“Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí” (Mat. 12:6).

El día era magnífico. El sol brillaba con todas sus luces, y se reflejaba en la cúpula dorada del Templo; de la mezquita, mejor dicho. Hoy, hay allí una mezquita; hace miles de años había un templo, el gran Templo de Jerusalén.
Su belleza era imponente, y su perfección dejaba a todos embelesados. “Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo” (Mat. 24:1). ¿Quién no ha tenido, en algún momento, el orgullo de acompañar a personas que ven por primera vez un lugar particularmente hermoso, o un monumento de gran valor artístico? No es muy difícil imaginarse a los discípulos en su ilusión de que Jesús se deleitara, también, ante las maravillas del Templo, fuente de especial orgullo para el pueblo de Israel.
Dos mil años después, me encontraba en ese mismo lugar; bueno, unos cuantos metros encima de ese lugar. Las posteriores destrucciones de Jerusalén y el paso de los años acumularon escombros, sobre los cuales se siguió escribiendo la historia local. Hoy encontramos un solo vestigio de aquel glorioso Templo de Jerusalén, el Muro de los lamentos.
Observaba en silencio a las mujeres que oraban frente al muro: unas con la cabeza baja, otras mirándolo directamente. Otras, al retirarse, caminaban hacia atrás, para no dar la espalda al muro; para no dar la espalda a un Templo que las llena de nostalgia, por la gloria perdida.
Un poco más arriba, brillaba la cúpula dorada de la mezquita. La cultura y la religión eran totalmente diferentes, pero la veneración por el “Templo” era la misma. Los guardas del Templo, celosos hombres y mujeres vestidos de negro, se aseguraban de que cada gesto y actitud –sin hablar del código de vestimenta de rigor– estuvieran en perfecta sintonía de respeto hacia ese lugar sagrado. Pero, más allá de las ideologías, el lugar era bello.
Mientras me alejaba de la mezquita, tomé conciencia del himno que estaba sonando en mi mente desde hacía ya un momento: “Hay vida en mirar a la santa cruz, dice Jesús: ‘Miradme a mí’. Nada el mundo y sus glorias son; tesoros brillantes se ven allí” (Himno N° 299, Himnario Adventista). En ese momento, para mí, la gloria de Dios brilló con más luz aún que la cúpula dorada de la mezquita, y viví un raro momento de adoración personal.
“Dice Jesús: ‘Miradme a mí’ ”.
Cuando la Revista Adventista me propuso reinventarme y crear una nueva columna, esta experiencia y las palabras de este himno vinieron inmediatamente a mi mente. Pero quería ir más lejos. Mirar a Jesús y quedarse ahí no tiene mucho sentido, para un cristiano. La Palabra de Dios nos enseña que, si lo amamos realmente, descubriremos un enorme deseo de ser como él. Y, para ser como Jesús, empezaremos por mirarlo.
Esto es lo que les quiero proponer en esta nueva columna: observar las actitudes de Jesús, sus maneras de hablar y de actuar. En general, nos concentramos en sus enseñanzas, y no nos detenemos lo suficiente a observar estos elementos, que pueden parecer secundarios.
Aunque escrita con palabras humanas que describen situaciones muy alejadas de nuestra cultura, nuestro tiempo y nuestro espacio, la Palabra de Dios es la Palabra de Dios. Es una Palabra viva que nos puede enseñar, si nosotros le permitimos, a ser como Jesús. La Palabra de Dios es la roca sobre la cual podemos construir nuestro carácter, nuestras actitudes, nuestra manera de hablar y de actuar con los demás.
Así, al mirar a Jesús y al observar cómo era, podremos dar uno y otro paso hacia arriba, hacia el tipo de personas que Dios quiere que seamos. A fin de cuentas, este es el objetivo de nuestra vida: preparar un carácter como el de Jesús, que es lo único que llevaremos con nosotros al cielo. Que este nuevo año que comienza podamos embelesarnos mirando a Jesús. Y que Dios alimente en nosotros el deseo de ser como él. RA

Sobre El Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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