Me gustan los deportes aeróbicos (correr, nadar, andar en bicicleta). Después de haberlos practicado mucho tiempo, llegué a la convicción de que no hay atajos ni secretos para mejorar el desempeño en estas actividades. Por el contrario, existen unos pocos conceptos clave que hacen al éxito: constancia, sacrificio y perseverancia en los entrenamientos, buena alimentación, etc. El apóstol Pablo tenía muy en claro estos principios, que consideraba valiosos para la vida espiritual también (1 Cor. 9:24-27). De paso, estos principios se aplican a gran parte de nuestras actividades en esta vida.Captura de pantalla 2016-02-22 a las 9.56.55
Y si bien muchos reconocen esta realidad, creen que con la vida espiritual es diferente. Consideran que el éxito espiritual se alcanza solo por obra divina y que el ser humano no tiene parte alguna en el crecimiento cristiano. Pero, detengámonos a pensar un poco. Si así fuera, ¿por qué tantos fracasan en su vida espiritual? No es porque Dios así lo desee, ya que su voluntad es que todos se salven.
A estos que se contentan con los rudimentos espirituales, que no se esfuerzan por crecer en la gracia, que no perseveran en la relación con Cristo, Elena de White llega a llamarlos “enanos espirituales”, o incluso “zánganos en la colmena”. Ella nos exhorta a poner todas nuestras energías para crecer en la gracia: “Para cumplir con las exigencias de Dios tendréis que hacer un esfuerzo personal, y en esta obra necesitáis los recursos de una experiencia cristiana siempre creciente. Vuestra fe debe ser fuerte; vuestra consagración, completa; vuestro amor, puro y sincero; vuestro celo, ardiente, incansable; vuestro ánimo, resuelto; vuestra paciencia, infatigable; vuestra esperanza, brillante” (En los lugares celestiales, p. 186).

Y una de las bases para ese crecimiento es la perseverancia en la oración. Hay quienes creen que en la oración está la clave de la preparación para la batalla. Sin embargo, Dios nos ha mostrado que la oración no solo es la preparación para la batalla, sino además es la batalla misma (como fue el caso cuando Israel venció mientras Moisés intercedía con sus brazos elevados, en contra de los amalecitas).
Por esta razón, la iglesia en Sudamérica, ya hace algunos años, ha decidido dedicar diez días a la oración, bien al comienzo del año (ver p. 14). La ecuación es sencilla: sin oración no hay vida espiritual ni poder para vencer. Más oración, mayor poder; sin oración no hay poder. Durante este mes, tenemos la oportunidad de recargar nuestras “baterías” espirituales y recibir las bendiciones que Dios tiene preparadas para nosotros solo a través de la oración.RA