Comentario lección 12 – Primer trimestre 2016

 

El título de la lección de esta semana seguramente ha sido extraído, por el autor de la lección de la Escuela Sabática, de la famosa frase de Elena de White: “La iglesia militante no es todavía la iglesia triunfante; pero Dios ama a su iglesia” (Testimonios para los ministros, p. 44; edición 2013).

¿Cuál es la diferencia entre la iglesia militante y la triunfante? La primera es la iglesia real, cotidiana, que es un fenómeno divino pero también muy humano. Y como tal, es natural y hasta predecible que tanto sus miembros individuales como su comportamiento colectivo revelen defectos espirituales, psicológicos y sociológicos, porque está compuesta por seres humanos EN PROCESO de restauración, pero que no son un producto acabado. La iglesia siempre ha estado compuesta por pecadores en proceso de sanación espiritual y moral, no de santos acabados y perfectos. La iglesia triunfante es la iglesia ideal, la que Cristo desearía que fuese, la que algún día seremos, cuando entremos por las puertas de la Gran Ciudad celestial. Pero todavía, y hasta que Jesús regrese, seremos la iglesia militante.

La lección de esta semana se centra en el Gran Conflicto tal como se revela en las siete iglesias del Apocalipsis. Y, por tratarse de profecías simbólicas, es necesario no ser dogmáticos en su interpretación.

Una línea de interpretación muy común entre nosotros, como adventistas, es considerar que las siete iglesias se refieren al remanente; es decir, solamente a los cristianos “fieles”, que han mantenido la “pureza de la doctrina” a lo largo de los siglos, y que se excluye de estos mensajes a los cristianos o las iglesias que solemos calificar de “apóstatas”. Sin embargo, esta interpretación ofrece algunas dificultades, pues en la mayoría de los casos Jesús tiene que reprender a esas iglesias, aun cuando también incluya mensajes de elogio. No podemos tener una visión reduccionista del fenómeno que significa la iglesia a lo largo de la historia.

La interpretación más razonable, y que más se ajusta a la realidad al constatarla con la historia, es que Jesús se refiere, bajo el símbolo de las siete iglesias, a la historia del cristianismo en general, y no solo a un grupo selecto de cristianos. Y es que no ha habido iglesia en la historia del cristianismo que fuera perfecta. Ninguna institución religiosa, confesional, cristiana, ha estado (ni está en la actualidad, incluyendo la nuestra) exenta de defectos sociológicos, espirituales y morales. Ni aun los reformadores del siglo XVI (Lutero, Calvino), a quienes de alguna manera veneramos como a quienes debemos en gran medida nuestra identidad de protestantes, han estado limpios de errores doctrinales e incluso intolerancia religiosa. Es que eran hijos de su época. Tampoco la historia de nuestra iglesia ha sido totalmente inmune a las influencias teológicas y culturales de la época en que se inició, y desde allí hasta nuestros días.

Pero, lo que sí revela el libro de Apocalipsis, por excelencia dentro de la Revelación bíblica, es que la iglesia es el escenario del Gran Conflicto entre Cristo y Satanás, entre el bien y el mal.

La mayoría de ustedes sabe, seguramente, que dentro del mundo teológico cristiano hay varias escuelas de interpretación profética: la idealista (que se limita solo a extraer lecciones o principios espirituales de los mensajes apocalípticos, sin necesidad de ver ningún anuncio profético acerca del futuro en las profecías de Apocalipsis); la preterista (que piensa que lo que nosotros llamamos profecías en realidad eran mensajes que se aplican a los sucesos históricos de aquella época, y en ninguna manera al futuro: especialmente aplicables al Imperio Romano, a Nerón, etc.); la futurista (que considera que la profecía “pega un salto” desde los días de Juan hasta el fin de la historia, y que describe casi exclusivamente eventos que sucederán en el tiempo del fin, sin tomar en cuenta el resto de la historia del cristianismo desde Juan hasta nuestros días); y la historicista, que es la escuela a la que adherimos como iglesia, que entiende que la profecía de Apocalipsis presenta un pantallazo general de la historia del cristianismo, desde la iglesia apostólica hasta nuestros días.

