Comentario Lección 6 – Primer trimestre 2016

Uno de los debates teológicos que existen dentro de la Iglesia Adventista tiene que ver con la naturaleza humana de Cristo. Específicamente, acerca de si Jesús poseía una naturaleza humana PRELAPSARIA (como Adán antes de la Caída; es decir, moralmente perfecta, sin tendencia al mal) o POSLAPSARIA (como Adán y el resto de la humanidad después de la Caída; es decir, con tendencia al pecado). (Las palabras pre y poslapsario provienen del latín “lapsus”, que significa “falla, error” y, en este caso, “caída”.)

Quienes abogan por esta última postura argumentan que si Jesús hubiese tenido una naturaleza humana prelapsaria habría poseído una ventaja sobre nosotros, no podría comprendernos plenamente y no podría darnos un ejemplo de victoria absoluta sobre el mal que nosotros pudiéramos imitar, ya que nuestra condición sería distinta de la de él, y peor, ya que no solo luchamos con tentaciones externas sino también con las pasiones pecaminosas propias de nuestra naturaleza caída. Estos hermanos, a su vez, y de manera muy relacionada con esta posición cristológica (doctrina de Cristo), suelen tener una concepción soteriológica (doctrina de la salvación) perfeccionista, pues creen que por la gracia de Dios el hombre puede vivir sin pecar aun a pesar de su naturaleza caída, y creen que Dios exige esto de ellos a fin de ser salvos; es decir, Dios exigiría de ellos perfección moral, o de carácter, como condición de salvación.

Los que propician la concepción prelapsaria (me incluyo) consideran que si Jesús hubiese tenido una naturaleza caída (entiéndase, pecaminosa) no habría podido cumplir el fin último, lo más importante de su misión salvadora, que era ofrecerse como un sacrificio sin mancha sustitutivo (según lo estipulaba el tipo levítico, del corderito sin defecto), a fin de expiar los pecados de la humanidad. Es que cuando decimos que tenemos una naturaleza caída, o pecaminosa, no estamos diciendo simplemente que tenemos una cierta débil tendencia a hacer lo malo. Lo que estamos diciendo es que SOMOS malos, que estamos pervertidos por el pecado, que somos pecadores. Si Jesús hubiese tenido una naturaleza prelapsaria, en realidad, habría sido tan pecador como cada uno de nosotros y tan necesitado, a su vez, de redención como cualquiera de nosotros. En otras palabras, habría necesitado él también un redentor que viniera a expiar sus pecados y morir por él. Esto, obviamente, es una inconsistencia lógica.

Quienes adherimos a la postura prelapsaria acerca de la naturaleza humana de Cristo creemos que, independientemente de si alguien tiene o no tendencia al pecado, este posee un “núcleo duro” (como se diría en ciencias), que consiste en satisfacer el yo, el egoísmo, en preferir hacer la voluntad propia en vez de la voluntad de Dios, ya sea para satisfacer deseos o impulsos personales, o para resolver situaciones problemáticas de la vida. El pecado es, también, confiar en uno mismo (en nuestro propio poder o sabiduría) para manejar la propia vida, en vez de confiar en la sabiduría, el poder y el amor infinitos de Dios. Y, en definitiva, toda tentación del enemigo apela a este núcleo duro, y para ello Satanás usa las armas de la seducción (apelar a algo que nos guste) o de la coerción (obligarnos a hacer lo incorrecto). Sea cual fuere el arma que utilice, para lograr hacernos caer, el enemigo ejerce una PRESIÓN sobre nuestra mente, nuestros pensamientos, nuestro juicio, nuestras emociones y nuestra voluntad. Esta presión provoca en nosotros un PADECIMIENTO espiritual y moral. Y, en este sentido, ¿sobre quién deberá ejercer una mayor presión el enemigo para hacer caer en pecado? ¿Sobre alguien pecaminoso, que no suele oponer demasiada resistencia, o sobre alguien que resiste hasta lo último, y NUNCA CEDE a sus presiones diabólicas?

