“Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5).

Algunas de las preguntas más profundas que un ser humano puede hacerse con relación a su vida son: ¿Cuál es mi origen? ¿De dónde vengo? ¿Quiénes son mis padres? Cuando lo sabemos, no nos lo preguntamos. Pero cuando lo desconocemos, estas preguntas suelen llegar a ser el motor de nuestra existencia.
Hay en nosotros una necesidad fundamental de poder ver claramente nuestro punto de partida. Y es en la infancia cuando buscamos esclarecer lo que no está claro. Recuerdo a dos primas mías, una adoptada y la otra hija natural, cuando se acercaron a su madre con una pregunta que se hizo famosa entre nosotros: “Mamá, ¿quién de las dos es la que estuvo en tu vientre?” Lo gracioso es que la pregunta provino de la hija biológica.

Con el correr de los años, mi querida prima, la que no había estado en el vientre de su madre, quiso saber más sobre sus orígenes. No encontró muchas respuestas, lamentablemente. Pero más allá de todo, ella sabe que es una integrante amada e irremplazable en nuestra familia.

Jesús, de pequeño, sabía quién era su padre: José. Pero a los doce años, al visitar Jerusalén durante las festividades pascuales, empezó a vislumbrar que su origen era más complejo de lo que se veía a simple vista. Elena de White lo describe así, en El Deseado de todas las gentes:
“Por primera vez, el niño Jesús miraba el Templo […]. Contemplaba la sangrante víctima sobre el altar del sacrificio. Juntamente con los adoradores, se inclinaba en oración mientras la nube de incienso ascendía delante de Dios. Presenciaba los impresionantes ritos del servicio pascual. Día tras día, veía más claramente su significado. Todo acto parecía ligado con su propia vida […]. El misterio de su misión se estaba revelando al Salvador”.

Al despertarse sus sentidos, su mente se elevó hacia su Padre con P mayúscula. Lo dejó en claro, al responder al “¿Dónde estabas?” de sus padres: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Luc. 2:49).

Y en el momento de su bautismo, el Padre mismo confirmó a viva voz lo que Jesús atesoraba en su corazón: “Y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Luc. 3:22).

En Juan 17 leemos que, poco antes de su muerte, cuando Jesús oró por sus discípulos y por todos nosotros, se aferró nuevamente a su Padre; toda su vida lo había hecho. Había construido su identidad sabiendo que pertenecía a su Padre. Había trabajado para dar a conocer el carácter de su Padre. Había vencido tentaciones teniendo a su Padre en la mente.

Hay en nosotros una necesidad fundamental de poder ver claramente nuestro punto de partida.

Ahora estaba por enfrentar el momento de su sacrificio, y sabía que no estaba solo. Aun así, pendiendo en la cruz, el peso del pecado llenó su alma y clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mar. 15:34). No obstante, el temor que genera el pecado no pudo con Jesús. En ese momento decisivo, se aferró por la fe a su Padre y exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Luc. 23:46).

Cuando miramos a Jesús, vemos cuán consciente era él de su pertenencia al Padre. Su identidad estaba íntimamente ligada a él, y sobre esta base fue construyendo su vida y su obra, desde aquella primera visita al Templo de Jerusalén. Con esta convicción también, pudo atravesar el valle de sombra de muerte.

Cuando nos miramos a nosotros mismos, podemos preguntarnos: ¿Qué significa para mí pertenecer a Jesús? ¿Cómo se traduce esta pertenencia en mi vida cotidiana?  Nunca me había hecho esta pregunta antes, tal vez porque lo daba por sentado.

Sé que pertenezco a Jesús, pero la experiencia de otras personas que he estado observando despertó esta pregunta en mí y estuve recorriendo caminos para encontrar respuestas. El mes próximo compartiré algunas de ellas. Mientras tanto, tal vez quieras salir a buscar las tuyas propias.RA

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