Comentario Lección 2 – Primer trimestre 2016

Dr. House ha sido una de las series de televisión más exitosas de los últimos tiempos, a la vez que una de las más inteligentes en sus argumentos. Su protagonista principal, el Dr. House, un genio de la medicina y dotado de una inteligencia fuera de lo común, es un ateo y antirreligioso recalcitrante. Tiene un odio y un desprecio manifiestos por todo lo que sepa a fe y religión. A su vez, es un ser resentido, amargado, nihilista (negación de todo valor y creencia) y antisocial. En una conversación con una médica que formaba parte de su equipo de diagnóstico, sentencia: “La gente reza para lograr que Dios no los aplaste como hormigas”.

Esta visión de Dios es la que Satanás ha logrado instilar en el corazón de muchos (por no decir, la mayoría) de los seres humanos, incluyéndonos muchas veces a los adventistas. Así como los pueblos paganos antiguos ofrecían sacrificios a sus dioses (incluyendo, en algunos casos, a sus propios hijos) con el objeto de aplacar su ira y ganar su favor, muchos de nosotros, en realidad, somos religiosos, y “adoramos” y “obedecemos” a Dios con el propósito de impedir que nos desampare en esta vida y nos destruya en el Juicio Final, o para congraciarnos con él y lograr su favor, su apoyo y su salvación. No hemos superado la desconfianza básica hacia Dios que Satanás logró insertar en nuestras mentes desde que en el cielo, y luego en el Edén, comenzó a sembrar dudas sobre el carácter y las intenciones de Dios. Y cada vez que en nuestras apelaciones religiosas, en nuestro discurso, presentamos como motivación para la entrega de la gente y su decisión por Cristo el “desagrado de Dios”, su abandono y su condenación final lo que estamos haciendo es, sin saberlo y sin quererlo, convirtiéndonos en voceros del enemigo:

“El enemigo del bien cegó la mente de los hombres para que ellos miraran a Dios con temor, para que lo considerasen severo y no perdonador. Satanás indujo a los hombres a concebir a Dios como un ser cuyo principal atributo es una justicia inexorable; [es decir,] como un juez severo, un duro y estricto acreedor. Pintó al Creador como un ser que está vigilando con ojo celoso para discernir los errores y las faltas de los hombres para así poder castigarlos con juicios. Fue para disipar esta sombra oscura, para revelar al mundo el infinito amor de Dios, que Jesús vino a vivir entre los hombres” (Elena de White, El camino a Cristo, pp. 8, 9).

“El ejercicio de la fuerza es contrario a los principios del gobierno de Dios; él desea sólo el servicio de amor; y el amor no puede ser exigido; no puede ser ganado por la fuerza o la autoridad. El amor se despierta únicamente por el amor. Conocer a Dios es amarlo” (White, El Deseado de todas las gentes, p. 13).

El relato de la Caída de Adán y Eva en el Edén contiene los elementos que están presentes en cada tentación que experimentamos en la actualidad, y entender lo que hay detrás de estos elementos nos puede ayudar a tomar una decisión inteligente y conveniente cuando somos asediados por la tentación:

1)      Satanás presenta las prohibiciones de Dios bajo su peor luz: Notemos que antes del “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás”, Dios les había dicho: “De todo árbol del huerto podrás  comer” (ver Génesis2:16, 17). En otras palabras, “tienes todo un mundo para disfrutar; todo es para ti. De toda es inmensidad de cosas buenas que tiene el mundo que creé para ti, solo te pido que te abstengas de una cosa: del árbol de la ciencia del bien y del mal”.  ¿Puede haber algo mezquino en un Dios que nos da infinidad de cosas para que seamos felices, y solo se reserva una cosa, y precisamente no porque sea egoísta sino para que no suframos, como veremos más adelante?

Hoy en día, la gente antirreligiosa tiene la imagen de que la religión es algo que impide gozar de la vida, que limita al ser humano, que lo reprime y oprime. Cree que la religión consiste en una serie interminable de “NOS”, y desde ya no quiere saber nada con una religión que, como diría el famoso filósofo ateo y anticristiano Frederick Nietzche (1844-1900), es “una flecha indicadora en sentido contrario de la vida”. Y esto puede suceder, principalmente, por dos causas: la primera es el espíritu de egoísmo, autonomía y rebelión. Hay gente que PREFIERE vivir en pecado, que quiere continuar con sus prácticas pecaminosas, y entonces se siente molesta por las “limitaciones” que le impone la religión. Pero también es cierto que los religiosos muchas veces hemos deformado, “velado” el rostro de Dios y de la verdadera religión, y le hacemos sentir a la gente de dentro y fuera de la iglesia que a Dios le “molesta” nuestra felicidad, aun nuestro goce de los placeres legítimos que, aun a pesar de los estragos hechos por el pecado, todavía tiene el mundo en que vivimos y aun la cultura humana.

