Comentario lección 10 – Primer trimestre 2016

La figura de Satanás, en la actualidad, es vista como un resabio de pensamiento mágico, primitivo, y se niega, minimiza o relativiza su existencia real, excepto en alguna película de terror, para aumentar el miedo de los espectadores, pero con la “conciencia” de que es solo una ficción.

Sin embargo, en los escritos de Pablo, inspirados por el Espíritu Santo, la figura de Satanás, y de esta gran lucha cósmica que se libra en el mundo pero sobre todo en nuestras almas, tiene entidad muy real, concreta y actuante en el mundo.

Me limitaré a transcribir algunos de los textos más significativos de Pablo al respecto, y a hacer algún breve comentario:

 

“No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia” (1 Corintios 7:5).

Los apetitos sexuales son una de las tendencias humanas de las que se vale el enemigo para tentarnos a fin de que nos soltemos de la mano de Dios y nos degrademos como personas. Algo que debemos vigilar especialmente en los tiempos en que vivimos, tan sobresaturados de erotismo, especialmente a través de los medios de comunicación. También está implícita una recomendación de que los seres humanos formemos pareja, no solo para cubrir nuestras necesidades afectivas sino también de índole sexual. Pablo, que no solo era un gran teólogo sino también un gran pastor, era muy realista acerca de la condición humana, aun de los redimidos.

 

“Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios” (1 Corintios 10:20).

Sin saberlo, mucha gente ha adorado a Satanás a través del paganismo idólatra. Y a través del ocultismo, especialmente del espiritismo, muchísima gente se pone en contacto directo con el enemigo de Dios.

 

“[…] para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11).

Qué importante es conocer las estrategias diabólicas reveladas en la Palabra, a fin de no ser entrampados por Satanás. No debemos dejar que gane ventaja sobre nosotros. No debemos darle lugar.

 

“Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:3, 4).

La incredulidad, especialmente el ateísmo, aun cuando tiene sus causas naturales (muchas veces originadas en el mal ejemplo de los creyentes y en una incorrecta proyección de la imagen de Dios en su enseñanza), en última instancia es una obra del enemigo. Especialmente en nuestros tiempos, el enemigo ha tenido mucho éxito en cegar el entendimiento de la gente para que no le resplandezca la luz del evangelio, para que la gente sea atea (Dios no existe), o agnóstica (no se puede saber si existe o no), deísta (Dios existe pero no se interesa en nosotros, debemos vivir nuestra vida sin referencia a él), o simplemente secularizada (Dios no me importa, solo me importa el aquí y ahora).

 

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial?” (2 Corintios 6:14, 15).

No hay compatibilidad entre el carácter de Jesús y el del enemigo, entre sus principios y los de Satanás, entre su sentir y el sentir diabólico. Unirnos con quien de alguna manera culturalmente sutil (intelectual, filosófica, ética), o groseramente diabólica (ocultistas, etc.), se halla del lado del enemigo es, de alguna forma, unirnos con el enemigo. No podremos dejar de recibir su influencia. Por eso, el consejo bíblico es no formar asociaciones de compromiso (ni político, ni comercial, ni de pareja, etc.) con quien no se ha rendido a Cristo. No es una cuestión de exclusivismo egoísta. Es cuestión de no dejar de ser lo que somos, cristianos, por causa de habernos unido en un yugo que, tarde o temprano, nos llevará en la dirección que escoja la persona no creyente con la cual nos hemos unido.

 

“Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo” (2 Corintios 11:3).

Para Pablo, la escena de la Tentación de Génesis 3 era muy real, no mitológica ni simbólica. Y Pablo puntualiza lo que aparece en otras partes de la Biblia (Mateo 24, Apocalipsis 13, 16, etc.), en el sentido de que el enemigo utiliza la astucia y engaño para “extraviarnos” de Dios, ya sea apelando a nuestros pensamientos como a nuestros sentidos. Lo intelectual, o ideológico, tanto como lo sensorial (la experiencia sensible) pueden ser armas diabólicas efectivas cuando no nos aferramos de la “fría Palabra”, de un “Así dice Jehová”.

 

“Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras” (2 Corintios 11:13-15).

Su estrategia diabólica es revestir de luz y de bondad sus malévolas intenciones. No todo lo que brilla es oro. No todo lo que parece agradable y bondadoso es necesariamente bueno, aun cuando pueda implicar alguna obra de bien, incluso milagrosa, en favor de los necesitados. Cuando en el mensaje y en los hechos no hay armonía con la Palabra revelada de Dios, la Santa Biblia, no hay seguridad en nada que se presente con las mejores ropas, como “lobos vestidos de ovejas”.

 

“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:1-3).

La condición humana natural, caída, es una condición que lleva la semejanza del príncipe de las tinieblas, y está caracterizada por muerte espiritual, delitos, pecados, conformidad con las pautas pecaminosas que hay en el mundo, espíritu de desobediencia, satisfacción de los deseos de la carne (pecaminosos), fuerte voluntad de seguir los dictados de esta naturaleza pecaminosa, ira (enemistad con Dios y con el prójimo). Todo este desastre espiritual es producto de la acción diabólica en el mundo, y manifiesta el espíritu de rebelión contra Dios y contra el bien.

