Carta 1 – 1845 – Parte 2

Transcrito de Day-Star, vol. 9, nos 7 y 8, 24 de enero de 1846, pp. 31, 32.
Ver Elena de White, Primeros escritos, pp. 13-20.

 

Fueron cayendo a lo largo de todo el camino, uno tras otro, hasta que escuchamos la voz de Dios, semejante a muchas aguas, que nos anunciaba el día y la hora de la venida de Jesús (1). Los santos vivientes, 144.000 en número, reconocen y entienden la voz; pero los malvados se figuraron que era fragor de truenos y un terremoto. Cuando Dios señaló la fecha, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo, y nuestros rostros comenzaron a iluminarse y a brillar con la gloria de Dios, como el de Moisés cuando descendió del Sinaí (Éxo. 34:30-34).

Para ese entonces, los 144.000 estaban todos sellados y perfectamente unidos. En su frente estaba escrito: “Dios. Nueva Jerusalén”, y una estrella brillante con el nuevo nombre de Jesús. Los impíos se enfurecieron al vernos en nuestro santo y feliz estado, y querían apoderarse de nosotros para encarcelarnos, pero cuando extendimos la mano en el nombre del Señor, los impíos cayeron rendidos al suelo. Entonces la sinagoga de Satanás (2) supo que Dios nos había amado –a quienes podíamos lavarnos los pies unos a otros y saludar a los hermanos con un ósculo santo (3) –, y ellos adoraron a nuestros pies. Pronto nuestros ojos se dirigieron hacia el este, donde había aparecido una pequeña nube negra del tamaño aproximado de la mitad de la mano de un hombre, la cual era, según todos sabíamos, la Señal del Hijo del Hombre. En solemne silencio, todos contemplamos cómo la nube iba acercándose y volviéndose cada vez más luminosa, gloriosa y aún más esplendorosa, hasta que se convirtió en una gran nube blanca. Su parte inferior se veía como fuego; sobre la nube, había un arco iris, mientras alrededor de ella aleteaban diez mil ángeles que cantaban un canto muy hermoso. Sobre ella estaba sentado el Hijo del Hombre; sobre su cabeza había muchas coronas, sus cabellos eran blancos y rizados, y le caían sobre los hombros. Sus pies tenían la apariencia del fuego; en su mano derecha había una hoz aguda; en la izquierda, una trompeta de plata. Sus ojos eran como una llama de fuego, los cuales escudriñaban de par en par a sus hijos.

A continuación, todos los semblantes palidecieron, y se oscurecieron los de aquellos a quienes Dios había rechazado. Entonces, todos exclamamos: “¿Quién podrá sostenerse en pie? ¿Está inmaculada mi túnica?” Después, los ángeles dejaron de cantar, y hubo un tiempo de pavoroso silencio, cuando Jesús habló: “Quienes tengan las manos limpias y el corazón puro serán capaces de sostenerse en pie; les basta mi gracia”. Al escuchar estas palabras, nuestros rostros se iluminaron, y el gozo llenó todos los corazones. Los ángeles pulsaron una nota más alta y volvieron a cantar, mientras la nube se acercaba aún más a la Tierra. Luego, mientras descendía en la nube envuelto en llamas de fuego, sonó la trompeta de plata de Jesús. Contempló las tumbas de los santos que dormían, después alzó los ojos y las manos al cielo, y exclamó: “¡Despierten! ¡Despierten! ¡Despierten los que duermen en el polvo, y levántense!”

Entonces se produjo un poderoso terremoto. Se abrieron los sepulcros y resucitaron los muertos, revestidos de inmortalidad. Los 144.000 exclamaron “¡Aleluya!”, al reconocer a los amigos que la muerte había arrebatado de su lado, y en el mismo instante nosotros fuimos transformados y arrebatados juntamente con ellos, para encontrarnos con el Señor en el aire. Juntos, todos entramos en la nube, y durante siete días fuimos ascendiendo hasta el mar de vidrio, donde Jesús sacó las coronas y con su diestra las colocó sobre nuestras cabezas. Nos dio arpas de oro y palmas de victoria. Aquí, en el mar de vidrio, los 144.000 formaban un cuadrado perfecto. Algunos de ellos tenían coronas muy brillantes; otros, no tan brillantes. Algunas coronas se veían colgadas de estrellas (4), mientras que otras tenían unas pocas. Todos estaban perfectamente satisfechos con sus coronas. Y todos iban vestidos con un glorioso manto blanco desde los hombros hasta los pies. Había ángeles en todo nuestro derredor mientras marchábamos por el mar de vidrio hacia la puerta de la ciudad. Jesús levantó su brazo potente y glorioso, asió la perlina puerta, la hizo girar sobre sus relucientes goznes y nos dijo: “Ustedes han lavado sus túnicas en mi sangre, se mantuvieron firmes en mi verdad. Entren”. Todos ingresamos resueltamente, con el sentimiento de que teníamos perfecto derecho a entrar en la ciudad. Aquí vimos el árbol de la vida y el trono de Dios. Del trono salía un río de agua pura, y a ambos lados del río estaba el árbol de la vida. (5) En una margen había un tronco del árbol, y otro tronco en la otra margen, ambos de oro puro y transparente. Al principio pensé ver dos árboles. Volví a mirar, y vi que los dos troncos estaban unidos en su parte superior en un solo árbol. Así estaba el árbol de la vida en ambas márgenes del río de vida. Sus ramas se inclinaban hacia el lugar donde estábamos. Y el fruto era glorioso, que se veía como de oro mezclado con plata.