“Dice el sabio: ‘Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud’. Pero no supongan, ni por un momento, que la religión los hará tristes y sombríos, y les cerrará el camino del éxito. La religión de Cristo no borra, ni siquiera debilita, una sola facultad. No incapacita al individuo para gozar de la verdadera felicidad; no ha sido designada para disminuir nuestro interés en la vida o para hacernos indiferentes a las demandas de los amigos y la sociedad. No cubre la vida de cilicio; no se la expresa en profundos suspiros y gemidos. No, no; aquellos para quienes Dios es lo primero, lo último y lo mejor son las personas más felices del mundo. No se borran de su rostro las sonrisas y la luminosidad. La religión no hace tosco, desprolijo y descortés al que la acepta; al contrario, lo eleva y ennoblece, refina sus gustos, santifica su criterio, y lo hace apto para estar en la sociedad de los ángeles celestiales y para el hogar que Jesús ha ido a preparar. No perdamos nunca de vista el hecho de que Jesús es un manantial de gozo. No se deleita en la miseria de los seres humanos, sino en verlos felices. Los cristianos tienen a su disposición muchas fuentes de felicidad y pueden decir con exactitud infalible qué placeres son lícitos y buenos” (White, Mensajes para los jóvenes, pp. 33, 34).

Hace poco, una hermana de iglesia me decía: “Los adventistas vivimos con muchos miedos”, haciendo referencia a que muchos de nosotros pareciéramos creer que no hay nada bueno en el mundo en que vivimos, en la cultura humana; que todo está contaminado por la influencia del gran Rebelde, que en todas las cosas fuera del ámbito de la iglesia hay un peligro inminente y que la única forma de mantenernos fieles a Dios es mantenernos lo más alejados posible de todo lo “humano”, y vivir encerrados (simbólicamente) dentro de las paredes de la iglesia. Esta visión estrecha de la realidad  humana y de la religión le atribuye un mayor poder y presencia en el mundo a Satanás que a Dios, olvidándose de que Dios es soberano y todopoderoso, y también está presente en la cultura, en todo lo bueno, noble y edificante que hay en los productos realizados por el hombre, ya sea en el ámbito de la literatura, la música, el cine, las ciencias, la política, etc. (ver Juan 1:9; Romanos 2:6-15).

Hoy también Dios nos dice que “de todo árbol podrás comer”; es decir, de todo lo bueno que hay en el mundo y en la cultura. Y lo único que nos pide es que nos abstengamos de aquello que encierra los principios de la rebelión, que nos puede degradar, pervertir y lograr nuestra autodestrucción.

“Pero muchos cristianos profesos no representan correctamente la religión cristiana. Parecen melancólicos, como si viviesen bajo una nube. Hablan frecuentemente de los grandes sacrificios que han hecho para llegar a ser cristianos. Exhortan a los que no han aceptado a Cristo, indicando, por su ejemplo y conversación, que deben renunciar a todo lo que hace agradable y gozosa la vida. Arrojan una sombra de tristeza sobre la bendita esperanza cristiana. Dan la impresión de que los requerimientos de Dios son una carga hasta para la persona dispuesta, y que debe sacrificarse todo lo que daría placer o deleitaría el gusto. No vacilamos en decir que esta clase de cristianos profesos no conoce la religión genuina. Dios es amor. El que mora en Dios, mora en el amor” (White, Mensajes para los jóvenes, p. 357).

2)      ¿Se han preguntado alguna vez por qué Dios TUVO que colocar el árbol del conocimiento del bien y del mal en un mundo del que había declarado que todo era bueno “en gran manera”? ¿Creó Dios un árbol que era “malo”? Imposible. He llegado a la conclusión de que lo que hacía “malo” al árbol era la presencia de Satanás allí, presencia que estaba CONFINADA a ese árbol. No es posible pensar que en un mundo perfecto Dios permitiera a Satanás corretear de aquí para allá por todo el Jardín del Edén molestando a Adán y a Eva con sus tentaciones. Estoy convencido de que Dios LIMITÓ el radio de acción de Satanás a ese árbol, y mientras Adán y Eva se mantuvieran alejados de ese lugar estarían seguros y fuera del alcance del tentador. Por eso la prohibición de Dios: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16, 17).