En este sentido, jamás lograremos tener una idea de cuánta TORTURA DE ALMA soportó Jesús, en su combate contra Satanás y sus presiones diabólicas, pues, a diferencia de nosotros, que solemos ceder a estas presiones (tentaciones), Jesús JAMÁS CEDIÓ EN LO MÁS MÍNIMO. El enemigo tuvo que ejercer TODO SU PODER, HASTA SUS PROPIOS LÍMITES, para hacer caer a Jesús, y ni siquiera así lo logró. Jamás ha vivido alguien sobre la Tierra que fuera objeto de tan encarnizada lucha espiritual como Jesús. Todas las fuerzas del infierno se coligaron contra él, para hacerlo caer, pero no lo lograron.

Por otra parte, un aspecto de aquello a lo que apela la tentación es enfrentarla echando mano de nuestros propios recursos: nuestra sabiduría, nuestros criterios, nuestra lógica, nuestra fuerza de voluntad; en otras palabras, nuestro propio poder. Y, sobre todo, cuando estamos padeciendo algún dolor, algún sufrimiento, si tuviéramos el poder suficiente para librarnos, ¿dudaríamos un solo segundo en resolver la situación, y así evitarnos sufrir? Sin embargo, para la mayor parte de nuestros padecimientos, somos impotentes: no tenemos poder para librarnos de ellos. Pero Jesús SÍ TENÍA PODER suficiente para librarse de TODOS SUS PADECIMIENTOS.Y su gran tentación fue, precisamente, a usar SUS PROPIOS PODERES DIVINOS para hacerse la vida más llevadera y, sobre todo, para HUIR DE LOS DOLORES DE LA CRUZ. ¿Podría usted aguantar los puñetazos sobre su rostro, la terrible flagelación de los temibles látigos romanos que desgarraban no solo la piel sino también la carne, los clavos en sus manos y en sus pies, la asfixia de la posición crucificada, los terribles calambres, el sol abrasador, la sed, la deshidratación producto del desangramiento que estaba padeciendo, y todo el sufrimiento que implicó para Jesús la expiación, sabiendo que usted tiene el poder suficiente para librarse de todo esto con tan solo una palabra, un pestañeo o sencillamente un pensamiento? Creo que ninguno de nosotros podría haber soportado esa tentación. En un santiamén habríamos sucumbido a ella, porque no aguantamos sufrir. Pero, por amor a nosotros, soportó el poder diabólico hasta sus mismos límites, no cedió a la tentación de librarse del dolor, sino que aguantó la Pasión, para poder salvarnos. Ciertamente, Jesús la pasó mucho peor que nosotros en su lucha con la tentación; no tuvo, realmente, ninguna ventaja. Por el contrario.

Aquí está, entonces, uno de los motivos por los cuales Jesús merece toda nuestra alabanza, adoración (léase, admiración, devoción), gratitud y lealtad: porque por amor a nosotros combatió hasta la muerte contra el pecado, y fue un absoluto vencedor. Permítanme trascribirles algunos de los textos bíblicos que nos hablan de esta lucha y esta victoria por parte de Jesús, y que a su vez nos hablan de su perfecta impecabilidad:

“Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35; comparar con la descripción que hace David de su propia naturaleza al gestarse en el vientre de su madre: “He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre” [Salmo 51:5]).

“¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:6). (Es decir, me convence de que soy pecador, que hice algo malo.)

“No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí” (Juan 14:30; el énfasis es mío).

“Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18; el énfasis es mío).

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15; el énfasis es mío). (Semejanza no implica igualdad. Jesús jamás fue tentado a usar drogas, fumar, a ver pornografía por Internet, a ser adicto al celular o la computadora, etc.)

“Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado” (Hebreos 12:3, 4). (Este texto implica, por contraste, que Jesús SÍ resistió hasta la sangre combatiendo contra el pecado.)

La lección de esta semana nos presenta aquel episodio tan conocido de las tres tentaciones que Jesús padeció en el desierto, inmediatamente después de su bautismo. Pero estas tentaciones son tan solo un episodio puntual de TODA UNA VIDA de acoso diabólico sobre la vida de Jesús. Desde el pesebre hasta el Calvario, su vida fue objeto del permanente ataque de Satanás, ya sea tratando de destruirlo físicamente (como cuando Herodes quiso darle muerte), como espiritualmente, al tratar de apartarlo de la Cruz hasta el último momento. Pero estas tres tentaciones, y la forma en que Jesús las enfrentó, nos presentan lecciones espirituales que nos pueden ayudar a saber enfrentar este Gran Conflicto que sostenemos con el enemigo.

