“Era una inmensa pampa de granito; su color, gris; en su llaneza, ni una arruga; triste y desierta; triste y fría; bajo un cielo de indiferencia, bajo un cielo de plomo”. Así empieza el cuento “La pampa de granito”, del escritor uruguayo José Enrique Rodó.
El relato narra las peripecias de tres niños que tienen que sembrar una semilla en una inmensa pampa de granito. Ante la imposibilidad de la realidad (no hay pozo, no hay tierra, no hay agua), el padre aporta la solución: a un niño lo hace cavar con los dientes la fría piedra; al otro le indica que hay tierra en el viento; y al tercero le dice que hay agua en sus ojos (por lo tanto, debe llorar).
Sin duda, la lectura es un tanto escalofriante. Pero en el pequeño hueco abonado con algo de tierra, y puesta allí el agua, crece ¡al fin! un árbol. Rodó explica su parábola: la pampa representa nuestra vida; y los tres niños, nuestras herramientas o capacidades para realizar las cosas. Más allá del trasfondo humanístico del cuento, bien vale para introducir esta nueva sección y este nuevo año.
Tal vez nuestra vida sea como esa desolada pampa de piedra, y nos hemos quedado sin esperanza. Tal vez, como el Israel de antaño, transitamos lóbregamente por un grande y terrible desierto (Deut. 1:19). Tal vez ya no podemos soportar más.
Pero hasta el desierto puede florecer. Así ocurrió en octubre pasado, cuando una inmensa alfombra de flores multicolores tapizó el desierto de Atacama (el más árido del mundo), ubicado en el norte de la República de Chile. Si bien este es un fenómeno inusual, aunque ya visto, la intensidad de los colores de las flores fue la más fuerte en décadas. Este milagro en medio del desierto fue posible como efecto de la corriente de “El Niño”.
Dios hace grandes obras en los desiertos. Fue en un desierto donde enseñó, educó y disciplinó a grandes líderes de su pueblo, como Moisés, David, Juan el Bautista y Pablo. Fue en el desierto donde Jesús obtuvo la victoria contra las fieras tentaciones. Los desiertos, después de todo, no suelen ser tan malos. Aprende de tu desierto. Ten fe. Las flores llegarán pronto.
Elena de White, en La educación, página 305, anticipa lo que sucederá cuando lleguemos al cielo: “Entonces serán aclaradas todas las perplejidades de la vida. Donde a nosotros nos pareció ver solo confusión y desilusión, propósitos quebrantados y planes desbaratados, se verá un propósito grandioso, dominante, victorioso, y una armonía divina”. RA

Sobre El Autor

Licenciado en Teología (Universidad Adventista del Plata) y en Comunicación Social (Universidad Nacional de Rosario). Ha trabajado como pastor, docente universitario y periodista. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de Conexión 2.0, Acción Joven y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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