Sin embargo, a partir de la entrada del pecado en el mundo, Satanás circula libremente en nuestro planeta (ver Job 1), ya que de algún modo les fue entregado en sus manos por nuestros primeros padres, al haberles él usurpado el dominio que Dios les había conferido. No obstante,  también es cierto que el enemigo únicamente puede encontrarse con nosotros en los “árboles del conocimiento del bien y del mal”, que tan profusamente están sembrados por él en el mundo caído en que vivimos. Se puede encontrar con nosotros en aquellos lugares, reuniones, entretenimientos y actividades donde imperan los principios del mal, del egoísmo, del pecado, de la perversión. Pero, si nos mantenemos alejados de ellos, el grado de acceso de Satanás a nuestra vida está muy limitado. Por eso, la clave para no caer en la tentación es NO COLOCARNOS EN TERRENO DONDE SABEMOS QUE ESTÁ SATANÁS, sino siempre andar por las sendas por las que Jesús transitaría; el tan simple pero tan certero: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”

3)      Satanás sembró las semillas de la DUDA y la DESCONFIANZA EN DIOS, atribuyéndole a Dios motivaciones egoístas en su trato con Adán y Eva. En realidad, aun cuando los elementos anteriores son de gran peso a la hora de la tentación para un cristiano, el elemento clave que nos puede inclinar del lado de la fidelidad o de la rebelión es LA CONFIANZA EN DIOS (LA FE) O LA DESCONFIANZA en relación con sus sentimientos e intenciones para con nosotros. Por eso, la experiencia cristiana se resume en el gran grito de la Reforma: “El justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17); es decir, por su CONFIANZA en Dios. Eso es, en su esencia, todo lo que debe definirse en nuestra vida: si vamos a confiar absolutamente en el amor, la sabiduría infinita y el poder infinito de Dios, con lo cual vamos a confiar en que él sabe mejor lo que nos conviene en la vida y quiere lo mejor para nosotros; o si vamos a dudar de sus intenciones y, por lo tanto, lo vamos a ver como un enemigo de nuestra felicidad, creyendo que nuestra vida se verá mutilada por nuestra relación con él.

“Satanás está exultante cuando puede inducir a los hijos de Dios a la incredulidad y el desaliento. Se regocija cuando nos ve desconfiar de Dios, dudando de su buena voluntad y de su poder para salvarnos. Le agrada hacernos sentir que el Señor nos hará daño por medio de sus providencias. Es la obra de Satanás representar al Señor como falto de compasión y piedad. Tergiversa la verdad respecto a él. Llena la imaginación de ideas falsas concernientes a Dios; y en vez de espaciarnos en la verdad con respecto a nuestro Padre celestial, demasiado a menudo fijamos nuestra mente en las falsas representaciones de Satanás y deshonramos a Dios desconfiando de él y murmurando contra él. Satanás siempre procura hacer la vida religiosa una vida de tristezas. Desea hacerla aparecer penosa y difícil; y cuando el cristiano presenta en su propia vida este panorama de la religión, él está, a través de su incredulidad, secundando las falsedades de Satanás” (White, El camino a Cristo, p. 99).

4)      Las advertencias de Dios ¿son prescriptivas o descriptivas?: Tanto cuando Dios, antes de la Caída, les advirtió a Adán y a Eva: “el día que de él comieres [del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal], ciertamente morirás”, como cuando después de la Caída les dijo: “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:16-19), Dios ¿estaba PRESCRIBIENDO (ordenando) un CASTIGO que él PROACTIVAMENTE provocaría sobre la pareja y sobre el resto de su descendencia? Porque, de ser así, entonces Satanás tendría razón, y Dios sería un gran dictador cósmico que se ensaña contra quienes se atreven a herir su egotismo al desafiar su autoridad, y se deleita en provocarles sufrimiento. Pero, si estos anuncios los vemos como DESCRIPTIVOS de las CONSECUENCIAS naturales que sobrevendrían a la raza humana por separarse de la FUENTE de la vida, el bien y la felicidad (Dios) y de las CONDICIONES Y LAS LEYES que hacen posible la felicidad (la voluntad moral de Dios, su Ley), entonces lo que vemos es el amor de un Dios que NO QUIERE VERNOS SUFRIR, y por eso es que nos pide CONFIANZA y OBEDIENCIA a su voluntad. Es que son precisamente las CONSECUENCIAS del pecado lo que nos muestra la PERVERSIÓN DE SU NATURALEZA.