(1) En A Word to the “Little Flock”, Jaime White proporciona una discusión temprana de esta predicción, contrastándola con el pensamiento millerita sobre “la voz de Dios”. Nota que, según la secuencia descrita en esta visión, el “día y la hora de la venida de Jesús” es anunciada después del fin del tiempo de gracia y, aparentemente, muy poco tiempo antes de la Segunda Venida. Más tarde, cuando algunas personas alegaron que Elena de White había afirmado conocer el día y la hora de la venida de Jesús, pues le fue mostrado en visión, ella respondió: “No tengo noción alguna del tiempo que habló la voz de Dios. Escuché cuando fue proclamada la hora, pero no podía recordar esa hora al salir de la visión”.

(2) La imagen utilizada aquí fue tomada de Apocalipsis 3:9, en que los oponentes religiosos del pueblo de Dios (“la sinagoga de Satanás”) finalmente son llevados a reconocer, humillados, que aquellos a quienes se habían opuesto amargamente eran “amados por Dios”. Por un comentario más extenso, ver Carta 2, 1847 (21 de abril), nota 5.

(3) Es interesante notar la mención positiva, ya en esta primera visión, de las prácticas litúrgicas cristianas antiguas del lavamiento de los pies y el “ósculo santo”. Esto marca una expresión temprana del ideal restauracionista que habría de ser central en el desarrollo teológico adventista del séptimo día. Siguiendo las exhortaciones del Nuevo Testamento de “saludaos los unos a los otros con ósculo santo” (Rom. 16:16, etc.), esta práctica se abrió camino en los servicios de adoración de la iglesia primitiva.

(4) En reimpresiones posteriores, se cambió el término “colgadas”, aparentemente erróneo (hung, en inglés) por “pesadas” (heavy). En español, se tradujo primeramente como “cuajadas”, y más recientemente “cargadas” (ver Elena de White, Primeros escritos, edición de 2014, p. 47).

(5) La descripción dada en esta sección no deja lugar a dudas de que después de la resurrección los santos ascienden al cielo, donde están “la Ciudad”, el árbol de la vida y el río de la vida. Sobre este punto, de maneras interesantes, hay divergencias entre este informe y el concepto general millerita de la época. La conclusión de Guillermo Miller, aceptada casi universalmente por su movimiento, era que en la venida de Cristo los “santos vivos y resucitados serán arrebatados para encontrarse con el Señor en el aire. Entonces los santos serán juzgados y presentados al Padre sin mancha ni arruga […]. Y, mientras esto se lleve a cabo en el aire, la Tierra será purificada con fuego […]. Entonces Cristo, y su pueblo, descenderá de los cielos, o del medio del aire, y vivirá con sus santos en la Tierra Nueva, en un cielo, o dispensación nueva, para siempre”. La idea de que los santos ascienden al cielo después de la resurrección no se halla en los informes milleritas. Los santos se encontrarían “en el aire” o “en medio del aire”, esperando la purificación de la Tierra. El foco se halla puesto en la Tierra, sobre la cual descienden los santos con la Santa Ciudad, una vez que la Tierra ha sido purificada, para permanecer durante el Milenio y más allá.

El concepto millerita de un Milenio terrenal fue retenido en los escritos de José Bates hasta 1847. Previo a la “segunda aparición” de Cristo, escribió Bates en 1847, él recibe “la Santa Ciudad, que es la capital de su Reino, que traerá consigo y establecerá aquí, y será para siempre la capital de todos sus dominios bajo el cielo entero” (Second Advent Waymarks, p. 57).

Jaime White también mantenía, en 1846, que “Cristo viene para levantar a los muertos justos y cambiar a aquellos que están vivos. Cristo viene para restaurar esta Tierra a su pureza primitiva. Él viene para levantar su Reino eterno y reinar. Cristo será Rey. La Tierra prometida a Abraham y expandida en Daniel 7 y en Isaías 65 ha de ser el territorio, la semilla espiritual de Abram, los súbditos, etc.” (En una declaración memorable realizada diez años más tarde, en 1855, Jaime White afirmó que el predicador millerita E. R. Pinney había enseñado “que el Reino de Dios no sería establecido en la Tierra hasta el final del séptimo milenio”, y que él, White, había “enseñado lo mismo desde 1845”. Sin embargo, el extracto citado arriba sugiere que fue poco tiempo después que adoptó esta postura.) Pareciera, entonces, que la visión de diciembre de 1844 contenía vislumbres de un milenio celestial mucho tiempo antes de que este tema fuera desarrollado por los adventistas sabatarios.

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