 

“NO SOLO DE PAN VIVIRÁ EL HOMBRE”

Esta primera tentación no apela a cometer algún acto pecaminoso, como podría ser robar, matar, cometer adulterio, mentir, etc. El núcleo duro de esta tentación es muy común a lo que nos pasa cotidianamente: resolver nuestros problemas terrenales, del aquí y ahora, a nuestra manera, a toda costa, sin consultar o depender de la voluntad de Dios. Mucha gente piensa que la religión está muy bien para alguna reunión semanal en el templo, donde allí las reglas del juego son divinas. Pero en la vida cotidiana, en la “arena de la realidad”, cada uno debe arreglárselas lo mejor que pueda, y es imposible trasladar a nuestra vida terrenal los principios de la religión. Sin embargo, para Jesús la cosa no es así. En su famosa contestación “No solo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, Jesús nos dice que hay una realidad superior a nuestra realidad terrenal, visible, y que debemos REGIR nuestra actitud frente a la “realidad” por esa realidad superior. Es la única forma de vencer en este Gran Conflicto.

Esta tentación también apela a lo que habíamos mencionado anteriormente: a usar su poder divino inherente para resolver sus problemas terrenales, sus sufrimientos. ¿Alguno de nosotros hemos estado alguna vez cuarenta días sin comer? Yo, no. A lo sumo he estado un día o dos haciendo ayuno VOLUNTARIO, como parte de un programa de la iglesia. Y les puedo asegurar que al cabo de ese tiempo AUTOIMPUESTO LIBREMENTE, lo que sentí fue DESESPERACIÓN por comer. Hacia el final de ese corto ayuno me sentía desfallecer, empezaba a marearme. Pero el de Jesús fue un ayuno de cuarenta días. No podemos ni imaginarnos la desesperación que Jesús tendría. Y allí está el tentador, diciéndole que use su poder divino para resolver ese problema tan acuciante. Sin embargo, Jesús resiste esa tentación que nosotros jamás tendremos, pues no poseemos un poder inherente para hacer milagros, a pesar del terrible padecimiento que estaba experimentando.

Y ¿cómo resistió esta tentación? Aferrándose de la Palabra de Dios: “Escrito está”. Confiando en la voluntad revelada de Dios y en las promesas de Dios contenidas en las Sagradas Escrituras. Confiando, sobre todo, en el DIOS REVELADO EN LAS ESCRITURAS: un Dios que se revela como quien está permanentemente a nuestro lado para sostenernos en medio de nuestros padecimientos, que no nos dejará ser tentados más de lo que podemos resistir (1 Corintios 10:13), y que finalmente proveerá a nuestras necesidades y tendrá una salida para nuestros dolores. En este caso, Jesús apela al principio de Sola Scriptura: la Biblia, y solo la Biblia, es nuestra única regla de fe y práctica. No son las circunstancias las que deben dictar nuestras decisiones, ni nuestros sentimientos o estados de ánimo, ni nuestras necesidades terrenales, sino la Revelación de Dios escrita en la Biblia. Es lo único seguro que existe en nuestro mundo.

En la respuesta de Jesús notamos también algo acerca de la naturaleza humana: hay cosas más importantes aún que suplir nuestras necesidades físicas, materiales o terrenales. Somos seres espirituales, y nuestra mayor necesidad es de índole espiritual. Hay gente que lo tiene todo desde el punto de vista terrenal (dinero, lujos, placeres, fama, poder), pero que termina suicidándose por causa del vacío existencial, de su vacío de Dios. Y, sin embargo, hay gente humilde, que padece incluso grandes estrecheces económicas, pero que aun así es capaz de vivir con una sonrisa en el rostro, porque su alma está llena de amor y de Dios.

 

“NO TENTARÁS AL SEÑOR TU DIOS”