En mi comentario, entonces, voy a limitarme a señalar aquellos pasajes en los que implícita o explícitamente se hace alusión a la figura del enemigo y del Gran Conflicto, en la descripción de las siete iglesias de Apocalipsis, o a alguna condición espiritual desfavorable que presentan las distintas iglesias, que obviamente, entre otras cosas, es fruto de la obra satánica para desvirtuar y destruir a la iglesia, y neutralizar su misión. Vamos a señalar, también, a grandes rasgos, a qué período de la historia del cristianismo corresponde cada iglesia, según la interpretación corriente (aunque no unánime) de nuestros teólogos:

 

ÉFESO (siglo I d.C.: la iglesia apostólica)

“Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos […]. Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco” (Apoc. 2:2, 6).

Satanás introdujo, ya desde el tiempo de los apóstoles (ver Hech. 20:28-30; 2 Ped. 2:1-3; Jud. 1:4), gente inconversa, “malos”, “mentirosos”, dentro de la iglesia. Es la mejor estrategia para desviar, corromper, desanimar, desmoralizar (y amoralizar) y destruir a la iglesia. Durante el primer siglo del cristianismo, la iglesia tuvo que luchar tanto contra la influencia nefasta de los maestros judaizantes, que con su legalismo acérrimo neutralizaban el mensaje del evangelio y de la Cruz (contra lo cual luchó incansablemente Pablo), como contra la influencia del gnosticismo, herejía de origen grecolatino que negaba la divinidad de Cristo o su humanidad (docetismo); así como contra la influencia de maestros libertinos moralmente, que querían aprovechar su influencia para satisfacer sus intereses egoístas y pasionales, y que pretendían vaciar de contenido moral el evangelio, introduciendo su propio libertinaje en la vida moral de la iglesia (posiblemente esta era la influencia de los nicolaítas). En vida de los apóstoles, estas herejías se mantuvieron a raya, y ellos mismos advirtieron a la iglesia en contra de estas influencias. Hoy, deberíamos aprender de la historia, y como iglesia no dejar de ser celosos de la “sana doctrina” (1 Tim. 1:10; 6:3; 2 Tim. 4:3; Tito 2:1) así como de la ética bíblica, sin caer en el extremo de la pérdida del amor, como parece ser que le sucedió a Éfeso (Apoc. 2:4), que en su afán de defender la verdad, de los falsos maestros, parece haber perdido esta característica esencial del cristianismo. Es algo a lo cual somos muy susceptibles también hoy como iglesia.

 

ESMIRNA (siglos II-IV d.C.: la iglesia de las catacumbas; la era de los grandes mártires

“Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás. No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:9, 10).

En esta época, de las grandes persecuciones que sufrió la iglesia, Satanás se ensañó contra ella de manera especial. No pudo introducir sus herejías en la iglesia apostólica, y entonces quiso destruirla físicamente, a través de las persecuciones. Es la era en que la iglesia tuvo que actuar en forma encubierta, escondida; que vivía en las catacumbas. No tenía poder político, ni económico; sus fieles eran diezmados por doquier a través de la cruz, de las fieras del circo romano, de las hogueras, pero nunca brilló tanto la luz del evangelio, de la fidelidad de los hijos de Dios, como en esta época. Nunca fue tan gloriosa como entonces. El que era cristiano lo era de veras; no por conveniencia política, ni social ni material. Ser cristiano significaba muy probablemente convertirse automáticamente en un mártir. Y sin embargo, la sangre del cristiano era semilla, que brotaba por todas partes produciendo más cristianos, porque nunca el testimonio del cristianismo fue tan fuerte y genuino como en aquella época.