 

“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo” (Efesios 4:26, 27).

Es interesante que la ira sostenida, el enojo persistente hacia nuestro prójimo, es una compuerta por la cual el enemigo puede adueñarse, hasta cierto punto de nuestra vida, porque nos hace participar de su espíritu de rencor, resentimiento y odio. Se nos insta a no dar lugar al diablo, a cerrar las compuertas a través de las cuales podría penetrar en nuestra vida.

 

“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:11, 12).

Este es quizás el texto más claro, explícito y enfático de Pablo, y hasta cierto punto de toda la Biblia, acerca de la existencia del mal no meramente como un principio que existe en la experiencia humana, sino como encarnado en un ser personal. Pablo nos dice que nuestros problemas no son meramente humanos (psicológicos, biológicos, sociológicos, políticos, ecológicos). Nuestra lucha es contra los “gobernadores de las tinieblas”, contra “huestes espirituales de maldad”, contra las “asechanzas del diablo”. Por eso, nos insta a estar bien pertrechados en esta lucha contra el mal.

 

“El cual [Dios el Padre] nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13).

Un maravilloso texto que nos habla de liberación que Jesús puede realizar en nosotros a pesar del poder de Satanás. Nos ha librado de su poder, y tenemos el privilegio de ser trasladados al reino bendito de Jesús, donde reina el amor, la verdad, la pureza, la integridad, la esperanza. No tenemos por qué ser cautivos de la voluntad diabólica.

 

“Y despojando [Cristo] a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15).

En la Cruz, que pareciera la derrota de Jesús frente al enemigo, en realidad Jesús logró su victoria sobre él. Demostró los alcances del amor de Dios, nos rescató de los reclamos de Satanás sobre nuestra vida y salvación, expió nuestros pecados, nos reconcilió con Dios, aseguró nuestra salvación, y adquirió el derecho cósmico de condenar el mal y al enemigo para siempre.

 

“Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Tesalonicenses 2:8-10).

Aquí se refuerza la idea repetida en otras secciones escatológicas del Nuevo Testamento, que ya hemos señalado (Mateo 24, Apocalipsis 13, 16), de que las armas maestras del enemigo, para engañarnos, entramparnos y destruirnos, son lo milagroso, lo prodigioso, lo sensacional, lo espectacular, y todo tipo de engaño. Estos elementos “sobrenaturales” tienen un poder infatuador terrible, y debemos estar prevenidos contra ellos. Como normalmente, aun en nuestra vida religiosa, no solemos tener este tipo de experiencias, el día que lleguemos a ver un verdadero “milagro” seguramente experimentaremos un “shock” tan grande que a menos que tengamos muy claro el hecho de que Satanás también puede producir este tipo de experiencias nos sentiremos casi irresistiblemente seducidos a pensar que provienen de Dios. Pero aquí se aclara quiénes son los que se dejan engañar por Satanás: los que “no recibieron el amor de la verdad”. Cuando hay otras cosas que amamos más que la verdad –seguridad terrenal, prosperidad material, placeres, compañías humanas, etc.–, somos altamente vulnerables a los engaños diabólicos. Pero si amamos la verdad, nos parecerá más preciosa que cualquier supuesto beneficio terrenal o milagro sensacional. El gran milagro, en realidad, es la transformación de nuestra vida a la semejanza divina y, aun siendo pecadores y rebeldes por naturaleza, llegar a ser de verdad, por motivaciones correctas, hijos de Dios obedientes a su voluntad.

 

“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14, 15 [aunque en realidad no hay evidencias contundentes de que la Epístola a los Hebreos haya sido escrita por Pablo, nuestros teólogos, y otros, se inclinan por pensar que así fue]).

Esta es la gran y maravillosa paradoja de la redención. Es a través de su muerte que Cristo ha vencido a la misma muerte, al haber triunfado sobre su autor y rey, Satanás. Nos ha librado del temor a la muerte, porque gracias a Cristo, aun este postrer enemigo es un enemigo ya vencido. Cuánto tenemos que bendecir y alabar el nombre de Cristo, por su sacrificio al hacerse hombre (participar de carne y sangre, con todo lo que implica la naturaleza humana en términos de susceptibilidad al sufrimiento) y haber estado dispuesto incluso a dejarse atrapar por las garras de la muerte. Pero el Autor de la vida fue vencedor incluso sobre la muerte, y gracias a eso nosotros tenemos la bendita esperanza de no tener que ser retenidos por su dominio.

 

Que Dios nos fortalezca con todo recurso que el Cielo ha puesto a nuestra disposición, para poder resistir los embates diabólicos, así como sus seducciones y engaños. Que podamos tomar hoy y siempre la decisión de ponernos del lado de Cristo, que es ponernos del lado del bien y la verdad, en esta gran guerra cósmica en que nos encontramos y que no podemos eludir.

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