Esta segunda tentación es más común de lo que creemos e incluso estamos dispuestos a admitir: hacer locuras, insensateces, en nombre de la religión y de la fe. Ya que Jesús enfrentó la tentación anterior apelando a las Escrituras y aferrándose a ellas como revelación de Dios, ahora el enemigo lo “corre” a Jesús usando sus mismas armas. Si no puede obligarlo a desobedecer la Palabra de Dios, va a inducirlo a pervertir la fe al transformarla en PRESUNCIÓN: creer que la Biblia es un libro mágico y que, sacadas del contexto general de la Revelación, podemos aferrarnos de tal o cual promesa y casi exigirle a Dios que satisfaga nuestros “caprichos espirituales”, nuestras estrechas concepciones de la vida cristiana y de la fe. Así, encontramos gente que, porque hay promesas de sanidad en la Biblia, deja de acudir al médico porque cree que Dios es su sanador (Salmo 103), y que acudir a un profesional calificado sería negar su fe en Dios. Lo mismo ocurre cuando tienen perturbaciones psicológicas: creen que sería negar su fe acudir a un psicólogo (o incluso a un psiquiatra si fuese necesario), porque hay promesas en la Biblia que nos hablan de la paz que Dios da a sus hijos, sin reconocer que hay factores de formación psicológica, experiencias traumáticas infantiles o de su experiencia de vida, o factores biológicos (genéticos, neurológicos) que han causado tales heridas interiores, tales daños, que necesitan la asistencia de un profesional competente y adecuado, y que Dios obra a través de la ciencia. Tienen una visión reduccionista de la vida cristiana, desconociendo la complejidad de los fenómenos y de la experiencia humana.

Mucho de lo que llamamos fe es, en realidad, autoinducción, autosugestión, autoconvencimiento. Muchos de nosotros tenemos “delirios místicos”, no en el sentido de que seamos psicóticos que deliremos y alucinemos sobre cosas que no existen, sino que creemos conocer algo de la Biblia y de la religión, y elaboramos un andamiaje de teorías y racionalizaciones religiosas para justificar nuestra experiencia espiritual y, sobre todo, frente al dolor, queremos forzar el cumplimiento de ciertas promesas, como si deberían cumplirse inexorablemente en nuestra vida, y entonces creemos que por ser hijos de Dios nunca padeceremos infortunios de ningún tipo (problemas económicos, laborales, de salud, desastres naturales, crimen, etc.), y si tenemos algún familiar gravemente enfermo, imaginamos que tal o cual promesa de la Biblia se aplica particularmente a nosotros y casi queremos “exigirle” a Dios que la cumpla, ya que se nos ha enseñado que debemos “reclamar” las promesas de Dios.

Lo que entendemos, en tales casos, es que la gran promesa de la Palabra de Dios, de la cual sí podemos aferrarnos incondicionalmente, es la teología bíblica; es decir, el mensaje general de la Biblia, que nos dice que tenemos un Dios infinitamente sabio, poderoso, bueno y salvador, y que, independientemente de qué decisiones y providencias tome sobre nuestra vida y la de nuestros seres amados, lo que él decida siempre es lo mejor para nosotros. Un Dios que muchas veces intervendrá para resolver nuestros problemas terrenales, y en otras ocasiones no lo hará como lo hubiésemos deseado, pero que nos promete su permanente compañía y sostén, y que FINALMENTE, en su segunda venida, resolverá TODOS nuestros problemas terrenales, si estamos dispuestos a que resuelva el gran problema de fondo que tenemos todos, que es nuestra salvación.

Jesús le contesta al enemigo apelando al principio de Tota Scriptura: hay que rastrear en TODA la Escritura lo que Dios dice sobre un tema, y no quedarnos con la parcialidad de algún versículo preferido sin cotejarlo con lo que la Revelación total dice sobre algo en particular. Porque eso sería “tentar a Dios”, ponerlo a prueba, en vez de someternos a su voluntad. No podemos exigir nada de Dios.

 

“AL SEÑOR TU DIOS ADORARÁS, Y A ÉL SOLO SERVIRÁS”

Esta última tentación, ya más abierta, desembozada, no apela, como en la primera tentación, simplemente a satisfacer las necesidades básicas (techo, abrigo, alimentación, seguridad), sino al núcleo duro del pecado, de lo que hizo caer al Lucifer en el cielo, a nuestros padres en el Edén, y que está en la base de todo el problema humano con el pecado: el YO. El egocentrismo, el narcisismo, el deseo profundo y secreto que tenemos muchos de nosotros de ser reconocidos, de que los demás vean que valemos, de ser admirados, de tener poder sobre los demás, fama, de gozar de todos los placeres y lujos que nos puede proporcionar este mundo. En otras palabras, de adorar a otra cosa que no sea Dios y, sobre todo, de adorarnos a nosotros mismos.

