Dos cosas se hicieron claras al poco tiempo de que Esteban y Roxana llegaran a la consulta: eran infelices, y ella se quejaba de que él no era cariñoso. Esteban reconocía la situación, pero a su vez se quejaba de que ella era “muy fría”.

Más adelante, Esteban comprendió la necesidad de nutrir la relación de la pareja con distintas formas de expresiones sencillas y cotidianas. Sin embargo, en un momento me reveló la verdadera dificultad: “Es que yo nunca las tuve en mi casa… No sé cómo hacerlo…”

Le aseguré que esa realidad es muy frecuente y que, aunque nos condiciona, no nos determina necesariamente. Si estaba dispuesto a aprender, la relación entre ellos podía ser distinta; él y su esposa podrían renovar el matrimonio, aprendiendo a expresar los afectos de un modo rico, alegre, espontáneo y, sobre todo, sencillo…

Algo de esfuerzo

Ya Aristóteles, en el siglo IV a.C., expresaba la idea de que la voluntad estaba asociada a un acto racional y deliberado (Ética a Nicómaco, libro III, capítulo V).

La voluntad es la capacidad suprema con que Dios ha dotado a los seres humanos con el fin de tomar decisiones y orientar su vida. Guiada por Dios, podemos utilizarla como una preciosa herramienta para hacer cambios allí donde ciertos hábitos nos están perjudicando; para traer una renovación fundamental a nuestra relación matrimonial y familiar: la expresión fresca y sencilla de los afectos.

Elena de White lo dice, para siempre y de un modo extraordinario: “Este es el poder que gobierna en la naturaleza del hombre: el poder de decidir o de elegir. Todas las cosas dependen de la correcta acción de la voluntad” (El camino a Cristo, p. 47).

Fuente de belleza y de alegría

La mayoría de las parejas, por la confianza, por la cotidianeidad, se equivocan en un aspecto que llega a transformarse en un hábito: se acostumbran a ver y a comentar los aspectos negativos de la persona con la que están. Con frecuencia, se encuentran señalando lo que les desagrada; la falta, la equivocación del otro.

Es un grave error, y un hábito que solo trae tristeza y desánimo, aun cuando nos acostumbremos a convivir con esto.

Pero lo peor de esta práctica es que impide experimentar una de las mejores fuentes de belleza y de alegría en la relación, un secreto sencillo para el bienestar cotidiano en la pareja, a fin de que la vida familiar se haga más liviana, llevadera y verdaderamente placentera: tener la actitud de destacar siempre lo positivo que hay en el otro.

El hábito dañino mencionado anteriormente puede parecer difícil de modificar; pero se trata de adquirir el hábito de hacer lo contrario. Entonces, comenzaremos a ver cuántas cosas deseables, lindas, incluso destacables, tiene el otro, y que pasaban inadvertidas precisamente por concentrarnos en lo negativo.

Elena de White, inspirada por el Espíritu Santo, nos dice: “Cuántos problemas, sufrimientos e infelicidad se economizarían los seres humanos si continuaran cultivando la consideración y la atención, si siguieran pronunciando las palabras amables y de aprecio, y si continuaran prodigándose esas insignificantes manifestaciones de cortesía que mantienen vivo el amor, y que creían que eran necesarias para conquistar a su compañero o compañera” (Cada día con Dios, lectura del 22 de noviembre).

¿Qué hago con lo que no está bien?

Esta pregunta es válida. Y eso también debe conversarse. Hay que tomarse un tiempo para hablar. Lo que debe mejorarse es algo sobre lo que hay que dialogar; y hemos de trabajar para eso. Pero no se necesita andarlo “repitiendo” o “descargando” sobre el otro en cada oportunidad. No debo transformarlo en un “rezongo” continuo. Si lo hago como una protesta continua, la queja se vuelve un hábito y daña la relación; la hace triste… Y, aunque “nos acostumbremos” a esto en la relación, terminará desgastándonos.