5)      El pecado no solo trae sufrimiento, sino también degrada, pervierte, produce un cambio en nuestra condición moral y psicológica: Es interesante que, según la descripción que hace Elena de White en Patriarcas y profetas –que de alguna manera amplía lo que dice Pablo en 1 Timoteo 2:14, de que Eva fue engañada, pero Adán no, con lo cual da a entender de que él era muy consciente de lo que hacía–, la caída de Adán fue la primer tragedia de amor de la historia humana (mucho antes que la de Romeo y Julieta): Adán amaba tanto a Eva que no estaba dispuesto a vivir sin ella, y estuvo dispuesto a correr su misma suerte. “¡Qué nobleza, qué romántico, qué caballeresco!”, podría pensar alguno. Sin embargo, apenas cayeron ambos en pecado, y ante la pregunta de Dios sobre si habían comido del árbol del conocimiento del bien y de mal, Adán responde cobardemente y apelando a un mecanismo de evasión de su culpa: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Génesis 3:12). En otras palabras, la “mandó al frente” a su compañera, culpándola, en última instancia, de su caída, en vez de asumir viril y responsablemente su culpa. Esto es lo que produce el pecado, y lo más terrible de él, en realidad: la degradación moral.

6)      El pecado produce un cambio de actitud hacia Dios e instala el miedo, y particularmente el miedo hacia él como parte de la condición humana: Apenas Adán y Eva cayeron en pecado, se escondieron de la presencia de Dios. Este esconderse de Dios, vivir huyendo de él, hasta que somos encontrados por él y llevados de vuelta al redil (Lucas  15), es la actitud natural del corazón no renovado por el Espíritu Santo: “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7). Todo deseo GENUINO de Dios; es decir, movido no por el miedo o el interés, sino la verdadera hambre y sed de Dios –del contacto con la bondad infinita, la pureza infinita–, no es un producto natural del corazón humano sino la respuesta a una obra sobrenatural del Espíritu Santo (Juan 3).

7)      Finalmente, lo más importante de nuestro estudio de esta semana no es la descripción pormenorizada de la dinámica del pecado, sino la ACTITUD AMANTE del Padre celestial, que sufre ante nuestra caída y toma LA INICIATIVA DE BUSCARNOS, para salvarnos. Ante el lío en el cual Adán y Eva mismos se  habían metido, no fueron ellos los que tomaron la iniciativa de buscar a Dios; fue él mismo el que salió en su búsqueda, así como lo sigue haciendo hoy: “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9).

Es la misma pregunta que hoy Dios nos hace a cada uno de nosotros: “¿Dónde estás?” “¿Dónde te has colocado a ti mismo en la vida y en tu relación conmigo?” “¿En qué LÍO te metiste?” Y, como Jesús mismo lo señaló en la parábola de la oveja perdida, Dios “teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas… deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla” (Lucas15:4; el énfasis es mío). Dios nunca se queda a mitad de camino. Su esfuerzo por encontrarnos no es hasta que se canse (cosa que no le sucede), o  hasta que se encuentre en peligro y sea herido en medio de la búsqueda (lo que le sucedió a Jesús al venir a este peligroso planeta por amor a nosotros), o hasta que lo cuelguen de una cruz (una vez más, hasta ese punto llegó la búsqueda de Jesús de nosotros, para salvarnos). Él sale a buscar a su oveja perdida “hasta encontrarla”. Y en este “hasta” reside nuestra esperanza de salvación; en el amor de un Dios que “porfiará” en buscarnos hasta que nuestro corazón se rinda a él, subyugado por su amor.

Por eso, si hoy somos conscientes de nuestra condición pecaminosa, de nuestra tendencia natural a querer vivir independientes de Dios, a soltarnos de su mano, a temerlo y desconfiar de él, recordemos que “el que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Que por su gracia nos dejemos alcanzar por el amor de Dios y, convencidos de que Dios solo tiene buenas intenciones para con nosotros, decidamos siempre andar en sus caminos y vivir  para hacer su voluntad, en vez de sumarnos al terrible experimento de la rebelión, que tanto dolor ha  causado en nuestro mundo y aun en nuestra propia vida.

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