“Hay dos opciones en la vida: aceptar las condiciones existentes o aceptar la responsabilidad de cambiarlas”.

—Denis Bailey.

Hubo hechos que cambiaron el mundo. Un 29 de mayo de 1453 se produjo la llamada Caída de Constantinopla, en manos de los turcos otomanos. Este acontecimiento periodizó la historia, ya que marcó el fin de la Edad Media, dio el adiós al Imperio Bizantino y la bienvenida al Imperio Otomano.

El sitio comenzó oficialmente el 7 de abril de 1453, cuando un cañón disparó contra las, hasta el momento, imbatibles murallas de Constantinopla. Así, cobijados por las sombras de la noche, los bizantinos se escabullían fuera de la ciudad para reparar los daños causados por el ataque con sacos de arena, piedras despedazadas de la propia muralla y empalizadas de madera.

Pero, la decadencia ya había comenzado. Bombardeados diariamente, la derrota solo era cuestión de tiempo porque la mano de obra estaba sobrecargada, los soldados estaban cansados y los recursos escaseaban. Se dice que el mismo Constantino XI, emperador de Bizancio, coordinaba las defensas, inspeccionaba las murallas y animaba a las tropas que habían cedido al desaliento.

Hubo hechos que cambiaron el mundo. El día 10 del mes décimo del año 588 a.C., “Nabu­codonosor […] vino con todo su ejército contra Jerusalén, y la sitió, y levantó torres contra ella alrededor” (2 Rey. 25:1). El día 10 del mes décimo corresponde a nuestro 15 de enero. Como vemos, el monarca del pueblo de Dios y toda la ciudad tuvieron un enero difícil. Esta fecha había sido ya revelada al profeta Ezequiel (Eze. 24:1, 2). El sitio comenzó en el año 9º de Sedequías, rey de Judá, y terminó dos años más tarde con la caída de la ciudad (2 Rey. 25:2). Como se deduce, fueron dos años difíciles. Dos años de reproches del pasado, de escasez presente y de ansiedad futura.

Cuando el hambre era grande en Jerusalén y ni siquiera había pan, y hasta las madres comieron a sus propios hijos (Lam. 4:3-10), muchos abrieron una grieta en el muro de la ciudad para escapar del asedio y huir. El rey Sedequías también tomó ese camino… con mala fortuna. Fue atrapado, llevado cauti­vo a Babilonia y atado con cadenas. Luego, le arrancaron los ojos, no sin antes degollar a sus hijos ante su vista (2 Rey. 25:3-7). 

Un mal comienzo tuvo un mal final. Sede­quías reinó solo once años (597-586 a.C.). Fue puesto como rey por Nabucodonosor en lugar de su sobrino, Joaquín. De carácter débil, carecía de la firmeza moral necesaria para soportar la presión. Toleró la contaminación del Templo y no contrarrestó las grandes injusticias cometidas en toda la nación (2 Crón. 36:14; Jer. 21:11, 12; 34:8-11). 

El error final fue ceder a los grupos anti­babilónicos emergentes en Israel para rebelarse contra el yugo opresor caldeo (Jer. 27:1‑22). Amparándose en Egipto, pensó que obtendría poder para resistir. Nada de eso: todo se derrumbó, como una ficha de dominó que se cae y golpea a otra, y a otra y a otra… Las malas decisiones de Sedequías fueron el germen para la invasión final por parte de Nabucodonosor, la destrucción de la ciudad y la deportación de la mayor cantidad de judíos (2 Rey. 24:18-20; 2 Crón. 36:13-21). 

Amanece 2021. Un nuevo año, como una nueva mañana, trae la brisa fresca de las nuevas oportunidades. Ese renovado aire nos deja, al menos, cuatro lecciones del triste final del rey Sedequías:

  1. Conságrate a Dios y realiza tus acciones a la luz de su Palabra. Tus decisiones traen conse­cuencias. Ora por tus decisiones para que no tengas que orar por tus consecuencias.
  2. No busques refugio para tus problemas en los “Egiptos” circunstanciales. No te ampares ni en las costumbres populares de este mundo ni en la aparente solidez de los seres humanos. Menos aún en tu propia sabiduría.
  3. No negocies con los “sitiadores” de turno ni los toleres. Debemos amar al pecador, pero odiar el pecado. Un líder cristiano tiene el valor y la fuerza que le otorga Dios para luchar y cambiar lo que no es correcto.
  4. No te escapes de los problemas por las “brechas del muro”; tarde (o temprano) te alcanzarán. Posponer una resolución no hará más que aumentar los riesgos, e hipotecar tu futuro y el de tus liderados. Enfrenta las crisis con el poder divino. 

Liderazgo es asumir la responsabilidad, no argumentar excusas. La responsabilidad implica una capacidad para responder a cierto problema o situación. Las excusas son los cimientos del edificio del fracaso. 

Con oración, fe, planificación y preparación, asume tu responsabilidad en este nuevo año.

Sobre el Autor

Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de las revistas Conexión 2.0 y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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