Qué bueno es recordar aquí el consejo del apóstol Pedro: “El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño” (1 Ped. 3:10).

Ante esto, hemos de tomar una actitud de amor inteligente. Una decisión: se trata de proponernos ver y destacar (decirlo) lo positivo en el otro, aquello que nos gusta de la otra persona, y también aquello que nuestra pareja hace bien.

No hemos de dejarlo solo para los momentos especiales, sino hacer de esto un hábito. Decírselo espontáneamente, cuando lo/la veo. Dejarle un cartelito, una notita que lo señale; enviar “un mensajito” en un momento inesperado; dejar ocasionalmente una flor; utilizar palabras sencillas que muestren lo que admiro en mi cónyuge, etc.

Todo aquello que sinceramente es bueno y agradable en el otro: eso es lo que hay que destacar, en lugar de señalar lo negativo, la crítica, etc.

La atmósfera que generamos entre nosotros, la tendencia, ha de ser buscar lo positivo y destacarlo. Si con sinceridad pedimos a Dios que haga esto en nosotros y lo ponemos en práctica, lo lograremos.

“Por medio del debido ejercicio de la voluntad, puede obrarse un cambio completo en vuestra vida. Al dar vuestra voluntad a Cristo, os unís con el Poder que está sobre todo principado y potestad” (ibíd., p. 48).

Es algo propio del amor el que se desarrolle a través de su expresión: “El amor no puede durar mucho si no se le da expresión. No permitáis que el corazón de quienes os acompañen se agoste [secarse, marchitarse] por falta de bondad y simpatía de vuestra parte” (Elena de White, El hogar cristiano, pp. 90, 93).

Un texto bíblico de San Pablo puede ser de gran ayuda para esto: “Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan. […] Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo” (Efe. 4:29, 32, NVI).

Estímulo para el desarrollo

Otro de los beneficios de destacar los aspectos positivos es que la otra persona se ve estimulada a desarrollarlos más. Se genera, así, un ambiente que permite al otro desplegar lo mejor de sí.

Aumenta de modo sano su autoestima, y un sereno bienestar interior. Hay pocas cosas que ayudan más a hacernos sentir bien y a continuar en la lucha que la experiencia de estar con alguien que nos anima y nos apoya con palabras y gestos (esposo y esposa; padres e hijos).

Lo maravilloso de esto es que tiene la virtud de ser bueno en una doble vía: obra bien en el que lo escucha, pero también en el que cultiva el hábito de decirlo.

Este pensamiento de Elena de White lo expresa de un modo precioso:

“Muchas veces cada uno descubre en el otro flaquezas y defectos que no sospechaba; pero los corazones unidos por el amor notarán también cualidades desconocidas hasta entonces. Procuren todos descubrir las virtudes, más bien que los defectos. Muchas veces, nuestra propia actitud y la atmósfera que nos rodea determinan lo que se nos revelará en otra persona” (El hogar cristiano, p. 90).

Decisión para este nuevo año:

Será una bendición, en este nuevo año que acaba de comenzar, renovar nuestra relación en la familia a través de este sencillo pero fecundo cambio: habituarnos a ver lo lindo, lo agradable en el otro, y a hacérselo saber. El resultado será una renovada fuerza en la relación y un bienestar en la familia.

Es algo fundamental, sencillo y práctico a fin de sentirnos bien diariamente en la pareja, y asegurar la buena continuidad de una relación.

“Si el esposo y la esposa continuaran cultivando esas atenciones que nutren el amor, serían mutuamente felices, y ejercerían una influencia santificadora sobre sus familias. Dispondrían de un pequeño mundo de felicidad, y no alentarían el deseo de salir de ese mundo para encontrar nuevas atracciones ni nuevos objetos que amar […]” (Cada día con Dios, lectura del 22 de noviembre). RA

Marcelo Caporale: Docente, director misionero de iglesia en Neuquén, Rep. Argentina, y Consultor Psicológico.

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