Siempre la persecución obró como elemento purificador de la iglesia. Dios quiera que no necesitemos esto nosotros hoy para que solo quede lo genuino, lo auténtico. Ciertamente, la comodidad, el aburguesamiento, el institucionalismo, la aprobación de la sociedad, no le hacen bien a la iglesia. No necesitamos la aprobación del mundo sino la de Dios.

 

PÉRGAMO (siglos IV-VI d.C.: la iglesia de Constantino, la unión de la Iglesia con el Estado y el ascenso de Roma espiritual)

“Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás. Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco” (Apoc. 2:13-15).

Constantino, el gran emperador romano, se convierte al cristianismo (no vamos a juzgar ahora si fue una conversión genuina o solo una actitud demagógica y estratégica), y no solo cesan las persecuciones sino también la iglesia se convierte en la religión oficial del Imperio. Se forma, entonces, a imitación de la modalidad del Imperio Romano pagano, la nefasta unión de la Iglesia y el Estado. Empieza el adulterio espiritual, el sincretismo (unión de elementos religiosos de distinta extracción), simbolizado bajo la doctrina de Balaam, que hizo fornicar a los hijos de Israel con mujeres paganas. Se introducen elementos de la filosofía grecolatina en la iglesia, contaminando la doctrina de la iglesia con enseñanzas como la de la inmortalidad natural del alma, la oración por los muertos, el infierno y el purgatorio, la confesión auricular, la veneración de los santos y de María, y la autoridad del pontífice de Roma por encima del resto de los obispos. Empiezan los intereses políticos de aquellos que se unen a la iglesia e intentan acomodarse dentro de ella.

Nunca debemos perder de vista la separación que debe haber entre los asuntos religiosos y los políticos, no en el sentido de que no nos interese la vida pública y civil del pueblo, sino que la iglesia no debe tener ningún compromiso con el Estado que le impida mantener su libertad de conciencia y de acción.

 

TIATIRA (siglos VI-XVI d.C.): la iglesia medieval, dominio de Roma espiritual, la época de la Inquisición

“Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que toleras que esa mujer Jezabel, que se dice profetisa, enseñe y seduzca a mis siervos a fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos. […] Pero a vosotros y a los demás que están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina, y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No os impondré otra carga; pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga” (Apoc. 2:20, 24).

Esta es la época en que se afianza el poder de Roma, y la iglesia, de ser perseguida, pasa a ser perseguidora de aquellos que no piensan como ella ni acatan su autoridad. Es la época del Oscurantismo. Es la época, tanto en doctrina como en obras persecutorias, de las “profundidades de Satanás”, cuando desplegó su poder utilizando, paradójicamente, a la misma iglesia como su instrumento para oponerse a la voluntad de Dios y tratar de destruir a los hijos de Dios fieles.

Estos hijos de Dios fieles (tanto los que se quedaron dentro de la iglesia oficial –como San Francisco de Asís, por ejemplo–, como los que optaron por la Reforma y el disenso –como los Valdenses, los Albigenses, Huss, Jerónimo, Wycleff, etc.) no estuvieron exentos de errores doctrinales. Pero lucharon por una iglesia pura en sus prácticas, que conservara el verdadero espíritu de amor, humildad y servicio del cristianismo. Por eso, Jesús les dice que no impondrá mayores cargas a ellos, pero que retengan lo que tenían, hasta su venida: la fe verdadera, el amor, la humildad, la pureza de vida.

Hoy también tenemos que aprender a conservar este verdadero espíritu cristiano, y no dejarnos obnubilar por el institucionalismo, el poder eclesiástico aun dentro de nuestras filas, el aburguesamiento, el materialismo. Debemos luchar por recuperar el verdadero espíritu del evangelio, que es amor, humildad y servicio.

 

SARDIS (siglos XVI-XVII d.C.): la iglesia de la Reforma y el formalismo religioso, la importancia de los credos como valor supremo

“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto. Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete” (Apoc. 3:1-3).

