legislador supremo. Pero, evidentemente, si Dios hubiese encontrado otro camino para solucionar el problema, ¿no creen que lo habría seguido, y así nos habría ahorrado seis mil años de sufrimiento, y se habría ahorrado a él mismo el dolor de tener que entregar a su Hijo a la brutal muerte del Calvario y a los terribles padecimientos de la Expiación?

Todas estas medidas tenían como fin último devolverle al universo inteligente, y sobre todo a nosotros, los seres humanos, el bienestar, la seguridad y la felicidad perdidos. En otras palabras, permitió todo esto con el objetivo final de ELIMINAR PARA SIEMPRE EL MAL, Y SU EFECTO INHERENTE E INEVITABLE, QUE ES EL DOLOR. Si lo hubiese eliminado desde un principio, no habría hecho otra cosa que AFIANZARLO, pues habría convencido a las criaturas inteligentes de que Satanás tenía razón al acusar a Dios de ser un gran “Dictador cósmico”. Dios tuvo que permitir, entonces, el desarrollo de ese gran y riesgoso principio sagrado, que es la LIBERTAD.

Pero, llegará el día en que Dios dirá que es el kairós (en griego, tiempo entendido como el “momento oportuno”) para poner fin a la trágica historia del pecado. En nuestra ansiedad producida por nuestros padecimientos, los seres humanos nos manejamos con el apuro del jronos (en griego, tiempo contabilizable, medible, el de las agujas del reloj), deseando que hace tiempo Dios hubiese terminado con todo esto. Pero Dios lo hará cuando las CONDICIONES estén totalmente dadas para que pueda terminar con la rebelión de tal forma que se asegure que nunca más se vuelva a levantar en el universo. Cuando él considere que el universo (incluyéndonos a nosotros) esté suficientemente inmunizado contra el principio de la rebelión, entonces él dirá basta.

La lección de esta semana nos habla de este momento crítico pero glorioso en que Dios terminará con esta historia de pecado y sufrimiento. Y nos lo presenta haciendo referencia a uno de los temas quizá más vitales de las Escrituras: el milenio (Apoc. 20).

Muchos de nosotros quizá nos preguntemos: ¿Por qué no empezamos a gozar de la Tierra Nueva en el momento mismo de la segunda venida de Cristo? ¿Por qué tenemos que pasar mil años en el cielo antes de regresar a la Tierra, que será nuestra morada definitiva, pero totalmente renovada, hermosa, gloriosa, y llena de paz?

Es que Dios es tan humilde, respetuoso de nuestra conciencia, y tan responsable en relación con el gobierno moral del universo, que ha decidido EXPONER SUS ACCIONES AL ESCRUTINIO DE LOS SALVADOS, para que durante mil años podamos corroborar no solo la justicia de su juicio hacia los perdidos, sino también su infinita misericordia; las infinitas oportunidades que les dio; y las infinitas acciones, intervenciones, providencias, que realizó para tratar de salvarlos. Podremos corroborar que LO MÁS MISERICORDIOSO que Dios pudo hacer, al respetar su libertad, es excluirlos del cielo.

“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. […] Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras” (Apoc. 20:4, 11-13).

Pablo lo dice con estas palabras: “¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” (1 Cor. 6:2, 3).

Qué privilegio inmerecido, pero necesario, que nosotros, que hemos sido pecadores pero que aceptamos ser salvados por Cristo, podamos examinar la microhistoria particular de cada ser humano (y aun de los ángeles caídos), y juzgar por nosotros cuán justo y cuán misericordioso ha sido Dios al no llevarlos al cielo. Nosotros, los que hemos sido más afectados por el pecado y el dolor (en comparación con los ángeles y los mundos no caídos), que hemos pasado por la terrible historia del mal, daremos un veredicto sobre la bondad infinita de Dios en su trato con el mal y con los malos.

Cuando ese juicio esté terminado (Dios no necesita mil años para juzgar a los miles de millones de personas que pasaron por este planeta, pero evidentemente nuestra temporalidad, como seres humanos, sí los necesita), entonces Dios estará “HABILITADO” POR NOSOTROS MISMOS para destruir a los causantes del mal (Satanás y sus secuaces) y sus practicantes acérrimos (los seres humanos impenitentes, que finalmente se perderán):

“Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió. Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. […] Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.” (Apoc. 20:9, 10, 14, 15).

Aquí hay, finalmente, una demostración del poder que Dios siempre tuvo para destruir el mal y a los malos. Pero algunos de nosotros podríamos, entonces, razonar que CONVIENE PONERSE DEL LADO DEL GANADOR, DEL MÁS PODEROSO, para evitar tan terrible destino final. Sin embargo, esa no es la intención de Dios con estas descripciones. Si Dios hubiese querido utilizar su PODER para destruir el mal, hace más de seis mil años que lo habría hecho. Pero el problema del pecado no es un problema de poder físico, sino que es un problema MORAL, y el único poder que quiso utilizar, el único que garantizará que nunca más se levante la rebelión y el dolor, es el poder DEL AMOR Y DE LA RAZÓN. Entonces, la cuestión no es ponernos del lado del GANADOR (lo que nos convertiría en mercenarios espirituales, vendidos al mejor postor), sino DEL QUE TIENE RAZÓN en este Gran Conflicto. Le llevó seis mil años demostrar que tiene razón, y que sus pensamientos e intenciones hacia nosotros son “pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jer. 29:11). Solo tuvo buenas intenciones, para los ángeles, para los mundos no caídos y para nosotros. Solo quiso siempre darnos la felicidad que tanto anhelamos y necesitamos.

Una vez eliminado el mal, “raíz y rama” (Mal. 4:1), entonces sí, podremos empezar a gozar de esa dicha inefable y sin fin que Dios quiso siempre que tuviéramos:

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas” (Apoc. 21:1-5).

Actualmente, nuestros sufrimientos nos duelen tanto que a veces hasta cuestionamos a Dios y la forma en que está tratando el problema del mal. Nos parece que nosotros lo haríamos mejor. Que barreríamos de un plumazo al mal y a los malos, y acabaríamos enseguida con el asunto. Pero en tal caso arrancaríamos el trigo junto con la cizaña, y por eso el gran Agricultor celestial nos dice:

“No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero” (Mat. 13:29, 30).

Pero, una vez que lleguemos al cielo, y empecemos a gozar del estado de absoluta paz, de absoluta seguridad, de absoluta felicidad, miraremos hacia atrás, y nos habrá parecido que fue poco lo que padecimos, en comparación con la dicha sin fin que estaremos gozando:

“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18).

Ya falta muy poco. El estado de emergencia que vive nuestro planeta –tanto desde el punto de vista ecológico, como armamentístico, político y moral (ver el “Reloj del Apocalipsis”, en Internet)– nos dice a los gritos que a este planeta no le queda mucho tiempo de vida, y que es el momento en que Dios intervendrá para terminar con él y empezar una nueva historia. Una historia en la que quiere incluirte. No te desanimes por lo que tengas que padecer en este mundo, porque este no es tu destino definitivo. Estás destinado a la eternidad. Te espera el Hogar. Te espera el encuentro con tu Redentor y con todas las personas de buena voluntad que aprendiste a amar en esta Tierra, y con miles de millones más que tendrás el gusto de conocer en la Patria celestial.

“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (Luc. 21:28).

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