Comentario lección 8 – Primer trimestre 2016

La lección de esta semana es de gran aliento espiritual para quienes hemos decidido seguir a Cristo y nos hemos puesto de su lado en el Gran Conflicto. Porque nos habla de los discípulos de Jesús y de cómo, aun cuando fueron seres con “pasiones semejantes a las nuestras” (Santiago 5:17), fueron aceptados por Jesús, llamados por él, elegidos, amados y sostenidos por su amor, para ser sus representantes en el mundo, así como lo hace con nosotros. La lección nos muestra que la relación de amor y aceptación de Jesús con sus discípulos no estaba basada en la perfección de la conducta de ellos sino en el gran amor del Salvador, y en que Jesús tenía un plan maravilloso para sus vidas.

 

PEDRO

Pedro parece ser el discípulo al que se le presta más atención en el relato de los evangelios. No porque Jesús tuviera el plan de que llegara a ser la cabeza de la iglesia, sino quizá porque debido a su carácter difícil, sus caídas y su arrepentimiento llega a ser un ejemplo vívido de la relación de amor, misericordia y restauración de Jesús con cada uno de nosotros.

El episodio del Evangelio seleccionado en la Guía de Estudio de la Biblia de esta semana es conmovedor: Jesús invade el terreno de Pedro. Se mete en su vida y en su oficio. Le pide que siga pescando a pesar de que Jesús no era “del palo”, y los pescadores sabían muy bien que se pesca mejor de noche, y así lo hicieron, con resultados infructuosos. Sin embargo, a pesar de una leve protesta, Pedro confía en la Palabra de Jesús, y en su palabra echa la red por última vez en el mar. El resultado es maravilloso. La red se llena de peces, al punto de casi romperse y de que otras barcas tengan que venir en su auxilio. Pedro ve en este milagro una REVELACIÓN de Dios: se da cuenta de que quien tiene delante no es un mero hombre, y consciente de su pecaminosidad cae subyugado a sus pies, con la expresión: “Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador”. Esta es la reacción de todo aquel que ha llegado a tener un atisbo de la grandeza y la santidad de Jesús, y por contraste toma conciencia de su absoluta pecaminosidad. Nos sentimos indignos ante la presencia de Jesús, y sabemos que jamás podríamos sostenernos con nuestros propios méritos ante su infinita santidad. Somos conscientes de que nuestra obediencia siempre es imperfecta; que nuestras buenas obras siempre son insuficientes e incluso están manchadas, en última instancia, por nuestro ego; que nuestro carácter siempre es imperfecto y está muy lejos del carácter inmaculado de Jesús. Pero, a pesar de que todo eso es verdad, Jesús nos acepta tal como somos, si estamos dispuestos a aceptarlo a él como Salvador, y no solo nos recibe como sus hijos sino también nos dignifica, al darnos un encargo sagrado que sería más digno de los ángeles que de hombres pecaminosos: “No temas, de ahora en más serás pescador de hombres”.

En otras palabras, en medio de esta gran batalla cósmica, Jesús nos alista como sus soldados para luchar contra el enemigo arrebatándole almas de su dominio, para que como nosotros ingresen en el Reino de Dios.

Uno podría pensar que luego de este extraordinario llamado la vida de Pedro seguiría “derechita”, sin errores, sin defectos, sin caídas. Pero lo vemos una y otra vez, en el relato de los evangelios, equivocándose, no discerniendo bien el carácter espiritual de la misión de Jesús; con prejuicios, reacciones coléricas, autosuficientes, y finalmente negando cobardemente a Jesús en el momento que más lo necesitaba, por causa de la presión social. Ciertamente, como Jesús le declarara más adelante, Satanás lo había pedido a Pedro –como nos pide a nosotros– para zarandearlo como a trigo. Pero Jesús le promete: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:32). Qué consolador y alentador es saber que Jesús, en este instante, y hasta que regrese a buscarnos, está rogando por nosotros, pobres hijos suyos frágiles y mortales, porque sabe que estamos permanentemente siendo zarandeados por el enemigo, tratando de hacer que nos perdamos.

Pedro cayó, pero aun antes de que lo hiciera, Jesús ya le aseguraba su perdón y aceptación: “Tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (22:32). Del mismo modo, cuando resucitó de los muertos, a través de los ángeles les confirmó a todos los discípulos, que lo abandonaron en su peor hora, que los seguía amando y quería encontrarse nuevamente con ellos, para continuar con su amistad. Pero, al hacerlo, subraya a Pedro: “Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo” (Marcos 16:7).

¡Cuán maravilloso es el amor de Jesús!

 

ESTAR CON ÉL: LA PRIMERA CONDICIÓN DEL DISCIPULADO Y EL SERVICIO

La lección de esta semana, con mucho tino, nos llama a la reflexión sobre el peligro de la terrible paradoja: ser cristianos sin Cristo, ser misioneros sin tener una relación real y viva con Jesús.

Cuán susceptibles de caer en este error estamos muchos de nosotros, especialmente aquellos que, estresados por tanta actividad eclesiástica, quizás nos hemos estado deslizando hacia una sutil forma de salvación por obras: la hiperactividad eclesiástica. Quizás hemos llegado al punto de estar automatizados, de cumplir con nuestras responsabilidades de iglesia como si fuesen un trabajo más, habiendo perdido de vista al que le da sentido a todo ese despliegue de programas y actividades, y sin tener un contacto vital con él. Ante todo, Jesús llamó a sus discípulos “Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar” (Marcos 3:14; el énfasis es mío). La predicación viene después de estar con él. De lo contrario, es solo palabra muerta, elocuencia humana, un despliegue de hábil oratoria.