Los reformadores lograron emancipar a gran parte del cristianismo de la tiranía de la iglesia medieval. Tenían que recuperar una doctrina más pura, más fiel al evangelio. Pero, en ese afán, también cayeron en la “fría ortodoxia”, en la que el valor supremo era cuidar y proteger sus credos, compitiendo aun entre sí por quién tenía el credo más correcto. Pero empezaron a perder el “Espíritu”, para quedarse solo en la formalidad de la doctrina y de las prácticas litúrgicas. Empezaron a parecer muertos en vida.

Como adventistas, esto es una nota de advertencia para nosotros, que damos tanta legítima importancia a la doctrina y a la corrección doctrinal. Pero, en este afán legítimo, podemos perder de vista que la ortodoxia doctrinal debe estar al servicio de la VIDA, de la VIDA CRISTIANA. Sin desmerecer la importancia de la doctrina, nuestra mayor necesidad no es la de más teología sino del ESPÍRITU SANTO, y de un regreso a la sencillez y el amor del evangelio. Que no seamos muertos en vida, con una lista de doctrinas muy correctas y de normas muy pulcras para cumplir, pero que carecen de corazón y de amor.

 

FILADELFIA (siglos XVII-XIX): la época de los grandes reavivamientos (metodismo, evangelicalismo, movimiento millerita)

“He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado. Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra” (Apoc. 3:9, 10).

Como reacción a ese frío cristianismo formal de la Posreforma, hubo distintos movimientos, especialmente en Inglaterra y los Estados Unidos, de una búsqueda de una verdadera vida espiritual. Es la época de los grandes reavivamientos (como el Metodismo Wesleyano), de la búsqueda del Espíritu Santo, del auge de las misiones al extranjero, del surgimiento de las Sociedades Bíblicas. Entre estos movimientos, se destaca el millerismo, el gran Movimiento Adventista. No hay ningún reproche para esta época de la iglesia, que aunque tuviera sus defectos, tenía una BÚSQUEDA intensa de Dios, y cundía el amor. Son los preciosos frutos del reavivamiento, que también nosotros podemos experimentar, si nos volvemos a Dios de todo corazón y con verdadero sentimiento de necesidad.

 

LAODICEA (siglos XIX-XXI): cristianismo contemporáneo, posmoderno, Iglesia Adventista

“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apoc. 3:15-17).

Solemos aplicar este mensaje exclusivamente a la Iglesia Adventista, pero si bien está incluida en él, describe más bien la condición general del cristianismo: un cristianismo posmoderno; tibio; que intenta acomodarse al mundo, a sus filosofías, sus maneras de pensar, su relativismo, su falta de confianza en los absolutos, su desapego de la Revelación bíblica, considerándola como un libro de factura meramente humana influenciado por el “pensamiento primitivo” de la época en que fue escrita. Un cristianismo sin discipulado, sin seguimiento, sin valentía, sin disposición a soportar el ridículo y la burla de la sociedad secularizada.

Y como adventistas, corremos el riesgo de sentir que porque “tenemos la verdad”; porque somos “la iglesia verdadera” y los demás son Babilonia (concepto que personalmente me parece inaceptable, ofensivo y soberbio); porque tenemos grandes, prolijas y eficientes instituciones, somos “ricos” y “de ninguna cosa” tenemos necesidad. Cuando, en realidad, nuestra mayor riqueza sería ser personas e iglesias llenas del Espíritu Santo, de amor servicial y abnegado por nuestros prójimos necesitados, de una mayor semejanza con Cristo en carácter, en bondad, en conducta, en trato con nuestro prójimo.

 

Que por la gracia de Dios podamos aprender de la historia, evitar los errores que la iglesia como cristianismo global ha cometido en el pasado, y sobre todo volver a las raíces, al cristianismo primigenio, humilde, manso, amante de la verdad y de las personas, y dispuestos a jugarnos por nuestra identidad de cristianos en el lugar donde nos encontremos.

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