El enemigo nos ofrece no solo suplir nuestras necesidades básicas si nos salteamos la voluntad de Dios, sino incluso éxito terrenal. Pero el precio es adorarlo a él; es decir, alinearnos con él en la rebelión, adherir a sus “principios”: autonomía con respecto a Dios, satisfacción del yo a ultranza como filosofía y ética de vida, desobediencia, orgullo, vanidad, dureza de corazón, indiferencia hacia las necesidades del prójimo.

Pero, el único que MERECE nuestra adoración, no como una obligación o simplemente como un deber moral, sino como una respuesta sensata, libre y voluntaria ante la grandeza ÚNICA de su persona es Dios: él es el CREADOR, el Autor de la vida, el gran Artista Maestro, creador de las maravillas de este mundo extraordinario en el cual vivimos, aun a pesar de los estragos producidos por el pecado. Él es el SUSTENTADOR amoroso de nuestra existencia, sin cuya providencia milagrosa no podríamos respirar, pensar, disfrutar, amar. Es el AMIGO y COMPAÑERO constante de nuestra existencia, que sostiene nuestro espíritu en medio de nuestras luchas y que nos consuela en medio de nuestro dolor. Es, sobre todas las cosas, nuestro REDENTOR, que se sacrificó en la persona de su Hijo amado, para que mediante sus sufrimientos no estemos condenados a una vida desesperanza que tuviera como destino final una tumba fría, sino que podamos tener la luminosa perspectiva de una vida eterna, sin fin, en el paraíso que nos está preparando (Juan 14:1-3). Es el Dios infinito en poder, en sabiduría, en amor.

Por eso, cuán contundente y acertada es la respuesta de Jesús ante esta última tentación: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solamente servirás”.

 

Que, por la gracia de Dios, como Jesús, en medio de nuestra batalla con el enemigo nos aferremos siempre a la revelación de sí mismo que Dios da en la Biblia, tanto de sus promesas como de su voluntad moral para nosotros; que pongamos nuestras necesidades espirituales en primer lugar, sabiendo que lo demás vendrá por añadidura (Mateo 6:33); que tengamos una fe sensata, no presuntuosa ni delirante, sino inteligente, racional; y que no nos dejemos embelesar por los cantos de sirena de este mundo falaz, transitorio e insatisfactorio, que nos promete el Paraíso aquí en la Tierra, sino que adoremos solamente a Dios, por su grandeza, sabiendo que al final del camino, cuando Jesús regrese a buscarnos, gozaremos entonces sí de una felicidad sin fin, no opacada por el mal, ni el sufrimiento ni la muerte.

2 Respuestas

  1. Efraín

    «Si Jesús hubiese tenido una naturaleza prelapsaria, en realidad, habría sido tan pecador como cada uno de nosotros y tan necesitado…». CREO QUE SEGUN EL SENTIDO DE LA DISERTACIÓN LA PALABRA CORRECTA ES «POSLAPSARIA» EN VEZ DE «PRELAPSARIA» EN ESTE FRAGMENTO DEL TERCER PÁRRAFO.
    Saludos

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    • Elizabeth

      Amén, soy Adventista del Séptimo día y creo en la posición poslapsaria, que Dios tendrá un pueblo al final de la historia con una vida Santa en cuerpo pecaminoso, serán sin mancha y no habrá engaño en su boca, si queremos seguirsal cordero tenemos que renunciar a todo lo que nosnaleja de Él, hacer morir los deseos de la carne con sus pasiones y vivir en el espíritul como vivió Cristo, pues no es pecado nacer con una naturaleza pecaminosa, sino responder con actos y palabras a esa naturaleza y Jesús, nos vino a enseñar, como vivir una vida en santidad, alabado sea Dios.
      Romanos 8:3….Dios enviando a su hijo en semejanza de carne de pecado, condenó al pecado en la carne.
      DTG. Un Salvador os es nacido. Ante
      Penúltimo párrafo.
      La historia de Belén es un tema inagotable…Nos asombra el sacrificio realizado por el Salvador al trocar el trono del cielo por el pesebre, y la compañía de los Ángeles que le adoraban por la de las bestias del establo. La presunción y el orgullo humano quedan reprendido en su presencia. Sin embargo, aquello no fue sino el comienzo de su maravillosa condescendencia. Habría sido una humillación casi infinita para el hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aún cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús acepto la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Cómo cualpuier hijo de Adán, acepto los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuales eran aquellos efectos. Más el vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado.
      Hebreos4:15
      Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas; sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
      Alabado sea Dios por siempre. Aleluya.

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