No podemos dar lo que no tenemos. Ante todo, debemos cultivar nuestra relación con Jesús, y entonces sí, felices de haber estado en su presencia, querremos que otros participen también de esta felicidad.

 

“CALLA, ENMUDECE”

El episodio de Marcos 4:35 al 41 es altamente simbólico, en relación con el Gran Conflicto. No estamos transitando plácidamente sobre un mar sosegado, de cristal, como el de los cuentos de hadas. Desde la entrada del pecado en nuestro mundo, aun cuando Dios, en su misericordia, nos proporciona muchos momentos de bonanza, estamos navegando en un mar tormentoso, fruto de la acción diabólica en el mundo y en los corazones humanos. En nuestro mundo hay guerras, hambre, desastres naturales, conflictos sociales, violencia, crisis familiares, crisis personales, angustia, depresión, suicidio. Nadie medianamente razonable, y a menos que acuda al mecanismo de defensa de la negación o la minimización, puede sentir que vivimos en el Paraíso. Basta con abrir el periódico de cada mañana para darnos cuenta, a la luz de la Palabra de Dios, que estamos en medio de una guerra. Navegamos en un mar tormentoso.

Pero Jesús sigue siendo el Dios todopoderoso, capaz aún de calmar las tormentas. Su palabra, llena de autoridad, sigue pudiendo traer paz y calma a nuestra vida. Puede refrenar la acción diabólica que se ejerce continuamente contra nosotros, y de hecho lo hace, porque si no estaríamos totalmente destruidos y desquiciados. Y, sobre todo, dentro de poco llegaremos al puerto de paz, donde pasará para siempre el peligro: “Tras la tempestad, nos veremos más allá, vamos pronto a nuestro eterno hogar”, anuncia triunfante el bello himno de nuestro himnario. Pronto cesará el conflicto. El tema medular, definitorio, es si JESÚS ESTÁ EN NUESTRA BARCA (nuestra vida) O SI PREFERIMOS NAVEGAR SOLOS.

 

LOS VALORES SUBVERSIVOS DEL REINO DE LOS CIELOS

Quizás uno de los ejes fundamentales de la propuesta diabólica de gobierno es instalar en nosotros el ansia de poder. El gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche, así como el gran psicólogo Alfred Adler decían que este es el instinto básico de la naturaleza humana, hacia el cual apunta toda la conducta del hombre: el deseo de dominio, de poder.

Pero los valores del Reino de los cielos van a contrapelo de esta propuesta y este sentir diabólicos. Para Jesús, lo más importante es el amor abnegado, el servicio, el vivir para ayudar a otros en sus necesidades reales: “Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:25-28).

Cuántos conflictos familiares, sociales, políticos y aun dentro de la iglesia se hubieran evitado si los cristianos nunca hubiésemos perdido de vista estos valores esenciales del Reino de los cielos. Aun en el seno del hogar, cuántas veces las relaciones entre los cónyuges se basan en luchas por el poder, por el dominio. E incluso dentro de la iglesia, cuánta ambición profana hay por los cargos, por gobernar a la iglesia por parte de algunos líderes. Pero la fórmula de Jesús siempre es la que trae paz y felicidad: la humildad y vivir para bendecir a otros, y no para el yo.

 

LA REVELACIÓN DE DIOS: NUESTRA ÚNICA SEGURIDAD

El enemigo logró desanimar a todos los discípulos, luego de la muerte de Jesús, al haberlos convencido de que el Mesías sería un gobernante político que los libraría del dominio de Roma. Les instaló ideas en la mente que eran ajenas a la Palabra de Dios o que solamente parcializaban su mensaje, destacando aquellos que retrataban al Mesías reinante y pasando por alto al Mesías sufriente.

Pero Jesús, en su encuentro con los discípulos tristes que iban camino a Emaús, no se revela primero a ellos físicamente, sino que hace que su mente se dirija a la Palabra escrita, dándoles un “estudio bíblico”, haciendo “teología sistemática con ellos”: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27).

Como resultado del poder de la Palabra escrita, iluminada por el poder del Espíritu Santo, los discípulos se llenan de entusiasmo sagrado: “Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (24:32).

Hoy, el enemigo intenta que basemos nuestra fe en LA EXPERIENCIA: lo que vemos, lo que sentimos, lo que palpamos, nuestros razonamientos, nuestra lógica, nuestro sentido común, la opinión de los sabios de la Tierra, y hasta los milagros. Su último gran engaño consistirá en hacernos VER a Cristo deambulando sobre la Tierra, en hacer aparecer “el alma” o el “espíritu” de seres queridos que hemos perdido. Pero nuestra única seguridad estará en aferrarnos a la “fría Palabra”, la información bíblica, que nos dice cómo son realmente las cosas: que Cristo no aparecerá aquí o allá, sino que vendrá en gloria y majestad, y será visible para todos; que los muertos nada saben y están REALMENTE muertos hasta la resurrección.

Que, por la gracia de Dios, nos armemos de la “espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Efesios 6:17), para seguir combatiendo en esta guerra, seguros de que la victoria es de Jesús, y que si nos ponemos en sus manos no permitirá que sucumbamos ante sus embates.

Deja un comentario: