Carta 1 – 1845

Transcrito de Day-Star, vol. 9, nos 7 y 8, 24 de enero de 1846, pp. 31, 32.
Ver Elena de White, Primeros escritos, pp. 13-20.

Durante este año, la Revista Adventista pondrá a disposición los primeros manuscritos y cartas escritos por Elena de White, tomados del libro Cartas y manuscritos de Elena de White, que será publicado por la Asociación Casa Editora Sudamericana a fines de 2016. En esta ocasión, se publica la primera de tres partes de la primera carta escrita por Elena de White, con anotaciones aclaratorias que brindan un contexto histórico y textual al manuscrito.

 

Primer informe conocido publicado por Elena Harmon, a los 18 años, de su primera visión (1) y posterior visión sobre la Tierra Nueva. Escrito alrededor de un año después de su primera visión (2), este informe entremezcla información de estas dos visiones, cuyo contenido está relacionado. Lo que sigue es una traducción de la transcripción no modificada del texto impreso.

(1) Jaime White, sin embargo, había incluido un informe abreviado de la visión cinco meses antes, en una carta al editor del Day-Star, en la que se refirió a “una hermana en Maine que ha tenido una clara visión del pueblo adventista viajando a la ciudad de Dios”.

(2) La fecha exacta de la primera visión de Elena de White se desconoce. En su carta del 13 de julio de 1847, dirigida a José Bates, Elena de White dio la fecha de diciembre de 1844. Jaime White dio la misma fecha en sus comentarios de la visión en A Word to the “Little Flock”, publicados unas pocas semanas antes. En su autobiografía, Elena de White escribió que la visión había sido recibida mientras se encontraba en el hogar de Elizabeth Haines, en Portland, Maine. ( Ver: Elena de White, Carta 3, 1847 (13 de julio); Jaime White, ed., A Word to the “Little Flock”, p. 22; Elena de White, Spiritual Gifts, t. 2, p. 30.)

 

Carta de la hermana Harmon.

Portland, Me., 20 de Dic., 1845.
Hno. Jacobs:—(3)
Puesto que Dios me ha mostrado los viajes del pueblo adventista hacia la Santa Ciudad y la rica recompensa que se dará a quienes aguardan el regreso de su Señor de la boda (4), podría ser mi deber darle un breve esbozo de lo que Dios me ha revelado. Los queridos santos tendrán que pasar por muchas pruebas. Pero nuestras leves aflicciones, que son solo por un momento, obran para nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; con tal que no miremos las cosas que se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. He procurado traer un buen informe (5) y algunos “racimos de la Canaán celestial”, por lo cual muchos querrían apedrearme, así como la congregación amenazó hacer con Caleb y Josué por su informe (Núm. 14:10). Pero le declaro, mi hermano en el Señor, que es una tierra excelente, y que estamos bien capacitados para subir y tomar posesión de ella. Mientras oraba en el altar familiar, el Espíritu Santo descendió sobre mí, y me pareció que me elevaba más y más, muy por encima del mundo tenebroso. Me volví para buscar al pueblo adventista en el mundo, pero no lo pude encontrar, cuando una voz me dijo: “Mira otra vez, y mira un poco más arriba”. En eso, alcé los ojos, y vi un sendero recto y angosto, trazado muy por encima del mundo. Sobre ese sendero, el pueblo adventista viajaba hacia la Ciudad, la cual estaba en el extremo más alejado del sendero. Tenían una luz brillante detrás de ellos al comienzo del sendero, la cual, según me dijo un ángel, era el “clamor de medianoche” (6). Esa luz brillaba a todo lo largo del sendero y alumbraba los pies de los caminantes para que no tropezaran. Y, si mantenían sus ojos fijos en Jesús, quien estaba exactamente delante de ellos guiándolos a la Ciudad, estaban seguros. Pero algunos no tardaron en cansarse, diciendo que la ciudad todavía estaba muy lejos y que su expectativa había sido haber entrado antes en ella. Entonces Jesús los alentaba levantando su glorioso brazo derecho, del cual dimanaba una luz que ondeaba sobre la hueste adventista, y ellos exclamaban: “¡Aleluya!” Otros negaron temerariamente la luz que brillaba tras ellos, y dijeron que no era Dios quien los había guiado hasta allí. Entonces se extinguió la luz que estaba detrás de ellos y dejó sus pies en las tinieblas absolutas, de modo que tropezaron y, perdiendo de vista el blanco y a Jesús, cayeron fuera del sendero hacia abajo, al mundo sombrío y perverso. Era tan difícil para ellos volver al camino nuevamente e ir a la Ciudad como a todo el mundo perverso que Dios había rechazado (7).

(3) Identidad: Enoch Jacobs era el editor del Day-Star, un periódico millerita publicado en Cincinnati, Ohio. Luego del Gran Chasco de octubre de 1844, el periódico de Jacobs se convirtió en un medio de información importante para aquellos que continuaban creyendo en la relevancia de la experiencia de 1844. A principios de 1846, se volvió simpatizante de la creencia sostenida por los Shakers, de una segunda venida espiritual de Cristo; y para el verano de 1846 había abrazado el Shakerismo. Jacobs publicó esta carta poco tiempo antes de su desplazamiento teológico. (Ver: Seventh-Day Adventist Encyclopedia, s. v. “Enoch Jacobs”, “Day-Star”; Ellen G. White Encyclopedia, s. v. “Enoch Jacobs”.)

(4) Aunque el concepto importante de “el regreso de su Señor de la bodafue incluido aquí, en realidad no pertenece a la visión de diciembre de 1844, sino que forma parte de las declaraciones introductorias de Elena Harmon a Enoch Jacobs, escritas un año después, que reflejaban conceptos teológicos desarrollados después de la visión de diciembre. La ilustración de la boda fue introducida por primera vez alrededor de dos meses después de la primera visión, en la visión de febrero de 1845. Ver las notas bajo la Carta 1, 1846 (15 de Feb.).

(5) Cf. 2 Cor. 4:17, 18. El informe de esta visión contiene muchas alusiones a las Escrituras, y solo algunas pocas de ellas han sido señaladas en las anotaciones.

(6) La expresión “clamor de medianoche” es una alusión al clamor de advertencia: “¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!”, dado a medianoche en la parábola de las diez vírgenes (Mat. 25:6). Del modo en que es utilizado aquí, se refiere a la proclamación poderosa durante finales del verano y principios del otoño de 1844, anunciando la segunda venida de Cristo el 22 de octubre. Aun cuando el advenimiento predicho no se materializó, esta primera visión declara que el clamor de medianoche fue “una luz brillante”. No se da información, en esta etapa, con respecto al modo en que el aparentemente desacreditado clamor de medianoche contenía luz de parte de Dios.

(7) Aquí se presentan dos grupos que rechazaron a Dios: 1) aquellos que habían aceptado inicialmente el mensaje del Segundo Advenimiento (“el clamor de medianoche”) pero que más tarde lo rechazaron; 2) “todo el mundo perverso”, compuesto por personas que nunca habían profesado fe en el Segundo Advenimiento. Aunque no se nos dice específicamente por qué Dios “rechazó” a los miembros del segundo grupo, la implicación es que, al igual que el primer grupo, habían rechazado perversamente el mensaje del Advenimiento.
Con respecto a los miembros del primer grupo (los que al principio aceptaron pero luego rechazaron el “clamor de medianoche”), Guillermo Miller inicialmente tomó una postura similar a la expresada en esta visión. Este grupo “estaba clamando por misericordia hasta hace pocos días […] [pero] ahora se mofan y burlan de nosotros”. Luego agregó la pregunta significativa: “¿Acaso tales individuos no han pecado contra el Espíritu Santo?” (ver Guillermo Miller a I. E. Jones, en Advent Herald, 25 de Dic., 1844, p. 154). Por ejemplos bíblicos del final del tiempo de prueba sobre ciertas clases o grupos de personas, ver Francis D. Nichol, Ellen G. White and Her Critics, pp. 206-210.
Mucha discusión ha surgido a lo largo de los años en cuanto a la extensión y el tamaño del segundo grupo (“todo el mundo perverso que Dios había rechazado”). Algunos han sostenido que “el mundo perverso” se refiere a la población total del mundo (aparte de los creyentes adventistas leales), dado que, presumiblemente, en un sentido general, toda la humanidad es “perversa” y pecadora. Aunque es una interpretación razonable de la frase “todo el mundo perverso”, considerada por sí sola, el contexto sugiere (tal como fue argumentado más arriba) que “el perverso mundo” se refiere a un grupo mucho más circunscripto, a saber, el que específicamente había rechazado, difamado y ridiculizado la proclamación adventista. Esto estaría en consonancia con la propia interpretación de Elena de White de este pasaje en 1883, cuando se le pidió que explicara su omisión en publicaciones posteriores de la visión:

“Se presentan esas dos clases en la visión –los que declararon que era un engaño la luz que habían seguido, y los impíos del mundo que, habiendo rechazado la luz, habían sido rechazados por Dios. No se hace referencia a los que no habían visto la luz y, por lo tanto, no eran culpables de su rechazo” (Ms 4, 1883, citado en Elena de White, Mensajes selectos, t. 1, p. 72).
Un ejemplo de la más restringida segunda interpretación de “el mundo perverso” puede verse en otro pasaje de Guillermo Miller: “Y el mundo perverso, que se ha reído de la idea de la segunda venida de Cristo […] y se ha reído y ridiculizado a los siervos de Cristo […] quedará en silencio”. Apollos Hale y Joseph Turner también usaron la expresión “mundo” de un modo muy específico, cuando escribieron sobre “el mundo” que había “rechazado la verdad [del advenimiento]” y había “hecho oído sordo con repugnancia a sus advertencias y promesas” (ver Guillermo Miller, Evidence From Scripture and History, p. 188; A. Hale y J. Turner, “Has Not the Savior Come as the Bridegroom?”, Advent Mirror [enero de 1845], pp. 3, 4).
La bibliografía de comentarios y debates publicados sobre la frase “el mundo perverso” es extensa. Por interpretaciones contrastantes, ver, por ej., Urías Smith, The Visions of Mrs. E. G. White, pp. 29-31; W. W. Fletcher, The Reasons for My Faith, pp. 188, 205, 206; Francis D. Nichol, Ellen G. White and Her Critics, pp. 212-214; Rolf J. Poehler, “ ‘…and the Door Was Shut’ ”, pp. 109, 110, 127, 128; Herbert E. Douglass, Messenger of the Lord, pp. 557, 558.

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